Las reencarnaciones de los Salvatore. Autor: Kayser

Dicen los budistas que la vida no es más que una rueda de purificación y que las sucesivas reencarnaciones que se producen tras la muerte física pueden asentarse en cualquier otro ser; desde la más diminuta hormiga hasta la vaca más sagrada que camina libre por las calles de Nueva Delhi.
Desde siempre me ha fascinado el rostro de las imágenes de Buda labradas en cobre por pequeños aprendices que tardan más de tres años en aprender el oficio y dejan plasmado algo de su ser en la figura recién construida, como si la fabricación de la imagen llevara asociada una pérdida importante de su propio ser.
Supongo que algo tendrán que ver mis antepasados, la extensa familia Salvatore, que lleva años muriendo y resucitando bajo un denominador común que la hace única, pues todos los que me alcanza la memoria y que según la tradición van sumándose a la genealogía, han estado relacionados con este metal de alguna u otra forma.
Nuestro escudo heráldico que preside una de las casonas antiguas de la capital, está formado por dos espadas cruzadas sobre un soporte triangular, tachonado por sus cuatro costados con flores de lis diminutas, todo tallado en un cobre rojizo de una pureza sin igual.
Se me ocurrió investigar más a fondo a los Salvatore no hace mucho. Concretamente tras recibir una carta de mi abogado y albacea en la que relataba haber encontrado por casualidad un anuncio en el New York Times y que decía algo parecido a esto:
“Busco a un hombre llamado Servia Salvatore que nació en Italia en 1.891. Su esposa Johana había nacido en EEUU en 1896. Creo que tenían dos sobrinos: Baniel Burckley nacido en 1897 y Margaret Burckley nacida en 1901- Desde 1915 no se dispone de ningún otro dato familiar ni aparece nada en ningún archivo. Agradecería información sobre esa familia con la que creo poseer lazos de sangre.”
Mi abogado me dijo que alguien capaz de poner una nota así, no tendría ningún reparo en golpear puerta por puerta de cualquier Salvatore que encontrara y que quizá tuviera una razón poderosa para hacerlo. Yo simplemente pensé en mis muchos arrebatos momentáneos, en la euforia inicial al perseguir un sueño que finalmente terminaría por desinflarse. Sin embargo, un cosquilleo me removió la sangre. Recordé que recientemente, una de esas noches en las que el mundo parecía volverse del revés, había fantaseado emocionada con la película “Cartas a Julieta” que transcurría por las tierras italianas de Verona donde Claire busca a los mil Lorenzos Bartollini , hasta que lograba su objetivo. La inquietud al repasar la sucesión de nombres desconocidos me impidió dormir durante algunas noches, pues salvo el origen italiano no encontré más elementos en común entre esos Salvatore y nuestra extensa familia que andaba desperdigada por todo el mundo.
Sicilia atrae y asusta a la vez, sobre todo, cuando se tienen frágiles los nervios y se deja influir por sus encantos. Aunque pueda parecer que uno se acostumbra al fuego del volcán como telón de fondo, a la lava cayendo por las colinas; la historia da fe de los pueblos sepultados y, en un país donde la religión cristiana está arraigada por la proximidad con Roma, la presencia constante de las llamas del infierno no deja vivir en paz. Por mucho mar que haya. Por mucha gaviota que juegue a meter la cabeza bajo el agua para atrapar comida. Por mucho misterio que nos cuente una concha acercada al oído y nos hable de futuros y pasados, de secretos y vaticinios. Por mucho que nos empeñemos en caminar sin terminar de pisar los restos de cenizas mezclados con un cobre demasiado caliente como para tocarlo con los dedos desnudos. Porque a fin de cuentas, el volcán escupe cobre y yo estoy cerca mirándolo, uniéndome a su pasado, intentando entender de dónde vengo y adónde voy.
