El costo de la noche tailandesa. Autor: Vicente Schulz

El hombre no debe tener más de 45 años, pero su rostro bien podría representar más de sesenta. Es de contextura muy delgada, pelo liso y rubio; boca ancha y fina; dedos largos y esqueléticos, con cuatro anillos repartidos entre ellos. Se ve exceso de arrugas en su piel decorada con innumerables tatuajes, así como en su cara de figura indefinida, de pómulos marcados y ojos azules bien abiertos, dejando descansar la cabeza sobre su mano empuñada, con los codos sobre la mesa.

A menudo ubica su dedo meñique entre los dientes y mira prácticamente sin pestañear, como demostrando absoluta impresión por lo que escucha en aquella pequeña mesa de la calle Soi Rambutri en Bangkok, a unos 200 metros de la lujuriosa y turística Kao San Road. Le acompaña su mujer, una tailandesa probablemente 15 años menor, la hermana de ésta y un inglés de apariencia similar.

Dice llamarse Flo, en abreviación de Florean, aunque su apellido nadie lo sabe y tampoco se aventuran a preguntárselo. ¿Por qué no? Tiene una compleja historia por contar, de la que a nadie le apetecería ser parte.

-¿Ves la riqueza en medio de la pobreza que se aprecia en Pattaya? ¿Te has preguntado quiénes son los dueños de los resorts en las islas Phangan y Koh Samui? -dice Flo con suspenso, rompiendo su silencio, dejando unos segundos para que alguien responda. Esta vez mira parpadeando repetidas veces, con una mueca de sonrisa y moviendo descortinadamente sus dientes de abajo con los de arriba.
-Los rusos… sí, los rusos. Putos rusos —vuelve a maldecir su voz amable y pasiva, siempre sonriente—. Así como muchos, yo nunca más salí del sur de Tailandia. No puedo, mi vida ya está aquí. Aunque me gustaría no podría escapar… me matarían mucho antes de lo que podría imaginar. ¿Ves a esos malditos rubios manejando pequeñas motos, acompañados de gente local? Son la mafia, conocen a cada uno de los turistas que ingresan a su zona, te conocen a ti y los tailandeses que les rodean son sus soldados. Nunca, pero nunca te confíes del sur de Tailandia. ¡Nunca!

¿Qué tipo de paraíso es este?

Walking Street está repleta de gente encandilada por los numerosos carteles luminosos que cuelgan de las paredes de sus edificios. Esa peatonal es la meca de la prostitución barata, el paraíso del pedófilo y los occidentales con problemas de seducción. El futuro de las niñas pobres es una salida al primer mundo de los proxenetas y la villa del placer de europeos sedientos de sexo.

En medio de la calle, un stand de la policía de turismo hace como si trabajara. La causa que acogen hoy es sobre un ladyboy (transexual) acusado de golpear a un turista que intenta agregar más culpas al caso, pero los oídos sordos de los oficiales (ninguno de ellos local) silencian las palabras del afectado visitante que poco puede hacer frente a una autoridad coludida con la mafia.

Más adelante, dos prostitutas se golpean descontroladamente en el suelo por un motivo que se desconoce. Una patada en la boca responde a un tirón de pelo y un derechazo en el ojo equipara la pelea. Este primer round es el centro de atención para un grupo de gringos corpulentos que festeja con una cerveza en la mano cada golpe bien colocado. Ninguno pretende detener tan entretenido espectáculo.

Pattaya es el nombre de este circo sexual ubicado a 165 kilómetros al sudeste de Bangkok, la capital de Tailandia, en las costas del Golfo de Siam. Pattaya es definitivamente la cuna de la mafia dominada por los rusos. Cientos de ellos caminan con autoridad por las sucias y malolientes calles que se construyeron sobre este pueblo originalmente de humildes pescadores, que alguna vez fue paradisíaco, y donde algún día sus arenas blancas, largas palmeras y aguas cristalinas maravillaron a comienzos de los años 60 a sus primeros visitantes: cientos de soldados estadounidenses preparados para morir en Vietnam.

Hoy todo es distinto. La pobreza extrema de Tailandia, que no encuentra ayuda en el budismo alojado en inmensos templos de oro, se vende al placer y a la adicción carnal del turista.

