Amantani ¡de fiesta!. Autor: Carol Gianella Antúnez Ferreira

¡Logré subir el cerro Pachatata (Padre Tierra) de la Isla Amantani! Como en Cusco (3.500 m) no me había afectado la altura, creí que Puno (3.800 m) no implicaría mayores desafíos, pero 300 metros extra sobre el nivel del mar marcaron la diferencia. No podía hablar ni reírme al mismo tiempo que caminar. Me costó mucho concentrarme porque Juan, uno de mis chilenos favoritos (a quien conocí en este viaje), sabe cómo hacerme reír con tan solo escucharlo intentar comunicarse en inglés y con sus preguntas inocentes sin filtro. Incluso, Ambrosio, su hermano, se encargó de registrar cada instante de sufrimiento, con lo que también consiguió sacarme varias sonrisas.

La muña fue mi salvación, una hierba que no despegué de mi nariz en ningún momento. La recuerdo con mucho cariño por su sabor y aroma similar al de la menta, por sus propiedades digestivas y por el poder que me daba para subir cada escalón.

En Perú, cuando creés que terminaste de subir para al fin descansar, siempre hay un peldaño más o una tradición que te hace continuar caminando. Como cuando estás por terminar una serie de ejercicios y el profe de aeróbica te dice “y ahora 10 abdominales más”. Entonces, al llegar había que dar tres vueltas al centro ceremonial en sentido contrario al de las agujas del reloj para tener suerte en el amor, entre otras cosas.

Comencé a sentirme muy mal, por lo tanto me quedé sentada con mi ramito de muña en la nariz, mirando hacia el horizonte y pensando en cómo llegar en cinco minutos (imposible) al baño de mi familia adoptiva, residente de la isla. No lo dudé ni un segundo más, lamentaba perderme la puesta del sol, pero me levanté y comencé a bajar lo más rápido que pude. Como si fuera poco, en el camino me da hipo.

Luego de 30 minutos eternos llegué a la plaza, al pie del cerro. Al primer residente que vi le dije que necesitaba un baño urgente, pero no podía ser el de mi familia porque quedaba muy lejos. No me entendió mucho, hablaba quechua. Le pedí ayuda a otro y me señaló un techo amarillo, el de una casa donde me podrían prestar un baño. A cierta altura veía el techo amarillo pero al seguir bajando ya no… Encontré a dos niños que tampoco me entendieron, sólo hablaban quechua y al intentar comunicarme con ellos salieron corriendo. Creo que los asusté. Me metí entre unas plantaciones de papa tratando de encontrar el camino, hasta que llegué al famoso techo amarillo. Un señor muy amable, que resultó ser el intendente de la isla, me prestó su baño. ¡Fui feliz! ¡Muy feliz!

Ahora tenía que localizar la casa de mis papás, Epifania y Nicolás. Le mostré al intendente un papelito con el nombre de la comunidad: Alto Sancayuni. Un pedazo de hoja que nos dio Nicolás antes de salir para poder llegar preguntando, ya que no existen los celulares, no hay electricidad, sólo paneles solares que brindan unas pocas horas de luz. Con esta información el intendente me señaló la dirección en la que debía caminar para llegar a la casa de color verde. Al fin la encontré, descansé y tomé un té de muña y coca.

Luego, mientras cenamos una sopa de verduras (primer plato) y un salteado de arroz con verduras y papas (segundo plato), papá Nicolás dijo: “Si por la noche no llueve, vamos a ir a una fiesta de recepción”. “Siiii. ¡Yo quiero bailar!”, exclamé muy emocionada. Le pregunté a Joaquin, su hijo de 14 años, qué tipo de música pasarían. Su respuesta fue “Latin”, entonces me emocioné aún más, porque mi cuerpo lo asoció inmediatamente a Joey Montana y me imaginé moviéndome al ritmo de Picky, picky, picky…

La fiesta era parte del programa del turismo vivencial que consiste en compartir las actividades de la comunidad nativa. Por eso, para asistir al salón comunal, tuvimos que vestirnos como ellos, con los trajes típicos. No veía la hora de ver a mis chilenos favoritos con chullos y ponchos tomando cerveza.

Llegó la noche y también la lluvia, pero no impidió que asistiéramos a la fiesta a las 8 pm., entonces mamá Epifanía me ayudó a vestirme. Primero me puse una camisa blanca bordada con varios colores y de bajo, sobre unas leggins negras, Epifanía amarró a mi cintura, con todas las fuerzas de los dioses del Olimpo, una pollera amplia, color fucsia. No me prestaron sandalias, entonces los championes deportivos fueron parte del outfit de esa noche.

Para no mojarme, antes de salir me puse un poncho de agua que compré en Cusco. Como es transparente parecía una muñequita de las que vendían a la entrada o salida de cualquier atractivo turístico.

Juan y Ambrosio prefirieron vestirse al llegar al salón para no dañar los trajes. Entonces Epifanía extendió sobre el suelo una manta gruesa, puso sus trajes en el centro y luego de unos dobleces mágicos la cargó sobre su espalda.

Nuevamente tenía que caminar cuesta arriba y esta vez con las costillas presionando mis pulmones. Ambrosio, nuestro héroe, iba iluminando con su celular el camino mojado, mientras Juan me llevaba de la mano, según él para que no me cayera. Me hice la boluda…

Llegamos al salón comunal, todos los turistas que estaban alojados en la isla se veían muy chistosos con sus “disfraces”. Nos sentamos por unos minutos para descansar. Yo esperaba ansiosa que comenzara a cantar Joey Montana. Pero no. Nunca pasó. Tendría que haber hecho el siguiente razonamiento lógico: si no hay luz eléctrica y no hay televisores, entonces no hay radio y menos un DJ.

Había un show en vivo, con músicos residentes de la isla. Comenzaron a interpretar temas andinos y los primeros audaces se dirigieron a la pista. Nicolás y Epifanía nos tomaron de las manos formando un círculo y así comenzamos a bailar saltando de un lado a otro. No había muchas variaciones, sólo cambiábamos de dirección para no marearnos. Cuando ya nos olvidamos de que estábamos haciendo el ridículo comenzaron a surgir pasos nuevos e improvisados.

En una de las tantas veces que me senté para descansar, Juan me dijo: “Pos Lala, que fome eres”. Tuve que explicarle que llegaba de subir Machu Picchu caminando, de descomponerme en el cerro Pachatata y de ser amarrada con una pollera amantani. Pero el chileno continuó insistiendo: “Vamos pos Lala, ¿cuándo vas a volver a estar en una isla sobre el Lago Titicaca, sin celular, con un montón de gente disfrazada y que ni conocemos?”. Me convenció y seguí bailando un poco más. Debo admitir que Juan fue el alma de la fiesta y por seguirlo hice varios papelones. El más divertido, y que hasta hoy me saca una sonrisa cuando lo recuerdo, ocurrió al formar un puente para que las parejas pasaran por debajo. Cuando fue nuestro turno pisé el largo manto negro que cubría mi cabeza, y me fui al suelo, los que venían detrás se cayeron arriba con efecto dominó. Me tenté de risa, perdí las fuerzas y no me podía levantar. Todos se reían, yo más.

A las 10 pm los anfitriones comenzaron a llevar a los turistas a dormir, pero Juan quería seguir bailando. ¡Por Dios cuánta energía! Al llegar a la casa la luz generada por los paneles solares ya se había acabado. Fue hermoso dormir con el sonido de la lluvia, muy reponedor para levantarse a las 7 am e ir a conocer el siguiente destino: la Isla Taquile.

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