Un ángel viajero. Autor: Fabio Marcelo Guzman Salazar.

Ingresó al bus percibiendo gritos y maldiciones por parte de una joven que había perdido su pasaje y a la cual se le negaba el transporte. Alterado por el ruido y ya con lágrimas en los ojos, aquel inocente ángel de siete años y poco más fue levantado por su padre, el cual buscaba su asiento mientras le prometía que todo iba a estar bien. La joven fue dejada fríamente por el impasible chofer, habiéndose cerrado las puertas en frente suyo, mientras ella, como si de su muerte misma tratara, transformando una situación de lo más mundana en un drama de lo más insensato, se negaba a resignarse a pasar las navidades sin su familia en el exterior, pero poco sabía en aquel momento de resquemor que poco habría de valer su decisión bajo esas circunstancias. Habiéndose alejado el bus de la furia casi contagiosa de la joven, especialmente en aquella mañana tan oscura y fría, pronto quedó en un completo silencio, y el asosiego asomaba poco a poco prometiendo ocupar el ambiente por los tres días restantes del viaje.  Afortunadamente, Jonathan no era un niño inquieto y su padre lo sabía muy bien, así que, tras encontrar sus respectivos asientos y haber secado sus lágrimas, lo acomodó al lado de la ventana, se sentó junto a él, y cerró sus ojos confiando en que su hijo se distrajera con los paisajes rurales que no tardarían en aparecer.

Jonathan se apoyó silenciosamente en el empaque de la ventana a observar, de vez en cuando volviendo la mirada hacia los pasajeros del bus, que parecían imitar a su padre. El pequeño tenía poca noción del tiempo, por lo que las primeras diez horas casi volaron ante sus ojos. Durante esas diez horas uno a uno los pasajeros se despertaban, uno a uno recuperaban el habla y entablaban conversaciones cada vez más fluidas con sus respectivos compañeros de viaje que se escuchaban claramente en el restringido espacio del bus. Poco habría de entender un niño de infidelidades o política estadounidense de moda, poco habría de saber de  pleitos entre un cliente y un vendedor por unos centavos menos, de pérdidas dolorosas, de amores platónicos, de esnobismo innecesario, de crímenes y guerra, o crímenes de guerra, pues la peculiar y limitada disposición de los pasajeros le había permitido escuchar vidas enteras en muy poco tiempo, ante las cuales él se veía obligado a sacar conclusiones básicas o a rellenar algunos agujeros en las historias que ingresaban por sus oídos. Su padre despertó y le acarició el cabello, mientras él asomaba su cabeza por la ventana y observaba al parsimonioso ambiente de campo en el atardecer por el cual el bus penetraba a paso lento pero seguro.

Las siguientes tres horas fueron igual de tranquilas, pero no fue hasta que los primeros hilos de luz de la luna tomaban el lugar de los del sol, que surgió cierta incomodidad latente en él, justo en los momentos en los que debería haberse preparado para dormir tras un agotador día de viaje. Por seis largas horas no dejó de moverse en su lugar y un par de veces, como si lo hubiera olvidado, le preguntó a su padre por qué estaban viajando, a lo que él respondía con un gruñido, tratando de conciliar el sueño en aquella fastidiosa madrugada. Buscaba y rebuscaba cosas que hacer, siendo que ver la luna le parecía demasiado tedioso para su gusto, además de aburrido, al igual que el solo hecho de estar sentado en aquel lugar, junto a su padre, que poco caso le hacía ante sus quejas. Habría dado lo que sea por caminar por aquel pasillo para ir a conversar con el chofer, pues ya creía saber varios temas adultos con lo que había escuchado aquel día, con sus propios toques fantasiosos y unas conclusiones que dejaban mucho que desear, claro está. Finalmente, tras haberse rendido su cuerpo a los afanes del sueño, cayó dormido en el duro hombro derecho de su padre, sin hacerle caso a la inconveniente posición en la que su cuello había quedado.

