En mitad de nada, un respiro. Autor: hauirdg

Estaba a unos cincuenta metros de distancia detrás de mi, grité.
-No pienso irme ahora que estoy subido encima de esta roca sólo porque tú quieras ducharte.
Gritó.
-No. ¿Por qué no?
-No te has fijado, está llena de ostras, sólo quiero comerme unas cuantas antes de marcharnos otra vez.
No sabía cómo habíamos llegado hasta esa playa, no había nadie. Llevábamos varios días conduciendo en cualquier dirección, sin prisa, en mitad de julio, y la niebla se te pegaba al cuerpo como si fuese un camisón mojado.
-Me traes la navaja. Grité de nuevo.
-Para qué quieres la navaja, se te va a oxidar si la metes en el agua. Apostilló un tanto irritado.
-Sin ella no puedo pinzar las ostras, se pegan a la roca, tráemela anda.
-Pero cuánto tiempo piensas estar ahí subido, te van a sentar mal, las ostras digo, no sabes si están contaminadas.
-Tú tráeme esa navaja. Insistí…
Nos dejábamos llevar de una lado a otro en el viejo BMW de mi padre; un 318 color Burdeos, gasolina, del 85; con el embrague atado a un cordel para poder subirlo, ya que se quedaba anclado en el fondo cada vez que lo pisaba para cambiar de marcha. Yo lo conducía, él no sabía; así que lo menos que podía hacer era acercarse y traerme aquella maldita navaja. Llevábamos toda la mañana buscando un lugar para que se duchara; y ahí fuimos, de playa en playa hasta toparnos con aquella. No teníamos mucho que hacer, sólo cabía dar vueltas y más vueltas.
-Toma, aquí la tienes. Dijo.
-Trae acá. Se la quité de la mano.
-Cuántas te vas a tomar.
-No sé, unas cuantas.
-Estás seguro de que no te van a sentar mal.
-No; no estoy seguro, por qué no te pegas un baño.
-Hace frío, el agua está helada; además, si me meto ahí, no me voy a secar nunca con esta niebla.
-Y para qué llevas la toalla.
-No quiero ensuciarla antes de ducharme.
Si hacía buena noche dormíamos a la intemperie o en mi pequeña tienda de campaña; en las riveras de los ríos o en algún campo; cuando queríamos comer, abríamos una lata o hervíamos pasta. Supongo que nos habíamos cansado de hacer estúpidos planes de vida sin saber qué iba a ser de uno, ni qué iba a ser de nadie en general. Teníamos la sensación de que no había ninguna posibilidad, ninguna posibilidad en absoluto de hacer algo por nosotros mismos; conque parecía lo más lógico tomarnos un respiro de todo aquello y marcharnos. Aún así echaba de menos la comodidad de su pequeño apartamento en la ciudad, en el que no cabía ni un rata, y quería ducharse todas las mañanas en algún camping. No entendía lo que le había contado referente a la aventura, las rutas salvajes, el instinto animal… Agarré la navaja y empecé a abrír ostras como un loco.
-Escucha; si te las dan gratis no las quieres, me metí una en la boca, pero si te las ponen en un plato en un restaurante, la tragué, estarías dispuesto a pagar oro por ellas, ¿verdad?
No contestó; miré hacía atrás con la concha rota goteando aún en la mano. Ya se había alejado; estaba sentado en la misma piedra con una toalla en una mano y una pastilla de jabón de oliva en la otra; llevaba el pelo largo y negro, y pendientes en las orejas, y también uno en una ceja; se miraba los pies como una chica enfurruñada en sus cavilaciones. Lancé la concha al mar y volví a lo mío, arranqué otra. Me tragué al menos cincuenta, sin exagerar. Satisfecho; en bañador y agachado encima de la roca para aguantar mejor el equilibrio, con la navaja abierta en una mano, observaba como la porosa neblina lo envolvía todo. Los golpes de mar batían contra la agrietada roca negra y me salpicaban como si quisieran sacarme de ella de un gargajo. Por un momento imaginé que del fondo saldría un calamar gigante para atacarme; me aferré a la navaja, no tenía miedo; miré al mar desafiante; era un Robinsón.
-¡Eh! Nos vamos ya. Gritó
Volví la cabeza; me hizo un gesto con la mano para que me acercase. Plegué la navaja y la guardé en la cintura, sujeta por la goma del bañador, y comencé a caminar hacia él. Sonrió al ver donde la guardaba, pero no se movió. Me esperaba allí sentado, con la toalla apretada en una mano y el jabón de oliva en la otra. Hizo una mueca y me preguntó a modo de adivinanza.
-Tú qué crees; la playa, ¿lo cubre todo, o lo convierte todo en arena? Me encogí de hombros.
-Presta atención; mira que hago.
-Dispara. Contesté.
Se acuclilló allí mismo y apretó los dientes. De entre sus trémulas piernas se descolgó un ente humeante, subordinado y metafísico, y; al salir entero, se puso en pie, lo señaló orgulloso con un dedo, y se echó a reír profusamente.
-Ves; esto es exactamente lo que opino de nuestra generación. Qué, ¿nos vamos ya, o quieres esperar a que suba la marea? Dijo otra vez.
-Pero qué cerdo eres, contesté aún con el sabor de las ostras en los labios y el olor a bratwurst en descomposición trepándome por las narices. Nos fuimos, claro.

