Otro city tour. Autor: Maximiliano Sacristán

Recuerdo que esa noche de verano, después de comer, me senté delante de la notebook decidido a escribir. Lo que fuere, algo tenía que salir, no podía estar más así, después de casi un mes de sequía creativa. Necesitaba ejercitarme, no quería perder el ritmo con el que venía produciendo desde hacía más de un año. Gracias a esa práctica lenta pero sostenida había conseguido escribir seis cuentos que me gustaban y por los que estaba decidido a salir otra vez a golpear la puerta de las editoriales. Pero el parate prolongado me preocupaba. Algo. Aunque más no fuera esbozar un argumento y al otro día ver si era potable. No quería irme a dormir otra vez sin siquiera la línea de Plinio. ¿Cómo podía ser que no se me ocurriera nada de nada? Estuve dando vueltas frente a la pantalla desde las once hasta eso de la una, navegué en internet buscando inspiración, pero solamente conseguí distraerme con pavadas, como de costumbre. El procesador de textos seguía ahí, abierto pero en blanco. Ya iba a acostarme cuando escuché que el camión de los basureros (los ahora denominados “recolectores de residuos” por el falluto discurso de lo “políticamente correcto”) estaba en la esquina haciendo su ruido familiar cada vez que ponían a funcionar la compactadora para ganar espacio. Lo escuchaba todas las noches; en el silencio de la madrugada el barullo de esa máquina trabajando se magnificaba con claridad. Tuve una idea. Era una locura, pero si lo pensaba un segundo más no lo hacía. Me levanté, agarré de arriba del escritorio un block de notas y una lapicera y sin demorarme en apagar las luces salí a la calle.
El camión “verde ecología” estaba detenido en el medio de la calle, con el motor en marcha. Los dos basureros, sentados en el cordón de la vereda, charlaban con el chofer, que seguía detrás del volante. Fui acercándome despacio. Me detuve a cierta distancia, por precaución, y saludé agitando un brazo. Los tres se me quedaron mirando. El chofer tocó algo del panel de control y el estrépito de la compactadora bajó de intensidad. Ahora podía hablarles a la distancia. Me acerqué un poco más y me dirigí al que manejaba, tal vez porque lo vi adentro de la cabina, en mangas de camisa, y los pibes vestían un overol naranja que les daba la municipalidad. Le dije sin vueltas que si me dejaban acompañarlos en el recorrido, yo iba a trabajar a la par de ellos gratis. Volvieron a mirarse. “¿Y para qué quiere laburar gratis, jefe?”, me apuró el chofer sacando un poco la cabeza afuera de la cabina, y con la luz cenital del farol de la calle pude ver que le llevaba unos quince años a sus compañeros (tal vez manejar el camión fuera un premio a la antigüedad en el rubro, y correr detrás juntando bolsas un derecho de piso). Saqué la libreta del bolsillo de mi camisa y, mostrándosela, le dije “escribo”. Un segundo después de decir esa palabrita me sentí tan pavote ahí, haciéndome el artista, que me arrepentí de no haber inventado alguna mentira. “¿Es periodista usté?”, insistió el chofer. No, aclaré, hacía literatura y necesitaba historias, pero sin usar nombres reales ni citar lugares puntuales, por supuesto. “Pero mire que este laburo no es para cualquiera, ¿eh? Nosotros no nos hacemos cargo si se le pasa algo…”, me advirtió el hombre. Y yo andaba buscando que me pasara algo, casualmente. “Me banco lo que venga, maestro, es por esta noche nomás”, dije paseando la mirada por el grupo. Los tres volvieron a mirarse, y después de algún gesto (imperceptible para mí) de entendimiento, uno de los muchachos se subió a la cabina y el otro me dijo “venga, don”. Pasé el brazo por la ventanilla baja y dije “Nicolás, un gusto”; el chofer aceptó el apretón de mano pero no se presentó ni dijo nada. Después fui hacia la parte trasera del camión. El pibe se había trepado al estribo trasero, del lado del acompañante. “Agárrese fuerte de ahí, jefe”, me dijo, señalando con la cabeza una agarradera de metal que había junto a la boca de la tolva. Lo imité. Arrancamos.
