Apuntes de Ostende. Autor: Martín Bertone

Llegamos al mismo complejo en el que paramos hace dos años. Tiene parrillas, pileta, juegos de madera para los chicos, bastante verde, cable y está a una cuadra del mar, que se escucha del otro lado de un médano que frena el viento. Nos dan una habitación contigua a la de la última vez. Es como un falso déjà-vu, sobre todo porque este año venimos con una hija más: Lara, que acaba de cumplir un año.

No traje conmigo la libreta roja en la que suelo tomar notas, que luego convierto en crónicas de viaje. Pienso en llevar mi celular a la playa, para escribir en él o grabarme, pero Maru me convence de dejarlo en el departamento para resguardarlo de la arena. Cruzo entonces a una despensa todo terreno que se encuentra frente al complejo, en busca de un bloc de notas. La vendedora sólo me puede ofrecer un cuaderno Gloria a rayas, como los que usaba hace 20 años, con un diseño de tapa más feo que el que recordaba. Me siento como un colegial, pero me saca del apuro.

Vemos la segunda mitad de The walk, de Robert Zemeckis, en mi vieja laptop Toshiba, después de haber conseguido dormir a los chicos. El acento francés de Joseph Gordon-Levitt es impecable y los rubros técnicos, como era de esperar, también. Dos días más tarde, vemos Irrational man, de Woody Allen. A Maru le parece una película muy hablada, pero yo la defiendo por la calidad de sus diálogos, uno de los puntos fuertes de Allen que, junto con la música y el elenco, son constantes en su obra.

—Mire: en Cariló está…cómo le digo…el caretaje. En Ostende está la gente sencilla. En Pinamar norte está la gente de plata…más que de plata, con cultura. No sé si me entiende.
Me dice Juan, el propietario del complejo, inmigrante gallego-devenido-porteño-devenido-pinamarense. Lo entiendo, pero igual le pregunto:
—¿Y por qué está todo tan caro?
—Y, es a propósito, para que no venga gente pobre. No sé si me entiende.

Cruzo a la despensa a comprar una caja de fósforos, porque nos cansamos de no poder prender las hornallas con el encendedor gastado que nos dejaron. Pegada en el frente de un mostrador, veo una fotocopia plastificada de un artículo de diario: “Efemérides. La fundación de Ostende. El 6 de abril de 1913 se fundó el balneario bonaerense de Ostende, vecino a Pinamar y Cariló. Ese día los belgas Fernando Robette y Agustín Poli recibieron a las autoridades en el tren que había comenzado a llegar hasta esa azotada zona. En 1909 la empresa Pueblo y Balneario realizó las escrituras de todas esas tierras y planeó una audaz urbanización. Comenzó también la construcción de un muelle de 250 metros que se pensaba para barcos de ultramar. La Primera Guerra Mundial hizo regresar a sus países a Robette y Poli. Como consecuencia, en 1920 el tren ya era un recuerdo y el muelle no aguantó las marejadas, al igual que la costanera. Hasta la iglesia desapareció bajo la arena y el viento. En 1927, sin embargo, un empecinado arquitecto, de apellido Hughier, se encargó de fundar el country Atlantic City Club que aseguró la continuidad para siempre de Ostende, si bien no pudo terminar el publicitado Atlantic Palace Hotel”. Faltan algunas comas, pero no nos va a faltar fuego.

A pocos metros de nosotros, hay una pareja de unos 60 años. No están sentados mirando al mar, sino paralelamente a las olas, apuntando en nuestra dirección. Cada tanto sonríen con alguna ocurrencia de Nicolás o hacen algún gesto de ternura ante la belleza innegable de Lara, pero no se dicen una palabra en más de una hora. El silencio compartido, ¿es la forma más pura del amor o del tedio?

La playa es un no-lugar, una vasta sala de espera en la que la gente que la ocupa se libra a todo tipo de actividades: toma sol, se baña, juega, come, camina, bebe o lee. Así se les hace más llevadera la espera (hasta que se ponga el sol, se ponga frío o se acaben las vacaciones).

