Al Amazonas, con amor. Autor: Milagros Ocampo

Me voy pa’ la Lema a buscar fortuna, pa’ la costa plena a plantarme en los cerros que tienen ventanas… a chocarme con el amor por el camino, amor con mayúscula, incauto, con sus rellenos, con chorreante crema chantillí, amor silábico, ¡amoorr!, masculla y baila Marina, ensimismada. Callada calma se respira en su habitación e impaciente se ramifican sus deseos. El taxi rompe el silencio y la bocina jadeante atropella el alma desnuda de Marina. –¿Para el aeropuerto?, –¡Si señor!, dice secamente. Antes del día de hoy, Marina divagaba por el campus universitario con ese conglomerado de personalidades, en esa promiscuidad constante de encantos y desencantos, de quereres y no. En esos arrebatos de las clases arquetípicas, en ese sin término de historias psicoeroticoafectivas; almas competentes, cuerpos errados de relación fallecida. Se levantó de pronto, alzo su desgastada falda de cuadros, se abrocho el quinto botón de la blusa de florecillas deprimidas y se marchó en el rumor mayúsculo de los andantes levitones. Sujetó con fuerza el bolso guajiro, tiró los libros por doquier y la valija ausente se presentó dispuesta, alegrísima. La elegía le llevaría hasta el sur sublime, hasta la evocación de nombre Macchu Piccu quizá, o a esa inmensidad andante del Amazonas, del exotismo andante. A la parálisis en un jardín prohibido, en busca de paisajes prodigiosos, y sueños ahogados. Tomo las riendas del viaje con una tosca melodía.
Marina se posterga acallada en la vida absoluta del viaje. — ¡¡En dos horas!!, tiembla de musicalidad sus piernas, — estaré en otro mundo, en otro entorno, sin sentirlo, se dice. La primera impresión, el acallado desliz de su asombro se despierta. Las pupilas gigantes se desploman con el hecho de saberse en otro medio. — Bienvenidos, bienvenidas a Lima, se agita la anfitriona.
Lima, la mentada Lima, estamos en tus tierras en tu regazo, en ese pedazo de polvo de Historia, de conquista de españoles, piensa Marina como a gestar una incansable caminata hasta la puerta principal del aeropuerto. –Lima, se dice para sus adentros — la Miraflores para los gringos, San Juan de Lurigancho para los peruanos. — Y yo que no soy de aquí ni de allá, con este aspecto equivoco, con esta piel extrañamente insólita. Yo que divago por estas calles como perdida, ajena, excluida del asunto de la cotidianidad, abstraída del gorgojo matrimonial, del irremediable martirio, de esas prosas profanas sanguinarias que me encadenan, dice Marina. Los pensamientos más que de jovenzuela lunática es de mujer cabal.
–Lima, Lima, Acho!!, vocifera un hombre con la cabeza fuera de la ventana.
Baja, en la esquina de la avenida Montevideo con otra cualquiera de la que no tengo memoria y sigue por la acera derecha, con suma placidez, moviendo su menuda cabeza de un lado a otro, no por temor a los ladronzuelos, no, solo por el simple hecho de caminar alabando a solas su suerte que siempre es mucha. Muchacha universitaria, de menudencia y ridícula economía, de indigna pareja suya de tiempo completo, exprímete, como la subienda a los picos más erguidos, entrometido en las nociones de mujer y paranoico de los códigos machistas. Mujer sin derecho a ser ama, a ser amante.
Cruza las avenidas, Lima va iniciando sus atoramientos, con gente de todos los colores, con idas y vueltas de carros, con humedad que deja el ardiente sol del día, con picarones y mazamorras. Balcones flameantes abren sus caracoladas puertas. Mujeres con tacones y traje agitan sus pasos, hombres hacen lo mismo, corretean. Nunca termina de saber uno, el destino final de ninguno. Por la alameda de las bobas descalzas, Marina respira suspiros limeños con merengue, leche condensada y almíbar.
Camina ora festiva ora contenta, por lugarejos distintos, es la hora del almuerzo, la leyenda de los platos del día está dispuesta en grande o en hojas puestas sobre algún soporte, siempre delante del umbral.
