Clasificado tentador. Autor: Omar Martínez González

Como todas las noches Eduardo se acostó a revisar los billetes de la lotería y los diferentes clasificados.
Desde joven los padres intentaron convencerlo para que no lo hiciera: «pierdes mucho dinero exponiéndote así a la suerte Eduardito», esas eran las palabras constantes de ellos para con su hijo; pero nunca pudieron evitarlo. A Eduardo le encantaba ese riesgo, lo dominaba esa necesidad de producir adrenalina para enfrentar la suerte.
Y se convirtió en un adicto total a depender de lo inesperado.
De joven hacía sus cálculos, o se guiaba por alguna «señal»; pero ya después simplemente compraba los billetes y revisaba al otro día bien temprano si había tenido suerte.
Después repasaba los clasificados, eso simplemente porque le gustaba.
Una mañana fue cautivado por uno:
“Pilotos espaciales con varios años de práctica presentarse en la Avenida Saturno No. 134, puede ser cualquier día de la semana, siempre antes de las tres de la tarde…”, no leyó más. Su mente se abarrotó de los desagradables recuerdos de aquella tarde fatal que todavía pesaba en su vida… Y comenzó a recordar: “…regresando de un vuelo rutinario con el grupo de científicos que hacían algunas mediciones en la atmósfera, otra vez la dichosa, o maldita lotería accionó en él. En el preciso momento que la torre de descenso le proporcionaba las coordenadas exactas para el aterrizaje, comenzaron a mostrarse en su pantalla los correos de amigos a los que había dejado encargados por esa semana para que lo mantuvieran al tanto de los resultados de la rifa.
Les había dejado incluso los números a jugar durante los siete días que estaría fuera.
Su desatención a la actividad como piloto provocó un impactó contra dos torres pararrayos y todos los tripulantes recibieron heridas bien graves; al extremo que la meteoróloga espacial del grupo murió…”.
Se dictó sentencia y él cumplió sanción por aquello.
Él decidió no volver a tomar la responsabilidad de pilotar una nave cósmica.
Ya acumulaba varios años sin volar; pero ese clasificado encendió su bichito de piloto y no lo pensó; luchando contra los recuerdos decidió que al día siguiente, por cierto, el último para presentarse, llegaría bien temprano al lugar.
Se olvidó incluso de revisar los números de la lotería.
¡Tamaña sorpresa la de Eduardo cuando giró su aeromotor en la esquina de la Avenida Saturno! ¡Más de ochenta personas entre hombres y mujeres ya hacían fila para entrar a los locales de la Empresa Organizadora y Directiva de Vuelos al Espacio EMORDIVE!
Y eso que era el último día del anuncio.
Algunos de los primeros en entrar salieron cabizbajos e incluso medio incómodos:
—Nunca se aclaró en el clasificado que obligatoriamente debían ser más de diez los años de experiencia —refunfuñaban.
Cuando le tocó a Eduardo y le pidieron el expediente de vuelo, ese fue el primer punto a detallar; los años de vuelo. A él no le preocupó porque acumulaba más de quince; sí le señalaron una posible pérdida en la práctica, ya que en los últimos seis no había salido a la atmósfera.
De todas formas le dijeron que pasados más o menos veinte días estaría colocado en el lobby de la EMORDIVE un mural con los nombres de los aprobados.
Si quería podía llamar para preguntar, pero Eduardo ni siquiera anotó el número. Él revisaría personalmente.
Al décimo día fue hasta allí, pero los resultados no estaban aún. Cinco días después encontró un inmenso pasquín con cuatrocientos seleccionados y casi seiscientas personas intentando descubrirse. Los nombres escritos no estaban organizados de ninguna forma, simplemente tenía que buscarse en la lista. Al final una nota aclaraba: “los elegidos deben pasar al salón número cuatro, en el mezanine del edificio”.
Algunos muy contentos corrían a la escalera, mientras otros se marchaban disgustados.
Él ya iba terminando y no se hallaba, pero una cosquilla recorrió todo su cuerpo desde abajo al leer en el número ciento noventa y cuatro: Eduardo Magallanes Ibrahim.
Por vanidad pretendió no hacerlo, pero le fue imposible y corrió como los demás a la escalera. Mientras iba subiendo pensó una cosa interesante que no había analizado: (al final no sé para lo que me han elegido y voy contento hacia algo que desconozco), pero al ver a los demás también satisfechos se «auto tranquilizó».
Cuando todos estaban ya sentados en el amplio salón apareció una persona solicitando silencio:
—No ha sido fácil —comenzó a hablar muy directo sin ni siquiera saludarlos—, todos ustedes pueden sentirse afortunados por estar aquí sentados; pero la suerte comenzará a funcionar realmente a partir de ahora —el hombre dejó que intercambiaran opiniones por un momento y continuó—. Para la misión que han sido escogidos se necesitan doscientos especialistas espaciales, pilotos, ingenieros de vuelo, en comunicaciones, en fin…, puede ser hombre o mujer, como se habrán dado cuenta.
