El Viaje a Tabarca. Mafalda. Autor: Amparo Gimeno Pastor

Ya hemos comenzado las vacaciones de verano. Y ya era hora, aunque eso sí, pasadas por agua. ¡Hay que jorobarse, todo el santo año esperando que lleguen éstos, para que se nos fastidien! Unas vacaciones en Tabarca, como en las novelas de Agatha Christie, aunque espero que sin asesinatos por medio. Pero esperemos que solo sean de verdad dos o tres días como han pronosticado en la tele, los del tiempo. Así me quejaba yo ayer por la noche, en la cama con Toni, mi pareja:
–¡Agosto, frío en rostro!—río con ganas mi marido, recordándome el antiquísimo refrán castellano-leonés.
–Hijo mío, ¡tienes respuesta para todo! Además, me lo sé desde antes de que tú nacieras. Porque me he pasado media vida veraneando en el lugar de origen del dichoso refrán, en Segovia—farfullé falsamente enojada, recordando mis añoradas vacaciones estivales infantiles en la monumental capital segoviana acariciándole su barbita cobriza y entrecana a la vez.
–¡¡Jejejejeje!! Todo lo que tú me digas, Marián. Que de vez en cuando hay que recordarte las cosas. Cabeza de chorlito, que eres una cabeza de chorlito. Y no me seas agorera y cenizo, que va a ser nada más que va a ser un día, y que en Tabarca, como en el resto del país lucirá un espléndido sol. Ya verás, ya. Y si llueve del hotelito no se sale—mirándome risueño con sus inmensos ojos azules celestes.
Pero bueno aquí estamos seis parejas dispuestas pasarlo muy bien. Inma y Gelo, mis amigos. Y mi prima Ana, Ramón. Los hijos de mi prima se quedan en Valencia, en ésa islita poco se pueden divertir. Aunque yo no las tengo todas conmigo, ¡somos tan dispares los seis, que no sé si congeniaremos todos! No he dicho esto a nadie, más que nada por Toni que ha estado muy ilusionado con el dichoso viajecito a Abarca. Toni ha planificado las mini vacaciones en Tabarca, casi en exclusiva para mí, por eso van Inma, Ángel, Ana, Ramón y los niños. Después de desayunar y llamar a mi familia ya de vacaciones, nos preparamos para partir de viaje. A mí se me ha hecho un nudo en el estómago increíble.
–¡¡María Amparo, o te relajas o te relajo, eh!! ¡¡Ya está bien con tus malditos nervios, María Amparo!!—me fulminó en el acto desde lo alto de sus 195ctms, es más alto que el actual Rey. Ha sido decirme esto y relajarme al instante.
Lo curioso de nosotros dos es que pese al poco tiempo que llevamos juntos, nos conocemos igual que si llevásemos juntos 10 años. Lo mismo.
El taxi ya nos esperaba en la puerta de nuestra casa para llevarnos a la estación del AVE. Justo cuando llegábamos nosotros, llegaban Ana y Ramón, y detrás Inma y Gelo. Tras pagar los taxis, nos saludamos:
–¡Muchas gracias por invitarnos al viaje, Marián!—me agradeció mi prima Ana, otra pizpireta pelirroja, de ojos grisáceos, dándome un par de besos en la cara.
De igual manera se comportó Inma. Morena casi cetrina y de ojos castaños. Ambas miden 1’75 cts., como yo.

–A mí no me tenéis que dar las gracias, es a Toni—decliné el agradecimiento de mi familia, derivándolo hacía el verdadero protagonista. Quien en seguida exhibió una de sus encantadoras sonrisas, que desarman al más canalla de los seres humanos.
–El asunto es pasar unos pocos días juntos en otro ambiente que no sea el nuestro habitual—agradeció mi marido a mi familia.
–¿Y los chiquillos, Ana? ¿Están bien?
–Sí, muy bien sí. Con mis cuñados. Les habría gustado venir, pero lo han entendido.
–Mejor, Tabarca no es una isla para veranear con niños—terció Ángel, un rubiales de ojos azules y boca generosa–¿Tú vas a resistir los cinco días en la isla, Amparo?
