El Lechuguino. Autor: Elena Navarro Asensio

—No sé para qué tanta parafernalia, tanta complicación. Mira tu padre y yo, nos fuimos con el Lechuguino hasta Cádiz y tan felices.

  Y mi madre tenía razón, ni la austeridad de su época ni tampoco el derroche de la nuestra, que para disfrutar de la “luna de miel” no hace falta mucho, o por lo menos material.  Ellos tuvieron la suerte —porque sí, en aquellos días era casi un privilegio— de contar con el Lechuguino, y ya lo adoptaron como un miembro más de la familia, vamos, realmente el primogénito de la misma. Desde que se jubiló descansa en la cochera del pueblo, tapado con una psicodélica manta, quizá en honor a la década en la que nació, los alegres y excesivos años setenta; el batiburrillo de colores que lo cubren contrasta con su apagado color verde, tan apagado que parece estar comido por el sol, aunque mi padre insiste en que no, que ése fue siempre su tono original, y que incluso tenía un rimbombante nombre con el que lo publicitaban, “explosión primaveral”. A mí a lo que me recordaba de verdad, y me sigue recordando, no es ni de lejos al explosivo comienzo de la primavera, sino al color de una persona enferma, como cuando uno está encamado y no sale a la calle, y se le dice precisamente que está “lechuguino”; de ahí que empezáramos a llamarle así, y de ahí que la gente pensara, y piense todavía, que es una persona cuando nos referimos a él. Pero no, el Lechuguino es un pedazo coche…bueno, lo de “pedazo” también entre comillas, porque basta con ver las fotos del viaje de novios de mis padres para darse cuenta de que era como los de aquellas generaciones, “typical spanish”, o sea, de talla bajita pero fuerte como un toro.

  Un poco antes de casarse, los futuros señores de Martínez lo compraron con mucho esfuerzo y muchas horas extras entre los cosidos de mamá y alguna chapucilla de papá, así que había que amortizarlo bien y darle buen rodaje. Para ello pensaron que qué mejor manera que hacerle kilómetros aprovechando la tan esperada “luna de miel”, y es que ahora hay mucha libertad, pero entonces era una de las pocas oportunidades que tenía la gente de clase media —por no decir económicamente no muy alta— de realizar algo especial y de ir a lugares a los que si no era por esa excusa nunca conocerían. Decidieron que bajarían al sur por la costa para disfrutar placenteramente del mar y subirían después por el centro para conocer un poco la capital, culturizarse y relajarse con una, famosa hoy en día,  taza de café con leche en el Madrid de los Austrias. Originales ellos, al día siguiente de la pomposa celebración en el Casino Mercantil zaragozano, se embarcaron los tres juntos a conquistar el mundo en cuatro ruedas, con la juventud e ilusión por bandera, y además con la seguridad de estar libres y formalmente legales para hacer lo que se les antojara…aunque bueno, eso ya era otro cantar, porque como en cualquier aventura de este tipo, las anécdotas, jocosas ahora pero en su día no tanto, no faltaron. Una de mis favoritas es cuando, en una playa andaluza, mi querido progenitor, en un alarde de romanticismo influido por la ñoñez del momento, metió el coche en la arena y claro, la marea empezó a subir, los nervios a aflorar…hasta que finalmente, con la ayuda de un turista alemán, pudieron sacar a tiempo al pobre Lechuguino, anclado cual sirena varada esperando a ser rescatada.

  A esas historietas de inexpertos enamorados se unieron las largas horas de viaje en asientos pequeños y un poco ortopédicos, una infección de muelas con flemón incluido y otra de otras partes más íntimas, quién sabe si por excesivo fervor inicial…pero a pesar de los pesares, los buenos momentos ganaron a esas simplezas. Aún nos reímos viendo las fotos vestidos de vaqueros a las puertas de un “saloon”, en los estudios de Almería donde se rodaban entonces las películas del spaghetti western, o como cuando en un desdén de imaginar lo que no podía tener, mi madre subió a la pasarela de un crucero de lujo en Cádiz. Eso sí, lo justo para hacerse una foto antes de que le llamaran la atención.