Carricko Salvatore me queda unas cuantas generaciones por detrás. Entonces Palermo debía ser en blanco y negro, con calles de tierra, casas modestas y talleres próximos a la plaza donde bullía la actividad diaria, sobre todo en los días de mercado. Sobre las paredes de los edificios colgaban anillas gruesas de latón usadas para atar a las caballerías mientras los dueños despachaban sus asuntos comerciales y regaban sus gargantas con vino aguado en las cantinas. Imagino que también se respiraba mucho miedo a cualquier acusación en falso pues lidiar contra la autoridad pasaba irremediablemente por las garras inquisitorias que arrancaban verdades de donde no había qué sacar, ese miedo que quedaba tachonado por el fuego del volcán, como si echara su rúbrica final en la sentencia.
De Carricko Salvatore conservamos una fotografía en la que iba vestido a la antigua usanza. Calzones hasta la rodilla, botas altas, barba perfectamente recortada, bigotito peinado en tirabuzones ascendentes, pelo recogido en una coleta sobre la nuca, sombrero sobre la cabeza y una capa de color rojizo cubriendo desde los hombros hasta media pierna. Estaba firmada por un tal Giovanni Pallomeli, al parecer fotógrafo afamado en aquella época en la que las cámaras eran lujo exclusivo de unos pocos que recibían el mecenazgo de las altas clases de la sociedad. Estaba tomada en la puerta de lo que debía ser su taller de cerámicas. A la izquierda se adivinaba una cuchillería donde vendían según rezaba el letrero: meglio dei coltelli di rame di Sicilia (los mejores cuchillos de cobre de Sicilia). A la derecha parecía tratarse de una botica pues se apreciaban tarros de diversos tamaños con etiquetas pegadas con el nombre de las mil hierbas y pócimas que se fabricaban por aquel entonces como remedio para la tos, las fiebres, el dolor de muelas o las pústulas que no cerraban sin aplicar cataplasmas durante días. Viendo aquella fotografía recordé lo que decía mi abuela que decía mi bisabuela sobre la fama de las tinajas de los Salvatore. “Tenían un rojo envidiable que ningún otro fue capaz de copiar.” No habría tenido nada de particular si no hubieran añadido que el secreto residía en algo fuera de lo normal. Carricko mezclaba las arcillas con su propia orina y, aunque al principio solo servía para mantener momentáneamente el calor en las manos, más tarde y sin explicación científica alguna, el rojo se volvía mucho más vivo, haciendo las piezas más apetitosas para la gente más pudiente de la ciudad. Mientras en la parte superior de su taller mantenía la disciplina entre sus obreros y aprendices (como si se hubiera tomado muy en serio que en cada pieza esa gente dejaba una parte de sí mismo, igual que creían los budistas) y se esforzaba para no ser blanco de acusaciones envidiosas (todavía quedaba en el aire el miedo al Santo Oficio); en la parte de abajo, en los sótanos, juntaba el silicato de aluminio con el amoniaco como si estuviera a punto de descubrir la alquimia. Calentaba, batía, pasaba por el alambique y se dejaba los ojos noche a noche, hasta que su salud se resintió sobremanera. La piel se le volvió amarilla y su amigo el boticario le habló de los humores hepáticos alterados, le aplicó las sanguijuelas para que chuparan la sangre envenenada y le recomendó una dieta sin pescado y mucho agua de manantial. Aún así, no vivió mucho tiempo más.
Carricko Salvatore debió ser uno de los primeros Salvatore que heredó el gen. El mismo que se ha ido reencarnando alternativamente en los Salvatore, saltándose alguna generación, pero que entonces, se desconocía. Fue un médico británico llamado Samuel Alexander Kinnier Wilson quien describió en 1.912 los cambios patológicos en el cerebro y el hígado asignándole a la enfermedad su apellido y que consiste en un exceso de cobre en los tejidos corporales que produce lesiones en los órganos mencionados hasta que finalmente dejan de funcionar.
El exceso de cobre eliminado por su orina le dio fama con la misma rapidez que lo mató y que obligó al resto de los Salvatore a huir deprisa de tierras sicilianas. La sociedad de entonces estaba preparada para lo común. Carricko Salvatore tenía cambios de humor, no era capaz de cuidar de si mismo, se descomponía como una marioneta e incluso decían que por su boca hablaba el mismísimo Satanás, pues apenas acertaba a emitir sonidos. Las lesiones de su cerebro lo convirtieron en una especie de loco demasiado peligroso para el pueblo llano. Caer en desgracia era más fácil que recibir favores de las familias acomodadas y, quienes vieron menguar sus rentas por la competencia que suponía Carricko, alimentaron las mentes temerosas de Dios hasta la exaltación. Un funeral rápido tuvo por toda despedida. Ni un “mi disipase” (lo lamento) flotó en el aire.