–¿Lo preguntas por mi alergia al sol? Voy muy bien pertrechada, sombrerito y gafas de sol.
–Será mejor que nos acerquemos ya a los andenes, para irnos preparando—nos indicó mi marido al resto.
–Eso es verdad—dijimos todos a la vez, riéndonos después por la coincidencia.
Cogimos dos carritos y depositamos todos nuestros equipajes. Para cinco días y seis personas, llevábamos ocho bolsas de viaje, dos mini bosas de viaje y tres bolsos de mano. En los carteles luminosos de la estación nos informaban de las entradas y salidas de los distintos AVES: el nuestro era el andén 3. Y allí que nos fuimos. Al llegar al andén, sonó mi móvil con fuerza. Era mi madre para ver si había llegado bien y si no me había perdido.
–Pero, mamá: ¡si voy acompañada de mi marido y de Ana y de Inma!—protesté inútilmente.
–Me da lo mismo, ya sabemos que cuando hay una ligera novedad en tu vida, te pones muy nerviosa y te bloqueas. Y lo subsiguiente es que te dé las amnesias, te despistas y apareces luego en el sitio más inverosímil ¡Yo quiero sabes si éstas bien, nada más!
–¡Que si mamá que estoy muy bien!
–Pásame a tu prima y hablo con ella.
–Llámala tú. ¡¡Ya viene el ten, adiós!!—colgué con brusquedad el móvil.
Hablar con mi madre por teléfono, en una situación cómo me enerva más los nervios y me bloqueo aún más. Y lo del tren era cierto, llegaba en ésos instantes.
De pequeña, sobre los ocho años, me caí de la bici; sólo me golpeé la cabeza. No fue un golpe muy fuerte, pero sí lo suficiente para desbaratarme el sistema límbico de mi memoria. Pero no fue hasta transcurridos unos tres o cuatro años cuando empezamos a notar los efectos secundarios del maldito accidente. Sobre todos en los estudios, que pese a que retenía los conceptos luego los olvidaba. Lo peor era ir por la calle, porque me desorientaba. En mi vida social, no podía ir a discotecas, por la el elevado volumen de la música aún me desorientaba más. Pese a todo me saqué mis oposiciones para el Ministerio de Cultura, llegando bastante alto en mi trabajo jefa de personal soy ahora
Eso sí, los neurólogos nos recomendaron que nunca perdiese mi arraigado hábito de la lectura, pues me sería fundamental para la recuperación de mi memoria. Yo por entonces tenía unos 12 años, cuando me diagnosticaron la gravedad de mi lesión. Pero como he dicho antes, mi afán de superación lo pudo todo. A los 29 años me saqué mi carrera de Magisterio. En cuanto a mi vida social la he recuperado poco a poco, gracias en parte al Facebook, donde me he puesto en contacto con mis antiguas compañeras del cole. A mi marido, precisamente lo conocí allí, en la fiesta del Patrón. Es 13 años menor que yo, pero a veces creo, que es más mayor que yo. En la actualidad llevo una vida normalizada. Puedo pasear e ir de compras por el centro sin desorientarme de una manera brutal, como antes. E incluso he participado en varios concursos literarios. Sí, ahora llevo una vida normal.
Subimos al AVE Valencia- Alicante y nos acomodamos en nuestros respectivos asientos. Antonio me recomendó que me relajara y disfrutará de mi viaje. A modo de respuesta, canturreé el estribillo de El Viatge a Ítaca, lo que me provocó una gran cantidad de críticas adversas:
–Pero, Marián, ¿qué quieres que nos siga lloviendo todas las vacaciones? Pues lo vas a conseguir.
–¿Qué le pasa a Amparo, que está cantado, verdad? Antonio dile que se calle por favor, que nos va a fastidiar el viaje.
–¿Yo? Pero si ésta nunca hace caso a nadie. Si su padre tiene razón, ésta es independiente y de la contra.
Yo seguí cantando la mítica canción de Lluís Llach, y mis amigos seguían protestando.
