Recuerdos. Diálogo de dos viajeros. Autor: Jesús Curros Neira

El viajero no salía de su asombro. Estaba sentado en la parte delantera del vehículo acompañado por una figura completamente embozada, vestida de negro, que jamás mostraba su rostro. Nadie más viajaba con ellos.
─ A menudo me he preguntado cómo sería este momento ─ comentó el viajero para romper el hielo ─, sobre todo durante los últimos años, a medida que iba envejeciendo… ¡pero esto no podría haberlo supuesto nunca!
─ ¿El qué? ─ preguntó el personaje embozado; su voz sonaba hueca, ronca…
─ Que este trance fuera así, tan natural.
─ Es parte de la vida, nada hay más natural. Sois vosotros los que lo complicáis.
─ ¿Y siempre has llevado a la gente en autobús?
─ ¡Por supuesto que no! Cada uno ve lo que quiere ver. Hay quienes han realizado este viaje en un barco velero; otros han preferido hacerlo a lomos de un caballo; e, incluso, los hay que han ido a pie.
─ ¿Y por qué has elegido un autobús para mí solo?
─ Este viaje ─ dijo la silueta negra ─ se hace siempre solo y el medio lo has elegido tú. Si estamos aquí sentados es porque así lo has querido. Se trata de tu subconsciente, ¿comprendes?
─ No.
─ Haz memoria… ¿qué recuerdos te trae este vehículo?
El autobús se detuvo. La portezuela se abrió y una luz muy clara iluminó el lugar, antes en completa penumbra, donde se situaba el conductor. Una mujer y un niño de seis años subieron y se acomodaron en los asientos delanteros.
─ Recuerdo que siempre viajaba en un autocar como éste a Madrid, con mi madre. Tomábamos todos los lunes el coche de línea por la mañana, muy temprano. Ella se empeñó en que estudiase música desde muy pequeño. Me dejaba en el conservatorio y se iba a la Gran Vía, a echar un vistazo más que otra cosa porque en casa no había dinero para lujos… Pero estalló la guerra y se acabaron los viajes en autobús, las clases en el conservatorio y los paseos por la Gran Vía. ¡Quién podía imaginar, aquel día de junio en que regresé a Ávila tan ilusionado porque empezaban las vacaciones de verano, que tardaría diez años en volver a Madrid!

El autocar se detuvo nuevamente. En ese momento subió un joven de unos diecisiete años, alto, moreno, con un pequeño bigote muy cuidado que lucía con coquetería. Bajo el brazo llevaba una carpeta marrón de cartón repleta de papeles.

─ Yo era un pollo que tenía mucho éxito con las mujeres en aquella época. Acababa de terminar mis estudios en el colegio y mi sueño era proseguir mi carrera musical, interrumpida por la guerra. Volví a coger el autobús de las siete cada lunes. Me hospedaba durante la semana en una pensión de calle Arenal. Por las tardes paseaba por delante de los teatros, observaba al público que tenía la suerte de asistir a los espectáculos con los que yo sólo podía soñar, y me colaba por la entrada de artistas hasta que alguien me echaba de allí.