Esta vez tuvo que solicitar el silencio mediante altavoces instalados en el salón.
— ¿Entonces para qué escogieron cuatrocientos? —una pregunta que colmó todo el espacio.
—Aquí sobramos la mitad. Se piensan reír de nosotros —otros comentarios significativos. Disímiles criterios que no se detenían.
—Será un viaje muy difícil y extraño para el que lo realice —habló de nuevo el representante de EMORDIVE. Esto contuvo bastante el intercambio de opiniones—. Pero como dije, la fortuna comienza en este momento —se calló un momento—. Bien han dicho algunos, solo necesitamos a la mitad de ustedes. Entonces, para saber quiénes serán los verdaderos afortunados cada uno abrirá un sobre que está debajo de su asiento y con un número escrito dentro —esto provocó el silencio—. Y por supuesto, los clasificados del uno al doscientos se quedan; a los demás no los acompañó la suerte hoy.
Inmediatamente comenzaron a rasgarse sobres y a escucharse diferentes expresiones; de alegría y de lamento.
—Por favor, los que tengan que irse que lo hagan rápido —concluyó el hombre que guiaba el proceso.
En varios minutos quedaron definidos quiénes fueron los beneficiados por el destino.
Eduardo mantenía su interrogante en la mente, en realidad ninguno se imaginaba todavía cuál era la mística misión a realizar. Y no pudo contenerse más:
—Ahora que estamos los que realmente somos nos dirá por fin qué haremos.
—Calma, tenga calma piloto.
— ¿Todavía nos pide más calma? —dijo una de las más jóvenes muchachas.
Todos apoyaron la demanda de otra mujer que reclamaba desde el fondo; al punto que el rector de la reunión tuvo que más o menos ceder.
—Hasta este momento solo puedo decirles que conformarán dos tripulaciones; después de un entrenamiento especial.
— ¿Cuál es el objetivo de esa tan misteriosa misión para la que se nos prepara? —con esa pregunta intentó Eduardo incitar al hombre para que hablara.
—Eso lo sabrán después que las naves hayan despegado —respondió este ambiguamente —. Y de verdad no puedo decirles más.
No tuvieron otro remedio que aceptar. Porque todos sabían que muchos no se habían marchado a casa y esperaban afuera por el aviso para ocupar el puesto de los que renunciaran.
Durante una semana completa los noventa y ocho hombres y las noventa y dos mujeres que conformaron el grupo fueron impuestos de una preparación bien rigurosa. Prácticamente todas las situaciones que les presentaban habían sido vividas, de una forma o de otra por ellos, pero cada uno, a su manera, aceptó que no estuvo para nada fuera de lugar ese entrenamiento.
Porque como el propio Eduardo, muchos llevaban ya dos, tres y más años sin formar parte de algún equipo encargado de una nave espacial.
La noche anterior al despegue fueron conformadas las dos tripulaciones de una manera muy sencilla: cado uno debía extraer un billete desde el interior de una vasija donde podría ver un número: el uno o el dos. Los cien números uno volarían en la primera nave y los restantes en la segunda.
— ¿Todo se va a resolver de esta forma? —protestaron varios—. Escogiendo numeritos —el comentario fue generalizándose.
—Decidimos organizarlo así —dijo uno de los directivos de la EMORDIVE—, para que ninguno pensara que tuvimos alguna deferencia. Cada cual ha ido escogiendo su destino apoyado en la suerte de la boleta escogida.
— ¿Cuándo sabremos a dónde vamos? —insistía Eduardo.
—Ya dentro de tres horas comenzarán a abordar las naves. Y en ellas verán una pantalla bien grande donde se les indicará el procedimiento a seguir para definir al capitán y todos los oficiales al mando —hizo una pausa pero nadie habló, el nivel de sorpresa por lo que escuchaban los mantenía en silencio—. Además determinarán los pilotos de vuelo y sus copilotos o suplentes.
— ¡Boletillas también para eso!
—Les expliqué que nuestra intención es dejar bien claro que todo fue definido por ustedes mismos.
— ¿Definido? —fue la pregunta unánime.
—Bueno, cada uno fue escogiendo su boleto y al estar aquí pueden considerarse favorecidos por la suerte.
—O el infortunio —murmuró muy bajo Eduardo; que ya estaba comenzando a arrepentirse de haber ido aquel día a la cita clasificada anunciada por la venturosa o perversa empresa.
En realidad no sabía qué pensar.
