Nunca viajaremos solos. Autor: Rodolfo Sanchez Ochoa

Una fría tarde, de un día ordinario. Me hallo deambulando como autómata por este transitado bulevar de la gran capital. Y aunque muy concurrido, en efecto, yo ando solo. Porque nada más me acompañan mi melancolía, mi frustración y mi desesperación. Únicamente mi constante fantasía y ensoñación me permiten verme haciendo este recorrido ya ritual y monótono junto a familiares, amigos, una novia o compañera; pero al poco rato se desvanecen… Mi ansiosa mirada registra cada rincón, anhelando toparme con una presencia conocida, salvadora. Cuántas personas cruzan ante mí, pero igual se siente como si hubiera casi ninguna, y con mayor razón cuando casi todas están conectadas a sus celulares y tablets, o interactuando con algún holograma o androide pero indiferentes ante otros seres humanos de su entorno. De vez en cuando un gato –no me importa si es negro- o un perro se ponen a mi alcance y aceptan una leve caricia. Miro vitrinas. Hojeo libros y revistas, finjo disposición para comprar ciertas cosas. Me desvío hacia la pequeña iglesia del sector; permanezco ahí sentado varios minutos sin pronunciar palabra, pues no creo merecer que Dios, la Virgen y los santos, ni siquiera los demonios, me atiendan. Entro a un cyber, lleno de bulliciosos muchachos, quienes buscando diversión y desahogo, algunos evadiendo sus estudios y otros su pobreza, se vuelven por un momento héroes, villanos, soldados, asesinos… Me siento frente a uno de los pocos computadores disponibles, y como los demás a mi alrededor me sumerjo por un cuarto de hora en las redes del Facebook, así como en varias páginas web, buscando esa realidad virtual que uno muchas veces prefiere y valora mucho más que nuestra existencia real.
Llego hasta el final del bulevar, sin haber hallado algo en especial. Entonces pienso que si lo recorro una vez más, es posible que pueda descubrir algo atractivo –y alguien, puede ser-. Así que retomo mis pasos, a los que mi carga de tristeza hace más pesados. Dos parejas en sendos bancos, casi sincrónicamente se estrechan en abrazos y besos. Frente a ellos, en un antiguo pero remozado cine ya se ha formado una fila considerable, esperando se inicie la venta de entradas. Eso me hace recordar que hace tiempo no voy al cine. ¿Para qué ir con la angustia de estar sin compañía, comerse las cotufas solo, no tener a quien besar aprovechando la oscuridad…?
En un instante me encuentro a la altura de un estrecho y largo corredor que es un atajo para acceder a la gran avenida que existe más abajo del bulevar. Un lugar tan solitario como yo, sobre el cual muchas veces he escuchado advertencias de ser muy cuidadoso al atravesarlo, y más aún de noche. Pues allí asaltan, violan, venden y consumen droga y licor, salen fantasmas… Incrédulo e indiferente –y necio, claro está-, me aventuro por aquel pasadizo llevado por la inercia, la amargura y melancolía que me arrastran, sin evitar que dirija mi vista en todas direcciones…
Cuando no bien he llegado a la mitad del recorrido, una súbita neblina se desliza frente a mí, envolviéndome rápidamente, causándome más extrañeza que temor. El corredor ha desaparecido, ahora ando solamente entre un denso sendero vaporoso. De pronto, se empiezan a oír lejanos acordes de una melodía árabe, oriental, exótica, al tiempo que la niebla se va difuminando y surge ante mí un insospechado escenario; grandioso, infinito… Justo en el centro de un desierto de blancas y casi transparentes arenas con destellos intensos, bajo un oscuro firmamento poblado de estrellas y con dos lunas, veo las tres pirámides de Gizeh. Sin embargo, aparecen truncadas y rosáceas. Junto a ellas, la gran Esfinge brilla con múltiples y brillantes colores, avasallándome con unos enormes y profundos ojos de negro fulgor. La melodía que había comenzado a escuchar se ha hecho más nítida y variada, con sonidos místicos y ancestrales de instrumentos tan diversos: pandereta, flauta, darbuka, digeridoo, gong, flauta de pan, tambor… que me embrujan y me provocan que me mueva a su ritmo. De improviso aparecen tres objetos volantes, de forma cónica y de un violeta translúcido, los cuales se posan lentamente sobre la aplanada cima de cada pirámide. Un gran caballo negro pasa raudo frente a ellas, y su jinete, cubierto por una gris túnica –un sufí o bereber, me imagino-, las saluda llevando una mano a su frente.
En tanto me voy aproximando a aquellos tres monumentos milenarios, desde las sendas naves ahora acopladas a ellos relampaguean haces de luz violácea mientras se oye una voz metálica estremecedora que pronuncia un mantra:
Tierra: mi cuerpo
Agua: mi sangre
Aire: mi aliento
Fuego: mi espíritu
Cuando al fin llego al pie de las pirámides, los intérpretes de esa música mística, hombres y mujeres de razas diversas entre quienes distingo bereberes, aborígenes australianos, hindúes, asiáticos… me sonríen y me rodean, uniéndonos en una danza trascendental que se prolonga en forma interminable bajo una espléndida aurora boreal –“aurora desértica” preferiría decir- que colorea la totalidad del cielo con haces, ondas y cascadas de luces verdes, púrpura, azules y rojas. De nuevo se escucha aquella voz metálica, cibernética pero muy espiritual, pronunciando otra frase metafísica:
“Amor infinito es la única verdad. Todo lo demás es ilusión”

A partir de este momento, “soledad”, “melancolía”, son palabras que han dejado de existir en mi vocabulario. Ahora entiendo que estemos donde estemos, vayamos al sitio que sea, dentro de la Tierra, entre portales, de una a otra dimensión, a lo largo del Universo en el espacio-tiempo, es completamente imposible, absurdo, pensar o sentir eso. Porque en nuestra vida, luego de nuestra muerte terrenal y en nuestros sueños, nunca viajaremos solos…

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