Star Trek x 2. Astronaves de ocasión. Autor: José Luis Díaz Marcos

1

El transbordador espacial encargado de cubrir la ruta «Tierra-Júpiter/Júpiter-Tierra» se detuvo en el único muelle del asteroide RX-3197 con el habitual frenazo que precedía a las trescientas dieciséis paradas obligatorias, una tras otra, que jalonaban sus eternos recorridos. En esta ocasión, como en casi todas, un uranés, frágil forma de vida semejante a un globo lleno de agua con extremidades, quedó reventado, ¡chof!, contra su asiento delantero.
–¡Siempre la misma…! –rezongó el joven terrícola. «¡¿Por qué la gente, ¡o lo que sea!, no se abrocha el puñetero cinturón de seguridad?!» se dijo sacudiéndose el engrudo, apestosas salpicaduras, que había rellenado a su posterior compañero de viaje. «¡¿Y por qué siempre me toca a mí?!», se preguntó desembarcando en la terminal de pasajeros.
A pesar de la aglomeración, los especímenes de las distintas especies intergalácticas lo evitaban tapándose, quienes lo tenían, sus respectivos apéndices nasales. Olió sin disimulo, ya para qué, sus propias ropas. «¡Buf! ¡Ni el sobaco de Chewbacca!». Hasta la vuelta de aquel largo, larguísimo trayecto, sospechaba, su embriagador tufo evocaría a la ya casi extinta (por motivos fáciles de adivinar) mofeta mutante de Andrómeda.
«¡Dichoso transporte público! ¡Ojalá acabe hoy mismo para mí!». Era esta esperanza, precisamente, la que lo traía al «planeta del principito», sobrenombre del RX-3197 por su diminuto diámetro: apenas veinte kilómetros. Gracias al spam de la nube, había sabido que allí, en aquel grano en el culo del universo, junto a una colonia de ewoks, radicaba el concesionario Star Trek x2, astronaves de ocasión, el probable penúltimo dueño de su ¿inminente?, personal e intransferible, «¡¡Sí!!», independencia viajera.
Juego de palabras aparte, la alusión cinematográfica en la marca comercial del negocio no parecía ser gratuita: salió a su encuentro un vulcaniano vestido, cómo no, con su inconfundible «pijama». Aquél, perfecta sonrisa, alzó la mano e improvisó el característico saludo: dedos índice y corazón separados del anular y el meñique.

2

–¡Bienve… bienve…! ¡Uf, qué peste! ¡Amigo, no te ofendas, pero he estado en letrinas que olían mejor que tú!
–H, ha sido un accidente. Con un uranés… –informó el muchacho no sin cierto sonrojo, mientras intentaba imitar el gesto.
–En el transbordador, imagino…
Aquél asintió.
–¡El Creador bendiga a los uraneses! ¡Su frágil existencia ha hecho más por mi negocio que todas las campañas publicitarias del universo juntas!
»Olvida el saludo, amigo: a mí tampoco me entusiasma –susurró con falsa complicidad–. Lo mío, como dice la antiquísima canción, es teatro, puro teatro: simple maquillaje y disfraz. Cosas de la imagen corporativa. Se supone que soy… ¿Cómo era…? Eh… ¡Kaláshnikov!, tataranieto de Spock –Guiñó un ojo–. ¿En qué puedo ayudarte?
–Acabo de conseguir el carnet de pilotar, tengo unos ahorrillos y quisiera…
–…acabar para siempre con los accidentes olorosos comprando tu primera nave. ¡Fantástico! ¡Has venido, indiscutiblemente, al lugar idóneo! ¿Y tienes algo en mente? Mejor dicho: ¿cuánto tienes?
–Veinte mil vlotacks.
–¡¿Veinte mil?! ¡¿Sólo veinte mil?!
–Sí…
–¡Pues con eso…! Déjame pensar… Hasta hace dos días hemos tenido algo que… Era un carguero: el Nave Pesquera Virgen del Carmen. De un tal Álex de la Iglesia, procedente también de la Tierra.
–¡¿Un carguero… de pescado…?!
–¿No? También tenemos… No, esa no. ¿Y una…? No, tampoco… ¡Ya está! ¡¿Qué te parece una SEAT-600?!
–¡¿Una…?!
–¡Sí! ¡Una Sonda Espacial Autónoma de Transporte, de seiscientos ciclos!
El joven cliente agudizó su mueca de desagrado.
–Vale: es diminuta, incómoda y corre menos que el aire en el espacio. Pero, descartada la gama carguera, al menos no huele a atún. Amigo, debes ser realista: con veinte mil vlotacks,… ¡¿qué quieres?! ¡¿Una señorial BMW o Buena Máquina Woladora?! ¡¿Una lujosa AUDI o
Anuladora Universal de Distancias Intergalácticas?!
–Ya…
–Amigo, confía en mí: una SEAT-600, esta SEAT-600, es lo mejor que vas a encontrar a cambio de tus ahorrillos –Y mostrando el saludo vulcaniano, muy sonriente, añadió–: Palabra de… de… ¡¿Van Gogh?!, tataranieto de Spock.
El chico contrapuso sendas imágenes: un uranés explotando y el vehículo sugerido. «Podría ser peor: podría no tener los veinte mil vlotacks», se dijo, animoso. «O podría ser chungo de verdad: podría estar disponible sólo el carguero».
–Está bien… Echémosle un vistazo –concedió.
Las entrañas de la nave, como su rancio exterior, respondían a la tosquedad propia de un primer ensayo tecnológico convertido, además, en abrillantada pieza de museo.
En cabina:
–Tiene fuerza gravitatoria ajustable, motor nuclear…
–¿Y ordenador de a bordo? ¿Tiene?
–Me temo que no: aquí todo es manual. Un ordenador medianamente bueno supondría un extra más caro que la propia nave.
–Era de suponer… ¿Consume mucho?
–Una china de uranio enriquecido por cada billón de kilómetros-luz.
–Y hablando de luz… ¿Alcanza su velocidad?
–Bueno… Eso depende de la prisa que tenga la luz. Si tiene un día tranquilito, igual… Pero mira el lado bueno del asunto: multas por excesos, ni una. ¿Y qué me dices de los extras, eh?
–Ya me he fijado, ya…
– Compuertas cromadas, faros antinebulosas, cristales polarizados, asientos con fundas de bolas y reposacabezas, equipo musical con frontal extraíble y casetera rumbera… ¿Te gustan los Estopa New Generation? Ya sabes: «¡Por la raja de tu falda, yo tuve un siniestro con una SEAT-600!».
–Prefiero los Decai Remember: «¡Hoy es noche de sexo! ¡Voy a devorarte, nena linda! ¡Hoy es noche de sexo!».
–Te comprendo, amigo: a tu edad, yo también prefería las noches –confirmó, pícaro–. Volviendo a nuestro bisnes, la nave también cuenta con traje espacial reflectante para reparaciones exteriores, juego de bombillas, rueda de repuesto…
–¡¿«Bombillas»?! ¡¿«Rueda de…»?!
–Sí. Artículos de broma, divertida decoración kitsch. A la gente le chifla estas cosas.
–Lo pillo… Como los dados de polifelpa con ventosa en la luna panorámica o el «No corras, papá» en la consola de navegación, imagino.
–Eso es. ¡Vuelve el siglo XX, amigo! Y ahora, ¡tachán!,… ¡El gran momento!
–¿…de salir por patas?
–¡Qué humor! Me caes bien. Muy bien… Ha llegado el gran momento de salir, sí,… ¡pero a probar la máquina! ¡A probar el pasaporte, amigo, a tu nueva vida!