Durante la mañana, algún cambio se puede notar. Quizás un pequeño descanso de la vida sexual. El horario del break es entre las nueve de la mañana hasta las cinco de la tarde. En ese tramo, existen distracciones, pero solo por esas esperadas ocho horas. No más.

Antes de cualquier problema, lo más usual es visitar Koh Larn (Koh significa “isla”, en Thai, y Larn, “lejana”), un leve respiro en el infierno, algo similar al aire acondicionado de los famosos 7-eleven (la primera cadena de almacenes en Tailandia) que sirve para alejarse por un instante de la agobiante humedad ambiente que hay en el sur y sus constantes oscilaciones entre 30 y 35 grados, que se sienten como olla de presión en el cemento caliente y sucio.

Los barcos de marcha lenta tardan 45 minutos en recorrer los 7,5 kilómetros que separan a la isla del continente, tienen un valor de 30 bahts (un dólar) y salen cada una hora. Cabina amplia de madera, con capacidad para más de 150 personas, que por lo general son exclusividad de turistas rubios. Inexplicablemente existe una división racial que obliga, sin ser explícito, a los visitantes asiáticos a elegir otra alternativa o esperar el siguiente bote. Sin embargo nadie lo nota, ni siquiera los “perjudicados”, como si fuera una ley natural que debemos acatar sin objetar nada. Lejos de notar cualquier cosa extraña en ello, coreanos, filipinos, chinos y singapurenses, con cámara de punta en mano y máxima alegría, optan por llegar a Koh Larn vía speed boat, un lanchón que no tarda más de quince minutos en llegar a puerto.

Una vez ahí, una horda de conductores de tuk-tuk (el taxi tailandés) se lanza con desesperación hacia los turistas. Con capacidad para diez personas y precios que oscilan entre los 10 y 30 bahts, dependiendo de la distancia, cada vehículo viaja en dirección a cualquiera de las doce playas que ofrece la isla, que si bien suelen estar colapsadas de gente, en su mayoría rusos, sirven como centro de descanso post y pre vida nocturna para los más fiesteros.

Casi todas están estructuradas de la misma forma: un estacionamiento de motos, seguido por cerca de 200 metros de restaurantes con menús para llevar o servir en el mismo local. Luego viene la oferta de sillas y quitasoles que se pueden arrendar por otros 30 bahts y que ocupan tres cuartas partes de la playa, o sea, es casi obligación tener que pagarlas. Para lo que queda de arena, casi no vale la pena tender la toalla ahí porque a cada rato sube la marea producida por lanchas y motos de agua que navegan alrededor. Un par de metros más adentro, obviamente, está la orilla del mar y un cerco de unos tres mil metros cuadrados de agua tibia, delimitados por boyas de color naranja para que nadie salga de la zona de seguridad y arriesgue ser arrollado por un jet ski a manos de un inexperto turista menor de edad.

Una vez que la tarde se avecina, los últimos barcos zarpan para volver a Pattaya y a medida que la ruta va llegando a su fin, se puede sentir un aire distinto en la ciudad. La música de discoteca comienza a sonar y los letreros luminosos han sido encendidos. De a poco las prostitutas se van asomando por Walking Street y las principiantes prenden sus primeros cigarros en la costanera de Playa Pattaya.

La noche llega y la fiesta comienza de nuevo. Prácticamente no hay turistas mujeres, solo hombres que bajan sus primeros tragos de la jornada, mirando a las bailarinas del único estilo de bar que se puede visitar: el cabaret. Ahí la oferta es variada, desde un show en vivo, otro privado, el famoso ping-pong show (diversas acrobacias que las mujeres realizan con sus genitales) o un thai massage, que en otras palabras no es más que una violación pactada económicamente entre víctima y victimaria.

Así se viven las diez horas de noche, todos los días del año. Un negocio perfecto para inversionistas extranjeros (rusos y alemanes en su mayoría) que se han instalado en las últimas dos décadas, inaugurando un sinfín de lujosos hoteles en medio de la miseria; finos restaurantes, adueñándose de empresas de turismo y arriendo de motos de agua y de calle, aumentando la oferta de cocaína y administrando un gran número de prostitutas que van desde los 15 años hasta la post menopausia.