Demasiado cansados para ver una película entera, nos enganchamos con un documental -empezado- de canal Encuentro sobre la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos en los años 60. El guion, escuálido, parece plagiado de un artículo de Wikipedia que alguien redactó a las apuradas.

Una gaviota que intenta volar contra el viento, la bandera que indica por tercer día consecutivo que el mar está peligroso, los vendedores ambulantes que hacen de la arena una avenida de doble mano, media docena de culos fotogénicos, media docena de churros, el llanto de un niño, la risa de otro, la forma perdurable de una nube, gente que camina porque sí, un pozo rodeado por sus jóvenes autores, un altoparlante que invita desde el cielo a ir al teatro en Pinamar: enumeración de la patria estival.

La playa es una instancia de exposición (al sol, a la mirada ajena) y de revelación (de la verdad de los cuerpos: trabajados; trabajosos; tetas caídas, firmes y levantadas con bisturí; tatuajes que van de lo original a lo impresentable). De noche, según el dicho, nos convertimos en felinos oscuros y homogéneos: nuestros cuerpos recuerdan cómo mentir.

Lara gatea sentada, arrastrando su pierna izquierda, que enseguida se le ensucia. Nicolás también se desplazaba así hasta que se largó a caminar. Tenía la esperanza de que la segunda iba a gatear en cuatro patas, como en las publicidades con bebés, pero no. De todos modos, su condición de trípode no le impide dirigirse hacia el mar a una velocidad más que respetable. La llamamos Cangrejo.

Atado a mi estado de vigilancia permanente, me dejo invadir por el espíritu de José Narosky. Ensayo mentalmente mis primeros aforismos, que transcribo con letra apurada: Al comenzar la quincena, la playa es como un western: está llena de pieles rojas y de carapálidas; Hembra es la gordita que luce su bikini insuficiente sin complejos. Las demás sólo son mujeres; Los triángulos de ciertas bikinis me hacen pensar en el de las Bermudas: me gustaría perderme en ellos; Cuando llega el mediodía no extraño las milanesas. Me basta con mirar a mis hijos; Los anteojos de sol sirven para mirar mujeres sin ser descubiertos, y para tapar el ojo morado si a uno lo descubren; Espero de las playas lo mismo que de los restaurantes: que no estén vacías ni colmadas; ¿El berberecho es un minero o un cobarde?; Sin moverse mucho, el bañero controla que no pasen desgracias, sólo culos; Al sol, la piel arde como un amor inconfesable; La guerra de arena, como toda guerra, termina con la paz; Las olas son llaves que abren la orilla; Con tal de tomar una dosis de sol, hay fanáticos que soportan tomar el doble de viento; Para una mujer de cierta edad, la malla enteriza significa capitular, pero también respetar al espectador.
Me interrumpe el llanto de mi hijo, efímero como la huella de un aforismo.

Una familia comparte con fruición una docena de churros contraviniendo expresamente el mandato estético vigente. Prefieren llegar espléndidos al otoño.

Los precios cuidados no llegaron a estas playas. Ayer, un vendedor ambulante me cobró 30 pesos una rosca de chipá. Hoy, un colega suyo me pidió 25. Las dos estaban igual de duras.

Dificultad adicional cuando se juega al fútbol o a la paleta en la orilla del mar: evitar que la pelota haga escala en la cabeza de un veraneante ajeno al desarrollo del juego.

Le doy a Lara media galletita. Antes de llevársela a la boca, la pasa por la arena, como quien moja la punta de una medialuna en el café con leche. Miro asombrado cómo mastica ese bocado demasiado crocante sin pestañear.

A falta de musculatura o de carisma, la mejor forma de cosechar miradas femeninas es jugar con un perro o un bebé. La ventaja del bebé es que no hace necesario aclarar que no muerde.

Le señalo a Maru un muchacho fibroso con sunga, una verdadera rareza en estas costas.
—Es un slip de natación —me corrige ella, como si su precisión lo volviese menos anómalo.
—¿No te parece que la sunga es vulgar?
—No. No estamos acostumbrados. Me parece osada, reveladora.
Quince veranos atrás, compré una sunga en el sur de Brasil, que usé durante una semana para probar sus supuestas bondades. Durante esos días, le devolví con el pie a un compatriota una pelota de fútbol que se le había escapado. El muchacho me agradeció el gesto en portugués, dando por sentada mi nacionalidad. Su error fue comprensible: para nosotros, argentinos, el traje de baño por antonomasia es la bermuda. Sin saberlo, yo estaba camuflado. No volví a ponerme una sunga, pero debo reconocer que es cómoda y se seca rápido.