Una joven, casi una niña, subió al autobús y se sienta. La figura negra la observó unos segundos antes de volver a fijar su mirada en la carretera, recorrida miles de veces, memorizada piedra a piedra, señal tras señal, árbol tras árbol.
─ Mis aventuras con las coristas nunca tuvieron demasiada importancia, fuera del susto que me dio algún novio celoso. Pero lo de aquella chica fue diferente. Reparé en ella poco después de mi regreso al conservatorio. Era del Escorial, o eso es lo que yo supuse porque en realidad nunca llegué a hablar con ella. Coincidía conmigo en el autobús de los lunes. Subía en el Escorial y se sentaba cerca del conductor. Siempre llevaba la vista fija en el parabrisas para evitar marearse. Para mí esa facilidad con que ella se mareaba en el coche fue una suerte, gracias a eso podía mirarla a gusto todo el trayecto sin miedo a que se volviera y descubriera mi descaro. Al principio sólo la miraba porque era guapa, aunque no representaba nada para mí y dejaba de pensar en ella tan pronto como llegábamos a Madrid. Pero su presencia cada lunes, en un viaje tras otro, fue haciéndose necesaria para mí. Lo descubrí el día en que ella faltó a nuestra cita semanal y comencé a sentir una presión en el pecho, más y más dolorosa a medida que me obsesionaba pensando que quizá no volvería a verla. La obsesión se convirtió en miedo, en auténtico terror a que el siguiente lunes la chica tampoco subiese al autobús. Durante toda la semana me culpé por lo imbécil que había sido, por no haber intentado saber algo más acerca de ella, por no descubrir antes que me había enamorado como un colegial de una desconocida… Esa angustia hizo que la evocase con tristeza toda la semana. En la sencillez con que vestía yo veía el reflejo de la sencillez de su carácter; en la dulzura de su rostro yo quería ver la dulzura de su ser; en la limpieza de su mirada percibía nobleza, fidelidad, modestia… evidentemente todo era una invención, eso lo descubrí años más tarde, cuando volví a recorrer con nostalgia aquella misma carretera del Escorial a Madrid. Comprendí entonces cuanta ingenuidad había en aquellos sentimientos tan puros de juventud. No me atraía una mujer real, no llegué a sentir nada por aquella chica de pelo largo y trigueño que subía al autobús todos los lunes. Mucho después supe que me había enamorado de una ficción, de una mujer soñada que yo quería ver encarnada en aquella pasajera desconocida. Pero eso fue años más tarde… aquella semana terrible que transcurrió entre su ausencia y el siguiente lunes yo sufrí horriblemente ─ ¡era, al fin y al cabo, un pollo pera! ─ como si hubiera perdido al amor de mi vida. Por eso subí al autocar temblando; por eso el corazón me estuvo latiendo con una fuerza enorme, resultando incluso doloroso, hasta que nos detuvimos en el Escorial; y por eso recibí la mayor alegría de mi vida ─ así lo creí sinceramente entonces ─ cuando ella volvió a entrar en el coche para sentarse al lado de la portezuela delantera. A partir de aquel día traté de acercarme a aquella misteriosa viajera. Durante la semana trazaba complicados planes para lograr sentarme a su lado sin que sospechase. En mi mente ya sabía lo que le iba a decir, tenía muy claro cómo iba a comportarme para atraerla ─ que, por supuesto, sería de un modo muy diferente al que había seguido con mis coristas ─, hasta que un día, no sabía cuándo exactamente, llegase a rozarle un brazo. Ése era mi más íntimo deseo, rozarle ese brazo desnudo que reposaba en su regazo y que yo acariciaba con mi mirada mientras la observaba desde la parte de atrás.
─ Pero nunca llegaste a decirle nada.
─ No, ella jamás fue otra cosa que el sueño imposible de cada lunes por la mañana. Un día dejé de verla y no tardé demasiado en olvidarla.
─ ¿Qué ocurrió? ¿Es que esa chica no regresó a Madrid?
─ Fui yo el que desapareció. Tuve la oportunidad de rematar mis estudios en Viena gracias a una beca y no la desaproveché. Me marché y tardé bastante en volver.
─ Muy romántico por tu parte.
─ ¿Qué querías que hiciera? Era una ocasión única, yo carecía de recursos y, de la noche a la mañana, se me ofreció al posibilidad de ir a Austria, de estudiar en Viena y en el Mozarteum de Salzburgo, ¿iba a tirar todo eso por la borda por una mujer que, probablemente, yo jamás llegaría a conocer?
─ Podrías haber hablado con ella antes de marcharte… ¡Pero es igual, evidentemente no era más que un capricho de adolescente! ¿Qué pasó en Viena?
─ ¡Ah, Viena, los mejores años de mi vida! Allí me convertí en un verdadero artista. Y no sólo eso, allí aprendí también a disfrutar de los pequeños placeres. Me bastaba sentarme las tardes de otoño en la terraza del café Landtman para ver, hora tras hora, cómo cambiaban con la luz del crepúsculo las fachadas de la Ringstrasse; a veces incluso me podía permitir el presentarme en el hotel Sacher para saborear su tarta de chocolate; pero cuando no disponía de dinero, que era lo más habitual, siempre podía disfrutar de mis largos paseos por el Graben siguiendo con la mirada a alguna mujer que pasaba y que jamás volvería a ver, o detenerme a escuchar alguna melodía perdida, inmediatamente olvidada y sustituida por otra, en los jardines del Prater… En Viena debuté como tenor. Mi primer papel no fue gran cosa, poco más que un personaje del coro en “La flauta mágica”, pero conseguí que se fijaran en mí. Mi facha y mi talento me ayudaron a partes iguales. No cantaba mal, eso tengo que reconocerlo aunque suene a inmodestia, pero mi talento no explica del todo mi éxito meteórico, también contribuyeron mis atenciones a la esposa del empresario. De ese modo logré muy pronto mejores papeles. A partir de ese momento pude actuar en los mejores teatros y al lado de los más grandes. En la Fenice representé Lucía di Lamermoor junto a Renata Tebaldi, y en Nueva York compartí cartel con la Callas… La música era mi vida, no sé cómo me dejé enredar por la gente del cine. Mi intención cuando me propusieron que protagonizase una película sobre Enrico Caruso era tomarme un respiro y nada más. No pretendía abandonar la ópera, el canto… aquella película era tan sólo una nueva oportunidad en mi carrera, la oportunidad de llegar a ser conocido por un público que no pisaba nunca los teatros de ópera. Yo tenía cuarenta años cuando rodé en Roma esa película. Fue un completo fracaso pero, a pesar de eso, me ofrecieron otros papeles y yo acepté. Puede que me vendiera a una pandilla de mercaderes, aunque ¿cuándo me habían pagado antes doscientos mil dólares por actuar en el teatro? Ahora me ofrecían eso y cantidades aún mayores. Y tengo que reconocer que además me entusiasmó caer en las tentaciones que me ofrecía el mundo del cine, a principios de la década de los sesenta Roma era el lugar más maravilloso del mundo. En Cinecittá me hice amigo de Mastroianni, de Fellini, de Gassman… Con Visconti, en cambio, tuve más de un roce; un hombre que amaba la ópera por encima de todo no podía comprender que yo hubiera sacrificado una carrera tan prometedora por “jugar en el cine como un bambino”, y confieso que en el fondo tenía razón.

