Barrancas de Cobre… Cañón sorpresa de México. Autor: Claudia Botero

La sorpresa es uno de los principales ingredientes a la hora de viajar, y en esta oportunidad comenzó desde el momento mismo que empezamos a planear nuestro viaje al Cañón o Barrancas del Cobre en México.

La primera sorpresa fue al buscar en internet y encontrar este dato: “Conformado por siete barrancas, este cañón es cuatro veces más grande en extensión (60 mil Km cuadrados) y casi dos veces mayor en profundidad que el Gran Cañón del Colorado en Arizona”. Esto sí que fue una sorpresa, más aún sabiendo que antes de llegar a México, yo desconocía la existencia de este cañón.

Desde que vivimos parte del año en México, en nuestro bote de vela, hemos conocido y entablado buenas amistades con personas de diferentes partes del mundo, por lo que nuestro grupo de viaje en esta oportunidad, era muy internacional: Tres Canadienses, dos Estadounidenses, una China, un Japonés y una Colombiana (yo).

El día 12 de Diciembre de 2015, tomamos un autobús en Guaymas , Sonora con destino Los Mochis, Sinaloa, para continuar desde ahí a otra población, también en Sinaloa, llamada El Fuerte. Esta fue nuestra segunda sorpresa. Qué pueblo tan encantador! El Fuerte es uno de los denominados “Pueblos Mágicos” de México, y cuenta con el atractivo de la leyenda de El Zorro.

En una de las casas del pueblo (hoy en día convertida en un hermoso hotel) nació Diego de la Vega. Cuando tenía 9 años, su familia se trasladó a California, Estados Unidos. Unos años más tarde empezó a circular el rumor que había un enmascarado, que se autodenominaba El Zorro, el cual protegía y ayudaba a los necesitados. La gente comenzó a decir que ese enmascarado era Diego de la Vega… y nació la leyenda. En el hotel, fuera de tener una estatua de El Zorro, todas las noches “aparece” con su espada, máscara y capa, para deleitar a los turistas. Cuando hay “full house”, hay show con música y El Zorro, canta… cuando hay pocas personas, como nos tocó a nosotros, El Zorro aparece y va de mesa en mesa, divirtiendo a los presentes (de hecho habla también inglés) y contando la leyenda que les acabé de mencionar. Ficticio o no el personaje, nos reímos mucho en compañía del enmascarado y pasamos un rato muy agradable.

El cañón es atravesado por la ruta de tren Chihuahua al Pacífico, conocido como “El Chepe”. El ferrocarril cruza algunos de los terrenos más escarpados de México, “abrazando el borde de montañas y cruzando profundas cañadas y barrancas en sus puentes”. Después de 2 noches en El Fuerte, tomamos el tren con destino a Creel (en el estado de Chihuahua). El tren como tal y su recorrido subiendo y atravezando montañas, fue una de las sopresas más grandes de nuestro viaje. “El Chepe recorre una distancia de 650 kilómetros, entre Los Mochis (Sinaloa) y la ciudad de Chihuahua. En su recorrido atraviesa 37 puentes y 86 túneles y es considerado como una de las obras maestras de la ingeniería Mexicana”.

El sólo tren es sorprendente. La comida en el vagón comedor, increíblemente buena; el tren, cómodo, limpio y muy bonito, ahora que decir del recorrido… sin palabras!

El Cañón del Cobre es hogar de los Indígenas Rarámuris o Tarahumaras y a lo largo del recorrido, el tren para en varias estaciones donde se pueden admirar y adquirir artesanías elaboradas por ellos.

Después de 7 horas y media en el tren, llegamos a Creel! Esta población está ubicada en lo alto de la montaña, a unos 2350 metros de altura (y un frio “sorprendente”). La distancia entre El Fuerte y Creel son unos 315 Km, subiendo de una altitud de 95 metros (El Fuerte) a 2350 metros (Creel). Esto hace que a lo largo del recorrido no sólo el paisaje cambie, sino también el tipo de vegetación, pasando de los cáctus a los pinos. Como es de imaginar, El Chepe no es precisamente el tren bala… claro que la velocidad es perfecta para admirar los preciosos paisajes.

