El jardín de Dorset. Autor: Zahira Aragón

Imagina que te alojas en una casa construida hace más de 500 años, con su jardín delantero, su suelo de madera que cruje cuando lo pisas, y sus historias de fantasmas. Lo único que oyes por la noche es el mecanismo del reloj de péndulo que hay en el salón y el sonido lejano de alguna lechuza.

En verano, a las ocho hace ya tiempo que ha amanecido. Un día cualquiera, bajas por la escalera siguiendo el olor a café recién hecho que sale de la cocina. Te sirves una taza bien caliente y sales con ella al porche a disfrutarla sentada en un banco, bajo una mantita de lana. El aroma del café se mezcla ahora con el olor de la hierba húmeda. Los robles del jardín, de los que una vez colgaron las horcas de la Inquisición, son ahora el hogar de cientos de pajarillos.

Durante varias horas te entregas a la lectura, interrumpiendo esta tarea únicamente para entrar de nuevo a la cocina a por algo de picar: unas galletitas de mantequilla, unas tostadas con marmite…

El cielo comienza a nublarse. Te sirves más café, esta vez lo acompañas con leche condensada. Empieza a caer una lluvia muy fina y te acurrucas bajo la manta roja. Al otro lado de la verja, el vecino, resguardado bajo un sombrero de fieltro, atraviesa el jardín y entra en su casa.

Al mediodía bajas a almorzar al pueblo.Te diriges a The Digby Tap, un pub con tanta historia como tu nueva casa. El barniz de las mesas está gastado, las paredes decoradas con posavasos y la zona de billar desierta. Te acomodas en la que desde hace unos días es “tu mesa de siempre”, la que está un poco escondida detrás de la columna de madera. La camarera se acerca con una sonrisa: “Ploughman’s lunch?” Claro que sí. La tradición se impone.

Mientras das buena cuenta de tus rebanadas de pan con cheddar y pepinillos, ojeas el periódico local. No es muy interesante, pero te mantiene entretenido un rato.

Con el cielo despejado y el estómago lleno, decides dar un largo paseo. Sales del pueblo en dirección a ninguna parte y caminas un par de millas por una carretera sin arcén, flanqueada por castaños. A tu derecha, entre sembrados, una puerta metálica da acceso a un carril; no tiene ningún candado así que la abres y continuas tu camino por el campo. Pronto ves la primera granja, y al granjero que da de comer a sus vacas. Os saludáis con la mano. Las vacas te miran un momento y siguen pastando; tú continúas tu camino.

Pasas por otra valla con puerta metálica y todo parece lo mismo, aunque ahora esa tierra la trabaja un granjero distinto.

Cruzas un puente sobre un río; te pinchas con un zarzal; te entretienes soplando pelosillas. El sol de julio calienta. Ves luces y sombras en la hierba; levantas la vista y observas una peregrinación de nubes que desfila por el cielo. Sigues paseando y oyes balar a unas ovejas un poco más abajo.

El campo está lleno de flores. Arrancas una amarilla y masticas su tallo que tiene un sabor ácido, como el limón. Se levanta una brisa fresca que mece las hojas de los árboles.

Notas que se te empieza a abrir el apetito otra vez y emprendes el camino de vuelta al pueblo. Un sentido de la orientación que no sabías que tenías te guía en la dirección correcta. Pasas un árbol seco, una de esas puertas metálicas, más vacas, un charco gigante, otra puerta que, a través de arbustos y malas hierbas, te conduce a un puente cubierto de vegetación que cruzas por debajo.

Al otro lado de un campo margaritas aparecen las primeras casas. Un muro con otra puerta, un pasadizo y al final de él un pueblo de piedra. No es el tuyo, pero qué más da.

Pasas por delante de la abadía, entras en el primer pub que encuentras y pides una cerveza en la barra. El hombre sentado a tu izquierda se interesa por tu procedencia y te cuenta que un primo suyo estuvo una vez en España. Habláis de fútbol, claro, del mundial. Otra cerveza más y ahora son 3 los vecinos del pueblo sentados a tu alrededor. Te hablan del tiempo y de sus cosechas. No entiendes todo lo que dicen pero asientes con la cabeza mientras limpias con los dedos las gotas de agua que suda tu pinta.

Un hombre con la camisa sucia y la espalda un poco encorbada sale del pub. El cielo cubierto sugiere que es hora de volver a casa. Preguntas cómo llegar, te despides de los hombres que estarán siempre allí y echas a andar por el lado derecho de la carretera. Pasas una curva, subes una colina, la bajas, y por fin aparece Yeovil. Sigues subiendo por la misma carretera hasta que llegas a la esquina con la calle Guildhall. Giras a la derecha y, atravesando la verja blanca, entras en el jardín del número 22.

Mientras te quitas el sombrero te fijas en la casa de al lado y observas a la chica que, acurrucada bajo una manta roja, lee.

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