En sus sueños se repetían las conversaciones que había escuchado, y su mente trataba de encontrar algún sentido en ellas, esforzándose por plantear una imagen visual de las anécdotas o los hechos contados por gente que ni siquiera conocía. Su mente maquinaba con el fin de obtener algo de información entendible que pudiera ser interpretada sin éxito alguno, por lo que se podría describir su sueño como poco reparador, quizá gracias, en parte, al trecho del viaje en el que el bus se encontraba en aquel instante, con varios baches, desvíos y curvas. Cuando despertó, ya con un día y cuatro horas de viaje detrás de él, notó un dolor en el cuello como consecuencia de la mala posición en la que había dormido, sin embargo, se sentía mejor y más apacible, dispuesto a continuar esperando. Habían parado en alguna estación para que el anterior chofer y su compañero fueran reemplazados, pues, obviamente, resultaba imprudente mantener a los mismos por demasiado tiempo, a pesar de que tomaban turnos al volante mientras el otro descansaba. El aburrimiento terminó por llegar dos horas después, causando en él el deseo de hablar con alguien, ¿y quién mejor que su padre?, habría de preguntarse, al estar él ya despierto, abrazándolo sin decir una sola palabra. Jonathan le preguntó a su papá cuánto faltaba pero él no llevaba un reloj, claramente con la intención de no preocuparse por el tiempo que les quedaba. Le preguntó si valía la pena aquel viaje, el estar sentados por tanto tiempo, al no haberse desplazado nunca, posiblemente por su corta edad, de esa forma antes, recibiendo una respuesta tierna pero concisa de su padre: “Cuando lleguemos pasarás los mejores días de tu vida”.

Conversaron, casi por una hora, viéndose gran parte de su charla atenuada por la de los demás,  poco o nada importándoles, esos momentos padre e hijo, aunque de temas triviales y de incomodidad latente, estaban dispuestos a internarse en la memoria de Jonathan para siempre. La charla no tardó en apagarse, deseando su padre dormir, como él dijo, “solo un poco más”. A Jonathan le pareció extraño que una persona durmiera tanto, regañándole a su padre que observar el paisaje le había llegado a hartar y que no tenía nada más que hacer, recibiendo la simple respuesta “cuando despierte hablamos cuanto tú quieras”. Pasaron las horas y Jonathan volvía a sentirse inquieto, seis, siete, ocho, nueve y a la décima hora ya no podía soportarlo. Similar a la de la noche anterior, más no la misma, la incomodidad causaba esta vez en él un hastío grotescamente intenso. Si bien antes quería dejar su asiento para ir a caminar por el estrecho pasillo, ahora simplemente quería dejar el bus. El viaje le parecía innecesario y la oscuridad y el silencio de aquella noche poco hacían para mejorar esa sensación.  Once, doce y trece, y a la decimo-cuarta hora, con cuarenta y cinco horas de viaje en total, Jonathan empezó a sentir sueño, el cual tardaría en consumarse dos horas más, finalmente sucumbiendo ante los deseos de su cuerpo de retornar a aquellos sueños tan claros de la noche anterior.

Sueños en blanco, faltos de emoción o sentido, faltos de la curiosidad inspirada por el día anterior, faltos del rico contexto que le habían proporcionado las anécdotas de otros viajeros, que incluso en su poco entendimiento consideraba cuanto menos maravillosas. Durmió siete horas, esta vez con la cabeza apoyada en su brazo, el cual a su vez reposaba sobre el suave empaque de la ventana.  Intentó despertar a su padre, sin tomar en cuenta el hecho de que había dormido casi por un día. Al principio mencionó suavemente la palabra “papá”, luego elevó la voz al ver que, aparentemente, no era escuchado. Los demás pasajeros voltearon a ver qué pasaba, pues el niño no paraba de repetir esa palabra, cada vez más alto. Empezó a notarse cierto enojo en su voz, como si su padre lo hubiera traicionado, no despertando para continuar con la charla que le había prometido. Empezó a gritar del enojo, a empujar el torso de su padre solo con la intención de hacerle despertar, de intercambiar palabras con él, hasta que uno de los pasajeros, temiendo lo peor, se levantó con una mirada de preocupación, caminó hasta ellos, apartó a Jonathan con su brazo izquierdo y apoyó su cabeza sobre el pecho de su padre. No podía creer lo que sintió en aquel instante, así que lo atribuyó a un error suyo y decidió desesperadamente tomar otros signos vitales. Usó sus dedos para revisar el pulso en el cuello y en las muñecas, los apoyó debajo de su nariz para comprobar si respiraba. Sus temores se confirmaron, así como los de los demás pasajeros. Le gritó al chofer “¡Pare, por favor!”, mientras todos los pasajeros se alejaban de aquel asiento maldito. Todos le gritaron al chofer que parara inmediatamente, casi en coro, y éste así lo hizo. Jonathan lloraba, no comprendía lo que pasaba, ya que a pesar de tener nociones claras de lo que era la muerte y la pérdida, jamás se le habría pasado por la cabeza que podría llegar a relacionarse con ella por lo pronto. El hombre, intentando mantener la calma para no asustar a aquel pequeño, lo agarró, con firmes movimientos, sin dar lugar a ningún tipo de resistencia, y se lo llevó en sus brazos a la parte delantera del bus, mientras Jonathan gritaba exigiendo que lo devuelvan a su lugar.