—CHURROOOOOOOSSSS, 100 % LAIIIIIII…

Ya no se ven revistas de crucigramas ni de sopas de letras. ¿El papel fue desterrado del ocio atlántico? No: los churros no se envuelven con smartphones.

En el centro de Pinamar, el cartel de un café anuncia: “Bar, resto y algo más”. En la entrada del parador más cercano al complejo, hay un póster con la foto de un mulato, maracas en mano, superpuesto sobre un atardecer con palmeras: “Dagoberto. Del Caribe su música. Bolero, Cha cha cha, Son, Mambo, Guajira, Cumbia, Merengue y algo más”.
¿Qué significa “y algo más”? ¿Un intento de darle elegancia y un toque de misterio al célebre “etc.”? Le pregunto a Maru si recuerda la comedia “Matrimonios y algo más”, que pasaban en Canal 13 en los 80, y qué cree que significaba “y algo más” en ese título.
—Qué preguntas raras que hacés. No sé, puterío.

—Disculpame, ¿vos sos el guardavidas? —me pregunta una abuela flaca.
—No, pero gracias por el piropo.
La señora vio anteojos de sol y una bermuda roja, pero no que me faltan el silbato y algo de musculatura.

—SOMBRILLAS IMPORTADAS, SOMBRILLAS CON WI-FI. PARE DE SUFRIIIIIIIRR…

Dos perros medianos se pechean cerca de la bandera de “mar peligroso”. Durante una breve tregua, el más pequeño levanta una pata y mea el salvavidas de rescate que el verdadero guardavidas clavó en la arena. En pocos días llega Malena, nuestro caniche. ¿Qué tal se portará?

Voy una noche hasta Valeria del Mar a buscar unas empanadas que pedí por teléfono, para no esperar el envío. En el volante dice: “Empanadas gourmet y algo más”. Mientras espero en el mostrador a que me las envuelvan, le pregunto al vendedor qué significa la expresión “algo más”, que también se lee en un cartel a sus espaldas.
—No me entra para poner todo: canastitas, pizzas…
—Y también vendemos parrillas —me dice otro, que sale de la cocina.
—¿?
—¿No las viste cuando entraste?
—No, negras y de noche —me disculpo.
—Te diría que vendemos más parrillas que empanadas, pero no queda bien poner “Empanadas y parrillas”.

Un rubio petiso arrastra un carrito con vinchas, tobilleras y algo más. Como Maru perdió su vincha en el mar hace un rato, lo llamo con un gesto. El vendedor le muestra a Maru su mercadería, pero ella lo ignora en silencio.
—¿No querés una vincha? —le pregunto.
—Mirá, acá tengo de todos los colores. Estas son muy lindas —detalla el petiso.
Maru sigue impasible. Por sus anteojos de sol, es imposible saber si mira los accesorios de reojo o si espera ver aparecer a Godzilla del lado de Valeria del Mar.
—Te las dejo a 40 pesos. Las hago yo —informa el petiso.
Maru, inexplicablemente, apuesta a matarlo con la indiferencia.
—Dale, que hoy no vendí nada —insiste él con cara de perrito mojado, aunque está bien seco.
Maru sigue callada.
—Nunca vi que un marido le deje comprar a la esposa y que la esposa no compre nada. Que tengan un buen día —dice el petiso antes de seguir camino con el carrito lleno y las manos vacías.

—CASTAÑAS DE CAJÚ DE BRASIIIIL. PROTEÍNAS CONCENTRADAAAAS…

Estoy sentado bajo la sombrilla, intentando escribir unas líneas. Nicolás se pega a mí para ponerse a jugar con arena. Saco a Lara del sol y la siento al lado mío. De pronto, la beba se larga a llorar, sin motivo aparente ni consuelo rápido. Le sugiero a Maru que intente darle la teta. Dos segundos más tarde, somos una familia tipo bajo la sombra circular. No disimulo mi fastidio.
—¿Qué querés, que le dé la teta al sol?
—No, a Lara —le digo.
Con las primeras succiones, la beba se calma.