Aunque de verdad no podía saberlo, porque no tenía idea de lo que les esperaba. EMORDIVE había decidido llevar a cabo un proyecto muy comprometido, que al mismo tiempo no garantizaba la seguridad para los cosmonautas. Ese fue el motivo de la convocatoria.
Cercano a la galaxia GH-23 había sido descubierto un agujero negro tubular, al parecer de grandes dimensiones. La intención era colocar ambas naves en la «salida» del agujero negro, porque al parecer se podía definir la existencia allí de un agujero blanco; esto debido a la deformación del espacio en la zona, provocada quizás por la extraña relación volumen-densidad de varios y extraños cuerpos celestes divisados por más de un telescopio.
Teorías muy fuertes de no pocos científicos de EMORDIVE señalaban al agujero blanco como eso: la «salida» de un agujero negro que viene de otro universo paralelo.
Y esas raras distorsiones físico-espaciales en el lugar dieron lugar a la hipótesis de la llegada de naves visitantes.
EMORDIVE quería tener la primicia de recibirlos y eso influyó en el misterioso desarrollo del proceso. Casi todo se les explicó a los navegantes en una gran conferencia-video, cuando ya la atmósfera del planeta quedaba atrás; finalizando esta y con las orientaciones para que, mediante la ya acostumbrada selección de billetes fueran determinados el capitán de la nave y sus oficiales.
La boleta seleccionada por Eduardo fue la de piloto principal, apoyado por dos copilotos además del automático.
Sin comentarios se dirigió a la cabina para realizar junto al ingeniero de vuelo, los cálculos del desplazamiento espacio-tiempo que les permitiría llegar a las coordenadas cósmicas indicadas en la pantalla.
—Ya todos deben colocarse en sus puestos para el cambio dimensional—indicó Eduardo por las bocinas internas a los cien tripulantes.
Entraban en un momento difícil a pesar de la experiencia acumulada por todos y del entrenamiento.
Cualquier error en los cómputos, aunque mínimo, podía provocar una catástrofe. Además, una preparación individual incorrecta llevaría al navegante a una muerte segura. Por eso todas las precauciones siempre serían pocas.
Después del salto, a las condiciones normales se reincorporaron noventa y tres tripulantes. Siete no lo soportaron y no fue necesario sortear ningún boleto para que fueran lanzados al espacio e incorporados al vacío cósmico como parte eterna del mismo.
Después de algunos minutos Eduardo, como primer piloto, informó al capitán de la nave.
—No se captan señales de referencia de la otra nave.
—Insistan, insistan. Según las instrucciones debemos mantener un constante intercambio entre las naves —respondió el segundo al mando.
—Creo que ellos fueron los primeros «conejillos de indias» que perdieron la vida en este loco invento —expresó Eduardo tal vez mecánicamente.
—No detengan los intentos de contacto, debemos cerciorarnos de eso que dices porque no puede pasarnos lo mismo —esta vez habló el capitán, aunque ya convencido de que la otra nave, con toda su tripulación, había sido absorbida por la tremenda fuerza de gravedad del agujero negro.
Después de esta acotación se dirigió a la que, según boleta, tenía la responsabilidad de la comunicación, tanto interna como externa, pidiéndole que le hiciera saber a todos los tripulantes la necesidad de una urgente reunión. En cualquier momento y sin previo aviso, ellos también podían entrar al campo gravitatorio del agujero y entonces sería el fin para todos.
—Cada uno aceptó en el momento del sorteo mi papel como capitán de vuelo —comenzó a decir el hombre—; porque saben claramente, por la experiencia que tienen en los vuelos espaciales que en una expedición de esta envergadura es obligatoria la presencia de un guía.
Pero al mismo tiempo estaba convencido sobre la necesidad de escuchar la opinión de los noventa y tres miembros de su tripulación; cualquiera de ellos podía ofrecer un criterio que los salvara de la muerte.
—Acaba de recibirse un mensaje de EMORDIVE indagando sobre la situación de la expedición —le comunicó Eduardo al capitán.
Antes de ir hasta allí él había conectado el piloto automático.
—Responda a ese contacto que todo va marchando sin problemas —indicó el capitán después de pensar unos segundos.
— ¿No informaremos sobre la otra nave?
—Envíe la notificación que le digo —confirmó el jefe.
—Pero… —Eduardo comenzó a decir algo.
—No debemos ponerlos en alerta —lo interrumpió el capitán—, ellos sabían que una cosa así podía ocurrir y sin embargo nos enviaron —una pausa y un suspiro fuerte—; a la muerte.
Muchos razonamientos lógicos comenzaron a ser expuestos como posibles soluciones, pero no aparecía el acuerdo definitivo.
Muy preocupante era el tiempo, que no se detenía y la nave sería absorbida en cualquier momento por la gravedad del cuerpo celeste.
