Un pequeño saltamontes en Minas. Autor: Carol Gianella Antúnez Ferreira

Mientras subía el Salto del Penitente una de las abuelas de la excursión dijo en voz alta: “Tengo que agradecer a Dios por poder visitar esta hermosura con 84 años”. Se encontraba quietita, mirando hacia la catarata y esperando a su “lazarillo”, una de las personas que la ayudaba a subir y bajar por las rocas. Cuando llegó y la tomó del brazo añadió: “Hay que agradecer porque hay gente que puede venir hasta acá, pero no tiene la voluntad”.

Para el 2016 me puse la meta de ver todo con ojos de turista, empezando por mi país, porque quiero conocer el mundo, pero primero mi bonito Uruguay. En estos tiempos, parece que todo lo que uno desea llega a través de Facebook, en forma de aviso. Así fue que conocí a la empresa de turismo Yorugua Viajes, que promocionaba una excursión a Minas, una de las ciudades que aún no conocía.

Envié un mail para reservar un lugar y Mauro, uno de los guías, me advirtió que a la excursión concurrirían personas mayores. Sin dudarlo le dije que de todas formas me gustaría ir. Cuando subí al ómnibus, comprobé lo que me había dicho Mauro y en seguida les envié un whatsapp a mis hermanos, muy emocionada: “¡El bondi está lleno de abuelitos!”. Pero cuando me vieron subir, la sorprendida no era yo. La mayoría se conocían hace 18 años, la misma cantidad de tiempo que la empresa lleva realizando viajes por todo el Uruguay. Yo era un pequeño saltamontes que tenía mucho que aprender.

Fue como viajar en familia. Carlos y Graciela son los fundadores de la empresa Fernández Goñi. Hace un tiempo que ya no realizaban excursiones, pero sus clientes fieles, ahora amigos, les pidieron que volvieran a la ruta. Entonces su hijo Javier, junto a su amigo Mauro, emprendieron con Yorugua y organizaron el viaje a Minas, el primero del año, que marcaría un nuevo comienzo. La buena onda se respiró desde un principio. Muchas arrugas, pero también muchas sonrisas, chistes y ningún tipo de queja física. El sol nos acompañó casi todo el camino. El paisaje y el tiempo fueron propicios para escuchar comentarios del tipo: “Qué lindo día para lavar la ropa y colgarla al sol”.

Llegamos al primer destino: Parque del Salto del Penitente. Antes de bajar del ómnibus Carlos nos explicó que su nombre se debe a que en el lugar hay un salto de agua y una piedra que está sobre la cascada que tiene forma de un monje en penitencia, rezando.

Graciela me acompaño a recorrer el parque, ya lo había visitado varias veces, por lo tanto fue quien me indicó dónde me tenía que parar para obtener la mejor vista. Su hijo Javier iba atrás, controlándola, porque tenía miedo de que se lastimara. Graciela prácticamente iba corriendo entre las rocas, no la paraba nadie. “Apurate Lala, vení por acá. Ay no, viene ese tranca ahí atrás”, me decía refiriéndose a su hijo. ¡Cuánta energía! Me hizo reír mucho.

En este parque se pueden hacer cabalgatas, trekking, rapel, escaladas y tirolesa. Elegí la última opción, que experimenté por primera vez. Fue genial, vi todo el paisaje desde 60 metros de altura.

Luego, subimos nuevamente al ómnibus y antes de partir al siguiente destino tomé una selfie. “¿Todos saben qué es una selfie?”, pregunté a través de un micrófono. Graciela, muy chistosa, preguntó si era una señora y añadió que no había venido. Fue complejo coordinar la foto, se tapaban las caras al levantar los brazos, pero se rieron a carcajadas y algo salió.

Continuamos con Villa Serrana, un pueblo diseñado por el arquitecto Julio Vilamajó en 1946. Él defendía que la arquitectura debía de estar en armonía con la naturaleza y bajo esta filosofía construyó el Ventorrillo de la Buena Vista, en la ladera del Cerro Guazubirá. Allí paramos para almorzar y apreciar la hermosa vista que da el paraje. La comida estuvo deliciosa y la atención muy agradable, al llegar nos recibió Alberto Vignale, el actual dueño de la posada, para contarnos la historia del lugar, y nos sirvió su hijo Fernando, un adolescente con el cual todas quedaron encantadas.

En el restaurante, me senté “de casualidad”, al lado de Dolores, de 91 años. En seguida vinieron a sacarnos una foto, porque la pasajera más vieja estaba sentada junto a la más joven. Ella caminaba sola para todos lados, con su bastón-silla. En la mesa también conocí a Ana María y a su hermana. Las tres, unas viajeras empedernidas que, además de conocer todo el Uruguay, habían recorrido varios países alrededor del mundo. Fue un placer escuchar sus anécdotas y compartir un vino.

Después, aproximadamente a 30 minutos de Villa Serrana, fuimos a las Grutas de Salamanca, dentro del departamento de Maldonado. En este lugar el terreno era más empinado y resbaladizo, por lo que muy pocos se animamos a subir. Graciela aprovechó que su hijo se distrajo y subió sola conmigo. En el camino me fue contando, muy orgullosa, que su esposo Carlos es un autodidacta, una biblioteca andante y por eso es quien se encarga de explicar el significado e historia de cada lugar que visitamos. Antes de bajar del ómnibus nos contó la leyenda del matrero Lemos, quien, durante la Guerra Grande, cometió varios homicidios y luego se escondió en las grutas, sin ser encontrado. Entonces Graciela, a media que íbamos avanzando, gritaba “Lemoooos, Lemoooos”, a modo de gracia. Al llegar a las grutas se remangó los pantalones y, con un tono pícaro, me pidió que le sacara una foto intentando saltar de una piedra a otra, para que luego se la muestre a su hijo. También me dijo: “Lala, si vos no estuvieras acá, yo ya hubiera saltado”.

Al volver al ómnibus nos enteramos de que algunos, intentando subir, se habían caído de cola, pero nada fue grave. Todos vieron la foto de Graciela intentando saltar la piedra y la aplaudieron por su valentía. Así seguimos hasta el último destino, la ciudad de Minas, exclusivamente para hacer compras en la histórica confitería Irisarri (1898), muy reconocida por sus yemas, serranitos, damasquitos, alfajores y espumitas. Cristina y Elena, dos abuelas que conocí al final del viaje, me recomendaron los tallarines caseros. Al terminar de comprar dulces para mi familia, bajé por unas escaleras que hay al fondo de la confitería para ver una especie de museo, con objetos de la época y cuadros con la historia del lugar.

Ya todos nuevamente en el ómnibus, disfrutamos de un show brindado por Ana María, quien cantó un par de tangos con su hermosa voz. Luego, tuvieron lugar agradecimientos, aplausos y felicitaciones por el hermoso viaje. Por ser la más joven del grupo me correspondía un premio y me regalaron un descuento para la próxima excursión. Así que entre abrazos y besos prometimos volver a vernos a fines de junio para recorrer rincones históricos de Montevideo.

“¿Vas a ir sola nuevamente?”, me preguntan mis amigos. “Sí, ¿por qué no?”, respondo. Cuando viajamos a otros países, si nadie conocido puede acompañarnos, estamos dispuestos a recorrerlos solos; entonces, ¿por qué no tener la misma actitud en nuestro propio país? Como dijo una de las abuelitas apreciando el paisaje: “¡Ah! Amo a mi patria”.

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