Hamed y la vieja llave. Autor: Joaquin Moya Latorre

LEMA—-“ ORIGEN Y EXISTENCIA

Las calandrias comenzaban a cantar revoloteando fijas en lo alto del cielo. El aire iba cargándose de un espeso olor a espliego, tomillo y romero que procedía del monte. Una extraña impresión de vuelta atrás le sobresaltó el ánimo porque, por un instante, Hamed llegó a tener la sensación de que había desembarcado de nuevo en la tierra de donde había pretendido salir. La matricula de un automóvil que, levantando una gran polvareda, pasó cerca de su escondite, y la conversación a voces entre dos personas que pasaron cerca, disiparon sus dudas; estaba en España.
Salió poco a poco de entre los matorrales en que se había escondido y caminó hasta llegar a una Venta de carretera ante cuya entrada había aparcados numerosos camiones, en uno de los cuales logró esconderse bajo la lona que cubría la mercancía. El cansancio y el agotamiento acumulados en esos dos últimos días o el desfallecimiento debido a tantas horas de ayuno forzoso, pronto le sumieron en un profundo sueño que le privó enterarse de que el camión había arrancado y se dirigía a toda marcha hacia un destino que él desconocía. El tema del idioma no le resultaba demasiado problema ya que, aunque poco, algo sabía de un castellano aprendido de su padre que había servido durante ocho años en un Tercio de la Legión española, y a quien muchas veces se lo había oído hablar con otros legionarios
Un progresivo frenazo seguido de marcha atrás le despertó asustado para comprobar que el camión había llegado a su probable destino y se disponía a aparcar delante de un gran almacén. Se dio cuenta de que se iniciaban los preparativos para la descarga, y, saliendo con cautela de su escondite antes de que al quitar la lona pudiera ser descubierto, saltó a la calle desde lo alto de la carga, para quedar a la expectativa de lo que pudiera suceder. Tenía la llave fuertemente cogida entre sus manos porque necesitaba su ayuda en el momento decisivo de jugárselo todo, y, sin encomendarse a Dios ni a Santa María- que en su caso serían Alá y Mahoma- se puso a ayudar, a toda prisa, a quienes habían comenzado a descargar las cajas que traía el camión para irlas colocando luego, apiladas, dentro del referido almacén.
A nadie se le ocurrió decirle nada porque tal vez todos pensaron que era un contratado inmigrante más, de los muchos que había ya trabajando por la zona. Así fue como ganó su primer jornal y satisfizo su primer hambre. Al llegar la noche, le dieron una manta y un jergón, y fue alojado en un cuarto de piezas de deshecho y ruedas usadas que había junto al almacén. Era un inmigrante ilegal pero había tenido “baraka” y tenía trabajo, por lo que esa noche, antes de dormirse, le dio gracias a Alá y un beso a la llave que llevaba prendida al cuello.
Un mes después de haber comenzado a trabajar en dicho almacén fue llamado por el Jefe a su despacho, quien le preguntó si conocía el trabajo de agricultor o entendía algo de campo. Hamed le respondió que: de agricultura sabía muy poco pero estaba dispuesto a aprender con interés cuanto hiciera falta porque necesitaba trabajar. Esta contestación debió de satisfacer mucho al amo porque al día siguiente mandó que recogiera los pocos trastos personales que tenía en el improvisado dormitorio del almacén y fuese trasladado en una furgoneta hasta una finca de su propiedad, llamada “El Alharaque” situada en las afueras del pueblo. Allí le acomodaron nuevamente en una cuadra abandonada que había entre el corral de la amplia casa de los amos y la modesta vivienda de la familia del Encargado.