La luz que entraba por las ventanas del autobús era muy tenue. Empezaba a amanecer y los viajeros iban dormidos con sus cabezas apoyadas en los cristales. El autocar se detuvo y recogió a un hombre bebido que a duras penas lograba mantenerse en pie. El borracho se dejó caer sobre dos asientos y comenzó a roncar.

─ ¡Cuántas noches de parranda por los bares de Vía Véneto acabamos Marcello y yo borrachos como cubas en alguna fuente, lamentándonos por no haber seguido nuestras verdaderas vocaciones! Ninguno de los dos nos tomábamos muy en serio. Él siempre me hablaba de volver a la arquitectura mientras yo entonaba de madrugada ─ “a beber, a beber, a ahogar el grito de dolor”─ una romanza de “Marina”, aunque por aquella época yo era más un virtuoso de la botella que del bel canto. Pero nuestros arrepentimientos eran pasajeros y solían pasarse al mismo tiempo que la resaca. Por la mañana volvíamos a encontrarnos en Cinecittá y él seguía siendo el gran Marcello mientras que yo… en fin, puede que fuera un poco menos grande pero no me quejaba.
─ Y si te iba tan bien, ¿por qué volviste a abandonarlo todo?
─ Supongo que porque soy una cabeza loca, un genuino culo inquieto. Aunque creo que esta vez hubo otras razones mucho más serias. Un día, después de muchos meses de dudas e insatisfacciones, me largué de Roma y no volví nunca más. ¡Me imagino que todavía estará allí mi casa, con la puerta cerrada y la basura acumulada hasta el techo! Decidí seguir un nuevo impulso e ingresé en un convento franciscano de Salzburgo.
─ En un convento ¡y franciscano, nada menos! ¿Tú?
─ Sí, quería romper con todo mi pasado y, al mismo tiempo, me aferraba a mi mundo. En Salzburgo me sentía como en casa, sus rincones eran para mí entrañables y no sólo porque allí hubiera pasado un año estudiando dirección de orquesta. No, era algo más profundo, Salzburgo me hacía sentir cerca de la música, todo en la ciudad evocaba una época que amaba. No sé expresarlo mejor, lo siento.
─ Te comprendo. Hay personas que encuentran su lugar en ciudades que jamás han visto antes o en paisajes que les hacen sentirse bien sin que entiendan por qué. No es que les gusten más que otros, ni son lugares más bellos que los demás. Es sólo que ése es su sitio.
─ Conoces muy bien a las personas, no esperaba esa sensibilidad en ti.
─ ¿Es que acaso esperabas encontrar una calavera vestida de negro llevando una absurda guadaña? ¿Me habéis tomado por una campesina?
─ Y ahora me dirás que tampoco juegas al ajedrez.
─ Ésa es otra imagen falsa de mí. Jamás juego a nada en lo que pueda perder.
─ Sí, por supuesto. Tú siempre acabas ganando…

