El libro de Martín. Autor: Irene Araque Aguilar

Cuando los ojos de Martín se posaron sobre aquel enigmático objeto, relegado éste en el olvido de las memorias de cuantos lo habían poseído, quedó boquiabierto y sin palabras. Una sensación que jamás había experimentado antes con un objeto de aquella naturaleza.
Lo cierto es que nunca antes había visto un libro tan misterioso como aquel que ahora mismo sujetaba entre sus manos. Éste era sin duda alguna un ejemplar distinto y peculiar que desprendía un magnetismo y una atracción imposibles de ignorar.
Se encontraba aislado en un rincón, relegado del resto de enseres y cachivaches que se escondían apilados en aquella estancia de la casa destinada al olvido, donde la oscuridad era la única compañera de los objetos que ya habían perdido su identidad y que vivían ahora su retiro cubiertos todos ellos por una impertinente capa de polvo: muebles viejos comidos por la carcoma, figurillas pasadas de moda, electrodomésticos inservibles, y grandes obras literarias releídas y aglutinadas en una caja, sin orden ni concierto, sin ningún tipo de clasificación que les diese la dignidad que merecían. Este libro, sin embargo, no estaba junto a los de su especie, sino que había sido apartado del resto, no siendo merecedor de entrar en el club de los elegidos para la caja. Incluso parecía haber sido escondido deliberadamente, como si quien lo puso allí lo hubiera hecho de forma intencionada para que nadie, ni siquiera de forma accidental, tropezará con él, para que nadie lo encontrara jamás.
Era un libro voluminoso y ligeramente pesado. Sus tapas, de cartón grueso y firme, se mostraban de un color rojo burdeos ennegrecido. En las esquinas, cuatro ornamentos dorados que sobresalían querían darle un toque distinguido. En el centro, otro dibujo dorado y también en relieve, pretendía representar una especie de símbolo céltico del que Martín desconocía el significado. El lomo y las esquinas se encontraban desgastados y, desde fuera, el conglomerado de páginas se advertía arrugado y ennegrecido, dando todo ello una posible pista de las edades del ejemplar. Lo cogió Martín despacio. Sentimientos de temor y respeto le invadieron, pero también una indudable e inexplicable atracción. Aquel ejemplar carecía por completo de inocencia, por ello no le resultó fácil tomar la decisión de abrirlo. Al sostenerlo y mirarlo, con cierta admiración, Martín no podía dejar de pensar en magos, artes ocultas, magia negra y demás fenómenos en los que él nunca había creído y para los que ni siquiera tenía imaginación, pero bastaba una sola insinuación de su existencia para creerse de repente todos los mitos y todas las leyendas.
Permanecía aún de pie, observando aquel tesoro. Si lo hubiera pensado detenidamente no hubiera sido capaz de recordar cuando fue la última vez que respiró. Rodeándole, observándole en silencio, estaba toda su infancia y el pasado de sus padres, en el mundo del olvido. El viejo sofá, que él solamente recordaba por las fotografías. La caja con ropa de la abuela, viejos cuadros y otras fotos de la familia, arrugadas y amarillentas, algunas ralladas por su hermana con bolígrafos de colores, cuando ésta era aún pequeña. Sus cuadernos de la escuela, y también sus juguetes medio rotos, tristes por no jugar. Por fin, sin más dilación, puso su mano derecha sobre la cobertura del libro y la dejó ahí, inmóvil por unos segundos, como si quisiera empaparse de su poder. Después lo acarició y le limpió vagamente el polvo. Su única intención era sentir el tacto de la antigüedad, la que al menos él creía que poseía el objeto. Con su dedo índice trazó el símbolo que estaba en el centro y que Martín había decidido que, efectivamente, era de origen celta, aunque poco o nada sabía él en realidad de este pueblo.
Cuidadosamente dirigió su mano hasta el extremo de la tapa, la agarró con sus dedos y la abrió. Al hacerlo pudo oír el sonido de las viejas páginas crepitando, quejándose por haber sido despertadas de un largo letargo. El papel, del que si Martín tuviera el conocimiento necesario hubiera asegurado que era pergamino, se presentaba amarillento, como los dientes de un viejo brujo, y era muy rígido y ligeramente rugoso, de un espesor que no había visto en ningún otro libro. Así se imaginaba él el papel de los textos antiguos. El olor que salió del interior, rancio y polvoriento, lo aturdió por unos segundos. pero algo le sorprendió todavía más. Las letras, no estaban. Al menos no en las primeras páginas, pero tampoco en las siguientes. Desilusionado pero decidido a encontrar lo que en un principio vino a buscar en el aquel extraño volumen, y a pesar del miedo que tenía paralizados sus músculos, permaneció observando una de las páginas, y dirigió su mirada a la esquina superior izquierda, como pretendiendo leer una frase inexistente, jamás escrita. Y allí estaban, apareciendo de la nada, las letras. Se escribían justo en el momento exacto en que Martín pasaba su mirada sobre ellas. No estaban y de pronto aparecían, como si se sintieran avergonzadas, o como si quisieran esconder algo, algún secreto. El lector no salía de su asombro y, a pesar de que las manos le empezaron a temblar, algo le impedía abandonar su actividad. Por un lado era él mismo, deseoso de descifrar lo que aquel ejemplar escondía, y por otro el propio magnetismo que este mismo objeto desprendía y que le atrapaba contra su voluntad. Leía sin saber qué significaban las palabras y sin encontrar sentido a las frases, como si de un lenguaje extranjero y extinguido se tratara. Pero, de algún modo, lo entendía. Para él tenía sentido.