Hamed pasó toda esa tarde limpiando y apartando todos los polvorientos trastos, viejos muebles, aparejos de caballerías ya inservibles, herrajes oxidados y viejas herramientas que llenaban el recinto. Colocó la ropa que le habían dado para el camastro, y habilitó una antigua y amplia arca de madera para poner después la suya que pudiera ir adquiriendo. En el extremo de un ennegrecido cable que bajaba desde una viga del techo, colgaba una bombilla a la que limpió la endurecida capa de polvo que la cubría y, pulsando el viejo interruptor, comprobó que aún se encendía. Cuando acabó toda esta tarea se dirigió a la vivienda del Encargado y pidió un poco de agua para su aseo, así como instrucciones relativas al trabajo con que tendría que comenzar al día siguiente. Cuando regresaba de nuevo a su habitación, Hamed vio, sentados ante la puerta de la casa principal y a la sombra de un enorme pino mediterráneo, al amo junto a varias mujeres que cosían mientras rezaban el rosario. Todas volvieron la cabeza con curiosidad para ver al nuevo joven jornalero “moro”, y sus reprimidas risas y femeninos comentarios, interpretados por él como jocosos, hirieron por primera vez su acobardada situación de recién llegado. No obstante, y según su natural costumbre, saludó tímidamente a todas ellas, desde lejos, con la mejor sonrisa esforzada que les supo dedicar.
Esa noche no pudo conciliar el sueño; estaba nervioso porque no sabía si podría desarrollar bien el trabajo que pretendían que hiciera. Recordaba el semblante de las mujeres en la puerta de la casa y sus miradas curiosas hacia él, sintiéndose intruso y solo entre aquellas gentes desconocidas. Extrañaba el nuevo lugar, la nueva habitación y la nueva cama. Tendido boca arriba sobre el camastro, mantenía fuertemente agarrada con ambas manos la antigua llave de hierro que le dio su madre y que aún llevaba colgada al cuello como si fuera su única defensa. Sentía que verdaderamente le había dado buena suerte como ella le dijo. La echaba mucho de menos y la recordaba tanto como a sus pequeños hermanos.
Mientras Hamed desvelado pensaba en todo esto, observaba como allá en lo alto de las vigas y paredes correteaban las salamanquesas atrapando arañas y otros insectos, y a través de la pequeña ventanuca, enrejada con una cruz de hierro, que ventilaba la habitación, percibía cómo, junto al tenue resplandor de la Luna llena, entraba también el embriagador, denso y pletórico perfume con que se llenan las noches del Levante español cuando en los huertos revientan los primeros brotes del azahar. Poco a poco el cansancio y los nervios del primer día transcurrido, acabaron por sumirlo en un profundo sueño del que solo pudo librarlo, muy de mañana, el zarandeo con que el Encargado le despertó urgiéndole a que se levantara rápidamente para comenzar su trabajo en el campo.
El tiempo, su trabajo, y su comportamiento en general, les hizo comprender a los de la finca que no tenían trabajando allí a un clásico moro de la tan generalizada y tópica fama de vago, sucio, traicionero y con doblez de carácter. Había ganado voluntades porque, a pesar de sus pocos años, con la circunstancia de sentirse acogido, casi por lástima, entre aquella gente tan desconocida y nueva para él, y el temor a ser despedido en cualquier momento” por no tener papeles” le habían proporcionado un aire de timidez que le hacía caer bien a todo el mundo y que inconscientemente provocaba también mucho a las mujeres, sobre todo a Adriana, única y joven hija del amo, la que en numerosas ocasiones había comentado el extraño y siempre correcto comportamiento del nuevo jornalero y sus maneras suaves en el trato personal. Había reparado asimismo en su talla más bien alta, rematada por un rostro serio pero de facciones nobles y rasgos fuertemente árabes, resultándole chocante su natural propensión a dirigirse y recibir siempre a los demás con una singular expresión de agrado aun cuando, ante una vejación sufrida, no pudiera evitar que el blanco de sus enormes ojos se tornase momentáneamente enrojecido por una mezcla de sentimiento e ira contenida.
Habían pasado ya varios meses desde que llegó a “El Alharaque” y había mantenido contacto con casi todas las personas que allí vivían; amos, jornaleros, Encargados, y algunos miembros de sus respectivas familias. Se había granjeado el aprecio y buena disposición de gran parte de cuantos habitaban o estaban trabajando en la finca, y digo de gran parte porque alguno de ellos, y sobre todo Adriana, como hemos dicho, joven y caprichosa hija única de la familia propietaria, procuraba, demasiado frecuentemente, encontrarse con él, pareciendo disfrutar humillándole en el trato, y muy especialmente cuando se encontraba acompañada de algunas otras jóvenes amigas.
