El punto cero de Montparnasse. Autor: María Florencia Mártire

¿Dónde había empezado todo? ¿En qué lugar y en qué momento? Quizá mucho antes, pero algo tuvo que ver el preciso instante en el que desistí de hospedarme en la rue Oberkampf porque una pulsación, un par de ojos alborotados, un gesto esquivo me insinuaron que estaría mejor del otro lado del Sena. En tan solo minutos, una elegante mujer de rulos negros frenó en seco cuando le pregunté cómo llegar – ¡cómo llegar, en un primer día, en una nueva ciudad!- a la Place D’Italie. Le apartó la vista a su hija y, acercándose al mapa del metro dispuesto sobre la pared, me explicó en un inglés perfecto la combinación que me llevaría y que advertí en su rostro no era de las más simples. Al cabo de un rato pude salir de ese universo subterráneo y entré plenamente en las inmediaciones del Barrio Latino que establecieron conmigo una sincronía inexistente en la parada anterior.
Pisar París, tierra que hizo suya Cortázar, cargaba con la imperiosa tarea de ir a visitarlo a Montparnasse, algo así como rendirle culto de modo tradicional, aunque no era eso, claro que no. Después de un buen baño, caminé unas cuadras por la avenida Gobelins y tomé sin prisa el boulevard de Port-Royal con el sol de primavera iluminando la mañana. Un letrero me lo presentó, allí estaba. “Qué cementerio tan distinto”, pensé y caí en la cuenta de que el mapa ya revelaba que en ese lugar predominaba el verde, el aire fresco, el cantar de los pájaros. Un cuidador, ancho y de uniforme, asintió sin perder su rigidez cuando le pedí uno de los carteles informativos que colgaba plastificado de un clavo al lado de la puerta de su garita. Me enteré que por ahí descansaban también Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, César Vallejo y otras almas eternas. El dibujo indicaba que hacia el sector inferior derecho, tomando como referencia el círculo central del cementerio, en un alrededor, estaba Cortázar. Técnicamente parecía sencillo pero no lo fue tanto a medida que me iba acercando. Ser contrapelo, contraluz, contratodo, había escrito este cronopio alguna vez y entonces olvidé el mapa y caminé con firme decisión quince pasos en diagonal esquivando algunas tumbas, cada una con su particular decorado.
La vi, naturalmente sonreí y me senté, hice a un lado las cosas con las que cargaba. Hubo silencio, unas lágrimas lentas y el trazo de una frase con fibra fosforescente: “Todo sea por una flor amarilla”.
En algún momento, tres jóvenes, vaya uno a saber de qué remoto país, pasaron por al lado y miraron sin mayor interés, minutos antes de que se parara inquieto detrás de mí un muchacho de mirada chispeante. Enseguida me saludó y le devolví un “hola”, lo que siempre genera sorpresa en los sitios donde se hablan otras lenguas.
-¿Argentina? – preguntó desafiante.
-Sí. ¿Español? – contesté, devolviéndole también la sonrisa.
Le hice lugar mientras le contaba que acababa de finalizar mi encuentro con el escritor y viendo que no necesitaba intimidad lo ayudé con lo que él había ido a buscar: una frase que una amiga latinoamericana había escrito tiempo atrás. Sin pudor deslicé mi mano sobre el mármol grisáceo, corriendo los tickets de metro, las velas a medio consumir, las flores secas y toda clase de objeto que lo cubría. Cotejamos con la imagen que llevaba pero aquel mensaje ya no se leía. Acomodamos vagamente al tiempo que me decía que en su gran mayoría eran argentinos y españoles quienes solían frecuentar ese preciso rectángulo, cosa que me pareció coherente. Aunque habíamos llegado separados al momento de despedirnos lo hicimos juntos; como quien deja algo, pasé una mano sobre las letras grabadas que decían JULIO y él imitó el gesto.
-¿Vas a ver a alguien más?
-No sé, es al primero que veo – le contesté, realmente sin la menor idea, ese viaje transcurría sin pensar demasiado en el próximo paso-. ¿Vos?
– He venido exclusivamente por Cortázar – recordó el encargo de su amiga y de alguna manera insinuó que ya había estado antes allí.
Aquello me hizo notar que también yo había ido solo por Cortázar aunque mi espíritu inquieto me hubiera llevado a dar una vuelta alrededor de Sartre y compañía. Dejamos el cementerio, al cabo de unas cuadras supe que trabajaba en una ONG en Madrid y que lo traía a París una conferencia en Versalles. Le conté que los madrileños habían sido muy hospitalarios, “y cómo no van a tratar bien a una chica tan guapa”, alegó. Supe que también él paraba cerca del Barrio Latino, que había hecho los famosos recorridos cortazarianos, pasado por el restaurante Polidor, el Pont des Arts, la rue Martel, “y que lo hiciera, que era fácil”.
De repente, como un muro, la entrada al metro. Bajamos las escalinatas y sin permiso tomó de mis manos el plano apenas gastado y enseguida notamos que de los dos accesos que teníamos enfrente, él debía tomar el de la izquierda y yo el otro.
-Soy Álvaro –dijo, con el tono de quien da todo lo que tiene en ese instante.
¿Cuántas personas pasaron por alrededor, de cuántos diálogos nos abstrajimos, cuánto tiempo transcurrió en ese minuto en que nuestros ojos se incendiaron en un cruce? Y entonces, antes de pasar por aquella puerta que lo llevaría a tomar el metro que lo llevaría a Versalles que lo llevaría a esa especie de congreso, es decir, antes de dar ese giro que no tendría vuelta atrás, con una voz que se deslizó pausada y cómplice, dijo: “Sigamos leyendo y que algún otro autor nos vuelva a encontrar”.
NOV2015

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