El viaje de Lucía. Autor: Irene Araque Aguilar

Hacía demasiados días que la tristeza sobrepasaba a todos sus sentimientos y emociones. Se hallaba sumida en un pozo del que cada vez sentía que tenía menos motivos para salir.
Lucía temía que su amor nunca consiguiera llegar hasta ella, ese amor que un día, sin más, desapareció y nunca regresó. Al marcharse olvidó las explicaciones y las promesas. No hubo unas descorazonadas palabras en una carta escueta, ni siquiera un frío beso en la mejilla, y simplemente huyó. Sin embargo Lucía, esperanzada y ensoñadora, quería creer que no fue por desamor, sino porque algo, tal vez una fuerza superior, les obligó a separarse, y sabía que algún día él regresaría.
Sin embargo, y con el pasar de los días y las semanas, la tristeza le invadió, tornándose insoportable.
Aquella noche Lucía se despertó de repente, regresando de lo más profundo de un incómodo sueño. Su corazón estaba acelerado y sentía que le faltaba el aire. Un oscuro frío penetró su piel, mientras un viento enojado se colaba por su ventana, haciendo bailar a las cortinas en la penumbra de su habitación. Estas parecían cortejar a la luna.
Pero aquello que la hizo despertar fue algo la llamaba en su interior, una voz, un gemido triste y ahogado. No sabía de dónde provenía pero sí sentía, de algún modo, que era lo que la salvaría.
Y sin saber por qué, el recuerdo de su amor perdido era ahora más intenso en su memoria.
Un fuerte instinto la hizo moverse en la quietud de la noche, cuando todos dormían, para perseguir entre las sombras aquella voz que la llamaba desesperadamente y que, de algún modo, le resultaba familiar. No sabía dónde iba pero algo le decía que conocía el camino largo y angosto que iba a recorrer.
Jamás antes había estado en aquella estación de ferrocarril que parecía un viejo palacete. Estaba vacía pero un tren con destino a ninguna parte la esperaba y, junto a este, un revisor de uniforme la aguardaba impaciente. Su tez era blanquecina y su actitud muy seria. Ni siquiera la miró cuando le recogió el billete que, sin saber cómo, había llegado hasta el bolsillo del abrigo de Lucía. Ella se negó a cuestionar las razones de todo aquello y sin más subió al convoy que a aquellas horas parecía encantando, lleno de fantasmas por todos los rincones. No los veía pero los presentía, y podía sentir sus gélidos alientos mientras ellos la observaban desde la oscuridad. También seguía sintiendo aquella voz en su interior, impaciente, y ahora los detalles de la imagen de su amado se tornaban más vivas.
El inhabitado tren era largo, más de lo necesario para las horas a las que viajaba. Todo permanecía en una profunda quietud, y tan solo dos cosas se atrevían a desafiar al silencio. De un lado, el casi imperceptible y hasta somnífero traqueteo del tren contra las vías y, del otro, la música de un tímido piano que salía de unos altavoces ilocalizables. La música la acompañaba en sus pasos a través de los solitarios vagones. Pasaba por delante de compartimentos cerrados que no se atrevía a abrir y por vagones llenos de soledad. Por las ventanas se asomaba un paisaje que no podía reconocer. Por fin, en uno de los vagones se encontró con un hombre sin identidad. Vestía traje y llevaba sombrero, pero parecía pertenecer a otro siglo. Incluso el periódico que leía mostraba sus hojas amarillentas y envejecidas.
Evitando de nuevo preguntas incontestables, Lucía pasó silenciosa por su lado, queriendo tornarse invisible para el otro pasajero, y prosiguió hasta el siguiente vagón, donde un elegante y fuera de época restaurante la sorprendió. Las paredes estaban revestidas de madera, del techo colgaban lámparas de araña y las mesas estaban pomposamente adornadas. La luz amarillenta se percibía muy intensa allí dentro.
Un descortés y misterioso camarero con chaleco y pajarita, permaneció impasible al pasar Lucía por su lado. Ella lo observó con recelo y siguió adelante.
Los gemidos continuaban llamándola y la tristeza seguía intensificándose, y la intuición y la certeza de que el final estaba cerca, eran cada vez más claras. Así se lo hacía creer la imagen de su amado, cada vez más nítida.