—¿Ese es el vendedor del otro día? —me pregunta Maru.
Le confirmo que es el mismo petiso con el mismo carrito. Maru se dirige directamente a las vinchas. Se ve que el petiso no la recuerda, porque le dice:
—Estas te las dejo a 50.
—El otro día me dijiste 40 —lo frena Maru, que ahora le habla.
—Los precios siempre bajan, nunca suben —murmura el petiso, contrafáctico.
—Decile eso a los carniceros —le lanzo, cortante.
El petiso absorbe el impacto como un duque. No voy a decir con altura.
—¿Me das plata? —me pide Maru.
Voy hasta la sombrilla y vuelvo con mi billetera. Maru se decide por una vincha de animal print.
—40, pá. Si tenés cambio, te voy a agradecer.
Le doy al petiso cuatro billetes marrones y lo veo alejarse. Sé que lo voy a ver pasar de nuevo.

Desde que llegué, leí dos novelas: Arab Jazz de Karim Miské (en francés) y Apuntes de un vendedor de mujeres de Giorgio Faletti, ambas de prosa cuidada y tramas bien resueltas. No voy a decir nada nuevo: el policial negro es el género que mejor explica la actualidad, por su realismo y crudeza. Arab jazz describe la vida en los ghettos musulmanes y judíos de París, y Apuntes los vínculos entre la prostitución VIP y la política en la Milán de fines de la década de 1970. Otra verdad que no es mía: el policial se lleva muy bien con las vacaciones.

Pasamos varias veces delante del Viejo Hotel Ostende, que visitamos, un día nublado, la última vez que vinimos. A la segunda o tercera, se me escapa un:
—Cómo me gustaría alojarme en este hotel.
—Vos lo decís porque acá lo conociste a Pablo De Santis —me responde Maru, haciendo alusión a la breve charla que tuve con él cuando lo encontré leyendo en un jardín—. Además, no es un lugar para venir con chicos.
—Tenés razón.

Mi hijo hizo buenas migas con un señor calvo que para en el complejo, al que llama cariñosamente Pelu. Todas las mañanas, después de desayunar, se sienta con él y le habla de cualquier cosa. Pelu le sigue la corriente, le hace preguntas, le cuenta historias como la de su calvicie, producto de la caída de un bloque de hielo sobre su cabeza cuando era marinero en un barco pirata. Nicolás tomó esa explicación como una verdad histórica y la repite asombrado. Una mañana me acerco para ponerle el traje de baño a Nicolás y veo que Pelu está leyendo El libro de arena. Gratamente sorprendido, le digo que es el mejor libro para empezar a leer a Borges, porque mucha gente lo considera un autor complicado.
—Leí los cuentos clásicos: El Aleph y otros. No me parece complicado. Hace mucha referencia a escritores. Esa parte se me hace pesada, la salteo. Pero los argumentos son muy sencillos.
No tengo ganas de contradecirlo: es paciente con las intromisiones de Nicolás y está leyendo a Borges.

Hoy, día ventoso, el guardavidas tiene una bermuda a rayas y su silbato oculto bajo un buzo rojo. Yo sigo fiel a la bermuda que me trajo Papá Noel. Si alguien me pregunta si soy el guardavidas, voy a decir que sí.

—¿Qué te panza? —me pregunta la barriga maciza de un señor que pasó el medio siglo, cuyo ombligo velludo es la antítesis del sol.

Mis suegros nos dejan a Malena, besuquean a los chicos y siguen camino a Pinamar. Ahora tenemos que cuidar a tres. Malena tarda poco en empezar a ladrar, escaparse, y padecer el cariño torpe de los chicos de otros departamentos del complejo. El corte al ras que le hicieron en la veterinaria para sacarle los nudos le da un aspecto ratonil que acentúa mi antipatía. Hago cálculos, en voz alta, sobre los años que le quedan de vida.
—Cortala con la perra —me dice Maru, cansada de mis quejas—. Si tuviera un hijo de otro matrimonio, ¿qué hubieras hecho?
“Probablemente no me hubiera casado con vos”, pienso, pero elijo el silencio.

