¡Socorro!. Autor: Elisa I. Negro Morilla

Cuando emprendí este viaje nunca pensé que sería tan accidentado como resultó, pero supongo que eso es una de las cosas que me fascinan de los viajes, que no importa cuán planificado lo tengas todo, siempre surgen imprevistos: unos los olvidaras sobre la marcha y otros se quedan guardados en tu memoria y forman parte de lo que todos llaman experiencia.
Nos dirigíamos a EEUU en viaje familiar (el todavía mi esposo, mis dos criaturas y yo) para conocer a uno de los personajes americanos más populares que no es otro que el ratón Mickey y a disfrutar con nuestra familia americana de unos días de verano. El primer incidente surgió a la hora de entrar en la zona de embarque en las que tras revisar el pasaporte americano del todavía mi esposo nos invitaron a sentarnos y a esperar unos momentitos. Tras la espera, vino una señora muy amable que nos informó que dicho pasaporte estaba denunciado como perdido o robado y por lo tanto no podía ser usado. Mi cara era la de los dibujos animados cuando se les descuelga la mandíbula y la apertura de boca les llega hasta el suelo. Sin embargo, mi marido, con esa calma que le caracteriza y que tanto tranquiliza a otros, pero que a mí me pone de los nervios, vio la solución inmediatamente y me sugirió: bueno, no pasa nada, tú te vas con los niños y yo ya llegaré. Yo no salía de mi asombro y todo lo que se me ocurrió decir fue: ¿pero tú crees que yo me voy a ir sola con los dos niños chicos a 5000 km de distancia para ver al Mickey y a TU familia y tú te vas a quedar aquí? Creo que aunque intenté transmitirlo con mucha tranquilidad, la señora debió captar el grado de histeria que había detrás de esas palabras porque nos permitió volar con otra identificación pero nos avisó que el pasaporte le sería retirado en cuanto pisara suelo americano. Y así fue. Tras un vuelo de 8 horas ajetreadas, llegamos a EEUU y en cuanto intentamos pasar por Aduanas nos invitaron amablemente a pasar a una sala donde había personas de todas las partes del mundo. Se notaba en sus vestimentas, en sus caras y por supuesto al oírlos. Yo pensé que en cualquier momento iba a aparecer Tom Hanks por allí para rodar la película de La Terminal II. Tras el papeleo de rigor, por fin, salimos al exterior. Ya estábamos en Orlando. Lo primero que nos recibió fue un calor húmedo que se pegó a nosotros y a nuestra ropa como si hubiéramos hecho 3 horas de zumba seguidas en una habitación sin ventilación alguna. Con las pocas fuerzas que nos quedaban entramos en uno de estos lugares de comida rápida que crecen como hongos en este enorme país e intentamos pedir la comida antes de morir congelados pues el aire acondicionado parecía estar a -20º. Ahí empezó una de las cosas más difíciles que hacer en este país: pedir tu comida y bebida. La dificultad viene dada por la gran variedad y las múltiples opciones: Puedes pedir 12 tipos de hamburguesas en 15 tipos distintos de pan, con 14 salsas distintas y 20 tipos distintos de ingredientes, lo cual da un número de opciones demasiado exagerado para que mi cerebro lo procese. Si esto lo quieres combinar en un menú con patatas o algún otro complemento, ya es una pesadilla y si encima le añades que tienes que pedir para ti y para dos más, se convierte en una tarea agotadora. Y luego está el tamaño, porque aquí el tamaño importa, pero sólo en el rango de grande: hay tamaño grande, extra grande, extra extra grande y así hasta un número infinito de X delante de la L de grande, porque en mi experiencia ésa es la palabra que define a los EEUU de América: grande. Allí todo es grande: las carreteras son grandes, las ciudades son grandes, las casas son grandes, las personas son grandes… y en esa grandeza me encontraba yo, que no me definiría como pequeña, pero que en aquella inmensidad me sentía diminuta.

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