Ceviche, ají de gallina, lomo saltado,
Arroz con camarones, parihuela,
Causa limeña, carapulca, cau-cau
El tiradito, humita, el escabeche, risotto de quinua
Choros a la chalaca, tacu –tacu, lee Marina, sorprendida de tantos nombres en un lugar tan pequeño.
–Ceviche por favor. pide emocionada.
–¿Y de entrada? …–Tenemos, papa a la huancaína, ensalada de quinua, Ocopa.
–Ensalada, y de tomar chicha, chicha…, ah, sí, chicha morada le interrumpe la mesera
Llega el plato, miniaturas blancuzcas entremezcladas con tomate, pimentón, habas y salpicados de perejil. Sentada de espaldas a la entrada saborea, su paladar lánguido rejuvenece, y alguna secreción avisa la peculiar exquisitez.
Tenedor en mano espera el ceviche.
¡Ceviche!!. Replica la mesera
–Ordinariamente delicioso, limón, sal, pescado y condimentos juntos, piensa Marina y saliva. Su gusto camina hasta sus recuerdos más remotos, hasta los más angostos paisajes de su infancia. Con pasos menuditos se retira luego, tiene precaución de todo, de la gente que le mira, del que le saluda o le echa encima un piropo.
Camina largo, tenderetes y gente urgida de tiempo se atraviesan.
–Para Moyobamba por favor, un pasaje, dice con cierto gozo escondido.
***
El museo está dentro de una casa improvisada, es una vivienda cualquiera, ni fea, ni bonita. Apiñado de libros y dos hombres sonrientes que reciben los buenos días y regalan el Bienvenida a Moyobamba. De este modo, dice el guía con cierto apremio, de este modo: Bikut, dejó muchos consejos a los antiguos, ellos lo han utilizado para encaminar nietos, hijos y así sucesivamente y termina de una vez. Marina se queda encantada, mira una vez más los estantillos con cerámicas y se encamina por una pequeña puerta, casi sin permiso. El guía lo compaña.
–¡¡Ah!!, esos, son escritores de la región, hombres notables de San Martin. Poetas, agrega el guía.
“Debajo de tu ombligo inscribo un suspiro, perdido en la finura de tu piel” -Roger Mendoza.
***
Se toma una pausa Marina, bajo la sombra de un árbol se sienta,
–Aguajina!!, aguajinaaa!!!.
–Hay Camu camu!!
–Carambola!!
–Señorita, hay aguajiiina para la sed.
Me da un vaso, dice Marina sin saber de qué se trata.
–Es muy raro, líquido grasiento con sabor, pero no se pueden describir, piensa Marina en el primer sorbo después que se va el vendedor. Saborea el jugo raro y forastero. Es como todo en las comidas, al primer golpe de paladar te puede gustar, pero no vas a barrer hasta con la tinaja. Es un proceso de paladear y coma, de gustar y coma. No sé ustedes, pero Marina, es así. Y ahora, en este preciso instante está camino al Morro de la calzada, si algo tiene la selva del Alto Mayo, es esos remates máximos después de la planicie. Desde cualquier punto de Moyobamba se deja ver el cerro, imposible no matar la curiosidad sabiéndolo accesible.
–Oh!!, pero si es un gran mirador, dice Marina tomando la primera vista del Valle del Alto Mayo.
–¡Si señorita, este ya es un gran miradorrr!, repite en tono cantadito la mujer que asa sin parar las patas de pollo sobre una pequeña parrilla.
–¿Usted viene de lejos señorita?, pregunta otra vez ella, de cabello largo y prominente barriga.
–Si, contesta Marina, un poco contrariada, y se recoge de hombros, piensa en el amor de su marido. El día que nos conocimos yo llevaba pantalones cortos y una camisa a cuadros, de esos que parecen mantel alegre de mesa, resaltaba mi figura sin embargo…quizá fue los colores que bailaban al compás de mi piel que embrujo a Antonio, que en otrora no estaría tan pendiente y dispuesto a seducirme. O no, no me sedujo, yo fui cogiendo como iba cayendo, una conversación, la pieza de baile, un paseo en la alameda, almuerzo al otro día y juntos terminamos en la cama.
