Los baleros de Fred o de cómo no puedo dejar de ser yo cuando viajo. Autor: Andoni Aldasoro Rojas

Nunca he sido del tipo de cantinas. Por esto mismo no sé cómo es que terminé esa noche en La Fuente. Tal vez haya sido porque durante el viaje a Guadalajara leía El que tiene sed, de Abelardo Castillo; tal vez porque, durante el vuelo, por la descompresión, por el calor o porque se aplastó en la maleta, mi copia de dicho libro se dobló tanto que cada vez que pasaba las páginas se desguanzaba todo, se curveaba. Por eso dejé el libro en la mesa y salí a caminar por las calles del centro. Nunca he sido del tipo de cantinas, creo que ya lo había dicho, pero siempre he tenido curiosidad. Seguramente esto último, y no todo lo demás, fue lo que hizo que cruzara el umbral de La Fuente y me abriera paso hacia la barra.
Viajar, o la idea de viajar, es maravillosa cuando empacas, cuando cierras la puerta del taxi que te condujo al aeropuerto, cuando ves en las pantallas que has llegado a tiempo para abordar. Si no es así, debería serlo. Siempre entusiasma la idea de, por algunos días, usar como pretexto el cambio de escenario para dejar de ser uno mismo y buscar encarnar otro personaje.
El partido de futbol que mostraban las pantallas solo era atendido cuando, ante un inminente o inventado peligro de gol, el comentarista levantaba la voz. Los presentes se agrupaban en mesas y mantenían conversaciones animadas pero secretas; los de la barra, un poco más solitarios, nos ensimismábamos, platicando ocasionalmente con Chuy, el cantinero. En ese momento no sabía que se llamaba Chuy, así como tampoco sabía que me iba a presentar a un conocido suyo que estaba al final de la barra: a Fred, un hombre con las mejillas rojas quemadas por el sol, con toda la pinta de ser gringo. Claro, en ese momento tampoco sabía que el que parecía gringo se llamaba Fred. Lo que sí sabía, tras una mirada rápida, era que tenía la piel enrojecida y que había acomodado tres baleros sobre la barra, uno chico, uno mediano y uno grande. Poco después supe que se llamaba Fred, que había nacido en Texas pero que vivía en Pátzcuaro, Michoacán. Después vino lo demás.
—Notaste mis baleros ¿verdad?, fue lo primero que preguntó Fred tras saber cuál era mi nombre — ¿que quieres saber por qué los traigo? Mira a aquel mesero, dijo en un español casi perfecto, —al principio me odiaba, los primeros meses que venía a esta cantina no me quería atender. El cantinero al que Fred se refería no era Chuy, que para ese entonces ya sabía que se llamaba Chuy, el nombre del personaje aludido nunca lo supe. —Fue un día que saqué de mi portafolios un balero, the big one, que se me acercó y me preguntó si yo lo sabía jugar, como si fuera imposible que (cito textualmente) un gringo pudiera hacerlo. ¿Qué te parece eso? Desde ese día somos los mejores amigos. Le dedicó una mirada de complicidad al mesero en cuestión, que le devolvió la sonrisa, y volvió a dirigir sus ojos azules hacia la botella vacía que yo dejaba sobre la barra. —Te echo una competencia, el que pierda invita las cervezas.
Tan no soy del tipo de cantinas, como tampoco lo soy de los juegos de habilidad manual: perdí. Invité su cerveza pero decliné tomarme otra. No soy del tipo de muchas cosas pero durante mis viajes me doy oportunidades de tratarlo. Cantinas, baleros, cervezas. Al final, vaya a donde vaya, nunca puedo dejar de ser yo, para bien o para mal.
Como premio de consolación, Fred me recomendó las mejores cantinas del centro de Guadalajara —por si quería seguirla—; desde las tranquilas —como ésta— hasta las peligrosas —no por lo que hay dentro, sino por lo que hay afuera y alrededor—; desde las de ficheras, hasta las de no ficheras. Pidió mi email para que me enviara una lista detallada de todas sus favoritas. Supongo que a estas alturas sobra decir mi postura acerca del asunto “ficheras”, pero, una vez más, siempre he tenido curiosidad.
No soy de muchas cosas, pero sí de explorar, mis pasos, envalentonados por Google Maps, me llevaron más allá de los Tacos Gay, hasta el Bar Gran Chavarin. Más tardé en encontrar una mesa que en abandonarla. El concepto que Fred tiene de “ficheras” (así en plural) dista mucho de la mesera entrada en años con la que me topé en el local. No sé qué era lo que esperaba. Los pocos parroquianos presentes tampoco parecían tener mucha disposición para conversar.
De vuelta al hotel sopesaba en la manera en que podría actuar la noche del día siguiente: o podría hacer el papel de Fred y conseguirme un par de baleros en el Mercado Libertad, o seguir siendo yo y quedarme a leer El que tiene sed, que para este momento su lomo curvo ya debería estar felizmente aplanado.

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