Pronto empezó a percatarse de que algo extraño sucedía a su alrededor. Los muebles que le rodeaban desaparecían y las paredes se fundían, dando así paso a un paisaje florecido, donde unas montañas interminables eran ahora el telón de fondo de un teatro imaginario. Sin saber Martín donde se encontraba, igualmente continuaba leyendo, aunque ahora ya ni siquiera tenía el libro en sus manos. Se sentía seguro y quería seguir descubriendo, se veía absorbido por todo cuanto experimentaba.
Nunca jamás hubiera podido Martín imaginar, los mundos que iba a visitar. Fuera a donde fuera se encontraba con una falta absoluta de dolor y de tristeza. La calma reinaba y el placer, uno jamás experimentado, lo inundaba todo. Ríos y ríos de gozo inacabable que emanaban de todas sus terminaciones nerviosas, como si estas liberaran orgasmos infinitos, uno tras otro, que lo mantenían plenamente satisfecho. Los paisajes que vislumbró parecían pintados por los grandes impresionistas, bellos hasta provocar lágrimas de alegría. Las gentes conocidas, las más hermosas y cultas, lo seducían y lo atraían hasta sus lechos de placer. Allí las bestias mitológicas adquirían forma y se tornaban reales. Los astros brillaban solamente para él y la luna, una de las muchas que había, le hablaba y le contaba hermosas leyendas. Los reinos, desconocidos e intemporales, vivían entre las más grandes riquezas y entre la más avanzada tecnología. Era aquel un mundo en el que solamente debía disfrutar. Era aquel un mundo sorprendente en el que Martín, conoció la felicidad.
Despertó en el suelo confundido, desubicado y ciertamente mareado, como recién descendido de un largo viaje a la deriva. Se encontraba empapado en sudor, su pelo estaba completamente desaliñado y algo sucio. Su ropa también.
-¿Se puede saber qué haces? ¡Te estoy llamando desde hace rato!- le preguntó una voz que él reconoció como la de su mujer. Sus gritos le provocaron un dolor de cabeza jamás experimentado y se llevó las manos hasta la frente. Miró hacia arriba y allí la encontró, observándolo con una mirada cargada de ira. Estaba colérica, molesta y hastiada con las tonterías con las que siempre le sorprendía Martín.
Él no le contestó, solamente le importaba una cosa, el libro. Le preocupaba que estuviera bien, que no hubiera sufrido daños, pero también que su mujer no lo viera. No sabía porqué pero eso era, de alguna manera, importante para él. Debía ser un secreto. Se incorporó rápidamente para buscarlo y esconderlo, pero no estaba. ¿Qué había sucedido? ¿Había sido un sueño? ¿Se había desmayado y lo había imaginado todo?
Quedó ausente Martín durante el resto del día. Nada pudo sacar de él su mujer, quien lo creía en un mundo lejano. Y en cierto modo así era. Martín no dejaba de pensar en aquel magnifico pero misterioso libro, en todo lo que le había aportado. Cosas que él no había conseguido en toda una vida y que, estaba seguro, no podría conseguir ni en siete más. Claro estaba, si todo eso era cierto, porque la fuente de todo eso había desaparecido.
Llegó la noche y el deseado descanso del cuerpo y de las almas. Pero un regalo esperaba al desorientado Martín. El anciano libro, el que se había desvanecido tras poner su mundo del revés, se escondía ahora en su mesita de noche. Receloso, lo abrazó cuidando que no sufriera ningún daño, y después observó furtivamente a su alrededor. ¿Qué había sucedido? ¿Quién lo había llevado hasta allí? El desconcierto y una incomprensible alegría se habían entrelazado ahora en Martín, y eran imposibles de distinguir. No sabía si era una magia en la que ni siquiera creía o si era su imaginación, de la que pensaba que carecía. Quería creer que era un truco, una broma de alguien tal vez. Incluso pudiera ser que hubiera comido algo en mal estado. Pero, ¿era aquello real? ¿Cómo podría saberlo? ¿A quién podía preguntar? ¿A quién podía confiarle aquel indescifrable secreto? A nadie. Todas esas preguntas pronto se difuminaron, porque ahora lo importante era que lo tenía cerca de nuevo, y nadie se lo iba a quitar. Debía guardar su aquel secreto con el mayor de los recelos.