El autobús se adentró en un profundo y oscuro túnel. Los dos pasajeros que charlaban delante apenas se podían ver las caras. El resto guardaba silencio.

─ Pero yo no te he encontrado en Salzburgo, ni estabas en un convento.
─ No, mi vida no concluyó ahí. Pasé unos años muy tranquilos en aquel convento y llegué a pensar sinceramente que había hallado mi lugar en el mundo. Después de un tiempo mi orden me envió a América. Estuve en Cuzco, en San Salvador de Bahía, en Santo Domingo… Luego, cuando pude regresar a España, pasé cinco años en Valencia, pero acabé dejándolo. Ya te dije que soy un genuino y original culo inquieto. Y, además, había perdido la fe. Abandoné el convento y me dejé llevar por mis impulsos. He sido una especie de vagabundo. Regresé a Ávila y viví allí algunos meses. Una mañana volví a tomar el autobús de las siete a Madrid. Es curioso, desde que me fui no había vuelto a pensar en aquella chica de los lunes. Tuvieron que pasar cuarenta años para que, sentado en el mismo lugar, me la volviera a imaginar en la butaca junto al conductor, con la vista pendiente de la carretera para no marearse… En fin, supongo que ella no era más que la vida que pude haber tenido pero que no elegí. En su lugar he tenido una vida intensa y no me quejo. He pasado malos momentos, pero también he disfrutado. En Niza, por ejemplo, fui un gigoló muy solicitado, ¡todo un mérito con mis sesenta tacos! En Milán trafiqué con cuadros falsificados, llegué a ser considerado como uno de los mayores expertos en pintura barroca italiana. En Atenas viví como un pordiosero dentro de un barril, lo único que pedía es que no me privaran de la luz del sol. En Estambul me dediqué a la medicina en una clínica de cirugía estética, hasta que fui descubierto y me encarcelaron por ejercer sin título. ¡Eso fue lo peor, diez años en una cárcel turca! Luego me las apañé como pude…
─ Y cuando estabas tirado en una esquina de Budapest, inconsciente por la curda de la noche anterior, aparecí yo.
─ Sí, me has impedido cumplir mi sueño de ser un conde húngaro venido a menos. Estoy seguro de que todavía me habría podido divertir mucho sacándole el dinero a alguna turista americana.
─ ¿Y qué es lo que dejas atrás de ti? ¿Crees que te recordarán?
─ No, ¿importa eso algo? Dentro de millones de años no quedará ni rastro de la Humanidad. Nadie sabrá quiénes fueron Shakespeare o Mozart. Nos esfumaremos como si nunca hubiéramos existido.

Una profunda oscuridad penetra por las ventanillas del autobús. El túnel parece no tener fin. Es un viaje sin destino, inacabable, eterno…
Dicen que hay un autobús que no atraviesa ninguna ciudad. No es fácil verlo. Es negro y se confunde con la noche. Los que se han encontrado con él comentan, bajando la voz y mirando hacia atrás con terror, que sólo se detiene una vez, sólo una, y cuando te abre sus puertas nada puede impedir que subas.

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