***
¡Buenos días, selva peruana!, ¡sol radiante!, ¡cielo azul y hermosa mañana!, dice Marina mientras expande sus extremidades todas. ¡Se apresura…Directo a Iquitos!
Explica detalladamente el recepcionista, con cara de contento. –Caminar dos cuadras de frente, voltee una y caminar tres más. Ahí mismo vas encontrar huambra. ¡Directo a Iquitos!
Caminantes bajan, caminantes van. Marina va por la calle central, a toparse con Amado VIII, barco que irá a dar en el corazón del Amazonas. El olor a comida despide con fuerza, unos hombres cargan costales de verduras, frutas, menestras al lomo del barco, sus torsos desnudos se tuestan como maíz amarillo tendido en su manta.
–80 soles en hamaca o 120 en camarote, bonita. Dice el capitán
–En camarote por favor, replica Marina mirando con cierta confusión y de pies a cabeza el barco.
Las hamacas se embarullan, agazapan de filo a filo del barco, la superficie plana no da señal de estar sobre el agua, es una turba en calma, pero con el corazón inquieto, de sosiego, de la descarga de emoción de lo desconocido, del Amazonas. –Este es su camarote, aquí tiene su llave y ..—¿No tienes al lado derecho?, dice Marina, agobiada. El camarote justo sirve de valla para unas hamacas. — No hay, todos están ocupados.
Las maletas bajo la cama de cuatro cuartas, y la camisa de manga larga tendida encima deja Marina, se muda de ropa, camisa fucsia, y pantalones cortos blancos. Sale a proa, sus ojos se quedan en las ventas pintorescas de en frente, todo tipo de colores aparecen y el movimiento de todo no cesa. Gente en compañía de sus pertenencias continua subidas interminables. Gringos se acercan, en parejas siempre o en grupos. Otros solo miran, quizá lo mismo que Marina, o quizá solo miran sin ponerlo el infinito cuidado, sin pensar más en distancias, cercanías, ni expectativas del futuro. El corazón de Marina en este preciso momento palpita doble, suspira dos veces, se tiñe de regocijo, la maravilla ha despertado en su alma dormida. Se estremece su cuerpo.
¡Trummm, trunnn!!, la lancha, la lancha!!, va salir, va salir!, vociferan, corren, bajan de prisa, vuelven a subir con calma.
Se mueve lento, entonando su canto de partida, se aleja suave, se retira de la orilla. El majestuoso sol acompaña el recorrido. Las paredes verdes, ahora se sienten de lejos, sueltan viento fresco hasta las mismas mejillas de Marina que continua en la proa silenciosa y solitaria. Varios la miran, allí se cruzan los hombres y se cruzan las miradas inquietas. El objetivo del placer, el olfato, el gusto, el tacto no están adormecidos. Aquí las pupilas están impacientes. Marina conserva la frescura angelical de su delgado rostro, la prisa de pronto se pierda, y se vuelve presa de la tranquilidad. Atrás quedaron las incertidumbres, el agua le sacudió de un golpe cual chamán Shora, con tabaco y toé, con espíritu de Shurube de la madre ojé. Se tumba un poco más a la derecha, otros dos están allí sentados a unos metros. –Vas para Iquitos amiga?, si, contesta deslumbrante Marina. –¿Y vas de paseo? —Si voy por unos días, dice mientras la tripa le pide descarga urgente. Se levanta, y camina hasta el final del pasillo, abre el camarote, vuelve a cerrar dejando la llave dentro. De prisa busca al encargado en el primer piso, por un estrecho pasillo entre estribor y babor. Mujeres se agitan en la tarea de limpieza del aguaje. Otras comen, el olor a pescado se deja sentir. Sube empuñando la llave, y un zancón en la panza le deja pasmada, en la misma puerta, dos ojos verdes claros, dos gotas brillantes, se clavan en sus pupilas. La copa de cáliz se llena de filo a filo, cánticos insólitos se destapan, los aplausos vibran en el auditórium de boda de amores de los amantes. –Hola–, –hola–, sin despegar un minuto los ojos, se quedaron pegados. –Bloqueador, atina a decir ella disimulando el temblor interno. –No, es crema para el rostro. —¿De dónde eres?, ella otra vez con las manos heladas y la panza vacía. –De Alemania. – Ah bueno –Su comida para la 210, entra violentamente en escena un joven con ademanes de mujer. –Y ustedes los de las hamacas pueden ir a recibir abajo, concluye echando una voraz mirada. Los verdes ojos voltean la puerta, Marina ve desaparecer su imagen. –Está buenísimo el gringo, me gusta, ¡¡umm!!, dice el joven mordiéndose los labios, suelta la risotada y se va. A Marina se le metió en la piel, dos cucharadas de arroz y no puede con su apetito. Muere por ir a buscarle, por saber de él. El camarote ya no es el mismo, ahora existe, tiene vida. Camina por los únicos intersticios despejados del barco que huele a historias de bordo, se tropieza con cuestionamientos y antojos. Observa, cada quién está regalándose la emoción de sentirse libre, descansa, conversa, duerme, sonríe, se alimenta, se enamora.
