El pasaporte. Autor: Elena Navarro Asensio

Mi abuelo Floren era de los de sesión doble en el cine, con la única compañía de una manzana para merendar, que caía a mitad de tarde, entre película y película; mi abuela le reprochaba que en lugar de estar echándole una mano con la tribu que tenía en casa se fuera de “vicio”, como ella decía, pero él espetaba que ya trabajaba bastante y necesitaba algún aliciente extra. Y es que el hombre tenía una gran pasión, una pasión desmedida diría yo, por las cintas de espías, el cine negro, el de la “guerra fría”, el de pasos fronterizos hipervigilados con soldados siempre a punto de disparar…y eso que el pobre no había ido más allá de los Pirineos. Por todo ello soñaba con una cosa muy simple: poseer un pasaporte como el que tenían los protagonistas de esos culebrones a lo James Bond, ajado por el uso, con un montón de alcahuetes sellos delatores de los países visitados y en qué fechas, y con unas fotos en las que el dueño estaba tan irreconocible que creaba el momento álgido de tensión en la película, haciendo que el espectador se preguntara “¿le pillarán o no le pillarán?”, o, “¿se habrán dado cuenta de que es falso el pasaporte, y que en realidad no es un científico que va a recoger un premio sino un espía inglés a por la fórmula secreta de una mortal bomba de protones?”.
Vamos, una fantasía del abuelo a priori no muy difícil de cumplir. Así que, el día en que mis padres propusieron pasar las vacaciones de verano a la neutral Suiza donde vivían dos hijos suyos, se le iluminó la cara, y no sólo por ver a sus nietos, no. ¡Por fin!, por fin tendría el ansiado documento —que entonces sí que era obligatorio—, con la pequeña foto de frente, los datos correctamente escritos y sus, aunque fuera poquitos, sellos aduaneros. Ya se imaginaba él sacándolo de la guantera, mirando fijamente al guardia y esperando a que éste le identificara sin problema para, seguido decirle en el idioma que fuera: “adelante, puede usted pasar”. Porque sí, ya jubilado iba a cumplir uno de sus sueños, o más bien, el sueño con mayúsculas, el de viajar traspasando las fronteras para visitar los escenarios que tanto aparecían en sus idolatradas películas en blanco y negro, plagadas de “femmes fatale” siempre fumando y hombres rudos en constante peligro.
Aunque yo era muy pequeña entonces, tanto como para no darme cuenta del trasfondo político ni comprender el momento histórico que se estaba gestando, ya me habían contado bastantes cosas de lo que íbamos a vivir y de los lugares a conocer en ese largo viaje en coche. Sabía por ejemplo que Suiza era un país muy bonito, muy verde y muy todo —hasta muy “paraíso fiscal” como se vio después— y que pasaríamos a hacer turismo a otro que era Alemania, pero, de las dos Alemanias que existían, a la buena, la Federal; la otra, la Democrática o RDA, daba mucho miedo, era gris, fría y “alienada y comunista” —eso he de confesar que aunque no lo entendía no sonaba muy bien—. Decían que en esta última aún no había libertad, que la gente no podía salir del país y que había un muro muy grande que si lo cruzabas te podían matar…vamos, historias que parecían sacadas de las películas del abuelo pero, que por desgracia, eran tan reales como la vida misma. Visto lo visto, y con los crecientes rumores de la unificación de ambas en una, “el Floren” no iba a perder la oportunidad de tener por lo menos el certificado en su nuevo e impoluto documento de que había estado en la RFA, y poder presumir luego con los amigos en la partida de guiñote…por lo que insisto, a día de hoy me puedo imaginar lo que verdaderamente le hacía más ilusión del viaje.
Y ahí que nos pusimos en marcha en nuestros dos “Simcas 1200”, uno rojo y otro verde, que todo hay que decirlo, eran ya un poco obsoletos para lo que encontraríamos allende los Pirineos. Porque, seamos realistas, a España, en esto de la tecnología y según qué avances, nos llevaba el resto de Europa una delantera sideral; aunque también, como pudimos comprobar después —un secreto a voces que se sigue manteniendo—, en lo de la gastronomía y el buen yantar no hay quien nos supere.
