Un invierno en Central Park. Autor: Adriana Judith Mora Pacheco

El viernes fue uno de los días más fríos. El pronóstico del tiempo indicaba una temperatura de -4º con sensación de -10º. Tres capas de ropa, bufanda, gorro, guantes y botas forradas de piel no brindaban ninguna clase de confort ante el viento helado y un sol impotente que solo servía de decoración para el cielo impecable.

La alerta de tormenta empezaba en la noche, pero eran las cuatro de la tarde y estaba en Central Park. Grupos de turistas caminaban a lo largo del Paseo Literario en medio de olmos americanos famélicos o se fotografiaban frente a la Fuente Bethesda a la que le faltaba su fluido de agua.

Central Park no es tan bonito en invierno porque sin las hojas de sus árboles ni el agua de sus fuentes parece un esqueleto. El borrador en blanco y negro de un dibujo en carboncillo. En eso pensaba cuando conocí a W. Él, en cambio, cree que el invierno es la versión más honesta de una ciudad. Tal vez no la mejor, pero sí la más auténtica. Solo los verdaderos interesados vendrían a buscarla. Si te enamoras de una ciudad en invierno, ya estás perdido para siempre.

Caminamos hasta Le Pain Quotidien y nuestro recorrido estuvo custodiado por las desnudas ramas de los árboles que parecían brazos de espantapájaros bailando al compás del viento. Tal vez el invierno es la época de fiesta de los árboles que no temen sacudirse porque no tienen hojas que perder.

Nos sentamos en una de las mesas exteriores para apreciar el resplandor del sol que jugaba a las escondidas entre los edificios del Central Park South. Unos más altos, como el 432 Park Avenue, otros más bajos como el Essex House, pero al final todos puestos desmesuradamente en orden como fichas de Lego al final de un tablero de cemento.

Hablamos con prisa, con ganas de acabar pronto el café e ir a refugiarnos a un lugar más cálido. De pronto eso es lo que quieren los árboles en invierno: tener al parque solo para ellos. Quedamos con W de vernos nuevamente el domingo a la misma hora y en el mismo lugar en que nos encontramos.

La tormenta empezaría esa noche y terminaría 24 horas después. La vi caer desde la ventana de mi habitación con vista a Madison Avenue, en un edificio que se alza sobre una tienda de accesorios de Ralph Lauren, en el elegante pero tranquilo Upper East Side. Los copos de nieve que caían incesantemente iban transformando de a poco el panorama urbano en una escena como sacada de un cuento de hadas. Los más de 40 centímetros de nieve que cayeron lograron esconder autos parqueados en la calle bajo pequeñas colinas de un blanco imposible. Ni las hojas de los cuadernos, ni los vestidos de novia, ni la leche, no hay blanco más perfecto que el blanco de la nieve.

El domingo, más abrigada aún que los días anteriores y equipada con botas de lluvia, caminé por la 5ª avenida hasta llegar a la entrada de la calle 69, en el costado este del parque; el recorrido me llevó el doble de tiempo. Trataba de encontrar las vías menos cubiertas de nieve y andaba más despacio para evitar resbalar.

Cuando por fin llegué a la estatua de Alicia en el país de las maravillas, W estaba sobre una de las tantas montañitas blancas que se acumulaban ese día a lo largo de Central Park, cogiendo puñados de nieve que lanzaba al aire. Su cara reflejaba pura felicidad, como lo hacían las caras de los otros visitantes. Todos, a su manera, jugaban con la nieve. Los niños se deslizaban en tinas bajo las colinas, o trataban de dar vida a snowman. Los más grandes se lanzaban bolas de nieve si estaban en grupo, o se tumbaban para hacer angelitos. Los padres lo retrataban todo. En dos días Central Park se había convertido en un inmenso parque de diversiones. Puede que nunca haya dejado de serlo.

Cuando W me reconoció, corrí hacia él y me lancé de frente sobre el colchón improvisado de nieve fresca. Esta vez no tuve miedo de caer.

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