La propuesta de Mirna, una joven especialista en mecánica de equipos para vuelos intergalácticos fue la más escuchada. Y a la postre se decidió optar por su idea.
—Yo he revisado en detalle los planos de la nave —comenzó a explicar—. Cápsulas para abandono solo existen veinte, con capacidad para dos tripulantes; ¿qué pasa con los demás?
—Eso lo sabemos…, termine con su idea —la instó el capitán—. El tiempo nos apremia.
—Si todos trabajamos rápido —continuó la muchacha—, podemos subdividir la nave en, por lo menos, cuarenta aparatos volantes, o como quieran llamarlos; que sumados a las cápsulas de escape ya nos daría a todos la posibilidad de escapar.
— ¿Serían seguros esos aparatos? —fue la pregunta general e inminente.
— ¿Cuántos mecánicos espaciales tenemos entre nosotros? —respondió ella con otra interrogante.
Con una mirada el capitán transmitió la pregunta a todo el grupo y solo cuatro navegantes alzaron su mano; esto silenció completamente a todo el salón.
— ¡A trabajar ya! —con esa frase rompió el mutismo la voz del capitán.
El apremio por la vida les permitió armar aquellos aparatos salvadores y al mismo tiempo fueron conformadas las parejas de despegue.
Entonces Eduardo señaló un posible problema en el que no se había pensado:
—Tenemos que realizar ese salto tiempo-espacio por pares de aparatos o cápsulas y en intervalos de por lo menos diez o quince segundos, porque sino la reacción del agujero a la energía que provoquemos nos absorbería a todos de inmediato —sin esperar algún rebate dijo rápidamente su propuesta—. Hasta ahora todo lo hemos elaborado por la suerte, pues que este posible final también sea resuelto por la estrella de cada uno. En esta arca tengo los cuarenta y siete números que nos van a dar el orden de salida —y terminó de hablar colocándola frente al capitán.
Unos minutos de silencio demostraron la aprobación de todos. Eduardo le pidió a la joven mecánica que había ideado toda esa situación; su compañera de cápsula además, que fuera ella quien sacara la boleta del arca.
Todos se organizaron y el capitán dirigió el proceso. En dos minutos se produjo el salto la primera pareja de aparatos.
Eduardo y su amiga tenían el número doce.
Él nunca supo cuántos más después de ellos pudieron hacerlo; pero estaba convencido de que los noventa y tres tripulantes no lo habían logrado.
Durante un tiempo «navegaron» inconscientes por el vacío cosmos, la muchacha despertó primero y zarandeó a Eduardo hasta hacerlo reaccionar. Cada cápsula fue prevista con lo necesario para realizar los cálculos que les brindarían la posición exacta en el universo.
Cuando ya los dos contaban con su capacidad a pleno y pusieron todas sus neuronas a trabajar chocaron con lo incomprensible de las mediciones; ¿a qué punto llegaban?, en la pantalla del aparato que les había salvado la vida podían observar a varios cientos de miles de kilómetros un sistema planetario completamente desconocido para ellos.
—Mirna, yo sé que tu especialidad es la mecánica, pero solo puedo preguntarte a ti: ¿conoces esta estrella?
—En realidad, según las coordenadas que arrojaron los equipos, debíamos estar en un «desierto galáctico», ¿o me equivoco?
Eduardo no tuvo tiempo de hacer efectiva su respuesta, señales lumínicas de una gama inimaginable de colores comenzó a rodear el aparato en el que volaban. Y sin poder evitarlo fueron atraídos hacia la estrella central del sistema aparecido.
De pronto el aparato se detuvo y lograron ver como una nave de tamaño mediano se colocaba junto a ellos; entonces mediante un canal lumínico los transportaron desde el aparato salvador.
Varias personas exactamente igual a ellos intentaron hacerles comprender que se encontraban en un mundo paralelo; pero Eduardo y Mirna se negaban a aceptarlo.
Entonces vieron aparecer frente a ellos a quien al azar había sido elegido como capitán de vuelo en la expedición de EMORDIVE.
—Hasta aquí hemos llegado veintidós aparatos…
— ¿Dónde estamos? —lo interrumpió Eduardo.
La explicación del capitán se fue haciendo extensa y interrumpida por más de cien terrícolas que habían caído antes en las garras de EMORDIVE.
—Ellos se están enriqueciendo a costa de ingenuos como nosotros que amamos el cosmos, cada viaje le reporta a la compañía…
Eduardo no imaginaba la decisión de su compañera; pero su suerte ya estaba echada: si por los avatares de la vida había llegado a ese mundo, tendría que indagar sobre la compra y venta de billetes de lotería; quizás la revisión de los clasificados le reportaran más suerte allí que en la Tierra…

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