Isla pirata. Autor: Irene Araque Aguilar

Aún en los días oscuros procuro regresar allí, y viajo entre mis recuerdos a aquel rincón donde uno se vuelve privilegiado, donde las mentes se aclaran, donde la felicidad deja de ser inalcanzable y el nirvana ya no es solamente una ilusión. El lugar en el que el tiempo se detiene y donde uno puede regresar a la infancia.
Aquella pequeña bahía se encontraba escoltada por dos escolleras a izquierda y derecha. A un lado las montañas, al otro la nada. Prácticamente inhabitada.
A primera vista no parecía perfecta. Las aguas no eran las más cristalinas, ni la arena la más blanca. Era de hecho una playa de piedra, una piedra redonda y suave, sin asperezas, limadas estas por el paso inconmensurable del tiempo. Una piedra blanca que reflejaba la luz del sol.
Desde el primer instante en que llegué me hizo sentir cosas que hacía mucho que no sentía.
No esperé. Abandoné mis pertenencias, algo que llevaba largo tiempo queriendo hacer, y me sumergí en unas aguas limpias y apacibles.
Flotando sobre el agua, boca arriba, cerré los ojos y puse atención. Pero no podía oír nada, si acaso mi respiración, la cual se tornaba más sosegada, y quise sentirme hipnotizada por ese sonido hueco. También podía escuchar el sonido de las pequeñas piedras del mar al ser arrastradas por la fuerza del agua, adelante y atrás, adelante y atrás. Yo misma imitaba su movimiento, como si quisiera acompañarlas en el vaivén de las aguas. Me dejaba llevar por este danzarin e hipnótico movimiento de las olas, que me trasladaba a un lado y a otro, sin importarme realmente el destino. Pero al abrir los ojos mis pertenencias seguían estando ahí, justo delante de mi. El mar no me trasportaba lejos, solamente eran mis deseos de escapar.
Creo que eso es lo que hice cuando realicé aquel viaje sola, huir, escapar, buscando no sabía el qué. Tal vez tranquilidad, tal vez paz. Aunque ahora pienso que no se trataba necesariamente de eso, sino de algo mucho más sencillo, soledad. Una soledad que me permitiera pensar y conocerme a mi misma. ¿Cuánto tiempo hacía que no pensaba en mí?
Por eso mismo llegué hasta allí, por eso mismo quise encontrar mi isla pirata.
No quise colonizarla. No la quise para mí sola. Únicamente quería aquello, aquel momento, aquella sensación, aquel estado de ingravidez con el que me emborraché.
Tampoco quise que durara para siempre, porque sabía que era imposible. Sabía que pedir aquello era ser injusta con el mar y con aquellos que también lo querían disfrutar. Así que solamente debía preocuparme por mantenerme consciente mientras sucedía, y dejar que el sonido sedante de las olas penetrara en mis oídos, de forma que pudiera escucharlo siempre que me placiera, como si poseyera una caracola; permitir que el sol violara mi piel y que la brisa luchara contra esta intromisión; permitir a mis ojos que se perdieran en el infinito, y que mi mente imaginara mundos fantásticos tras ese cielo azul blanquecino; y que la imagen de esa barca corroída, olvidada sin remordimientos sobre las piedras, creando una bellísima y aún más triste estampa, permaneciera en mi subconsciente para siempre, para así poder visitarla cuando quisiera; y que las lágrimas que surcaban mi mejillas en ese mismo instante dejaran huellas para siempre, huellas que hablaran de felicidad, de serenidad y de paz, pero también de nostalgia y añoranza.

El atardecer que allí pude contemplar me embriagó de tal forma que fui incapaz de moverme. Por unos segundos impalpables mi corazón se detuvo, y me arrolló una calma jamás experimentada. Pensé en fotografiarlo, pero jamás una instantánea podría haber sido fiel a un fenómeno natural tan perfecto, tan etéreo y tan fugaz.
La insistente fuerza del sol empezó a debilitarse y su luz se suavizó, y con ello todo a su alrededor se quedó inmóvil. Las aguas del mar se tornaron mansas y me pareció encontrarme en un idílico lago. Allí, unos pocos se bañaban tranquilamente en un mar que se había teñido de un tono plateado, interrumpido solamente por una franja anaranjada, donde el sol quiso reflejar sus colores más salvajes. El cielo también se tiñó de ese color rojizo, convirtiéndose así en el lienzo más perfecto jamás pintado.
La calma y armonía que recibí en esos escasos minutos, me hicieron olvidar por completo la razón por la que había escapado en busca de la soledad hasta esta isla, mi isla pirata.

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