Ojos desvanecidos. Autor: Micrurus

Día 1

Para llegar a Tres Marías era necesario desviarse de la carretera principal y tomar un camino de terracería, repleto de matorrales espinosos y arbustos resecos por el intenso calor de la estación. El paisaje árido acompañó mi travesía durante largo trecho pero a medida que me acercaba a Tres Marías, el suelo reverdecía y la emoción dentro de mí ser florecía.

Llegó el momento en que pude ver a la distancia, una montaña elevándose majestuosamente. En las faldas de aquella montaña, se encontraba Tres Marías, la pequeña población que visitaría.

Al llegar, me hospedé en un pequeño y modesto hotel que se encontraba en la plaza principal, cerca del ayuntamiento. Lo primero que hice fue tomar una ducha y descansar del largo viaje. Desperté a las tres de la tarde completamente cargado de energías y abandoné mi habitación para recorrer el pintoresco lugar a pie.

Primero, visité la plaza y tomé asiento en una de las bancas. La paz reinaba bajo la sombra fresca de los árboles, ningún alma humana había a esas horas en la calle, la calma inundaba el lugar, incluso podía escuchar el picoteo de los pájaros en el suelo mientras recogían migajas de comida para alimentarse.

Deseaba conocer la personalidad de los habitantes de Tres Marías. Debía interactuar con ellos, así que acudí a una tienda de abarrotes para abastecerme de víveres y conversar con sus habitantes.

Intenté romper el hielo con la dueña de la tienda de abarrotes; la señora reaccionó muy extraño al momento de pagarle. No me permitió emitir una sola palabra debido a que frustró cualquier intento de conversación de mi parte de la siguiente manera: con su dedo, deslizó el dinero sobrante hacia mí y con tono cortante, finalizó la transacción diciendo:
«—Aquí tiene su cambio».

Acto seguido, la señora presurosamente me dio la espalda y se dispuso a acomodar la mercancía detrás de ella.

Por si fuera poco, la misma situación se repitió más de una vez en otra tienda de abarrotes, en la farmacia y en una pequeña fonda donde comí. Esta era la primera vez que me sucedía algo parecido en una población tan pintoresca.

Con el paso de las horas, los habitantes salían de sus casas y se reunían en las angostas calles adoquinadas para conversar entre ellos. En poco tiempo sentí el peso de sus miradas sobre mi espalda, analizando minuciosamente cada paso que daba. Me di cuenta que me vigilaban. Llegué a la conclusión que los visitantes, les degradaban ya que no tuvieron reparo alguno, para manifestar abiertamente su desprecio hacia mi persona.

No tuve otra opción que refugiarme en el hotel. Intentar olvidar el incidente y conciliar el sueño.

Día 2

Salí de nuevo, con la esperanza de encontrar un cambio de actitud en los habitantes de Tres Marías. A estas alturas ya debían haber digerido la noticia del visitante y tal vez, el día de hoy su actitud hostil se habría desvanecido.

Desafortunadamente, esto no sucedió. La desconfianza hacia mí parecía haberse incrementado y llegué a sospechar que los habitantes ocuparon la noche para conspirar en mi contra.

La frustración tiñó de gris la emoción inicial de tan pintoresco lugar y decepcionado, caminé hacia la plaza para tomar asiento en una banca y esperar el atardecer. Ahí encontraría consuelo en los niños que pronto saldrían a jugar. Con sus risas y júbilo, recobraría la alegría arrebatada por los adultos mal encarados.

El sol iluminó de naranja la plaza en un cálido atardecer; se ocultó y la noche sin luna llegó. El barullo de los juegos infantiles jamás sucedió; los niños no aparecieron.

Esa noche, contemplé la plaza desde mi habitación. Múltiples pensamientos asaltaron mi mente: tal vez, los padres huraños prohibieron a sus hijos salir a jugar por mi sola presencia. Que más podría ser, si no eso mismo. Corrí las cortinas; apagué la luz y me acosté.
Día 3

Después de escudriñar cada rincón de Tres Marías al alcance de mi mirada; recordé que desde el primer día en que llegué, me topé con un rostro infantil, ni siquiera por casualidad.