Cada uno de estos empresarios es respaldado fielmente por la policía local. Son, por lo tanto, intocables. «Cualquier problema que tengas con un tailandés, por muy injusto que sea, nunca intentes resolverlo. El mismo estafador te llevará a la policía y solucionarán monetariamente la causa. Lógicamente, cada uno se lleva una parte. El delincuente por llevar a la víctima y el oficial por comisión», explica Andrés, un italiano que vive en Bangkok y Roma, alternadamente, y que visita Pattaya cada año. Al rato, una mujer rusa se le acerca y lo abraza con cariño. Andrés se lo devuelve amablemente y al minuto la deja irse. «No puedes ser distante con las prostitutas, eso te podría traer serios problemas, incluso hasta la muerte».

Andrés no exagera, cada año cientos de turistas son víctimas de la mafia organizada que gobierna Pattaya y casi todo el sur de Tailandia. Si una persona compra drogas entra de inmediato a la base de datos del negocio negro y tiene por lo tanto graves problemas. El más usual es que el dealer esté coludido con la policía y por lo tanto, una vez vendida la mercancía, los oficiales lleguen dateados por el vendedor y detengan al comprador, imputando una multa que suele ser de 600 dólares.

Otro crimen frecuente tiene relación con las prostitutas. Tiempo atrás, según un informe del periódico Pattaya One, un turista de Bangladesh fue encontrado muerto en la habitación donde se hospedaba. La caja fuerte había sido forzada y posteriormente abierta. El cuarto también estaba completamente desordenado y la víctima drogada. Mizanur Rahman se llamaba el visitante de 54 años que, según dijeron los recepcionistas del Hotel donde alojaba, la noche anterior había ingresado con una dama de compañía.

El caso no es un simple apartado en el prontuario de la ciudad, sino más bien, es una práctica bastante común. No por nada, en gran parte de los centros de hospedaje, como recomendación se les menciona a los turistas: «prohibido el ingreso a la habitación de sujetos no identificados en recepción».

El tercer crimen es el más fácil de evitar. Simplemente no alegar ni discutir con ningún tailandés que venda o arriende algo. Es frecuente ver a extranjeros quejándose airadamente contra el arrendatario de una moto que lo sancionó por daños. Así como son reiteradas las veces en que realmente no hubo ningún daño, pero que por temas de negocio, algún impuesto se debe cobrar. En esos casos el procedimiento es casi condicionado: el turista amenaza con reclamar ante la injusticia buscando al menos un descuento en el precio de reparación de daños. El alquilador propone un nuevo valor y el trato suele acordarse.

Sin embargo, muchas veces el conducto regular se ve entrampado y el visitante pretende dar un paso más, llevando el caso a la policía. Una vez en la comisaría más cercana, los oficiales reducen el pago por supuestos daños, quedándose ellos con una comisión del monto total que recibirá el arrendatario. O sea, un trabajo en equipo perfecto que en algunas ocasiones se puede ver empañado por la persistencia del estafado, al que finalmente se le obliga a realizar el pago previa amenaza con arma en mano.

Un mes antes del asesinato al turista de Bangladesh, dos estudiantes de Macao, región administrativa especial de la costa sur china, sufrieron este tipo de estafa. Los jóvenes de 21 años arrendaron dos motos jet ski en la playa principal de Pattaya. Al regresar, el operador de la compañía los obligó a pagar una multa de 100.000 baths (más de 3.000 dólares) por daños inexistentes, por lo que decidieron acudir a la policía local. Allí, el resultado fue más alentador, aunque igualmente injusto, ya que el pago final quedó pactado en 7.000 bahts (220 dólares).

Como si fuera poco, los estudiantes no solo perdieron ese dinero, sino que además, al llegar de vuelta al hotel donde se hospedaban, el operador del jet ski los esperaba junto a un acompañante en la entrada del lugar. Felizmente no hubo altercados, el trámite fue más simple y solo se trató de un asalto en el que los jóvenes de Macao terminaron perdiéndolo todo. Según se lee en el portal siamgold.net, la policía nunca encontró a los asaltantes que estuvieron declarando en su propia comisaría.