De espaldas, Maru parece un dálmata. De frente, una nena feliz. Pero su alegría dura poco: el tiro siguiente de Nicolás le da de lleno en la cara. ¿Aplicación a rajatabla de la Ley del Talión o de la máxima mafiosa: “Que parezca un accidente”? Maru se rinde sonoramente y se mete en el mar, para sacarse la arena y la deshonra.

Malena provoca en la playa a un dogo de Burdeos, que podría comérsela en tres bocados. Por suerte para ella, la ignora. A veces pienso que es una perra suicida. Sería interesante verla cumplir con su vocación.

—CASTAÑAS DE CAJÚ, DE BRASIIIIL…
—¿Proteínas concentradas? —bromeo con el mulato brasileño, cuyo anuncio recuerdo.
—Más concentradas —completa, rápido, y me muestra una sonrisa que le debe dar de comer carne argentina todas las noches.

Empiezo a leer Los diarios de Emilio Renzi, de Ricardo Piglia, que dejé para el final de las vacaciones. Sus entradas, además de ser compatibles con la atención intermitente que puedo prestarles, me dicen que ese es el mejor formato para las notas de mi cuaderno de colegial. Pero a diferencia de Piglia, que juega con su alter ego, no voy a recurrir al mío. Dejé a Franco Bonaire, hace ya varios años, empacando sus libros en un cuarto de la Cité Universitaire de París. Después de eso, le perdí el rastro.

Pasamos el último día de playa con mis suegros, que vienen hasta Ostende. Al mediodía, decidimos almorzar en el parador donde vi el poster de Dagoberto. Mientras nos acomodamos en la mesa, lo veo pasar: tiene una remera negra con la bandera de Cuba. No dudo en seguirlo y preguntarle sin preámbulos:
—Dagoberto, ¿qué significa el “algo más” en la lista de ritmos del poster?
—Hago versiones de temas con esos ritmos, cuento algún chiste…
Me cuenta que es percusionista del Puma Rodríguez y que está grabando un disco con Sergio Lapegüe, el trasnochado de Todo Noticias.
—Canta salsa —me aclara.
Enseguida saca su celular y me muestra, entusiasmado, fotos con ambos, con el pelado de La Mosca y sentado en la mesa de Mirtha Legrand, en el Costa Galana de Mar del Plata.
—El Puma vendió 60 millones de discos —me dice, y siento que se suma a ese éxito.
—Se lo merece, le canta al amor.
—Le canta al amor, pero tiene millones, hermano, millones. Tiene un edificio en Puerto Madero con 24 oficinas. Y la hija, Génesis, está en Hollywood. ¡Va por su quinta película!
Le cuento que fui de luna de miel a Cuba, que visitamos La Habana, Varadero, Cayo Coco y Trinidad.
—¡Hermano, yo soy de Cienfuegos! ¿Se van a quedar al show?
Le digo que sí, y promete volver en el intervalo. Después de cantar —con muy buena voz—Guantanamera, Que le den candela y otros temas que no conozco sobre pistas pregrabadas, que hacen bailar a medio parador, Dagoberto vuelve.
—¿Desde cuándo estás en Argentina? —le pregunto.
—Hace 20 años, hermano. Tengo una hija argentina. Pero ahora me separé y me voy a tocar a Costa Rica.
—¿Volvés seguido a Cuba?
—Sí, hermano, todos los años.
—Otro mar, no como el nuestro.
—Aquí me metí una sola vez, hace 16 años, hasta las rodillas. Es muy frío, hermano.
—¿Cómo está la cosa desde la apertura? Muchos tienen miedo de que los invadan los gusanos de Miami o los gringos.
—No, hermano, a los gringos no los vamos a dejar entrar. Los cubanos que están en Miami sufrieron cuando se fueron para allá, saben cómo son ellos. Quédate tranquilo, que no van a entrar. Tienes que volver a Cuba. Con 150 dólares te puedes quedar una semana. Esto es carísimo. Después se quejan de que hay pocos turistas.
Dagoberto vuelve a tomar al micrófono y llega el momento del “algo más”: canta canciones nuestras con ritmo caribeño. Su versión de La ventanita del amor me gusta más que la del grupo Sombras. Terminado el recital, me consigue un mojito gratis. Aunque no es mi trago preferido, le digo que está rico.
—Es bueno, pero el cubano es mejor. Aquí le ponen menta. En Cuba le ponen yerbabuena.
Me quedo solo, terminando el mojito, mientras Dagoberto almuerza con unos amigos suyos. Al despedirme me da su tarjeta, réplica apaisada del póster, y me pide que nos fotografiemos con su celular. Me sorprende el pedido, pero acepto de buena gana. Lo veo levantar los pulgares y sonreír con oficio; aunque me siento un poco ridículo, lo imito.
Vuelvo a pisar la arena, a sentir el viento. Mientras me acerco a mi familia, que disfruta de su último rato de playa, decido esperar a llegar a Buenos Aires para mandarle un Whatsapp a Dagoberto y pedirle la foto. Quiero que el último recuerdo sea póstumo, para estirar las vacaciones aunque sea un día.