Los días pasaban y Martín cada vez se encontraba más y más inmerso en el universo del libro. A veces sentía incluso que no vivía más en el que hasta ahora había sido el mundo real.
Cada vez que se disponía a abrirlo sentía casi hasta la obligación de ponerse las zapatillas y atarse fuertemente los cordones, como un niño cuando va a subir a una atracción de feria por primera vez. Tenía miedo, eso era inevitable, pero era un miedo emocionante. Además, de algún modo, sentía que el libro le protegería ante cualquier peligro. Sentía que se protegían mutuamente. Cada vez que empezaba a leerlo no podía siquiera imaginar las maravillosas aventuras que le depararía aquella fascinante amalgama de páginas. Un objeto en principio tan simple y mundano, del que además siempre había rehuido, y que ahora le estaba proporcionando ricas y asombrosas experiencias, reales todas ellas, y en las que siempre era el protagonista, donde los sabores se intensificaban y explotaban en su boca creando un arco iris sin fin, donde los colores cegaban de cuan claros se presentaban, donde los caricias eran las más suaves, donde la belleza era abrumadora, y donde el placer le provocaba temblores y una satisfacción casi milagrosa. ¿De dónde procedía todo esto? ¿Qué consecuencias podía traer consigo? No se cuestionaba Martín nada de todo esto. No lo necesitaba. Solamente pensaba en probar un poco más. A penas dormía por las noche pensando en lo que acababa de leer, de vivir, y deseando que las horas corrieran lo más rápido posible y dieran paso por fin al ascenso del sol y, con este, a la llegada de un nuevo día.
Y, de nuevo, al abrirlo, el sonido de las páginas crepitando al separarse las unas de las otras. El olor a polvo, pero también a sabiduría y a un tiempo remoto. En las páginas vacías las palabras aparecían de la nada, con el pasar de su mirada. Y le resultaba imposible dejar de acariciar con sus manos las hojas, y sentir la rugosa superficie con las yemas de sus dedos, y ser víctima de la magnificencia de aquel poderoso objeto. Tenía incluso un escondrijo para el mismo y, si era necesario, se escondía él también de su mujer y de quien fuera necesario para leerlo con tranquilidad. Cualquier cosa para que no se lo arrebataran. Y pasaba horas y horas leyéndolo, tiempo en el que permanecía ausente del mundo real, ensimismado entre las misteriosas páginas del ancestral volumen. Cada vez más atrapado, más inexistente. Cada vez más perteneciente a algo desconocido. ¿Cómo podía tener tanto poder aquel montón de papel que solamente necesitaba una desafortunada, o al contrario, intencionada chispa, para desaparecer? ¿Qué magia escondía que conseguía trasladar a Martín a estos universos infinitos y desconocidos? ¿Qué oscuro poder poseía que absorbía a su propietario, hasta el punto de desaparecer?
Un día, a media noche, se levantó Martín de la cama de una forma totalmente autómata. El cielo estaba completamente oscuro, las gentes dormían plácidamente en sus camas, y los grillos aprovechaban para cantarle poemas de amor a las estrellas. La mujer de Martin también dormía, pero su sueño no era apacible, sino que entre pesadillas seguía luchando, al igual que por el día, por recuperar a su marido. La observó Martín en la oscuridad. Parecía su mirada perdida y vacía. En su mente, sin embargo, seguía albergando pensamientos profundos. Se agachó y le dio un beso en la frente, un beso que sintió como ningún otro, y recuperó después el libro del escondrijo donde lo tenía a resguardo. Subió finalmente las escaleras hasta la habitación donde una vez, sin esperarlo, encontró escondido aquel ejemplar.
De repente y con un sobresalto se despertó su mujer, quien miró a un lado y no encontró a Martín. Sintió, sin embargo, la necesidad de llevar una mano hasta su frente, donde una sensación fría, pero muy familiar, se había alojado.
Nadie supo nunca más de Martín. No su mujer, no sus padres. Las teorías fueron muchas, y algunas muy dolorosas, más aún las habladurías. Pero cada noche recibía su mujer aquella fría pero familiar sensación, que una fuerza misteriosa, pero no tan desconocida, depositaba delicadamente en su frente.

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