Canelita Salvatore tomó un nombre original. Significa “especie de roca meteórica” y, haciéndole los honores, debió ser así de terremoto. Tomó por esposo a un matemático de apellido Bagnea, empeñado en explicar mediante la aproximación factorial las probabilidades de vivir más de cincuenta años o aplicar el todavía no demostrado teorema de Fermat para contar lo más exactamente posible los habitantes de una ciudad, tomando una muestra reducida, con un margen de error inferior al diez por ciento. Así, Gauthier Bagner contó los muertos en 1928 cuando el volcán Etna envolvió la ciudad de Mascali y solucionaba los problemas cotidianos de falta de arroz y la compra de pantalones con ecuaciones matemáticas que sacaban a Canelita de quicio.
Canelita Salvatore que decía que tanta matemática no proporcionaba ningún consuelo a las familias destrozadas por la desgracia, pagó varias novenas de misas por los muertos en el altar de Santa Lucía de Siracusa, patrona de oficios varios, incluidos los electricistas, pues ya se decía por entonces que el cobre tiraba al monte (refrán modificado del conocido por nosotros de la cabra) y tenía que responder a la llamada de los genes, aunque en realidad, debía ser una forma de apaciguar las ganas que tenía de abalanzarse sobre el cuello de su esposo hasta que hablara en cristiano y como Dios mandaba, vamos, que le hiciera caso de una vez.
Aún así, ambos formaban una pareja feliz, aunque sin descendencia, pues al parecer Canelita era estéril. Gauthier la obsequiaba con cazuelitas de latón de diferentes formas y tamaños cada vez que viajaba a los Congresos para hablar de matemáticas y, aunque Canelita no entendía ni una palabra de algoritmos y tendencias al infinito, sumaba las piezas de la colección y estaba segura de que nadie en el mundo podía alcanzarle en número.
Si hubo algún Salvatore gusano o lombriz, duraría poco, pues recién abonada la tierra con los sulfatos, el amoniaco y el cobre ejercía el mismo influjo que las minas anti persona. Uno escuchaba el crujido bajo el pie pero ya no había tiempo de volver atrás, de no probar el bocado, de colocar un contrapeso para minimizar la detonación. Saltaba por los aires en busca de la siguiente reencarnación.
Cyrano Salvatore tocaba el cobre con los dedos y devolvía al aire las notas más agudamente perfectas de violín. Entorchaba las cuerdas en los mejores Stradivarius fabricados en exclusiva y el cobre se dejaba hacer con la maleabilidad propia de su naturaleza. Va bene, va bene- repetía mientras doblaba el hilo y un cubano repetía despacio la entonación en la fábrica de Camagüey, en Minas.
Cyrano apareció y desapareció del mundo persiguiendo sueños. Al principio quiso embarcar en un buque comercial que cubría la ruta de la seda. Lo que parecía ser un viaje que duraría tres meses, se duplicó por los malos vientos o por el cambio de rutas. Su piel se oscureció por el sol y cuando llegaron a puerto, al capitán le ofrecieron un talego de monedas de oro por el esclavo tan fornido que acababa de cruzar la pasarela. Cyrano Salvatore estuvo trabajando en una plantación de café durante varios años y si llegó a Cuba fue por el capricho de una extranjera londinense que marchaba a reunirse con su esposo en aquel país, última escala antes de regresar a la Inglaterra de las eternas lluvias.