3

–¡A la derecha! ¡No, a la izquierda! ¡Cuidado! ¡Cuidado! ¡¿Dónde coño conseguiste el carnet: en un sorteo?!
–L, lo siento… Son los mandos, que se atascan…
–¡Uf! ¡Ha estado cerca…! Un poco más y nos comemos el planeta de las tres lunas.
–¿Ese ruido es normal?
–¿Qué ruido? ¡Ah, ese…! Sí. Algún panel que se habrá soltado con las sacudidas. Nada que deba preocuparnos.
–¿Seguro? Igual es casualidad, pero aquí se ha encendido una luz y una de las agujas indicadoras se ha vuelto loca.
–¡Joder!
–¡¿Q, qué pasa…?!
–Tenemos una fuga en el depósito de uranio.
–O sea: mal rollo.
–Bueno, según se mire… ¿Puedes definir «mal rollo»?
De manera paulatina, sin que pudieran hacer nada para remediarlo, la velocidad de la casi-luz a la que navegaban fue reduciéndose hasta convertirse en la velocidad de la penumbra antes de alcanzar, finalmente, la lóbrega velocidad de la oscuridad absoluta. La ausente velocidad de las piedras. En cualquier momento, Gran A´Tuin, la enorme y parsimoniosa tortuga estelar soporte del Mundodisco, podría adelantarles aún sin proponérselo.
–¡No problem, amigo: un whatsapp a la grúa interestelar y en un santiamén está aquí! ¡Y la avería, resuelta con un simple parche de titanio!
–Me alegro. Pero yo… Creo que he cambiado de idea: ya no me interesa esta SEAT-600. Ni ninguna otra. Creo que seguiré ahorrando hasta que pueda comprarme algo mejor.
–No te precipites, amigo. Piénsalo. Si dejas pasar esta oportunidad única, tendrás que volver al transporte público con uraneses incluidos. Y otra cosa: con el escaso trabajo intergaláctico puedes morirte de viejo antes de reunir lo suficiente para tener otro vehículo mejor.
Sin tiempo para que el joven terrícola pudiera decir nada, un súbito fogonazo de luz los deslumbró a través del ventanal panorámico.

4

–¿Podemos ayudarles?
–¿Hacia dónde se dirigen? –preguntó el supuesto tataranieto de Spock a través del intercomunicador.
–Llevo a un grupo de turistas a probar suerte en Euro-Vegas, el macrocasino de Europa, la luna jupiterina.
–Entonces no, gracias. Nosotros vamos, o íbamos, justo en sentido contrario.
–Voy con ustedes –soltó el muchacho, de improviso.
–¡¿Qué?! ¡Vamos, amigo, esta es la nave de tu vida!
–Paso. Aunque tiene razón en una cosa: con la porquería de curros que me salen, no tendré una nave decente en la vida. Así que me voy con ellos a jugarme los vlotacks. O todo, o nada.
–¡Llegamos tarde! –anunció la voz del piloto samaritano.
–¡Oído! ¡Ábrame, que subo! Por cierto, ¿de dónde son?
–¡Oh, son buenos seres! ¡Delicaditos, pero buenos seres!
–¿«Deli… caditos…»?
–Sí, ya saben: uraneses. Formas de vida inteligente tan elásticas y pinchables como condones.
Kaláshnikov, Van Gogh, o como quisiera llamarse, asfixió una risita maliciosa.
El terrícola cerró los ojos y dejó caer la cabeza sobre su pecho, abatido, resignado. ¿Semejante encuentro era una señal, un presagio de la suerte que le esperaba en Euro-Vegas? Ojalá, «¡Por favor, por favor…!», no fuera así.
–Pfffff…
–¡¿De qué se ríe?!
–¡¿Yo?! ¡De nada, amigo, de nada! Pfffff…

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