Una noche aparcamos el coche cerca de una estación de tren abandonada. Buscamos un buen lugar para poner la tienda entre unos vagones destartalados bajo la cúpula abierta del cielo negro. Era una noche esplendida: brillante, acogedora. Se veían unas luces reverberar al fondo; parecían venir de frente; pero en realidad pertenecían a unas casitas en la lejanía, ya que no se desplazaban. Los insectos carraspeaban alrededor a sus anchas, las ranas croaban por todas partes. Las estrellas y las constelaciones parpadeaban voraces en la oscuridad. Soltamos un aullido de excitación.

Al rato llegó un tipo; José Luís se llamaba, parecía simpático. Llevaba una mochila enorme a la espalda. Le ofrecimos comida y a sentarse con nosotros. El fuego que habíamos hecho resultaba acogedor, y supusimos que lo habría visto desde la distancia y se encaminó hacia nosotros seducido por el auspicio de buenas historietas contadas junto a él. Se sentó, encendió un cigarrillo, y, al rato, después de hablar un poco sobre extraterrestres y platillos volantes, se puso a afilar su cuchillo. Un tipo simpático de verdad. Era un cuchillo de caza, plateado, y relucía en la oscuridad al moverlo de un lado a otro como lo hace un barbero. Debía tener unos veinte centímetros de hoja especialmente afilada para cortar pellejo, apuntó, y en el lomo llevaba un filo aserrado.
Le pasé un bote de bratwurst de la mejor calidad, y le ofrecí también una tarrina de paté de cerdo; frunció el ceño. Nos había escrutado el alma con la precisión con la que lo hacen los introvertidos, o los invertidos, o los paranoicos, no sé. Alcanzó un palo largo y se puso a sacarle virutas deslizando el cuchillo por la superficie hasta conseguir una punta satisfactoria que apretó contra el pulgar para probarla; cosa que no me resultó extraño hacer al lado de un fuego. No había de qué asustarse. Además, no había sido yo quien lo había invitado a ahuecar un sitio en torno a la lumbre.
-Nos os preocupéis, dijo con mirada fija y sonrisa de culebra, prefiero comer otra cosa. No sé por qué, me esperaba esa respuesta. Se alzó y vino hacia nosotros con el cuchillo en una mano y la lanza en la otra. Mi amigo y yo nos abrazamos como si quisiéramos escapar escalando uno por encima del otro. En verdad no tengo mucho más que contar, porque unos segundos después acabó todo.

Algo de eso no llegó a ocurrir. ¿Adivinan qué? Únicamente fue la ficción de una de historieta macabra que contamos alrededor de la pequeña hoguera; que contó aquél hombre especializado en ciencias ocultas mientras hablábamos y fumábamos hasta bien entrada la noche en la ronda de los batracios. El tipo se reía y mostraba la lengua. Nosotros nos hacíamos los valientes incitándolo; nos sentíamos seguros porque era manco, y apenas media metro y medio. Ya en la noche de los sueños, como es fácil sugestionarse, y quizá también por la hierba a la que nos invitó; sucumbimos ante el miedo a lo desconocido. Lo escuchábamos trajinar en mitad de la noche y no sabíamos qué demonios estaría haciendo con esa mano. En realidad era un eremita que vivía en las montañas vestido con harapos, y se había parado con nosotros al ver la lumbre brillar de camino al pueblo, sólo eso.

A la mañana siguiente me sacudió el hombro para despertarme, dormía profundamente. Sacamos el hocico por la apertura de la tienda como si fuéramos los habitantes de una ratonera; ya se había ido, no sin antes habernos dejado un cuenco de café recién hecho al lado de unas brasas. Nos sentimos unos cobardes. Éramos unos cobardes.

Antes de marcharnos mi amigo se apuró detrás de un pino para aliviarse de sus contracciones estomacales. No tenía fin; cualquiera diría que se había tragado una cucharada entera de salmonella. Metimos todo en el viejo trasto, y nos largamos.

-Lo que tenemos que hacer es conseguir un par de autostopistas guapas que alegren un poco nuestro itinerario. Dije mientras metía el morro del coche en la carretera preparado para conducir todo el día.
-Si cambiásemos de ruta tendríamos más suerte; aconsejó él, pero la verdad es que no nos apetecía. No queríamos acabar en uno de esos camping llenos de mujeres de mediana edad con complejo de fin de ciclo condenadas a complicarse la existencia; queríamos perdernos, cruzar el umbral de nuestras afianzadas identidades, dar el paso…sólo eso.

Condujimos un par de semanas por carreteras polvorientas, pistas, túneles, puentes olvidados sobre ríos cristalinos, carreteras alejadas, pueblos casi abandonados, pantanos de destellos azul verdosos… De vez en cuando nos topábamos con algún tipo solitario; mochila a los hombros, al que acercábamos un tramo de carretera hacia cualquier parte. Algunos llevaban meses viajando… No fue una mala aventura. Hoy día todavía rememoro con viveza muchas de las anécdotas y paisajes.

Después de aquello no distanciamos. No sé por qué razón. Simplemente la vida se complica. Mi amigo se convirtió en una persona atareada; siempre con prisas; siempre apunto de cambiar y comenzar de nuevo; siempre a punto de conseguirlo. Yo seguí deambulando sin rumbo fijo hasta hoy día persiguiendo como un asno una zanahoria. A veces pienso que teníamos que haber continuado hasta que otra cosa salvo nosotros mismos nos detuviese para volver a lo que habíamos dejado voluntariamente atrás. Confieso que me afecta el síndrome de la nostalgia; que son esos recuerdos que asoman una y otra vez en la memoria de los que han dejado de echar leña al fuego de la vida y se conforman con sus ascuas. Estuvimos a punto, pero nos faltó algo. Correr el riesgo a ser fulminado. La vida son dos días, te haces mayor enseguida, y luego, todo se acaba.

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