Cyrano Salvatore tenía habilidad para hacer miniaturas con las manos. Guardaba los trocitos de cobre que le sobraban de anudar las guías de las plantas de café y confeccionaba anillos, pendientes y pulseras para matar el rato. Mrs. Elisabeth sonreía poniéndose una mano enguantada delante de la boca. Señalaba la bisutería y dejaba en el aire la mano medio desmayada, pues Cyrano no entendía inglés y la dama no hablaba otra lengua. A Cyrano le parecía absurdo el capricho por aquellas baratijas pero cuando le puso suficiente cantidad de cobre como para hacer un colgante, tardó rato en decidir la forma de las cuentas y el resultado final. Debió ser tan deslumbrante como para obtener pasaje rumbo a Cuba al cabo de pocas semanas. Para cuando llegaron a su destino Mrs. Elisabeth se había cansado de violines y collares y ya tenía un nuevo juguete en la mente. Se trataba de un loro de color verde capaz de seguir una conversación, cantar pequeñas frases de ópera y hacer rabiar a la señorita tanto como ella deseaba su compañía para matar el aburrimiento en las aguas mansas del Océano.
Cyrano Salvatore se había dado mucha prisa hasta entonces y Cuba le brindaba la posibilidad de frenar, de saborear el tequila y averiguar si era cierto el mito sobre la ligereza de las cubanas. Allí se le perdía la pista entre violines pues no regresó a Sicilia ni al final de sus días.
Tazia Salvatore era mi abuela. Se casó con un militar francés que tenía su acuartelamiento en París y fue requerido ante la amenaza de guerra. Tazia miraba la calle con los visillos corridos. Los tanques rodaban por las plazas y avenidas apuntando con sus cañones a diestro y siniestro. Sonaban las bombas en otros barrios de la ciudad. Las columnas de humo envolvían todo el cielo de París. Françoise apenas pasaba por casa y nonna Tazia tenía orden estricta de no salir a la calle si no quería acabar envuelta en sangre. Nonna Tazia movía las manos una sobre otra hasta no dejarse uñas y hasta despellejarse la piel. Había perdido la cuenta de los días, de las horas. Cuando Françoise vino a buscarla y metió la llave en la cerradura, nonna estuvo a punto de desmayarse. El susto le arrancó el color de cuajo.
-Ven conmigo. Tienes que ayudarme –fue todo lo que contó su marido.
Atravesaron la ciudad dentro de un coche oficial de color negro brillante hasta llegar a unos almacenes. Dentro había más mujeres con montones de uniformes por abotonar.
La nonna Tazia descubrió el cobre en las agujas de coser y pasó parte de la guerra tejiendo ropa tanto para los franceses como para el no lejano ejército alemán con el que se colaboraba estrechamente (este último lucía botones de latón en dos filas paralelas).
Entre tanto debió nacer mi madre, entre la guerra y las agujas, entre pistolas, olor a pólvora y el dibujo de patrones imposibles sobre la última moda parisina, pues tanto zurcido y tanto uniforme militar, tanto aburrimiento en el hogar, debieron despertar en Tazia deseos de hacer algo más, de poner su granito de arena para la causa, aunque fuera tratando a las viudas y señoras de los altos cargos del momento. Cortar y coser exigía menos esfuerzo que mantener las formas. Había que escuchar y callar, aunque todos los maridos fueran tema de conversación entre el probado, el alfiler que marcaba la estrechez de costura y la prisa por estrenar el traje en la cena en honor de la patrona. El taller de costura tenía más de confesionario que de costura pues se chismorreaba sobre las relaciones de unos con los alemanes, la otra liada con una amante ruso o la sospecha que Mrs. Lady tenía debilidad por los ingleses, considerados como enemigos, lo que la convertía en una espía poco digna de confianza.
Así que mientras la nonna diseñaba escotes provocadores y marcaba cinturas imposible, mi abuelo (mutilado de guerra) se bebía todo el alcohol de París, Berlín y Moscú juntos. Su hígado descompuesto por la cirrosis terminó el trabajo que no logró esa bala que le quedó alojada entre las costillas y que se enterró con él.
A mia mamma la llamaron Julieta (como en la película en la que Claire busca a los mil Bartollini), que significa “fuerte de raíz” y muy fuerte debió de ser para seguir a mi padre hacia las tierras gélidas de Alaska donde perseguía cazar ballenas, no solo porque buscara la carne como alimento sino porque decía que el aceite de ballena era como el petróleo de los países árabes, la llave del futuro que lo haría rico. Sin embargo, la proximidad con tierras estadounidenses y la necesidad de ingerir calorías para soportar el frío, hicieron de él un hombre tan grueso que apenas cabía por las puertas. Yo lo recuerdo vagamente pues ese sobrepeso le pasó factura cuándo aún era demasiado joven. La vida en esa parte del polo norte ahora me hace evocar a los “Cien años de soledad” de García Márquez hablando de la primera vez que el coronel Aureliano Buendía había de recordar el día en que su padre lo llevó a conocer el hielo.