–Pero Antonio, ¿tú no eres su marido y además eres profesor? Haz que se calle canta peor que un grupo de gatos borrachos—intervino Gelo.
–Ésta no obedece a nadie como bien ha dicho su marido. Y ni lo hace debajo del agua—terció Ramón muerto de risa, otro rubio de ojos verdes y mirada chispeante…
–¡Encima que os amenizo el viaje, me protestáis joder!
El viaje siguió así, entre risas y chanzas. Tan bien nos lo pasamos, que los demás pasajeros ni vieron los videos programados. E incluso intervinieron. Casi al final del trayecto, fuimos felicitados de forma personal, por la maquinista del tren a traves de la megafonía interna del AVE, siendo aplaudidos por el resto de viajeros. Me extrañó lo bien que se lo tomó Toni, es la discreción personificada. Pero conmigo, aparca la discreción y se relaja el también. Después de la calurosa despedida por parte de todo el mundo desembarcamos para coger un taxi. Mientras nos dirigíamos a la parada de taxis, Toni llamó a su amigo Julián, para avisarle de que ya estábamos en Alicante, para que Julián nos diera las llaves del barquito, que habíamos alquilado, por su mediación y pagarle.
He ido poco a Alicante, pero siempre me ha dado la sensación de ser una capitalita muy mona, muy limpia y aseada. Y algo que me llama mucho la atención con respecto a Valencia: el gran respeto al casco histórico, hecho que en Valencia no sucedió. En seguida llegamos al puerto de Alicante, pagamos a los taxis y nos apeamos de los transportes unbanos, para dirigirnos hacía donde estaba Julián. Tras las debidas presentaciones y comentarios protocolarios de rigor, nos fuimos al muelle donde estaba atracado el barquito. Nos enamoró nuestro velerito de una manera fulminante. Hasta yo misma caí víctima de los múltiples encantos de yate. Y maldije mis problemas de salud. Embarcamos, haciéndonos en seguida con el barco. Antonio pagó a Julián, le entrego las llaves, nos despedimos, Julián con ayuda de trabajadores del Puerto desatracó el velerito. Nos despedimos del buenazo de Julián, por énesima vez y pusimos rumbo a Tabarca. Toni, llevaba el timón del barquito, y los demás en cubierta, deleitándonos del pequeño aperitivo preparado por Julián. La travesía fue deliciosa entre más bromas, risas y fotos:
–¿Hay algo que no sepas hacer en éste mundo, Jack Sparrow?—le preguntó Ana a mi marido.
–Sí, entender a tu prima.
–¡Vaya hombre, ya lo he pagado yo para variar!—protesté extrayendo del bolso de viaje de mano, mi sombrerito de paja, sobre mi melena a lo garzón castaña y de bolso de mano, mis gafas de sol, que protegían mis ojos castaños del sol, sobre mi ancha nariz. Hecho que provocó un aluvión de piropos.
–¡Pero que fashion vas, Marián!
–¡Eso iba a decir yo, que fashion estás, Amparo!—exclamó Inma poniedose otro sombrerito sobre su larga melena negra, muy rizada y teñida de rojo pasión.
–¡Tía buena, maciza!—me piropeó Ramón
–¡Guapa, más guapa!—se unió Ángel, al torrente de halagos. Yo me reí.
Así seguimos, hasta llegar al puerto de Tabarca, donde después de avisar de nuestra arrivada atracamos en nuestro muelle, el 13. Procura no ser superticiosa, me dije a mi misma.
Tabarca se nos ofreció en su esplendor, ofreciendo sus encantos de pueblito blanco mediterráneo. Empezaba a gustarme el viaje, y mi marido me lo notó:
–¿Ves cómo tenía yo razón, que te acabaría gustando el viaje, nena?—me regañó con suavidad Toni, abrazándome por los hombros y besándome en la mejilla izquierda.
Me reí por toda respuesta. Nos dirigimos al hotel, andando cargados con nuestro equipaje. Justo en ése momento me llamó mi hermana, para preguntarme cómo estaba:
–¡Bien, muy bien! ¿Y tú que tal, te aburres, sola en Valencia?
