El hombre que no conocía la nieve. Autor: Claudio Araya Villalonga

Pues, aunque parezca mentira… pese a sus años… ¡y ya había superado los sesenta!… nunca tuvo la oportunidad de estar realmente cerca de… la nieve. La visión que manejaba sobre ella se remitía más bien, a lo que se veía en la cordillera, en la cumbre de los cerros y a muchos kilómetros de distancia, si es que uno contaba desde el pueblo. Así, estuvo prácticamente toda su vida observándola, desde lejos… imaginándola, anticipando en su mente el momento que habría de conocerla pues, eso si, no dudaba que algún día tendría que tenerla cerca. Había soñado tantas veces arrojándose sobre ella, levantando puños y puños de nieve que luego de lanzados al aire recibiría en su rostro el frío -pero que en su mente se le antojaba tremendamente agradable- contacto de la congelada materia. Esperaba con ansias llegara el día en que pudiese concretar la dicha de tocarla, sentirla en sus propias manos y no solamente a través de su imaginación.
Fue pasando el tiempo sin embargo, se acumularon las arrugas y fueron marcando con intensidad el paso de los años; casi sin que alcanzara a percatarse de ello, la espalda se fue curvando y el caminar se hizo cada día más lento. Sin embargo, en su corazón mantenía intacta la esperanza del encuentro y cada invierno, al observar insistentemente la montaña corroboraba con sus palabras el íntimo deseo:
– Está bueno el invierno… habrá nieve para rato… y en el río, agua para todo el verano.
Y se quedaba horas mirando como cambiaba el color del cielo, el color de los cerros, el paso de las nubes… siempre hacia la cordillera.
– Hay lagunas arriba, en el cielo- decía. -Tendremos lluvia muy luego.

El alevoso golpe de estado que conmocionó al país fue un golpe artero y brutal para su débil corazón. Seguramente por allí fue que tuvo su primer infarto. Pasó inadvertido para todos pues nunca se quejaba por nada. Sobrellevó solo su dolor, como tantas otras cosas que nunca se supo de él.
Y fue antes de aquello -cuando asumió el poder del gobierno el eterno candidato Salvador Allende- que gozó de los mejores momentos de su vida. Observaba cada noche la televisión disfrutando de la palabra y las acciones de quien era su ídolo, su modelo de político y no se cansaba de explicar el porqué de cada acción emprendida. Así fue también como sufrió por los embates de la oposición que ahogaban cada vez con mayor fuerza las esperanzas de tanta y tanta gente. A poco andar del incipiente experimento, se percató de que éste no duraría mucho. Y comenzó a pronosticar su caída a quienes quisieran escucharlo, a los escépticos de siempre, a los amigos, a sus cada vez menos ex-compañeros de trabajo, a… su familia.
Cuando el golpe de estado se concretó, fue como si algo se hubiese roto dentro de él. Se tornó taciturno, repitiendo constantemente las causas de lo que -a su juicio- había ocasionado la debacle. Sin eximirse de culpa, constantemente se reprochaba no haber tenido la fuerza suficiente para convencer a los demás acerca de lo que presentía, de sus aprensiones. Todo aquello duró algunos años y poco a poco pareció recuperar un poco de su antiguo espíritu pero, quienes le conocíamos bien, sabíamos que la procesión iba por dentro.

En una ocasión y por pura casualidad, hice amistad con algunos lugareños de sectores cercanos a la montaña y al poco tiempo recibí una invitación para pasar algunos días en sus casas. Sabiendo lo importante que resultaba para mi padre esta oportunidad, le pedí me acompañase y allí pude observar cómo disfrutaba al encontrarse tan cerca, apenas a unos pocos kilómetros de lo que quedaba de nieve pues, desdichadamente nos encontrábamos en pleno verano y ésta se hallaba solamente en lo más alto, en las cumbres de los grandes cerros.
Pasó algún tiempo de aquella primera experiencia y por alguna razón, cuando ya había avanzado bastante el otoño -en una de aquellas excursiones a la cual no me fue posible asistir- logré sin embargo que en cambio, sí lo hiciese mi viejo. Quiso además la suerte que esta vez estuviese planeado un viaje a caballo más hacia el interior, con la clandestina intención de cazar algunos guanacos y, he aquí al hombre, embarcado en una aventura que le permitiría ¡por fin!… concretar su sueño y conocer de cerca la nieve.