Quizá esa proximidad con los Estados Unidos (de donde había provenido la misiva que buscaba a los Salvatore) no fuera después de todo, una locura de un chalado que no tenía otra cosa mejor que hacer. A lo mejor mia mamma lo había conocido durante el breve periodo que nos asentamos en alguno de los estados norteamericanos a la espera de un barco que nos trajera de nuevo a Sicilia. Vuelvo a pensar de nuevo en la rueda de la vida que rige nuestros destinos y en las múltiples reencarnaciones de los Salvatore.
Hablar de mí no tiene mucho de particular. Me llaman Donna-Marie, gran señora, como si conmigo pretendieran cerrar un círculo, atar los cabos sueltos de nuestros antepasados más nómadas que aventureros, pues a tenor de lo que he ido encontrando, ninguno mantuvo los pies quietos en nuestro país durante mucho tiempo.
He heredado los genes de Wilson que arrastramos los Salvatore. Sueño con el chocolate porque es de naturaleza humana desear lo prohibido. Cuido la dieta mirando casi obsesivamente las etiquetas de los productos que meto en el carro. Y sobre la encimera de la cocina tengo varias las cajas de fármacos quelantes (especie de antídoto para eliminar el exceso de cobre). Con todo ello todavía conservo algo de memoria como si el cerebro se hubiera librado de las consecuencias y no deja de intranquilizarme el futuro, sobre todo cuando las articulaciones suenan como a metal, pues temo una degeneración progresiva parecida al jorobado de Notre Dame. El doctor se ríe cuando le transmito estas inquietudes. Me dice que el pronóstico ahora es mucho mejor. Me habla del yin y del yan, de la otra cara de la moneda (unos por mucho y otros por poco). Al ver que no termino de entenderle, me explica que en la era moderna, con las nuevas modas para tener cuerpos modelo, las famosas deducciones de estómago o bypass gástricos para combatir la obesidad mórbida de la que seguro he oído hablar, producen el efecto inverso a mi enfermedad, una falta de absorción del cobre imprescindible para la vida diaria.
Durante mi somera investigación había caído en la cuenta de que la enfermedad de Wilson es más común entre los sicilianos, así como los mayores grados de obesidad se concentran en los Estados Unidos. El yin y el yan de dos enfermedades contrapuestas que pueden atraerse como polos distintos de un imán.
El doctor sabe de mi afición a coleccionar monedas, quizá porque entre los nuestros se ha viajado desde siempre y en los cajones abundaban ejemplares de lugares alejados del mundo; pero sobre todo porque me dedico a la arqueología.
Tras solucionar las cuestiones médicas y amparado por el secreto profesional para no revelar su procedencia, dice tener algo para mí. Apenas abulta como una manzana tipo Golden menuda, sin embargo, sea lo que sea, engaña al peso.
-Disculpe si no me había atrevido a entregárselo antes. No sabía cómo podría interpretar el presente. Una tontería, créame.
Al ver mi incertidumbre añade:
-¿Pero va a abrirlo de una vez?
Doy la vuelta al saquito de tela de estraza y caen sobre la mesa un par de monedas de centavo estadounidense, las primeras monedas de cobre que debieron fabricarse hace más de un siglo. Pienso si tendrán algo que ver con ese estadounidense que quería saber sobre nuestra familia o simplemente el doctor llevado por la pasión, depositaba en mis manos el legado del cobre.