El motivo de tan odiosa costumbre, proyectada sobre la persona de Hamed, no era sino el desahogo morboso de la lucha interior que tenía que sostener consigo misma para reprimir la excitación sexual que le producían aquellos brillantes ojos negros de largas y pobladas pestañas, cuando, simultaneando una fingida inocencia con una encubierta pasión, la miraban, de soslayo, esforzándose en aparentar displicencia y un patente desinterés hacia ella.
Estas vejaciones con que Adriana le fustigaba cuantas veces se encontraba con él o lo tenía delante, Hamed las consideraba absurdas y a todas luces injustas. Las sufría en silencio, porque había comprobado que, sin apenas darse cuenta, le habían ido desarrollando en su pecho, también, un sentimiento de atracción sexual por poseerla y hacerla suya que se le estaba haciendo irresistible porque constituía una pasión enfrentada a la circunstancia prohibitiva de tratarse de la hija del amo….. y comprendía que esta peligrosa situación podía acarrearle problemas y disgustos.
Aquella noche fue a cenar con la familia del Encargado. La esposa, mujer campesina y poco ilustrada, pero muy intuitiva y observadora, le previno sobre lo que estaba observando en la hija de los amos y en él, y de los inconvenientes en los que se podía ver envuelto si no se andaba precavido. La situación se le presentaba delicada puesto que se había dado cuenta también de la atracción que ejercían sus coqueteos sobre el muchacho.
Cuando terminó la cena, Hamed se fue a refrescar en la alberca de la finca como había hecho otras noches antes de irse a la cama, porque el baño le relajaba del cansancio del día. Había pasado ya un buen rato nadando y zambulléndose en las estancadas aguas de la balsa cuando decidió salir para secarse con la toalla que había dejado entre unas cañas cercanas donde solía dejar su ropa. La piel morena de su cuerpo joven, completamente desnudo, brillaba mojada a la luz de la luna. Se dirigió al lugar para vestirse, girando los trabajados y musculados brazos alrededor de los hombros por contrarrestar algún escalofrío y procurando evitar en su camino las piedras y matujas que pudieran hacerle dar algún traspié.
Esta vez no fue como las otras noches. Cuando llegó a las cañas tarareando, con los dientes apretados por el frío de la mojadura en la noche, y en voz baja, una cancioncilla árabe de su lejana tierra, y se dispuso a enjugarse el cuerpo con la toalla que había puesto sobre la ropa que había dejado entre las cañas, comprobó sorprendido que, esta vez, no estaba solo, y, al estar sin nada encima, se sintió acobardado y lleno de vergüenza. Adriana estaba allí recostada sobre la hierba y con todas las prendas suyas sobre el regazo, y con una sonrisa cómplice, se las ofrecía para que las recogiese mientras recorría ávidamente con la mirada toda la desnudez morena de su cuerpo recién salido del agua.
Esa noche, las silenciosas cañas y las estrellas que parpadeaban allá en lo alto del cielo, fueron los únicos testigos mudos de la consumación de ambas apresuradas y fogosas pasiones. En esta ocasión vencieron los sentidos sobre la razón y durante sucesivas noches se fueron reiterando estos encuentros llenos de amor o de pasión incontrolada e irresponsable, sobre los que Hamed, luego, aliviada ya su libido y a solas en su habitación, siempre reconocía, preocupado, el lío y el problema en los que se estaba metiendo con estos hechos. No obstante siempre llegaba a la misma conclusión: le faltaban fuerzas y voluntad suficientes para renunciar a ellos aunque la razón le presentaba un final, más o menos próximo que no presagiaba nada bueno.