Pero la aventura estival, a nivel de los intereses del patriarca, fue en principio, digamos, un poco frustrante. El primer chasco no llegó en la aduana de Francia, que con eso de que es el país vecino y teníamos buena pinta nadie nos pidió la documentación, sino al cruzar al diminuto país de los quesos y relojes de cuco; allí, precisamente tan exactos y cuadriculados como un reloj de esos, mi abuelo, y también el resto, pensamos que les tendríamos que enseñar hasta la partida de nacimiento, ¡pero todo lo contrario, qué decepción! Aunque bueno, sólo era el principio y no había que decaer ni ser pesimistas, seguro que lo interesante venía después, pero…de nuevo otra decepción para el desesperado de Florentino, que volvía a ver, cuando por primera pisamos terreno alemán, cómo el amable aduanero nos dejaba pasar alegremente, sin preguntarnos tan siquiera de dónde veníamos o a qué íbamos a su país. ¿Dónde había quedado la fama de rudos, secos y desconfiados de los alemanes? Puede simplemente que nos tocara gente amable como la hay en todos sitios o puede que, con ánimo de calmar las aguas y limpiar esa imagen, los trabajadores tuvieran la orden de ser más condescendientes con el ciudadano, y sobre todo con aquel que venía con boina, en un coche casi de juguete, del país donde la paella y la sangría eran, además de ricas, baratas y más que asequibles al bolsillo teutón.
Que esa era otra. No encontró ni un bar decente donde poder tomarse el hombre un carajillo —que por supuesto no tenían ni idea de lo que era—, así que lo de buscar uno de esos medio clandestinos de sus films ni nombrarlo. Pensaba además que seguro no podría haberse pagado ni un vaso de agua y menos un whiskey doble, porque con la jubilación justita del español medio y los precios que se gastaban allí, no sobrevivían en aquellas tierras ni un mes.
Para ser sinceros sobre el verdadero fin del viaje, todos, él el primero, disfrutamos de lo lindo de los paisajes, la gente, el chocolate…Descubrimos novedades que aún tardarían años en estar a nuestro alcance aunque parezca increíble, como el champú de camomila, el teletexto —sí, lo confieso, debo ser de las pocas que lee todavía el teletexto—, los cascos inalámbricos o lo que todos coches llevan ahora de serie, o sea, elevalunas eléctricos.
Pero, retomando el leivmotiv que nos ocupa, unos días antes de regresar a España, y con la excusa de comprar unas semillas de flores con las que la abuela se había encaprichado para plantar en su jardín, cruzamos la frontera para ir un centro comercial alemán; estoy segura de que esas semillas se vendían en cualquier otro sitio, pues no eran más que unas flores sencillas y comunes, pero todo formaba parte del estudiado plan que mis tíos tenían en la cabeza, aunque de eso me daría cuenta después, mucho después. De vuelta, y con un tiempo ideal para ambientar la situación, es decir, lluvioso y frío, pararon el coche frente a la garita aduanera; no tardó en salir de su refugio el guardia, con un chubasquero de esos que imponen respeto, para preguntar qué ocurría, y en su ya perfecto alemán le contestó mi tío algo que luego corroboró: le resumió al alto y rubio alemán el deseo de su padre, y le pidió muy amablemente que, por favor, le regalara el “souvenir” más preciado que mi abuelo se podía llevar de aquellas gentes. ¡Ahora sí, el momento había llegado! Bueno, es cierto que no de la manera que se esperaba, pues más bien parecía uno de esos finales forzados de las películas en los que piensas que los guionistas ya no tenían ideas y no sabían cómo acabarla, pero la cuestión es que, el tal Hans, ario 100%, estrenaba el pasaporte del ibérico Florentino.
Nunca más volvió a salir del territorio patrio ni le hizo falta, pues ya tenía su tesoro. Presumía de él y lo guardaba como una reliquia, más aún cuando las fronteras dejaron de existir en Europa. A su muerte, y en una decisión salomónica, mi abuela lo enterró con él, con la excusa de que nadie discutiera sobre la posesión del mismo. Realmente, en el fondo, siempre he pensado que se lo dejó para que lo presentara ante San Pedro y así poder tener otro sello más en su querido pasaporte.

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