El jinn. Autor: Margret

Emprendió un largo viaje para librarse de la mala racha. A través de los años había escuchado a muchos amigos quejarse del temido hassad, pero nunca les hizo mucho caso. Hasta ahora que se había convencido que el mal de ojo existía.
No había sido suficiente colgar en la entrada de su casa y negocio un ojo azul como amuleto. Para más, estaba luchando con un genio maligno entronado en su hogar que amenazaba con ocupar su cuerpo. El jinn es fuego y humo y el agua su mayor enemigo. Parecía un remedio sencillo. Pero el jinn se había mantenido invisible.
Ahmed emigró de Egipto, siendo muy joven, durante una de sus guerras civiles. A fuerza de trabajo y empeño completó sus estudios universitarios y estableció un negocio exitoso. Se casó con la mujer que amaba intensamente y su única pena era no haber tenido hijos. Dalia había hecho lo imposible por darle el heredero ansiado. Incluso recurrido a personas oscuras que sostenían poder neutralizar lo negativo. De esos encuentros, estaba seguro, había atraído al jinn.
La mala racha comenzó con la pérdida del negocio que era su orgullo; por más intentos hechos no logró salvarlo. Había buscado empleo sin éxito, todas las puertas se le habían cerrado y veía poco a poco cómo sus economías menguaban.
−−Es necesario gastar lo menos posible, Dalia. No necesitas más trapos, ni zapatos, ni prendas.
Contrario al apoyo e incluso sumisión a la que Ahmed estaba acostumbrado, se encontró con una Dalia exigente y arrogante, una Dalia desconocida.
−−¿Para cuándo piensas conseguir empleo? ¿De veras estás haciendo todo lo necesario? A mí me parece que te has dado por vencido, olvidando las responsabilidades para conmigo y la casa.
Ahmed sintió la ira fluir por su cuerpo como una corriente eléctrica. Ninguna mujer tiene el derecho de hablarle así a su marido. Ningún marido debía permitirlo. La cogió por el cuello con ambas manos. Lo detuvieron los ojos de Dalia, llenos de horror y de lágrimas. La soltó avergonzado. La mujer dio unos pasos atrás, aterrorizada.
−−Perdóname, Dalia. No sé qué me pasa.
Esa noche Dalia cerró la puerta de la habitación y Ahmed decidió dejarla tranquila, entendía su miedo. Él mismo temía de lo que sería capaz si el genio se apoderaba de su cuerpo porque pensamientos suicidas le asaltaban de repente. Mientras miraba sin ver la televisión y Dalia dormía, escuchaba al jinn. Se levantó de su asiento y sin hacer ruido se movió a la cocina, lugar de donde provenían los sordos ruidos, sujetando en la mano una botella de agua. Era imposible verlo. Volvió a poner la botella de agua en su lugar. Eran muchas las noches en que no se acostaba al acecho del genio.
Su mujer comenzó a ausentarse de la casa por largas horas. Las escasas veces que le preguntó to a dónde iba, su respuesta, seca, fue enfática “fui a ver a mamá, al menos allí no veo malas caras ni brego con tu depresión”. Un día la siguió. La vio montarse en el automóvil lujoso de un amigo, un admirador ferviente, y besar al hombre. En otras circunstancias no habría sentido celos, pero le invadió la duda. Caminó como un borracho tratando de encontrarle una explicación. Cruzó la calle sin fijarse en la luz de tránsito, cayó al pavimento impactado por un auto. Al regresar del hospital con una mano enyesada, le esperaba una carta del banco amenazando con expropiarle la casa si no ponía al día los pagos. Iba camino a perder a Dalia, la casa, y posiblemente el auto que tampoco podía pagar.
Reunió cuando dinero pudo, vendió su reloj Longine y algunas prendas de oro de Dalia.
−−Cuando regrese, todo volverá a ser como era, Dalia. Ya verás. Te quiero, amada, no te des por vencida, ten fe, yo la tengo.
Dalia se acercó a él. Llorosa, lo abrazó con fuerza.
−−Cuídate, Ahmed. No temas. Aquí estaré.
El vuelo MS804 había salido de Paris con destino al Cairo. Llevaba varias horas de vuelo y la noche se le había venido encima. Ahmed estaba inquieto. Se sentí encerrado como un animal. La ansiedad se había ido apoderando de él, a medida que se acercaba a su destino. El capitán acababa de anunciar que habían entrado al espacio aéreo de Egipto.
Se levantó para ir al baño y al girar vio una nube de humo y fuego que se abalanzaba sobre él. Era el jinn. Giró nuevamente a buscar el agua bendita. Intentó lanzarla, pero el humo, pasando de largo, se esparció por todo el pasillo.
Las alarmas de fuego se activaron en el avión. Los gritos de los demás pasajeros se unían al suyo. Sintió un dolor terrible a medida que su cuerpo se fragmentaba.

−−Allah –imploró en un sollozo final.

A las 2:45 am hora del Cairo, los radares perdieron contacto con el vuelo MS804. Los 56 pasajeros y 10 miembros de la tripulación a bordo, perdieron la vida. Aún se investiga la causa del accidente. No se descarta la posibilidad de un ataque terrorista.

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