Después de pasar una noche en Creel, contratamos un tour para ir a varios lugares turísticos (una Misión, unas cuevas donde habitan familias Tarahumaras, unos valles con grandes rocas, un lago muy lindo y una cascada) para luego continuar a un pueblito precioso, ubicado en el fondo del cañón llamado Batopilas. Una de las mejores sorpresas al viajar, es tener la oportunidad de interactuar con las personas locales, en este caso con los indígenas y “para la muestra, un botón”: Estando en la Cascada de Cusararé, un niño Tarahumara, de 10 años, nos guió desde donde se deja el vehículo hasta la propia cascada. En determinado momento, y sosteniendo la cámara, le pregunté que si nos tomaba una foto, él me preguntó que con qué. Después de explicarle y mostrarle como se tomaba la foto, lo hizo con una sonrisa de oreja a oreja (cosa no muy usual en ellos). Después mi esposo me tomó una foto con el niño y se la mostramos en la pantalla de la cámara… no paraba de reirse, con una risita nerviosa. Fue muy lindo ver su felicidad al tomar y verse por primera vez en una foto.

El descenso por el cañón es increíble. No solamente se descienden 1500 metros (en aproximadamente 4 horas) sino que la topografía y el cambio en la vegetación, es maravilloso. La carretera es pavimentada en su mayoría y está en buen estado (un carril de subida y uno de bajada), pero como se podrán imaginar, bordea el desfiladero y tiene curvas muy pronunciadas, cosa a la que no están acostumbrados los norteamericanos. Personalmente sólo hubo un punto donde me pareció “asarozo” y fue en un tramo donde la carretera está cerrada debido a la construcción de un puente, y hay que tomar la carretera vieja, la cual es destapada y hay que cruzar el rio en dos oportunidades… en una de ellas, se hace pasando por un puente sin barandas, estrecho (para un solo vehículo) y algo deteriorado.

Batopilas, situado en el fondo del cañón, fue otra de las grandes sorpresas de este viaje. Este era un pueblo minero (plata) el cual floreció gracias a dichas minas y a la intervención (buena o mala) de un adinerado político de Washington DC (Alexander Sheperd). Entre otras cosas, dicho personaje construyó una pequeña hidroeléctrica, haciendo que Batopilas se convirtiera en la segunda población en México en tener electricidad, después de la capital.

Batopilas también tiene la categoría de “Pueblo Mágico”, lo que favorece el turismo (principal fuente de ingresos, actualmente) y la conservación del mismo en implecables condiciones… es hermoso. Durante nuestra estancia en este maravilloso lugar, contamos con la fortuna de ser testigos de la entrega de regalos navideños a los Tarahumaras, por parte del gobierno del estado. Desde temprano notamos que la plaza se empezó a llenar de Indígenas, vestidos con sus coloridos atuendos. Luego nos enteramos del evento que iba a tener lugar en la plaza y por supuesto decidimos quedarnos a presenciarlo. Empezaron a llegar los camiones y a bajar los regalos, había muchas cobijas, ropa, zapatos y comida (como bolsas grandes de fríjol). Tuvimos la oportunidad, mientras esperábamos que empezara el evento, de compartir con una familia Tarahumara, quienes nos compartieron algo de su vida… fue muy enriquecedor e interesante. Les pregunté dónde vivían y cual fue mi sorpresa cuando me contestaron: “no muy lejos del pueblo, sólo hay que caminar 5 horas”. Comentarios como este ponen en evidencia algo que sabemos, pero olvidamos frecuentemente, “nada ES, todo depende desde donde lo percibimos”.

Ese mismo día (16 de Diciembre) comenzó lo que los Mexicanos denominan “Posadas”… Su versión de lo que en Colombia llamamos Novena de aguinaldos. A las 6 de la tarde, la actividad comenzó con el Rosario, seguido de la canción pidiendo posada y luego hubo una piñata en la plaza. Para ese entonces la mayoría de los indígenas se habían ido, ya que el regreso a casa es largo.

Después de pasar 2 noches en esta pequeña población, regresamos a Creel y al día siguiente nos desplazamos en bus hasta Divisadero, donde como su nombre lo indica, hay una buena vista de uno de los Cañones. En este lugar hay varias atracciones turísticas (ej. Teleférico) y unos hoteles preciosos al borde del despeñadero. Adicionalmente hay un sendero por el cual se siente uno caminando por el “filo de la navaja”. Ahí tomamos nuevamente el tren “Chepe” rumbo a El Fuerte, para al día siguiente regresar a Guaymas.

Termino con una anécdota graciosa. Andando con “el combo de amigos”, traduciéndoles y coordinando todo, en dos oportunidades me confundieron con guia turística. En una de estas ocasiones, en El Fuerte, tomamos un tour en un trencito y cuando nos bajamos, para mi sorpresa, me dice el conductor: “Tenga mi tarjeta para que me llame cuando traiga otro grupo”. Me reí y le expliqué que ese grupo eran mi esposo y unos amigos, pero me sentí muy halagada al ser percibida como una “profesional en el sorprendente mundo de los viajes”.

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