–¡No, jijiji, jijiji! Estoy con Rafa.
–¡Caray! ¿Va en serio vuestra reconciliación, eh?
–¡Sí, jijijiji! Pero no digas nada a mamá, todavía. ¡Ale, te dejo diviértete y no te preocupes por nada.
–Vale, adiós, Marisa y lo mismo te digo.
Mi hermana y mi cuñado, estaban invitados al viaje el viaje, pero declinaron la invitación aduciendo motivos laborales, pues ambos trabajaban en el mes de agosto. Pero a nosotros nos olió a excusa para la reconciliación entre mi hermana y mi cuñado. Después de 10 años de matrimonio y 8 de noviazgo, se divorciaron ante el disgusto de mi madre, que jamás lo entendió. Seguían en contacto a través de mis sobrinos y nada. Nunca adujeron más que el desgaste marital. El problema vino cuando Toni decidimos casarnos, pues como mi ex cuñado que era me apetecía que viniera a mi boda. Cuando se lo consulté a mi novio, me contestó, que a su vez se lo consultara a mi hermana:
–No te responderá directamente. Pero, según los gestos que haga, actúa de una manera u otra—me aconsejo con sabiduría.
Eso hice, y me respondió con su habitual sonrisa de niña pequeña traviesa. Decidí, pues, invitar a mi ex cuñado, ante la anuncia de mis padres y de mi hermana mayor; y el agradecimiento de mis sobrinos. Tras mi boda, vino la reconciliación de mi hermana y mi ex cuñado.
–Es normal todo esto, Amparo. Tras el rencor y el odio inicial, se atemperan los sentimientos y renacen con fuerza, los viejos y hermosos sentimientos amorosos. Lo que ocurre, es que el orgullo y la soberbia son tan grandes que impide reconciliarnos con nuestras ex parejas y retomar la relación anterior. Y si has rehecho tu vida, ya ni te cuento. Estos dos necesitaban de un empujoncito, y tú se lo has dado. Eso es todo—me explicó mi marido.
Y me sentí muy bien internamente, sabiéndome la artífice de la reconciliación de dos personas tan queridas para mí. Pensaba en todo mientras, entrabamos en el hotel, para alojarnos allí durante nuestra estancia en la Isla. Y hasta el hotel, habían llegado los ecos de nuestro divertido viaje en tren:
–Esperamos que vuestra estancia en nuestra isla, sea aún más divertida y placentera que el viaje en tren—nos dijeron en recepción a modo de saludo.
Nos reímos y recogimos las llaves de nuestras habitaciones. Buenos, las modernas tarjetitas, que sustituyen a las viejas llaves. Nosotros habíamos elegido la habitación azul nuestro color favorito. Ana y Ramón eligieron la verde. E Inma y Gelo, la roja. Ya en nuestras habitaciones, desempacamos, nuestras livianas bolsas de viaje: cinco camisetas y dos vestidos de noche, eran todo mi equipaje. Cinco camisas y unas bermudas y unos vaqueros de camal largo, él de Toni. Cuando nos disponíamos a salir Toni me abrazó por la espalda:
–De buena gana te hacia el amor ahora. No veas que feliz me haces, nena—me susurró al oído.
–Más tarde, ¿vale?—le respondí besándolo en la boca.
–¡Mm! ¡Vale!