Tarde o temprano dejaría de llorar, mientras los pasajeros esperaban ayuda médica del pueblo más cercano.  Una ambulancia llegó tres horas después. Los paramédicos entraron en el bus, al no haberse atrevido nadie a retirar el cuerpo antes. No podía establecerse el tiempo exacto del deceso, pero era bastante reciente ya que el cuerpo apenas empezaba a descomponerse. Los paramédicos se encargaron de ambientar el lugar para eliminar el olor que había dejado el cadáver y proveer condiciones propicias para el resto del viaje. Tras un par de llamadas, lograron descubrir que el niño tenía familia en el destino del bus, por lo que le dieron la responsabilidad de su cuidado temporalmente a uno de los pasajeros, hasta el final del viaje, donde lo esperaría en la estación algún familiar. Sin nada más que hacer, se retiraron de lugar con el cadáver y el bus partió de nuevo, estando claro que los pasajeros ya no verían un viaje de la misma forma jamás. Jonathan fue llevado al lado de un señor que viajaba solo, el encargado de cuidar de él. Jonathan se negaba a hablar con él o incluso a mirarlo. Ya había dejado de llorar hace bastante tiempo, pero estaba altamente irritable y no deseaba hablar con nadie. Poco sabía de la muerte además del hecho de que jamás volvería a ver a su padre, intentaba llorar sin éxito, y a pesar de estar junto a alguien, se aisló en sus pensamientos y no planeaba salir, ni siquiera después del viaje. Durante las quince horas siguientes, de las dieciocho que faltaban para llegar al destino, apenas pensaba en lo sucedido, le parecía tan surrealista que casi no creía en aquel hecho. Quería voltear la mirada y ver a su padre al lado suyo, pero solo había un hombre que ni siquiera tenía la decencia de parecerse a él. Quince horas pensando únicamente, sin actuar, sin hablar, sin escuchar, simplemente dejando volar su imaginación al día anterior, intentando visualizar las conversaciones que tuvo con él. Hacía caso omiso de las conversaciones y los chismes de las demás personas, que tardaron en cambiar a sus temas habituales, estando por mucho tiempo hablando de lo sucedido aquel día y de cómo se habían sentido en cuanto a ello. El ambiente del bus volvió a aliviarse, a convertirse en sosiego puro tras haber sido éste roto por aquel incidente. Las promesas de tranquilidad del primer día no habían sido del todo falsas, pues, en efecto, el estado de temor y nerviosismo de las personas duró solo unas cuantas horas.

Faltando tan solo dos horas de viaje, aquel agotador día había dejado en un estado de cansancio extremo al pobre niño. No deseaba saber quién lo estaba esperando al final del viaje, ni dónde tendrían a su padre ahora, ni cómo volvería a su hogar, el lugar del que había partido el bus, si es que le quedaba uno. Así que cerró sus ojos una última vez antes de llegar a la estación de buses, casi sin darse cuenta, esperando que cuando despierte, como en las noches anteriores, su mente dejara de jugarle malas pasadas y todos sus problemas se vieran solucionados, aunque sea, por el corto tiempo que duraría aquel estado de amenidad que aparentemente poseía poco después de abrir los ojos.

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