La primera media hora no fue gran cosa, el muchacho me dejaba los residuos de la mano izquierda y él juntaba los de la derecha. Cada tanto encontrábamos los destrozos que dejaban los perros callejeros, que rompían las bolsas dejadas en el suelo o enganchadas a poca altura en busca de comida. Por esas cuadras avanzábamos más rápido, entre un reguero de desechos desparramados por la vereda. Enseguida me di cuenta de que mi estado físico, sumado a la incomodidad de vestir un pantalón de tela de jean, perjudicaba la tarea de los demás, porque en cada esquina tenían que esperarme unos segundos hasta que yo llegara corriendo con el manojo de bolsas negras en las manos. Además, yo estaba sin guantes y tenía miedo de cortarme. Me había concentrado tanto en el trabajo que ni me acordé de apuntar los detalles “significativos” del oficio. Todo se hacía tan a las apuradas que de todas maneras ni tiempo hubiera tenido para sacar la libreta. El basurero que me acompañaba me miraba de reojo con una sonrisita socarrona, y creo que por el espejo exterior se hacía gestos de inteligencia con su compañero, que gracias a mi aparición paseaba lo más tranquilo al lado del chofer. Cuando llegamos al portón del geriátrico, el camión estacionó para no obstaculizar el tránsito, aunque a esa hora no pasaba un alma. Sobre la vereda había dos amplios contenedores de plástico, con tapa. El pibe bajó de un salto y, mientras caminaba hacia la cabina, me dijo “vaya trayéndose las bolsas de ahí, amigo”. Destapé el primer contenedor y vi que había varias de esas bolsas gigantes llamadas “de consorcio”, que se usan en las cocinas de los restaurantes. Empecé a sacarlas. Eran pesadísimas y debía hacer un gran esfuerzo para tirarlas adentro de la tolva. Las últimas venían perdiendo un líquido pútrido, de alimentos en descomposición, y sin darme cuenta me manché el pantalón. Solté la bolsa y largué una puteada que se escuchó clarita en la madrugada. Recién entonces aparecieron los pibes con un cigarrillo a medio consumir. Como gemelos, se lo colgaron de los labios y empezaron a sacar las últimas bolsas del primer contenedor. Trabajaban con una facilidad admirable, y los bultos negros volaban limpitos adentro del camión. Fui a destapar el segundo contenedor, y al sacar la tapa me sobresalté por un ruido que tardé en decodificar: un linyera roncaba estirado sobre un colchón de bolsas. Los empleados se acercaron a mirar. Uno lo zamarreó de un hombro, pero el viejo apenas se quejó y recuperó el ritmo del ronquido. El otro fue a buscar al chofer. Durante un momento los cuatro rodeábamos al linyera en silencio como si estuviéramos en un velorio. Al fin el tipo ordenó “lo agarramos de una extremidad cada uno y lo sacamos despacito, sin que se despierte”. Yo me ubiqué en la pierna izquierda, estirando los brazos por sobre el borde del contenedor, y cuando el chofer dijo “ahora” levantamos al viejo en el aire. Fue sentirse flotar, y fue empezar a chillar a voz en cuello como si lo estuviera arreando el mismísimo demonio. La boca desdentada, los ojos desorbitados, los pómulos chupados… Me asusté, lo solté y reculé unos pasos hacia el medio de la calle. Los otros también lo soltaron. Cuando se sintió otra vez contra el colchón de nylon, farfulló algo inentendible y se durmió en el acto. Nos quedamos contemplándolo roncar. Uno de los muchachos le preguntó al chofer: “¿Llamamos a Juárez?”. El otro lo pensó un momento y después dijo: “No, si lo despertamos por esta huevada nos va a putear. Vamos”. Se metió en la cabina y puso en marcha el camión. Yo dudé en volver a ponerle la tapa al contenedor, pero como los otros ya estaban arriba (los recolectores habían enrocado su lugar en la cabina), tapé un poco al linyera tirándole encima algunas bolsas y me apuré a treparme al camión, justo cuando el chofer aceleraba.