Fue muy poco después de esta incursión que mi viejo nos dejó. Partió al sur, a la casa de mi hija mayor con la intención de conocer a su primer bisnieto varón y… no alcanzó a llegar. Pasó por unos días de visita a la casa de una de sus hijas, y estando allí, se sintió mal de pronto. Y era este el segundo y mortal infarto que esta vez sí se lo llevó. El último recuerdo que tengo de él antes de embarcarse en este postrero viaje, fue cuando se despidió de nosotros como si se estuviese dirigiendo a comprar cigarrillos, a la esquina.
– Nos vemos- dijo. Y partió.
Y más tarde nunca logré entender por qué le dejamos ir… solo… sin compañía alguna. Tal vez fue porque siempre se le veía bien. O porque aunque no lo estaba, nunca se quejó por nada. Es algo que no lograré contestar… jamás. Y me dejó por siempre una ingrata sensación de culpabilidad.

Había pasado un tiempo desde su muerte cuando me encontré con mis antiguos amigos, los residentes de la cordillera. Les enteré del triste acontecimiento y entonces ellos me contaron lo ocurrido en aquel viaje que hicieron en su compañía, algo que vino -de alguna manera- a conformar mi espíritu.
Habían partido de madrugada y, luego de horas cabalgando a caballo comenzaron a introducirse en los lugares donde deberían encontrar rastros de los animales que buscaban. Lenta y cautelosamente fueron internándose por los pasos y vericuetos cordilleranos. A partir de allí se hizo notorio cómo mi padre se volvía cada vez más inquieto y alegre. Desde luego, no podían saber qué le ocurría interiormente porque… ignoraban que se encontraba a punto de concretar aquello que había anhelado toda su vida. No dejaba de observar con gran avidez todo lo que se iba presentando ante sus ojos. Así fue como, en el recodo de una profunda quebrada fue preciso vadear el río. Se quedó atónito al fijarse en los pequeños copos de nieve que se hallaban adheridos a los arbustos de la orilla y, al tomar uno de ellos, advirtió con sorpresa que absorbían el olor de la vegetación. Fascinado, fue probando diferentes fragancias a medida que avanzaban… subiendo y subiendo.
En un momento, las bestias comenzaron a hundir sus patas en la albura, y allí no resistió más. Se bajó del caballo y abalanzándose sobre un montón de nieve, la cogió y lanzó al aire, gritando con todas sus fuerzas, con todo el ímpetu que le dio la contenida –por largo tiempo- mezcla de emociones donde se conjugaban la alegría, la tristeza, la rabia y la impotencia de años de permanecer en silencio, años de guardarse para sí todos sus sentimientos. Ante la sorpresa de sus guías y acompañantes, al tiempo que recibía la nieve en el rostro gritaba una y otra vez:
– ¡Allende no ha muerto, mierda!… ¡Viva Allende!… ¡Abajo los militares!… ¡Mueran los tiranos!… ¡Viva Allende!… ¡Viva Allende!… ¡Viva Allende!…

Mi padre fue un hombre duro, poseedor de un carácter rebelde que logró sobrellevar la falta de recursos económicos con dignidad, pese a que le vimos luchando toda su vida contra el infortunio. A pesar de todo, siempre estuvo dispuesto a cultivar en su familia el interés por la justicia, por los necesitados y dejando en el recuerdo un gran amor por los suyos. Estoy seguro que no fue aquella su intención pero, cuando la nieve corría por su rostro, disimuló más de alguna lágrima que escapó de sus ojos por Allende, por los pobres, por su mujer, por sus hijos, por sus nietos… y por el primer bisnieto que en aquel inconcluso viaje al sur, nunca alcanzaría a conocer.

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