Día 4

Desayuné en el restaurante del hotel; ordené café. Necesitaba despabilarme un poco. Mi mente se encontraba saturada y mis pensamientos revueltos. Tomé una cucharada de azúcar para disolverla en el café. Saqué la cuchara; la acomodé en el plato y levanté la mirada; en ese instante, un niño entró por la puerta principal del restaurante.

Tenía aproximadamente doce años y era bajo de estatura para su edad. Sin embargo, su mirada no poseía el brillo de inocencia que suele irradiar los ojos de un chico de su edad. Más bien, lucía cansada, apagada y tenía una extraña mezcla de malicia y astucia propias alguien mucho mayor.

No pasó mucho tiempo cuando un par de hombres elegantes entraron al restaurante por la puerta interior del hotel. Vestían trajes negros de diseñador y lentes oscuros. Ambos tomaron asiento en una de las mesas.

En cuanto los vio llegar, el pequeño avanzó hacia ellos y con una señal de su mano les indicó que lo siguieran. Los hombres obedecieron, se pusieron de pie y abandonaron el restaurante detrás del niño.

La situación despertó mi curiosidad y me incitó a cuestionar al mesero acerca del pequeño. La oportunidad de preguntarle se presentó cuando el mesero se acercó para servirme más café y para mi fortuna, el mesero respondió con amabilidad.

—Ese pequeño es el mensajero del Don, un hombre muy viejo que vive aislado en una pequeña cabaña, en las faldas de la montaña.
—¡Vaya, un ermitaño!, supongo entonces que los hombres de hace un rato son familiares de él.
—No. No lo son. Mucha gente de fuera viene a citarse con él. Gente muy importante lo visita. Tan importante que se sorprendería si le dijera sus nombres. Por esa razón, no metemos nuestras narices en sus asuntos y le recomiendo a usted que haga lo mismo.
—Tenga la certeza que así será. —Fue mi contestación para evitar problemas con el staff del hotel. Terminé mi café y regresé a mi habitación.

Sin embargo, aquellos hombres provenían de una posición económica muy elevada. No encajaban con el clásico perfil del turista que suele visitar este tipo de lugares inhóspitos. ¿Por qué, gente como ellos, abandonaría la comodidad de su metrópoli para visitar un lugar tan carente de lujos y poco turístico cómo este?

Supe que encontraría más respuestas en la falda de la montaña y sin pensarlo, tomé las llaves de mi camioneta y me puse en marcha en aquella dirección. No demoré mucho en llegar. Bajé de mi camioneta e inspeccioné la zona. Hallé un camino donde la hierba se había secado y dejado de crecer por el tránsito constante de pisadas de personas.

Caminé por ese sendero y llegué a una cabaña de madera, rústica y acogedora. El hogar perfecto para un ermitaño y al verla me pregunté: ¿Qué se sentirá vivir alejado de la comunidad? Comencé a imaginar infinitas cosas cuando de repente, un rechinido agudo y lento interrumpió mi meditación.

Instintivamente, mis pupilas viajaron en dirección al sonido. Provenía de la puerta de la cabaña, alguien la abríó. El niño del restaurante asomó su pequeña cabeza a través de la abertura y al verme salió de la cabaña. Se acercó a mí y sujetó mi brazo, jalándolo suavemente hacia él. Con este gesto me invitaba al interior de la cabaña. No opuse resistencia y permití que me llevara.

El interior era muy oscuro, iluminado solo por la vacilante luz de una vela. La habitación cumplía la función de un minúsculo recibidor. Había una pequeña mesa con dos sillas, y en una de esas sillas tomé asiento. Mientras tanto, el pequeño se acercó a una de las paredes y deslizó una puerta corrediza que permanecía oculta en la oscuridad y la cerró detrás suyo.

En la habitación solo existía una ventana en lo alto de una pared, por lo tanto la ventilación era escasa y con cada minuto que avanzaba, se tornaba más asfixiante. El humo espeso emanado por la vela penetraba en mis pulmones y comenzaba a marearme.
La puerta corrediza se deslizo nuevamente y una bocanada de aire fresco entró a través de ella; respiré con alivio. El ermitaño; el Don había sido quien abrió la puerta y oxigenó el asfixiante ambiente con su sola presencia. Con paso lento se sentó en la silla frente a mí y comenzó a hablar.