Hamed, a pesar de todo, trabajaba muy a gusto en la finca. A la puesta de sol, cuando podía hacerlo, miraba hacia poniente y de rodillas daba gracias a Alá por los beneficios que le estaba dando. Alguna noche, antes de dormirse, tendido sobre la cama, había sentido una misteriosa e intensa sensación de haber tenido allí vivencias anteriores repetidas, en iguales circunstancias, sensación que acto seguido desechaba por parecerle de todo punto absurda e imposible.
Una de aquellas noches, no podía conciliar el sueño por el corretear inquieto de algún animalejo sobre el techo de su dormitorio. Era en la pequeña cámara o falsa donde había recogido todas las cosas viejas, herramientas, maderas, etc. que, cuando llegó, ocupaban su habitación. Pensando que podría ser alguna rata que anduviese entre los trastos buscando algo que roer, se propuso no hacer caso e intentar dormir; pero, tras dar muchas vueltas en la cama, decidió levantarse y encendiendo el pequeño farolillo de aceite que había en un rincón subió con él a la cámara para intentar espantar al bicho. La oscilante luz amarillenta del farol le dejó ver, entre las alargadas sombras que iban y venían por las paredes, a una rata de buen tamaño que, después de mirarlo fijamente durante unos segundos, se refugiaba dentro de un polvoriento cajón lleno de trapos y chatarra vieja. Posó el farol sobre un baúl cercano, y, hurgando dentro del cajón para espantarla, descubrió en su interior, aparte de otros cachivaches, una extraña, antigua y oxidada cerradura de hierro todavía sujeta por cuatro clavos a un carcomido trozo de madera vieja. Sobre la chapa de la misma le sorprendió releer, grabada en caracteres árabes casi borrados por el robín, la palabra “Alharaque”, y supuso que tal vez se tratara de un antiguo cierre de alguna puerta, quizás la principal, de aquella casa y al que los años y sucesivas reformas, habrían acabado por arrumbarla en el desván. Se le ocurrió, instintivamente y por curiosidad, tratar de abrirla con la llave que su madre colgó de su cuello antes de salir. Tenía excesiva herrumbre para moverse y decidió verter unas gotas del ya templado aceite del farolillo sobre el ojo de la cerradura. Al cabo de varios intentos vio, intrigado, cómo la cerradura se abría y se cerraba perfectamente entre sus manos, por lo que se la llevó consigo a su habitación colocándola entre sus enseres personales
Tras la emoción por lo sucedido allá arriba, pronto quedó sumido en un profundo sueño en el que, con un realismo que llegó a emocionarle, vio a su difunto abuelo Jusuf sentado a los pies de su camastro como tenía por costumbre hacer cuando él era muy pequeño y le contaba historias y cuentos para ayudarle a dormirse. Con una voz tan real y clara como él la recordaba, el anciano comenzó a decirle que su estancia en esa finca no era casual sino que tenía una finalidad que estaba escrita por el signo de los tiempos en el libro de la familia y había estado esperando a través de ellos. La riqueza y categoría social que disfrutaron sus antepasados en esta tierra, era voluntad de Alá que volviera a la familia. El protagonista de esta devolución, que nunca llegaría a vivirla ni a disfrutarla, iba a ser él mismo, y todo esto tenía que llevarse a cabo sin violencia.
Hamed se despertó sudoroso y sobresaltado y ya no pudo recuperar el sueño aquella noche. Deseaba que amaneciera pronto para preguntarle a alguien sobre el origen de aquella antigua cerradura; pero a la mañana siguiente, y sin hacer mención a nadie sobre la coincidencia de su vieja llave, ninguna persona de la casa, ni Encargados, ni amos, ni los mas viejos en la finca, supieron informarle sobre el origen de la oxidada cerradura ni nada relativo a su existencia entre los viejos trastos del desván.