3-17 de enero de 2016.

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  1. Ximena Vaca

    Muy buen relato. Te transporta al lugar. Me encanta como logras convertir algo relativamente cotidiano en una historia divertida, fresca y ágil.

  2. Ximena Vaca

    Muy buena crónica, te transporta al lugar. Me gustó el ir y venir de las descripciones de extraños y conocidos (familia).

  3. María M. Montesano

    Martín tiene la particularidad de “ver” lo que los demás pasamos por alto, aun cuando también estamos mirando, y de transformarlo en un texto simple, entretenido, cercano, que dan ganas de seguir leyendo.

  4. Sergio Daniel Dure

    Te traslada, cautivante. Buena crónica, los detalles en el relato de la historia me atrapa como lector. Me gusta.-

  5. Verónica Hervier

    El relato me recordó a las descripciones de Silvina Ocampo y sus sinestesias: ” Le doy a Lara media galletita. Antes de llevársela a la boca, la pasa por la arena, como quien moja la punta de una medialuna en el café con leche. Miro asombrado cómo mastica ese bocado demasiado crocante sin pestañear.”; a Cortázar y el rescate de lo simple como objeto único: “un cuaderno Gloria a rayas, como los que usaba hace 20 años, con un diseño de tapa más feo que el que recordaba”; a Wilde y sus “ironías condescendientes”: “Hembra es la gordita que luce su bikini insuficiente sin complejos”; y algo más… una enunciación clara que no se parece a la de nadie porque es privativa del autor… ¡Une merveille!

  6. Cachj.carlita

    La verdad muy bueno y bastante real jajaa para aquel q ha vacacionado en familia!! Suerte con esto saludos

  7. Mauro Oranges @MauroOranges

    Excelente cronista, descriptivo de momentos simples. Divertido y atrapante.

  8. Valeria Suárez

    Muy buen relato sobre unas sencillas y típicas vacaciones familiares en la costa argentina. Sobre situaciones y cosas cotidianas que al común de la gente no le llaman la atención, Martín Bertone, al estilo Cortázar, tiene la capacidad de hacer interesantes y divertidas reflexiones.

  9. Ricardo

    Bertone: no te conozco pero admiro cómo podés hacer un texto distinto, y centrado en el famoso “Y algo más…”

  10. Xime

    Me gusta tu forma de escribir y que me pueda imaginar todo bien claro, aunque, si bien no tiene nada que ver con la escritura en sí, espero que la relación con tu mujer mejore, que parece medio tensa. Más allá de eso, disfruté la crónica y me gustaría leer más.

  11. Lucila

    Una buena crónica te traslada al lugar y el lector siente que vive las experiencias de los protagonistas. El relato de Bertone cumple con esta premisa y te invita a acompañar unas vacaciones en familia por Ostende. Muy buena narración

  12. Daniela

    ¡Muy buena crónica y algo más …! Da ganas de leer, de reír, va llevando la mente a lugares y permite tener un momento para reflexionar acerca de algunas cosas.

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