Es cierto que mi oficio tiene mucho de búsqueda de los “orígenes perdidos” y que a menudo mis amigos se burlan de que yo ande entre fósiles de salas de museo y expediciones de campo en las que peinamos con cepillos de cerdas suaves el suelo en busca de restos primitivos con los que explicar la evolución de las especies de Darwin y la nuestra, la de los Salvatore. Sin embargo, de vez en cuando un hallazgo nuevo sirve para explicar las incógnitas que unos intentan resolver a través de los teoremas matemáticos de Fermat, otros mediante ensayos clínicos que determinan presencia o ausencia de mutaciones genéticas y yo lo hago frente a una esquirla de hueso de astrágalo que ha sobrevivido al tiempo sin querer reencarnarse en algo vivo.
Siento un escalofrío recorriéndome la espalda, como si se acercara la siguiente reencarnación. Quizá solo sea una sugestión pues tanto escuchar hablar de la crisis mundial globalizada y de vaticinios de fin del mundo, las monedas me han alterado los nervios.
Si hubieran habido filósofos en la familia, seguro que les habría encantado debatir sobre la existencia humana y el más allá, sobre las reencarnaciones de nuestros antepasados. Sobre los genes que saltan algunas generaciones. Sobre los avatares de las mil vidas vividas. O sobre la rueda de la vida que jamás deja de girar.
Veo a mi hija Melita a la que conté por qué tomaba tantas pastillas, le hablé de la enfermedad de Wilson y de la necesidad de realizar las pruebas genéticas para descartar la mutación que de manera autosómica recesiva según las famosas leyes de Mendel afectaba a los genes de solo algunos individuos de la saga de los Salvatore.
Ella piensa en byts, en megas y gigas, como todos los de la generación digital. La miro. Tiene habilidades para programar y desprogramar ordenadores, para navegar por dentro de sus tripas aún sin permiso, robando información confidencial. Sabe averiguar los misterios de las placas que transmiten datos, y ha nacido para desmontar los hilos de cobre y sustituirlos por nuevos filamentos. Y aunque dicen que las radiaciones de las pantallas y el uso excesivo de las computadoras puede tener efectos secundarios, no hay forma de arrancarla de ese mundo sin que termine agotándome la paciencia. Sin embargo, sin decírmelo ha estado rastreando la red en busca de algún dato sobre ese tal Servia Salvatore, su esposa y sus sobrinos, pues encontró la carta en uno de esos arrebatos de limpieza, justo antes de la menstruación, en esos días que pone en orden la casa, los cajones, las mesas de trabajo y se queda tan extenuada que tarda varios días en recuperarse. También intuyo algo más, pues adivino una especie de brillo en sus ojos, como si la hubiera alcanzado ese amor primaveral que altera la sangre de los jóvenes pillándolos desprevenidos. Ella nada dice sobre quién se trata y por mucho que intento sonsacarle, continua ensimismada haciendo pruebas en los buscadores, que sólo abandona cuando le suena el móvil y, tras unos monosílabos que no aclaran mis dudas, sale por la puerta a toda prisa.
Por fin me habla de Amida (significa nombre de Buda niño), un estudiante de Derecho con el que coincide en la Facultad y que ha venido de Japón. Me cuenta que entre los dos han encontrado una alerta cibernética que habla de un grupo de estafadores organizado que se aprovecha de la ingenuidad de la gente hablándole de antepasados comunes, a la que si llega a contactar, le sonsaca el nombre de algún pariente vivo para tirar del hilo, le exige un pago modesto de dinero por anticipado y desaparece completamente sin dejar rastro. La policía advierte se ponga en conocimiento cualquier intento de estafa de estas características pues todavía tienen el caso abierto.
Yo escucho lo que me cuentan sobre los “orígenes perdidos” de los Salvatore . Miro a Melita y a Amida y pienso en ese futuro abogado capaz de comerse el mundo, que parece hacer feliz a mi hija.
Sé que la rueda de la vida se ha puesto a girar de nuevo pues sólo es cuestión de tiempo que me informen del viaje que tiene previsto realizar a Tokio por vacaciones. Dicen que para conocer a la familia política pero sé que Melita busca un puesto de trabajo en una multinacional japonesa dónde están los mejores ingenieros del mundo y ese joven de rasgos orientales no tiene previsto encorrerla varios metros por detrás. No piensa dejarla escapar. Ha decidido sumarse a las mil reencarnaciones del metal cobrizo de los Salvatore.

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