Las relaciones reciprocas tienen apremio. Se precipitan de la poa a la proa, de un extremo del estribor a babor. Marina sube las escaleras que dan a cubierta, se sienta con el único fin de borrar la imagen de esos ojos verdes, el espanto recorre temeroso y su piel se niega. Se cruza de brazos contempla el Huallaga, piensa en su recorrido en las vidas que crea y otras que ve morir. Se acomoda el cabello, con la intención de enrollarle, pero se detiene, el saludo de unos gringos le hace levantar la cabeza y deja caer el moño. Se retiran al tiempo de echar un vistazo. Marina intenta continuar su accionar. –Hola, dice una voz. Hola, como estas, responde Marina poniéndose de pie con temblor visible en las piernas. ¿Hace mucho calor, cierto?, dice los mismos ojos verdes del inicio. Sí, pero también corre viento, dice ella. Hablan, se conocen, se miran, pare el amor, no sé cuánto tiempo pasa, pero la hora de la comida llega otra vez. Me llamo Markus Zwieg, yo soy Marina dice ella con felicidad encima. Regreso en seguida, dice él y prontamente baja las escaleras. Markus Zwieg le produce un vértigo descomunal, y arde en deseo por conocerlo. Acelera su respiración y conecta su cuerpo a su alma. ¿Qué gloria se dio?, ¿qué milagro encendió?, se pregunta Marina. –Te traje agua, interrumpe Markus Zwieg –Gracias, se dibuja una tierna sonrisa en el rostro de Marina. Vamos a almorzar, ¿vienes?, pregunta él. Si vamos. La eterna hora feliz, no quiere separarse de él. Al costado del camarote de Marina, en la misma pared, está tendida la hamaca, de Markus Zwieg. Un gesto delicado le regala a Marina y se tumba en su hamaca, ella prosigue hasta el camarote, a esperar la cena.