Hamed había oído contar a su abuelo Yusuf muchas historias sobre una serie de matanzas, expolios y guerras en las que unos combatían invocando el nombre de Alá y los otros lo hacían en el nombre de Cristo, y que, finalizadas las cuales, a sus antepasados les tocó ser violentamente expulsados de sus tierras y exiliados al otro lado del mar, a pesar de haberlas estado cultivando en propiedad familiar durante varios siglos. Pensó entonces que si toda esta coincidencia podía, muy bien, ser producto de la mera casualidad, también podría tratarse de la remota posibilidad de que tal vez algunos miembros antepasados de su familia pudieron habitar en esta casa muchos años atrás, y al ser expulsados de ella abandonándolo todo, alguno quisiera llevarse a su exilio, como recuerdo, una de las llaves con las que durante tantos años hubieran abierto y cerrado su puerta. Estos pensamientos añadidos a las mil interpretaciones que trataba infructuosamente de dar al sueño de su abuelo, y a las otras preocupaciones acumuladas, le llevó, una vez más, a aceptar resignadamente la voluntad de Alá en la postura fatalista que en otras ocasiones de su vida había tomado y que no era otra sino la de que”: Lo que Alá tiene escrito, escrito está”
Los días las semanas y los meses habían transcurrido para Hamed en la misma situación de trabajo y con el mismo encelamiento hacia su peligrosa relación con Adriana, la única hija del amo, a la que él deseaba sexualmente porque era hermosa y le entregaba su ardiente y joven cuerpo proporcionándole un gran placer, pero de la que nunca estuvo enamorado debido al carácter dominante, caprichoso y autoritario, que había estado practicando ampliamente en su morbosa relación con él. Demasiadas veces se había sentido entre sus brazos, como un muñeco con quien ella disfrutaba jugando, o, entre sus manos, la sensación de ser una más de entre las muchas herramientas de su propiedad que tenía en la finca.
Sentía dentro de sí una lucha continua por continuar o acabar con la relación que estaba adquiriendo un volumen preocupante. La satisfacción sexual que su juventud y su raza reclamaban, indudablemente la tenía; pero, últimamente siempre venía mezclada con una especie de rechazo irreprimible hacia su persona porque las cosas habían llegado a extremos insoportables como el de que, si alguna de las noches de cita entre las cañas, debido a la frecuencia de ellas y al cansancio agotador del trabajo de ese día, no llegaba a satisfacerla cohabitando el repetido número de veces que ella egoístamente requería, se ponía hecha una furia y, en voz baja para que en el silencio de la noche del campo no pudiera oírle nadie, le humillaba al oído reiteradas veces acusándole de que: no era hombre y que solo era un “moro de mierda” que no servía para nada.
Hamed estaba llegando a odiarla y sentía miedo de no comparecer a la cita alguna vez, o incluso en un arrebato darle un golpe. Temía que si Adriana descubría su pretensión de terminar la relación en la que se había visto enredado por ella, fuese capaz de cualquier infundio, acusación, o mala faena, porque, ya en alguna noche cálida en demasía, tendidos una vez más entre las cañas de la alberca de riego y con motivo de exigencias y humillaciones, ella le había hablado de amenazas y venganzas.
Adriana había marchado esa mañana con su madre a la ciudad a pasar el fin de semana. Hamed decidió arriesgarse y comunicó al Encargado que, por una carta recibida de uno de sus hermanos, había resuelto dejar el trabajo en la finca y volver a su tierra con ellos para, con el dinero ahorrado durante el tiempo trabajando en la finca, proporcionarse allí un medio de vida, casarse con una buena chavala que fuera sumisa y trabajadora, y formar con ella una familia con muchos hijos. La verdad de su decisión no era esa sino que realmente se sentía agobiado y temeroso de su relación con la hija del amo y había resuelto marcharse lo más lejos posible de allí y buscar trabajo en otro sitio
Tanto al Encargado, como a cuantos habían convivido con él, no dejó de extrañarles esa repentina decisión de abandonar su trabajo en “ El Alharaque”, pero por más que le pidieron que expresara cuales eran las quejas que tenía para marcharse, y le porfiaron para que siguiera trabajando en la finca incluso aumentándole el jornal, nunca logró averiguar nadie el verdadero motivo de su marcha.