—Desde el primer momento en que lo ví, supe que usted era una persona muy curiosa.

Su comentario me produjo cierta consternación por lo que cortésmente, pregunté: —¿En que momento me vio usted?, esta es la primera vez que yo lo veo a usted.

—Lo ví el día de ayer en el restaurante, mientras tomaba usted su café.
—Para serle sincero, no recuerdo haber notado su presencia.
—Se equivoca usted. Definitivamente se percató de mi presencia.
—Ya veo, el chico le contó acerca de mí. Debe tener una memoria prodigiosa pues me describió con lujo de detalle y de esa manera, usted pudo llegar a esa conclusión.
—Se lo digo nuevamente, usted se equivoca.

No tuve más remedio que seguirle el juego. A fin de cuentas se trataba de un anciano que vivía alejado del trato social y consideré irrespetuoso contrariarlo.

— ¿En qué parte del restaurante se encontraba usted?
— ¡Vaya!, ¿Todavía no me reconoce?, no esperaba que usted tuviera tan mala memoria, sobretodo porque mi mirada capturó su atención.
Me quedé perplejo al escucharlo. No entendía a qué se refería. Este viejo desvariaba como un auténtico lunático.

—A juzgar por su expresión, usted no cree lo que acabo de insinuar. Bien, le explicaré para que pueda comprender. Ayer, pude verlo. Lo hice a través de los ojos de este chico. Es muy simple. Lo que él ve, yo también lo veo. Los ojos de este muchacho son al mismo tiempo, míos…. Veo a través de ellos…

—Soy muy viejo y mi sentido de la vista se ha estropeado; mis ojos lo cubre una nube que desvanece las imágenes y me impide verlas con claridad. Sé que usted es una persona inteligente. Le he dicho mi secreto para acallar un poco su curiosidad. Ahora le recomiendo que se marche de Tres Marías. Este lugar no es apropiado para alguien como usted. Aquí los visitantes son vistos con muy malos ojos. Aquí existen secretos muy oscuros y suceden algunas cosas… Cosas que usted no debe indagar. Sera mejor que se marche lo antes posible.

Al finalizar estas palabras, el ermitaño se puso de pie; deslizó la pared del muro y la cerró completamente. Yo, abandoné este incómodo lugar.

Día 4
Tomé la decisión de partir al día siguiente; eran las ocho de la mañana y bajé al restaurante a desayunar. Para mi sorpresa, en una de las mesas se encontraba el niño pequeño, el mensajero del Don; al parecer el único niño que existía en Tres Marías. El niño esperaba por mí y al darse cuenta de mi presencia, repitió su ritual de invitación: caminó hacia mí y me indicó que lo siguiera.

Una vez fuera del restaurante, señaló la montaña; pensé que el pequeño estaba demasiado cansado para caminar y requería que alguien lo llevara en carro hasta su cabaña, así que lo llevé en mi camioneta.

En la montaña caminamos por el sendero que daba a la cabaña, pero al llegar a esta, no nos detuvimos y continuamos avanzando más allá, hasta llegar a una cueva en la cual entramos.

La cueva era húmeda y fría; provocaba escalofríos. Pese a la oscuridad, el pequeño avanzaba delante de mí con mucha facilidad. En cambio yo, caminaba torpemente y con suma lentitud para evitar tropezar.

Finalmente nos detuvimos. Una chispa de lumbre cayó al suelo, ardió poco a poco hasta formar una hoguera. La luz del fuego iluminó parte de la cueva y vi al ermitaño junto a los dos hombres elegantes de aquel día en el restaurante.

Detrás del ermitaño había una jaula con dos gallinas, una negra y otra roja. Además, sobre una roca plana, similar a un altar ceremonial, había diversos utensilios de cocina, como cazuelas de barro y un par de cuchillos. El ermitaño, era un hechicero local y se disponía a realizar un ritual para sus clientes: los hombres de trajes negros.