Enseguida volvimos al ajetreo normal de las casas de familias con sus modestas bolsitas de supermercado dejadas en los canastos o colgadas del tronco de los árboles. Doblamos en una esquina y el chofer fue deteniéndose de a poco. Me asomé por el flanco del camión y vi que en medio de la calle dos mujeres estaban trenzadas, peleándose. Era una lucha de trompadas y patadas, revolcones y quejidos ahogados. El pibe que venía colgado conmigo saltó al asfalto y avanzó hacia adelante. Yo lo imité. El camión seguía en marcha, y los faros iluminaban a los dos cuerpos que parecían no notar que un vehículo necesitaba pasar. Unos minutos después de entretenernos mirando ese ringside delirante, el chofer empezó a tocar bocina. Recién entonces miraron hacia nosotros y yo comprobé que en realidad eran dos prostitutos transvestidos. Al parecer estaban dirimiendo en un mano a mano alguna cuenta pendiente, o tal vez un conflicto territorial. Después de observarnos un momento, suspendidos en un abrazo, de repente los tipos se aliaron: se pararon, corrieron hasta el camión y empezaron a patearle las puertas reclamando a gritos que nos fuéramos. No contentos, empezaron a corrernos a mí y al pibe que miraba de pie, del otro lado de la cabina. Recuerdo que el travesti que me perseguía llevaba una peluca rubia mal encasquetada y con los tacos de aguja le costaba seguirme el ritmo por el macadam poceado de esa calle de barrio. El chofer puso reversa y regresó a la bocacalle marcha atrás. En la esquina nos trepamos otra vez al camión. El pibe que iba en la cabina nos hacía gestos para ir a pelearlos, pero el chofer no quiso saber nada. El camión maniobró despacio hasta quedar en dirección a la mano de la calle transversal, mientras los guerreros transvestidos nos miraban a una media cuadra, desafiantes, parados en medio de la calle. Calle, claro, que quedó a medio hacer.
Seguimos juntando bolsas, los pibes habían vuelto a enrocar su puesto de trabajo y yo empezaba a cansarme del trajín. Como experiencia ya estaba bien, pero andábamos lejos de mi casa y a esa hora de la madrugada no tenía con qué volverme. Llevaba la camisa blanca toda sudada y los zapatos de gamuza embarrados hasta las medias. Noté que en el recorrido, el camión volvía a acercarse al centro de la ciudad y la tosca le dejaba paso otra vez al asfalto. Sobre una de las avenidas principales que había en la ciudad, de ésas afrancesadas, con un generoso boulevard de pasto separando ambas manos, el chofer se detuvo y puso a funcionar otra vez la compactadora. Mientras tanto, los tres empleados se sentaron a fumar en un banco de cemento que había sobre el boulevard. Yo los acompañé en silencio. Me sentía incómodo, y aunque pensé algo para decir, como para no quedar tan cortado, no se me ocurrió nada. Uno de los pibes volvió a nombrar al tal Juárez, preguntándose, a propósito de las elecciones que se venían, cómo les organizaría las salidas para hacer la “pegatina” (esa fue la palabra que usó). Yo no los miraba, sentado en la punta del banco, pero creo que el chofer le hizo un gesto de entendimiento para que no hablara del asunto delante de mí. El otro de calló en medio de una frase. Me paré, incómodo, y deambulé un rato por los canteros. En eso el chofer, despatarrado en el banco, con los brazos extendidos sobre el respaldo, me dirigió la palabra: “¿Y dotor… va sacando tema?”. Lo dijo con un tono zumbón que me sonó a gastada. Estaba sentado en medio de los muchachos y verlos así, el cuadro de jefe más sus adláteres se me volvió evidente. Yo por toda respuesta levanté un pulgar y traté de acompañar su sonrisa.