  Por la cercanía de mi boda y por tantos y tantos recuerdos del viaje y del Lechuguino,   se me iluminó un día la mente y se me antojó una idea a priori locura, pero en la que la nostalgia y cierto homenaje a esos tiempos primaron: hacer el mismo recorrido que mis padres para nuestro viaje de novios, y por supuesto, en el mismo vehículo.

—¡¿Qué?!, ¡¿estás loca?!, ¿y los musicales de Nueva York o el crucero por los Fiordos? Ni hablar, que el cacharro ese no pasa  ni de la sierra de Teruel, teniendo en cuenta, eso sí, que tu padre esté de acuerdo y nos lo deje.

  Qué ingenuo mi querido y futuro esposo al pensar que mi padre no nos lo iba a dejar. Le salió mal la jugada. Creía que aquella era la excusa perfecta para quitarme de un plumazo la “absurda idea”, según él, de lo del viaje por la España profunda en un Simca 1200 del año 75, pero mi adorado padre estuvo encantado de que mi “hermano” motorizado me acompañara en ese momento tan importante de mi vida, así que…batalla ganada —una vez más, sí, lo he de reconocer—. No sólo la idea del viaje le pareció genial sino que, cuando fuimos al pueblo a echarle un vistazo al Lechuguino, vi brotar de sus ojos unas pequeñas lágrimas que se apresuró a justificar eran producto del polvo acumulado de tantos meses sin tocar todo aquello. Ya, ya…

  Mi padre emocionado, mi novio enfadado, yo exultante y el mecánico…el mecánico más alucinado que un músico en Woodstock. Ojalá fuera el cuerpo humano tan fácil de arreglar y poner a punto como un coche, porque éste, con unas piezas y unos retoques de nada, estuvo listo para hacer un Rally sin problemas. También es cierto que se le había cuidado a cuerpo de rey, pero aquello lo dejó, vulgarmente dicho, niquelado.

  Igual que hacía cuarenta años, la historia comenzaba de nuevo para una pareja —no tan joven esta vez y con bastante más experiencia en todos temas—, o más exactamente para un trío, que el Lechuguino parecía no querer perderse nada. Porque, echando la vista atrás, había acompañado a la estrenada familia en ese primer viaje, en el mío cuando me sacaron del hospital recién nacida, en todos veraneos que pudo y en el tour europeo hasta la entonces todavía Alemania dividida, donde su pequeño y ya un poco obsoleto aspecto contrastaba con los modernos y equipados coches que vimos en la República Federal.

  Eso sí, antes de partir a la aventura, se impuso una condición sine qua non que no pude rechazar: hubo que modernizar al Lechuguino musicalmente hablando, ya que recibí sutiles amenazas de que con esa radio, que debía sintonizar todavía Radio Andorra y emisoras incluso clandestinas, y por supuesto sin reproductor de cd, USB ni nada posterior a los ochenta, no hacíamos la kilometrada que nos íbamos a pegar. Así que tan completo se quedó con su nuevo tuneo sonoro que, sólo le falta, a día de hoy, la bola hortera de espejos y una pista de baile para ser mejor que el mítico Studio 54.

  Pero bueno, llegados a este punto lo que interesa saber es…¿respondió? Pues claro que lo hizo, y tanto o mejor que la primera vez, tanto o mejor que la ansiosa novia que se guarda para la noche de bodas, que para eso las canas son un punto a favor. Además, ahora no tenía que subir los escabrosos puertos llenos de interminables curvas para cruzar media España, no. ¡Vaya diferencia de carreteras y servicios que se encontró el Lechuguino!, ¡vaya arcenes, asfalto y carteles luminosos! Todo tan moderno y chocante como él mismo porque, no sólo disfrutamos como nunca, sino que fuimos el centro de atención de una punta a otra del país.

  De todo esto aprendimos una moraleja: que en la vida hay que tratar a los objetos cotidianos del mismo modo que se debería tratar a las personas, y más a las que se quieren, con cariño, amor y cuidándolas en todos aspectos, y por supuesto confirmamos que, el famoso dicho “como antes ya no hacen las cosas” es cierto…y si no, mirad al Lechuguino, a ver qué coche, aparato, o no hablemos de pareja, aguanta hoy más de cuarenta años sin romperse.

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