El viejo, el niño y el perro. Autor: Carmen Rodríguez Franco

Cuando me di cuenta, el viejo ya iba prendido de mi mano. No sé quién era; qué hacía a mi lado, ni adónde nos dirigíamos.
Cómo llegó el niño junto a mí, lo desconozco, pero tras tomarse de mi otra mano, inició su marcha conmigo. Y como yo no sabía adónde conducía al viejo, tampoco supe adónde llevaba al niño.
Al perro lo encontré en la calle, perdido o vagabundo, olfateando aquí y allá con visible nerviosismo. Y también lo llevé tras mis pasos, sin rumbo cierto.
Caminamos varias cuadras durante las cuales nos cruzamos con transeúntes que nos miraron. Nos miraron como cualquiera que ve pasar a una mujer con un viejo, un niño y un perro yendo hacia algún lugar. Nada fuera de lo normal.
El niño que llevaba de la mano levantaba de tanto en tanto su cara hacia mí y me observaba; el perro marchaba con nosotros siempre rastreando a uno y a otro lado, con el hocico pegado al piso en una búsqueda infructuosa, o asaltado por súbitos intentos de alcanzarse la cola. El viejo, de ojos descoloridos y pasos menudos, caminaba en silencio, tomado de mi mano, con la torpeza impuesta por su edad y con la mirada clavada al frente en un punto fijo e invisible. A ninguno de los tres los conocía. Al principio el perro me pareció feroz, si bien no era negro, color más propio de los malos; pero, cuando en uno de sus giros me enfrentó, ante la impotencia y la duda de si me atacaría o no, lo miré a los ojos y le hablé. Lo hice con cariño, no con el mismo que me hubiera inspirado un perro propio, pero fui sincera pues sentí por él un afecto espontáneo, quizá el debido a todo ser viviente.
La mano del niño era mullida y cálida. La mano del viejo, descarnada y laxa, se enfriaba a medida que avanzábamos. Ello ocasionaba temperaturas encontradas a mi cuerpo. De un lado, sentía calor; del otro, me iba ganando el frío. Con el perro no tuve contacto pero notaba cierto halo de energía que lo rodeaba y nos envolvía.
Por un momento pensé en detenerme, pues no encontraba explicación para aquel viaje sin meta conocida, con seres que no me eran familiares agarrados de mi mano, y con un perro grande y blanco que al menos una vez, me mostró los dientes. No lo hice porque reparé en que era yo quien los trasladaba y descubrí cierto placer en hacerlo. Si me detenía, ellos también lo hacían, y apenas reiniciar la marcha ya el niño continuaba con sus pasos cortos; el viejo ponía en movimiento su osamenta y el perro volvía a husmear con insistencia el suelo dando marchas y contra marchas en breves carreras.
En el trayecto no encontré a nadie capaz de darme noticia alguna de mis acompañantes. Y creo que de haberlo hecho no me hubiera interesado saber nada sobre ellos.
Los edificios, los autos, la gente, iban quedando atrás en un desfile continuo e indiferente. Tras caminar durante un tiempo, noté que habíamos dejado la ciudad y transitábamos por una zona despoblada y baldía. Habíamos perdido los sonidos. Lo único que se oía era el arrastrar rítmico y apretado de los retorcidos zapatos del viejo. Yo no creía estar muy alejada del centro urbano. Sin embargo reconocí que jamás había pasado por allí, ni en auto, ni a pie. Era un lugar deshabitado de todo. No se veía ni un árbol; ni un animal; ni una persona. Y el pasto, acaso quemado por un invierno riguroso, mostraba una coloración grisácea.
Al mirar a la lejanía, me estremecí. Por delante se extendía una vasta planicie plomiza sin nada que ojo humano pudiera distinguir. El cielo, también gris, soldado a la tierra en el horizonte, nos encerraba en un inmenso globo de metal. Lo único que se destacaba en ese paisaje lunar era el cadáver de una casa. Decapitada por algún verdugo implacable, la casa exhibía sus paredes cayendo en cascadas de escombros, y medios umbrales desangrándose en hemorragias de blanca escarcha. Di vuelta la cara para no verla más, mientras seguíamos caminando sin detenernos nunca. Y eso fue lo único con lo que tropezó mi mirada en aquel viaje cuyo final desconocía.
No puedo calcular cuánto tiempo anduvimos, pero debió ser mucho porque no sentía los pies, y los huesos del viejo crujían cada vez que adelantaba una pierna para dar el paso; el perro jadeaba con su lengua rasando el suelo y el niño ya no me miraba.
De pronto, el camino recto, sin desvíos ni mojones, por el que avanzábamos, se dividió en tres. Eso me desconcertó. Supuse que sería lo mismo tomar por uno que por otro, ya que ignoraba adónde íbamos, pero aún así titubeé ante esa calle abierta; una mano carente de dos dedos, que me presentaba tres destinos.
No sé en qué momento el perro se apartó, lo alcancé a ver allá a lo lejos, fisgoneando a la carrera por la senda de la izquierda; entonces me detuve, miré hacia atrás, y con sorpresa, pues no sentí cuando me soltó, vi al niño que corría desandando el camino. Algún motivo lo obligaba a abandonar el viaje. Dudé otra vez y luego, decidida a llegar hasta el final de mi viaje, enfilé por el sendero del centro. Siempre con el viejo prendido de mi mano.

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