Salimos al pasillo y nos reunimos con el resto de la pandilla, para dar una vuelta por Tabarca y comer en un restaurante cualquiera de los tantos que hay por la Isla. Nos despedimos de nuestros simpáticos anfitriones, y salimos de paseo por el pueblo. Tabarca es como casi todos pueblos ribereños del Mediterráneo: muy blanco, muy limpio, con plantitas en la puerta y sus mascotas dormitando al sol. Después de pasear comimos en Los Pescadores, el mejor pescado y marisco fresco, que he comido en mi vida. Luego, compramos algo de merendar en una pastelería que estaba abierta y nos dirigimos otra vez al barquito a descansar. Bueno, nosotros hicimos el amor. Mientras lo hacíamos, tuve una visión preciosa, la de un capullo de rosa blanca abriéndose en mi interior. Me había quedado embarazada, pero no quise decir nada por miedo a perder el bebé. En los últimos tiempos, estaba sustituyendo mis antiguos despistes por extrañas visones, sobre todo nocturnas. Casi todas eran muy bonitas, me surgían tras hacer el amor. Solo lo sabía mi marido, quien me decía, que ojalá las hubiese tenido él, hace 10 años atrás. Mi esposo fue mu juerguista de más joven. Después de hacer el amor, salimos a cubierta a merendar .Los sándwiches, los brioches y los pastelitos desparecieron en un instante. Recogimos todo, y mientras empezábamos a discutir que hacer, me sentí sumamente acalorada y con nauseas. Movida por un extraño resorte en mi interior, me zambullí al mar, pues estábamos ya en alta mar. Mientras me zambullía en el mar oía a los demás gritar mi nombre, desesperados, y a mi esposo. Ya en el agua veía en mi mente un gigantesco feto sonriéndome, frente a mí como la famosa imagen de cabecera de la serie Cosmos de Carl Sagan. Yo estaba sentada sobre una flor se loto gigantesca también, y dentro de una burbuja transparente.
El resto os lo podéis imaginar, los gritos y el llanto deseperado de mi prima y de mi amiga. Así como los intentos, está frutíferos de mi marido de devolverme a la vida, tras mi rescate. Y el viaje de vuelta a Valencia en helicóptero. Ya en el 9 de Octubre, y con el resto de mi familia presente, que entre el estrés positivo del viaje, la doble emoción de verme con mi familia y marido más el saberme el artífice de la reconciliación de mi hermana y mí cuñado; y finalmente embarazo cortocircuitaron mi cerebro.
–Hay que dejar que asimile todo, y rehaga sus conexiones. Paciencia y tranquilidad. Eso sí, va a estar en una habitación a solas, para que vengan todos y le hablen y le pongan su música favorita, para que se reseteé su mente, con celeridad—indicaron los neurólogos a mi familia. Y eso hizo, hasta mi amiga Pilar Castilla, retrasó sus vacaciones, con tal de ayudar en mi recuperación. Mis suegros y mis cuñados, también participaron. Finalmente me desperté sobresaltada, en la fría e impersonal habitación del 9’Octubre. Cuando me contaron lo sucedido, me eché a llorar:
–Cómo siempre, la he fastidiado todo, xè—gimoteé.
–Tranquila Amparo, lo importante es que tú y lo que venga estéis bien, lo demás es secundario. Y a cuidar de éste nuevo nieto o nieta que nos viene—me indicó mi suegro con cariño—Que tardáis un poco más, y cierras la fábrica no te preocupes por cuidar a lo que viene, que aquí somos ocho o diez personas dispuestas a cuidar al chiquillo. ¿O no es verdad, Antonio?—mi suegro se dirigió a mi padre que también se llama Antonio, al igual que mi sobrino.
–Esto es casi casi un biznieto para nosotros—contestó mi padre.
–¿Ves Amparo ves? Hasta tu padre piensa cómo yo.
–Lo importante es que Marián se cuide para que venga, nazca sanito—terció mi marido—Y para eso tiene que descansar y mucho.
–¿Nos estas echando de la habitación?
–No. Os estoy ofreciendo que os marchéis con elegancia.
–Sí, que nos ofrece que nos machemos con elegancia. Tócate la nariz, hijo—se quejó mi suegra. Pero todos se marcharon
El resto ya no de las vacaciones sino del año, me lo pasé descansando y leyendo por prescripción médica. Mientras mi hermana culminó su reconciliación con una discreta boda civil. Y en mayo del año siguiente, justo por mi cumpleaños, nacía nuestra hijita Blanca, que la impusimos este nombre tan bonito en honor de la isla donde fue concebida. Y no estaría aquí, si no hubiéramos hecho el viaje a Tabarca. Ese sí, Blanca sea mayor, la llevaremos a su Isla.

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