Esa noche Hamed durmió poco porque estuvo recogiendo sus enseres y acomodándolos en una maleta, pero le resultó muy extraño que por más que buscó y rebuscó por toda la habitación no logró encontrar la vieja llave familiar. Siguió buscándola durante un buen rato, y aburrido ya por no encontrarla decidió acostarse y. dejar la búsqueda para el otro día. Últimamente la había tenido colgada en una de las esquinas del cabezal de su cama, porque, cuando la llevaba al cuello, a Adriana le gustaba enredar con ella mientras gozaba entre sus brazos, sabía el origen de la llave y la razón de llevarla puesta, y, encaprichándose de ella más de una vez le pidió que se la regalase.
A la mañana siguiente, antes de que asomara el Sol por el horizonte, Hamed, sin haber logrado encontrar la vieja llave, maleta en mano, atravesaba la puerta de la verja de El Alharaque. Nadie estaba allí a esa hora para despedirle porque había preferido hacerlo de todos la noche anterior. Únicamente “Yaqui”, el perro pastor alemán de la finca, que había sido su compañero de juegos y carreras polvorientas durante todo el tiempo, le acompañó correteando a su alrededor moviendo incansable la cola y pidiendo que le arrojase alguna piedra para ir a recogerla y traérsela como otras veces. Pasados unos cincuenta metros, el animal se detuvo sentado sobre el terreno, estiradas las orejas y, mirándole fijamente como solo los perros saben mirar en esas ocasiones en que ven alejarse al hombre amigo, quedó allí largo rato atento, hasta que, camino adelante, lo vio desaparecer tras la última fila de naranjos, y se volvió pausadamente hacia la casa volviendo aún la cabeza atrás alguna vez como si todavía guardase la esperanza de verlo regresar de nuevo. Hamed no dejó dirección alguna y nadie nunca más volvió a saber nada de él
Varios meses después y a pesar de la presión que hizo toda la familia para que abortase, y de los comentarios maliciosos propios de todo el personal de la finca, Adriana dio a luz un robusto niño morenito y con grandes ojos negros que trajo buena talla, buen peso, y cuya paternidad nunca quiso revelar. Había quien comentaba que el padre sería seguramente algún niñato discotequero de los que ella frecuentaba durante las noches de los fines de semana. Otros decían que había sido el producto de un viaje que había hecho a Francia con un grupo de amigos. Únicamente la mujer del Encargado, casi con la certeza propia de la intuición femenina, y siempre en secreto, creyó conocer la verdadera paternidad del guapo bebé color de arena único nieto del amo y futuro heredero de “El Alharaque”.
Nadie supo nunca tampoco porqué, en vez de jugar con el sonajero de plata que los abuelos le habían regalado al niño, Adriana estuviese, extraña y absurdamente empeñada, en preferir que su hijo usara para jugar y morder con sus desnudas y tiernas encías, una vieja llave que había mandado limpiar y pulir, la cual, ensartada en un cordón, pendía desde lo alto de la cuna. Solamente ella, y nadie más que ella, sabía por qué lo hacía y de dónde la había sacado
Hamed se había marchado ignorando todo esto. No supo nunca que había cumplido con la misión que le vaticinara su abuelo Jusuf en el sueño de aquella noche. Había sido el inconsciente e involuntario protagonista de la restitución patrimonial a la familia, que él no podría disfrutar, y se había llevado a cabo sin violencia, en la persona de su hijo. Y la vieja llave seguía permaneciendo en la familia. Hamed había hecho, aun sin saberlo, que todo volviera y continuara

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  1. vagamundos

    Joaquín, estamos en ello, tanto la selección de los relatos que irán en el libro como la composición y maquetación del mismo lleva tiempo, os avisaremos a los que estéis registrados en Moleskin cuando esté disponible

  2. Joaquin Moya Latorre

    Soy uno de los ganadores en este concurso y me gustaria saber si se ha impreso como en años anteriores un libro con una coleccion de relatos premiados y seleccionados con vistas a hacer un pedido como hice el año 2014 en el que me vi en la misma situacion que este y en Septiembre hice el pedido, y este año estamos ya a finales de Octubre y no tengo noticia de nada sobre el tema.- Gracias

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