Mientras la compactadora bajaba la intensidad del estruendo, otra música empezó a hacerse escuchar en el silencio de la madrugada. Los cuatro prestamos atención, hasta que el rugido de dos motores que nos traía el viento se nos volvió una amenaza inminente. Los tres se pararon y miraron hacia el sur, expectantes. Yo no entendía qué pasaba, y los observaba a ellos para saber qué tenía que hacer. En cuestión de segundos vimos aparecer por la calle transversal a dos Fiat 128, uno detrás del otro, que venían corriendo una picada. Doblaron en la avenida en dirección hacia donde estábamos nosotros, parados sobre la isla rectangular que formaba el boulevard. Aceleraron y pasaron junto al camión a más de 100 por hora, casi rozando la puerta del conductor que el chofer había dejado abierta. A la pasada pudimos ver que eran adolescentes, iban cuatro en cada auto. Doblaron derrapando en la siguiente bocacalle, y el auto que venía atrás estuvo a centímetros de pegarle con la culata a una camioneta que estaba estacionada en la esquina. El zumbido de los motores se fue perdiendo en la noche, pero nunca se apagó del todo, quedó flotando lejano en el aire y algo me hizo ver que pronto volverían a pasar por esa parte del circuito que los chicos habían improvisado para su carrera. Miré a los basureros y éstos miraron al chofer. El tipo murmuró “estos pendejos”, moviendo la cabeza, y fue a subirse al camión. Yo me encaminé hacia la parte trasera pero uno de los empleados me dijo “venga a la cabina, don, que ya terminamos”. Me quedé mirándolos, sin entender. Mientras se subían a la cabina por el lado del acompañante, el otro pibe me explicó que era peligroso terminar de “hacer” la avenida con esos chicos corriendo picadas, y que ya se volvían para el basural a descargar. La cabina era amplia y los muchachos, flacos; así que, aunque apretados, entramos los cuatro. Arrancamos y ellos encendieron un cigarrillo casi a la vez. Yo, sentado contra la ventanilla, bajé el vidrio sin pedir permiso.
Salimos a la ruta provincial que atraviesa a la ciudad por el medio y viajamos hacia el sur algunos kilómetros. El cielo empezaba a clarear. Los tres charlaban animados pero con mucho cuidado de no decir nada comprometedor delante de mis orejas. Cuando llegamos a la entrada del basural, el camión se detuvo con el motor en marcha a unos metros de la garita de control. El chofer me dijo “dotor, lo dejamos acá. Enfrente tiene una remisería”. Yo dije “pensaba que después nos volvíamos al centro, por eso no me bajé”. “No dotor, el camión se queda por acá”, me explicó el chofer con una sonrisa. Después agregó, como despedida: “Ojalá el city tour le haya servido para sus libritos”. Volvía esa ironía que los dos jóvenes, ahí al lado, no captaban. Pero esta vez la ocurrencia de llamar así al paseo me hizo sonreír. Les di la mano a los tres y me bajé del camión, que arrancó a poca velocidad. Recién ahí me di cuenta de que no traía ni un centavo encima. Crucé la ruta y me metí en un localcito que olía a humedad. Aparte del coordinador, había un solo remisero, más dormido que despierto. Subimos al coche. Antes de que metiera la llave en el arranque dije mi dirección y enseguida le expliqué que para pagarle él iba atener que esperarme a que entrara en mi casa a buscar la plata, porque me había olvidado la billetera. Si él quería, agregué, podía dejarle mi reloj de garantía hasta que volviera a salir (se lo mostré por el espejito interior). El remisero, que me miraba por el espejo con los ojos entornados, me dijo “está bien” y salió a la ruta. En el camino de vuelta saqué la libreta y traté de anotar algo como para justificar el haberla traído, pero cualquier hecho que recordaba me parecía tonto, o intrascendente. Entendí que se debía a mi malhumor por la falta de sueño. Además, todo estaba muy fresco. Me recosté en el respaldo de ese Renault 12 destartalado y me dije que necesitaba dejar que mi mente, sola, procesara la experiencia. En los próximos días los argumentos llegarían solos, me entusiasmé. Representé la cara del viejito, dentro del contenedor, y me recordó a un personaje grotesco de una película de Pasolini que había visto hacía poco. Estaba incorporando esa cara desdentada a un extra del film cuando sentí que me zarandeaban del brazo. Era el remisero que me despertaba, frente a mi casa. Le dije “espéreme un momentito” y entré en mi departamento. Salí a los pocos segundos con el monto exacto del viaje y se lo alcancé por la ventanilla; después me encerré a dormir. Me tiré en la cama vestido y me dormí en el acto.
Desperté cerca de las tres de la tarde. Me dolían los músculos de los brazos y las piernas. Tenía que entregar dos notas pero no tuve ganas ni de traerme la notebook a la cama. Me levanté a picar algo y volví a acostarme con la intención de leer, pero volví a dormir hasta las nueve de la noche. Creí haber soñado con los basureros, algo muy confuso, como esos sueños repetitivos que se tienen cuando se está afiebrado.

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