El hechicero elevó sus manos hacia el techo de la cueva y comenzó a danzar alrededor de la hoguera. Cantó en una lengua extraña y sin parar de danzar, sacó a la gallina negra de la jaula y la colocó en la roca plana; tomó un machete y de un solo golpe le cortó el cuello. Con la cazuela de barro recolectó la sangre que derramaba el animal. Después, se acercó a uno de los hombres de negro; untó la sangre del animal en su rostro, cabellos y hombros. Profirió ciertas palabras que incrementaron la intensidad del fuego. Cuando terminó con él, se dirigió a la jaula, tomó la gallina roja y repitió el mismo procedimiento con el otro hombre.

Fue una ceremonia larga. Al terminar, los hombres agradecieron al hechicero por sus servicios y se marcharon. Yo permanecí en la cueva con el hechicero quien recogía sus utensilios tranquilamente.

—Esta es la razón por la que los hombres de fuera me buscan.
—¿En realidad funciona todo eso?- pregunté
—Claro que sí. Si fuera un charlatán no tendría tantos clientes
—¿Y el ritual de hace rato que objetivo tiene?
—Sirve para eliminar a la competencia. Aquellos hombres son gente muy poderosa e importante, no quieren obstáculos en su camino.

Alguien se aproximó detrás de mí; escuché sus pasos. Gire mi cabeza para averiguar de quien se trataba; pero esa persona, asestó un fuerte golpe en mi nuca y perdí el conocimiento. Cuando abrí los ojos, descubrí que me encontraba atado de brazos sobre la roca plana ceremonial.
—Por fin despertó —dijo una voz
—Usted es… ¡El hechicero!, ¿Qué piensa hacer conmigo? ¿Piensa hacerme lo mismo que a las gallinas?
—No, no se asuste, solamente necesito su cuerpo
—¿QUÉ ESTÁ DICIENDO? ¡LIBÉREME DE UNA VEZ!

—No se preocupe, no le dolerá en absoluto, ni siquiera se dará cuenta. Mire, no es nada personal, no tengo nada en contra suya. Es solo que mi cuerpo está muy desgastado y necesito uno más joven. El suyo es perfecto para mí.

—En esta montaña nada le faltará, pero eso sí, no podrá salir nunca de aquí. Recuérdelo muy bien porque la gente del pueblo no se lo permitirá, sobre todo si luce igual que yo. No intente escapar de esta montaña o será apaleado por ellos. Esta prisión en la montaña casi extingue mi vida, pero gracias a usted, conseguiré mi libertad y en agradecimiento dejaré al niño con usted, él le ayudará a sobrevivir. Nada le faltará, se lo aseguro. Aquí tendrá todo.

— Le suplico que no haga ruido o tendré que amordazarlo, este ritual necesita silencio absoluto.

Interpretó cantos tenebrosos. Cantos que marcaban el preludio de un final macabro para mí. Suspiré y cerré los ojos con resignación. Al abrirlos, no podía ver claramente. Solo percibía la vaguedad de las sombras. Respiraba con dificultad. Mi cuerpo pesaba. Había envejecido.

El ermitaño, abandonó Tres Marías, oculto en mi cuerpo. Consiguió su libertad. Los habitantes de Tres Marías jamás sospecharon que el turista extranjero que vieron alejarse hasta desaparecer, era el ermitaño que tanto detestaban y que seguía prisionero en la montaña. Al desconocer esta situación, suspiraron de alivio al verme desaparecer en la distancia.

La razón de su exilio es hasta la fecha una información que no he logrado averiguar. El ermitaño no compartió la historia conmigo y los habitantes de Tres Marías, nunca visitan la montaña, ni por mera casualidad.

Los clientes del hechicero jamás aparecieron de nuevo; aun así, estoy seguro que el hechicero continua realizando sus rituales y actualizó su ubicación a sus clientes de confianza.

Por el momento, continuo en Tres Marías y desde la cabaña, narro esta historia, ayudado por la mano de este pequeño, quien escucha atentamente y escribe por mí.

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