Un mercado incipiente

Al sur de Tailandia, obviando Phuket, la otra meca sexual, todo aparenta ser más tranquilo. No es tan frecuente ver árabes corpulentos de la mano con mujeres de la noche, golpeándolas de vez en cuando como cual arriero acarrea sus bueyes. Tampoco, aunque a veces se vislumbra, es muy natural que un europeo de entre 60 y 70 años pasee en su Harley Davidson a una asiática de 16 años.
Muy por el contrario, el sur de Tailandia simula ser el paraíso. Dependiendo la ciudad que se visite, el tipo de turista está fielmente segmentado según intereses. Mientras las familias con hijos disfrutan de las tranquilas y paradisíacas playas de Koh Samui, en el Golfo de Tailandia, y los hippies se nutren del ocio en Koh Tao, ubicada en el mismo sector, los estudiantes ingleses y estadounidenses gozan de la vida nocturna y lujuriosa de Koh Phangan, a solo 45 km de distancia de esta última.

El paisaje es exactamente el mismo en cualquier playa. La arena blanca y fina, cercada por innumerables palmeras, a orillas de un mar pasivo y transparente, plagado de diversos peces de colores vivos. Todo este escenario es cobijado por altos cerros rocosos, poblados por una nutrida y verde vegetación, en donde sus escasos puntos planos son aprovechados para construir los famosos bungalows, unas piezas de madera y paja que albergan a los mochileros.

Al otro lado del Golfo de Tailandia, y viajando en avión, barco o bus, están las playas que dan al Océano Índico. Ahí las múltiples agencias de buceo ofrecen espectaculares encuentros con tiburones leopardo o cursos de hasta diez días. La oferta gastronómica es más variada respecto del resto de Tailandia (se puede comer un plato que no contenga ni noodles ni arroz salteado con verduras y carne) y los pescadores venden costosos boletos para viajar a los islotes que yacen frente a las playas de Koh Phi Phi, Krabi, Railay y Koh Lanta.

Sin embargo, la llegada de la noche conlleva algo distinto. Al igual que en Pattaya, aunque en menor medida, las noches de fiestas amenazan cada vez con mayor fuerza la tranquilidad de los pueblos y cada año es más frecuente encontrar turistas estancados por el negocio. Cientos de bares y restaurantes pertenecientes a italianos, rusos y franceses dan la cálida bienvenida a jóvenes visitantes.

Una vez hallados, los nuevos turistas comienzan a disfrutar de la fiesta, las drogas y el alcohol. Así cada noche, hasta quedarse sin ningún baht, viéndose obligados a trabajar como anfitriones y/o animadores de eventos nocturnos, quizás pavimentando un futuro no muy lejano que se podría transformar en una pesadilla. Quizás despidiéndose por siempre de la vida rutinaria y segura que dejaron en casa, envolviéndose de los vicios de la noche, tal como ocurrió con Florean, el alemán atrapado en el sur de Tailandia y tal como ha ocurrido con el resto de los europeos que se han establecido en estas playas.

Los barcos comienzan a zarpar desde el puerto de Koh Phi Phi. Algunos viajan colmados de turistas borrachos, gritando con el clásico tono agudo, en dirección a Maya Beach, la isla de la película La playa (2000), protagonizada por Leonardo DiCaprio y dirigida por Danny Boyle, y que por tal condición se ha transformado en la mayor atracción de la zona.

Otras embarcaciones trasladan mar adentro solo a un par de europeos dispuestos a hundirse veinte metros para bucear con tiburones leopardo, mientras, a lo lejos, un lanchón se pierde entre los grandes islotes rocosos con un grupo de treinta asiáticos que no paran de sacar fotos. Cada pocos metros de distancia, se ven constantemente grandes yates con las banderas de Alemania, Rusia, Tailandia e Italia, en cuya proa sus dueños disfrutan de un gran cóctel tomados de la mano de sus mujeres lugareñas. No paran de saludar a cada barco que se les pase por delante, como despidiéndose desde aquellas tierras que los han atrapado por décadas.

Grandes nubes grises comienzan a tapar el cielo celeste y soleado. La lluvia cae como arrojada desde baldes de agua sobre las islas que se van haciendo cada vez más pequeñas a medida que el barco las abandona, dejando atrás el paraíso que los turistas alguna vez vieron por folletos y que, quizás, luego de esta visita, muchos jamás volverían a pisar.

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