Muere la tarde, variopinta, el sol poco a poco se despide en su más alto grado de belleza. El rostro se ilumina y las ansias de vida nueva tocan la puerta de Marina. Las mujeres salen bañadas a recibir el ocaso, en tacones y ropa coqueta, los hombres también tienen traje limpio, pueblan los pasillos del barco. Los gringos toman fotos una tras, otra. De ellos, hay muchos, todos buscan al Amazonas, el exotismo, su magnetismo y la ayahuasca enajenada sin falta. El inglés se oye fluido y vigoroso de la boca de los gringos, los otros no le ponen oído, están acostumbrados, sin embargo, no se juntan, los gringos en un grupo y los nativos en otro. Las miradas siguen puestas en el firmamento por horas, hasta que la noche llegue y con ella el chillido de los noctámbulos, el espíritu de los palos vivos, la sombra de los peces, los dioses y su experiencia. En ambos pisos de la embarcación quedan despiertos todavía algunos, jugando a las cartas, contando aventuras de la selva; la memoria se despeja, recoge y trae constantemente. Esta noche es perfecta para ese goce de vicios. Los niños juegan a lado de sus madres con cualquier cosa que este a su alcance. El capitán y su gente se toman una cerveza en la mesa larga que esta al final del pasillo en el primer piso, muy pegado a la cocina. Las miradas siguen corriendo de aquí a allá. Los gringos están en una charla eterna a grandes voces discuten con ese escaso acento lineal que no se distingue. Ríen, la cerveza y el cigarrillo con marihuana va de mano en mano. Markus Zwieg está en el grupo, apunta de vez en cuando piscas de opinión a la charla y pronto evade la intención de estar allí, se escapa al sector de camarotes, en el pasillo oscuro Marina de pie apoya su abdomen en las barandas. Markus Zwieg, le rodea de pronto con sus brazos, ella no voltea, sabe que está allí, él busca su cintura y acaricia la piel desnuda que deja su camisa. La alegría no cabe en su pecho, se tumban en el piso, él le sorprende con un beso, pero Marina no reacciona. Me gustas le dice, tu naturalidad, tu belleza. El beso surge otra vez y se completa. Su piel oscura lo necesita, reclama sus manos, Markus Zwieg corresponde bajo la camisa amarilla. Los besos no se pueden contar, fluyen, los abrazos otro tanto, hasta el amanecer. No hay separación posible, se mezclan sino en la ambrosia del amor, si, en el gusto. Marina se pierde en la dulzura del instante.
***
En el justo momento en que no cabe el sí de alegría, despierta la gente junto con el sol, muy temprano, seis de la mañana la mesa esta tendida, y la tela que cubre su lomo delata la borrachera de la noche anterior. Sale el cocinero con ademanes de mujer, contento se dirige a Marina. –No sabes, anoche fue mi noche, no me cogí gringo, pero si indio buenazo, suelta la misma risotada y se va. Quizá le vieron, piensa Marina, ¿acaso no estábamos a la sombra de lo cubierto, a la luz de lo escondido? Llega uno y otro, forman una larga fila para recibir el desayuno. Le saluda un muchacho a viva voz a Marina, sonriente él, como si guardara algún secreto por revelar. En el segundo piso, se encuentran, Markus Zwieg tiene sus ojos para ella, y Marina entrega su alma sin pensarlo. La opinión sobre su premura amorosa le importa mucho, pero el delirio de amor es más grande que la fuerza del río que transporta al barco. Sonríe Marina, su par de ojos acaramelados se alimentan de alegría.
Puerto Adolfo y Esperanza, se van acercando a la vista de todos.
–¡Bajamos! ¡Bajamosss!, se oye en algún lado.
La embarcación se acerca, pausadamente se detiene, deja cargas y varias personas. Muchos salen a proa a despedirse, un gesto, una sonrisa o una cómplice mirada se queda al borde del rio, y suben helados, aguaje y pijuayo en cajita de plástico, desplazados por niñas coquetas y despiertas. –¡Marina!, ¡Marinaa!, quieres un helado, grita Markus Zwieg desde el primer piso, ante la mirada atónita del resto — ¿qué sabor?, replica con sus dos pupilas verdes ardientes, –De aguaje por favor. Sube Markus Zwieg, disfrutan y sus miradas se van hasta las recónditas entrañas de la selva. Después se entregan al fuego ardiente de los besos. Desde la cabina de navegación de vez en cuando el timonel voltea a ver la escena romántica. Se besan como si fuera la última vez, con pasión desbordante. Beso a beso ponen el mundo al revés para Marina.
–Es un gusto visceral el de ella. Y a él se le nota entusiasmado, piensa el timonel. Cuantas historias no se han tejido acá durante mis seis largos años en este oficio. Pero nunca viví tal pasión semejante al de esa mujer. Tanta entrega. Aquí pasan shereteros, muchos amores llullampuros, pero este no, este, es verdadero. Es un ñacar del río, del espíritu que anda suelto. ¡Sí, eso, es un ñacar!, de brujo cercano, dice el timonel soltando una mirada atenta a los extremos y prosigue. La selva silenciosa acompaña acompasada el recorrido lento del río, surgen algunos meandros de repente y aguas abajo, en un suspiro de la tarde, el Ucayali se acelera, en frenética contienda se junta al Marañón, consumidos y absortos se recogen, se acercan lento, se abalanzan lunáticos y en una incuestionable cercanía de coito completo, nace el Amazonas, ancho, hace ahora expandir el paisaje. Peces, quizá delfines rosados y nutrias se apegarán ahora al paseo. Allá a lo lejos algunos loros hablan sin cesar. Y algunos negros pájaros en redondo vuelan buscando sus patas posar, escasa esta la selva. Llora, gimotea, de algún lado se escapa el lamento, es el chullachaqui, lo oye el timonel.
