Una de bucaneros. Autor: Zahira Aragón.

Relato inspirado en una historia que ocurrió de verdad…
Protagonistas: Ignacio Izquierdo, Carmen Teira y Guillermo Mendo, en presencia de la autora, Zahira Aragon.

Desde la bodega del Wilhemine von Stade, PulgaNegra maldecía su suerte. Dos de los siete mares surcados, para acabar viéndose relegado a las turbias aguas del Elba. Marinero de agua dulce habían osado llamarle en su propia tierra. Esos filibusteros… Buitres del mar. ¡Conseguidme una nave de tres mástiles y una buena tripulación, y que me aspen si mi leyenda no asusta al fantasma del mismísimo Morgan! Gritaba, puño al aire. Pero nadie daba ya una libra por él.
Golpeó la mesa con fuerza y su mirada se perdió en las marcas irregulares de la madera, la mente navegando por lejanos mares. Tantas batallas no libradas… Tanto oro por recaudar.
El joven Timmy descendió de cubierta como alma que lleva el diablo, el corazón palpitándole en las sienes y su mono el músico cargado al hombro.
“¡Capitán! ¡Capitán! Se ha hundido otro barco en el canal”.
“Dile que toque” contestó el capitán ignorando las palabras de Timmy. Sus ojos vidriosos fijos aún en la mesa.
“¡Pero capitán! Es nuestra oportuni…” Otro golpe seco sobre la mesa y el grumete huérfano supo que aquél día tampoco cumpliría su promesa. Sacó un pequeño acordeón del bolsillo de su chaleco y se lo colocó al animal entre las manos. Éste comenzó a tocar la melodía favorita del capitán mientras lanzaba breves y penetrantes aullidos balanceándose de un lado al otro al compás de la música.
Timmy observaba la ya familiar danza con resignada quietud, interrumpida tan sólo por el movimiento casi mecánico de su mano secando el constante goteo de la nariz. Las tablas del muelle crujían fuera y PulgaNegra tamborileaba satisfecho siguiendo el ritmo con los dedos. De pronto, el mono chocó contra el vaso del capitán derramando sobre la mesa el poco ron que quedaba en él. Al ver malogrado su tan codiciado licor, se puso en pie de un brinco:
“¡Por las barbas de Neptuno, Timmy! ¡Este estúpido mono ciego no serviría ni como carnaza! Arrr… ¡Llévatelo de aquí si no quieres que lo pase por la quilla!”
El mono chillaba nervioso y corría en círculos sobre la mesa intentando zafarse de un ataque que no llegaba. Al sentir la sucia y trémula mano de su amo, trepó veloz hasta su cuello, donde tantas veces se había resguardado de la furia del capitán. El muchacho recogió el pequeño acordeón del suelo; por un instante dudó si debía reponer la bebida, pero creyéndolo mala idea giró sobre sus talones y se apresuró por la escalerilla. Cuando la lluvia apagaba ya el fulgor de sus mejillas, oyó al capitán dirigirse a él desde las entrañas de la nave: “Y Timmy, corre a la posada a decirle a Susy que me vaya preparando una buena sopa de calamar. El viejo PulgaNegra necesita algo que le caliente los huesos…”
“¿Y entonces?” Preguntó ansiosa Carmen sacando la cabeza entre los pliegues de la manta. Guillermo dió un sorbo a su café y observó como el movimiento del barco mecía lentamente los faroles de la bodega. Ignacio y Carmen se miraron con impaciencia. Guillermo posó lentamente la taza de aluminio sobre la mesa, levantó la vista y dando un golpe seco en la madera dijo:
“¡Maldita sea! ¡Esta noche cenaremos todos en un chino-vietnamita!”

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