Lucía se percató entonces de que había llegado al final del convoy. Y, en ese justo momento, el tren se detuvo. La música había cesado y Lucía contuvo el aliento.
Una puerta se abrió y la humedad la abrazó. La voz en su cabeza parecía ahora más apenada y eso la entristecía.
Aún desde la puerta observó Lucía el paisaje del que no reconoció nada. No había una estación solitaria esperándola, ni siquiera un pueblo abandonado. Solamente un triste andén y detrás, la oscuridad. Percibió el sonido de las olas del mar, inquietas y en constante movimiento. Entonces, a lo lejos, distinguió un viejo faro, apagado y triste.
Se detuvó por unos instantes, sin saber muy bien qué hacer. Comprendía, sin embargo, que debía avanzar, porque los gemidos la llevaban hasta el inmenso faro.
Al descender, el convoy cerró sus puertas y se marchó.
Un camino de tierra blanca subía hasta el faro que se encontraba en lo alto de una colina. Mientras ascendía por ella, Lucía se arropó en un vano intento de mitigar el frío de la noche. El impertinente viento volvía agresivas a las olas y hacía que su larga melena danzara por los aires, como queriendo escapar de aquel lugar.
Al llegar al final de la senda y encontrándose frente a la torre, una robusta puerta de metal corroída por el óxido se presentaba ante ella. Al abrirla los chirridos que salieron de esta semejaban gritos de dolor, como si hiciera décadas que nadie la hubiera abierto.
Lucía entró cautelosa. Bultos apilados y cubiertos de polvo daban cuenta de los años pasados. El silencio era el dueño del espacio. Las gruesas paredes de la construción no dejaban pasar siquiera el sonido del mar. Una escalera de caracol subía hasta la parte de arriba, hasta donde los gemidos en su cabeza la reclamaban. Subió despacio, contemplando sus propias huellas que quedaban marcadas sobre el polvo que cubría los peldaños.
Al llegar arriba, la cámara de servicio estaba a oscuras. Pero por el gran ventanal que mostraba el mar, se exhibía tímida la luz de la luna que jugaba con las sinuosas olas. Podía ver también el escarpado acantilado sobre el que se sentaba el faro, y las rocas afiladas contra las que rompían las olas.
Tras este ventanal había un balconcillo de hierro que daba al exterior. Salió por una puerta de cristal y, desde allí fuera, el viento marino se tornaba más violento, y por mucho que ella se abrazara a sí misma para protegerse del frío, de nada servía.
Seducida por el paisaje, Lucía tardó en percatarse de que la voz que gemía en su cabeza había cesado, y la profunda tristeza en la que había estado sumida empezaba a disiparse también. Tan asombrada y aliviada estaba por ello, que apenas se percató del calor que empezaba a sentir sobre sus hombros y que cubría también sus brazos. Se trataba de un calor acogedor y sincero, un calor que ya había sentido antes, aunque esta vez mucho más intenso y abrumador. Una sensación de paz y gozo empezó también a renacer en ella, algo que hacía largo tiempo no sentía.
Despacio, algo empezó a tomar forma ante ella, una entidad tenue y volátil que se percibía con forma humana, pero que no era tal. Lucía sin embargo no sentía miedo. Este ser etéreo la abrazaba para trasmitirle así su más profundo amor. Después, de la forma más delicada, la besó en la boca, hasta que llevada por una arrolladora alegría, ella empezó a llorar.
Era su amor eterno, aquel que se marchó sin decir adiós, aquel al que ella, durante tanto tiempo, había esperado sin renunciar jamás. Por fin había regresado, había vuelto a por ella. No importaba de donde, no importaba cómo. Las preguntas eran imprecisas y las respuestas innecesarias, porque Lucía ahora era feliz. Tal y como ella había sabido durante el largo tiempo de espera, ahora por fin estaban juntos de nuevo. Esta vez, sin embargo, sería para toda la eternidad.
Se fundió en la energía que su amado le trasmitía. Ahora sabía que fuera a donde fuera estaría segura, porque estaría junto a él.
Desde aquel misterioso y bello suceso, el faro inhabitado ilumina con fuerza aquellas costas abruptas y solitarias, no dejando jamás que el amor de Lucía vuelva a sumirse en la oscuridad.

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