–¡Qué bonito!, ¡es precioso!, dice con esa mirada cristalina de ojos soñadores, Marina. Dos fotografías quedan del momento. En una armonía de beso se congela la tarde, y rinden su ánimo al amor, al Amazonas con amor. Pegados como pétalos y fragancia de lirios, sestean, pequeñas frases susurrándose al oído Markus y Marina.
***
Markus Zwieg, viene viajando desde dos meses antes de mirar a Marina, recorre Latinoamérica, con el único placer de conocer. En sus planes tiene quedarse, donde caiga, donde los parajes le dicten buena ventura. Por ahora agarra lo que el momento le ofrece, en este preciso instante coge modorra junto a Marina, se quedan profundos. De pronto, Marina de un estirón está de pie, turbada por un mal sueño, aguardaba los secretos vacilantes sin decir palabra, osadía tremenda sería entregarse a las verdades reales.
–Llegaremos mañana a Iquitos dice Marina, escondiendo su agonía, la incertidumbre de la separación. –No, por la noche, muy entrada la noche, contesta Markus Zwieg despreocupadamente y calla. El aire fresco entra de vez en cuando. Otra vez las mujeres se bañan y los gringos fuman y toman cerveza. La emancipación del cuerpo se levanta en pleno, todo se salva, energía corriente vaga por las venas.
Markus y Marina detrás de los camarotes contemplan la noche. — Es nuestra última noche juntos, se dice Marina sosteniendo un buen tajo en el pecho. Las caricias toman fuerza otra vez, y la cercanía del alba desconcierta a los amantes que se aferran a sus faldas para no dejar clarear el día. Los cuerpos se juntan con mayor confianza, recorren milímetro a milímetro en silencio, los dedos se envuelven dando suave placer, se muerden con locura, se devoran de a poco, la pasión se agigante, se lamen, se chupan, empapados en sudor, jadeantes, sube la marea, temblando y gimiendo, respirando delirio y la tempestad coge calma.
***
Casi amanece, la primera luz del día cae en el ojo de buey del camarote. Marina sale despavorida con la luz del sol en la frente, adelanta unos pasos, las puertas están cerradas, y al costado atracan barcos de carga. El calor a toda fuerza azota el momento, el corazón se detiene súbitamente y los ojos conmovidos ante el vacío lloran su desventura. El piso carente de todo indicio de hamacas viajeras, de todo tipo de vivencia alguna, sosegado saluda al día. Un extraño escalofrío invade su piel y se hace presa del abandono, viene a su mente Antonio, su marido, a quien solo le une la conciencia de verse protegida, porque camina en eso que llaman felicidad, claro, pero de amigos, de los que se acostumbran a verse constantemente y el estar juntos se vuelve una incesante manía. Se debate Marina entre el engaño y las más infinitas ganas de ese conjunto de sentimientos que le ligan a Marcus Zwieg.
Marina, embalsamada de todos los sentires se detiene balbuceando quedito. Tiene los ojos puestos en el mismo punto donde se posó la hamaca de Marcus Zwieg que en otras horas se bamboleaba con el impulso de su cuerpo. Sin perder de vista el punto exacto, se sienta en el único asiento posible que guarda la embarcación, los peldaños que dan a cubierta. Su memoria se da rienda suelta camina por todos los rincones, recogiendo los últimos goces del puñado de amor. Regala una mirada más. Y se retira. Gastada sonrisa asola el día, se escapa la música cocama.

Aike ira janeki te irine iriri,
Aisa tagueguicha
Omitokatagantsi

El corazón vuelve a plañir.

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