El sendero de los Dioses. Autor: Hermes Prous Collado

I still dream of the mountains, where I used to be a king
King of all the outer realms, how I wish to return…
Upon the highest mountain, way up by the horizon
Lies an ancient path, the path of the gods…

Lake of tears – The Path of the Gods

Por su mente pasaban los recuerdos del día en que desembarcó en la India. Dio un paso y pisó la sagrada tierra de Bombay. Era un día caluroso y húmedo, todo lleno de vida y colores. Aquel paso fue el primero. El primero de muchos más que vendrían para poder completar su misión. Desde entonces, no había parado de subir y ascender. No se detendría hasta que llegara a tocar el techo del mundo.

Recordaba Bombay como una ciudad ruidosa, viva y llena de gente. Soleada y decorada de vivos colores. En nada se parecía a la homogénea y gris de su Londres natal. Tampoco se parecía en nada al lugar donde se hallaba ahora. En mitad del Himalaya, a casi seis mil metros de altura con el termómetro varios grados por debajo del cero (escala celsius). Allí estaban pasando frío y penalidades Sir Robert Carmichael y el sherpa Jakpa Nembu intentando llegar a la cima del mundo.

Sir Robert Carmichael, par del reino y caballero de su majestad el rey Jorge, era un noble aventurero, como muchos aristócratas de su tiempo y era además miembro de la Real Sociedad Geográfica. Si lograba llegar a la cima del Deodhunga, (La Montaña Sagrada) sería el primer hombre en alcanzar el techo del mundo. Toda una proeza para el Imperio y en particular para él, que le reportaría gran honor y gloria. Pero para Robert el honor, la gloria, el dinero y el título de Sir no tenían significado alguno. Aquel era su reto personal. Subir sin parar hasta que no hubiera nada más que subir.

Jakpa Nembu, era el sherpa contratado por Carmichael. Un joven experto en la montaña, hábil escalador y de una fuerza y resistencia asombrosa. Sin duda recibiría una gran cantidad de dinero si lograba volver con vida del Deodhunga. Pero su motivación iba más allá. Antes que su padre muriera le habló del sendero de los Dioses. Un camino entre terrenal y celestial que llevaba al hombre al mundo de los Dioses. Una especie de revelación mística solo al alcance de unos pocos elegidos. El Deodhunga era uno de esos lugares especiales, mágicos, donde lo humano y lo divino se entrelazan y donde el hombre puede hallar la senda que lo llevará a los Dioses.

Aún no había amanecido cuando Carmichael habiendo trepado por un cuerda la cascada de hielo del glaciar Khumbú había llegado a un pequeño descanso y se puso a recordar aquel primer paso en su ascenso a los cielos. Ahora todo era muy diferente. Los colores vivos y cálidos de Bombay se habían sustituido por el negro de la noche y el blanco del hielo, que quemaba todo lo que tocaba. Carmichael estaba seguro que el precio por provocar a los dioses de hallar su morada le costaría más de un dedo por congelación. Era un precio pequeño que pagar. Su mente volvió a la realidad y miró hacia abajo. Allí estaba el campo base, a más de cinco mil metros de altura. Habían tardado más de dos semanas en ascender cuatro quilómetros y llevar hasta ahí todo el material desde Katmandú en yaks. ¿Cuánto daría ahora por un trago de leche rosa de yak?

Jakpa le dijo unas palabras a Sir Robert y ambos continuaron la ascensión. Debían superar la cascada de hielo antes que el astro rey hiciera su aparición y el termómetro subiera pudiendo deshacer la pared de hielo sólida que estaban escalando. El sherpa lideraba la marcha unos metros por encima del inglés. Su vigor y energía eran ilimitados, o al menos así se lo parecía a Carmichael, quien a veces le pedía al nativo que parasen a descansar. Jakpa accedía pero rápidamente le urgía a que retomaran la subida. Si el hielo se deshacía por el calor, probablemente caerían en una trampa mortal.

Los rayos solares impactaban en la cascada de hielo cuando los escaladores aún estaban en ella. Se estaban retrasando. Pero eran ochocientos metros de pared vertical y no era tarea fácil recorrerlo en tan pocas horas. Robert empezó a notar los guantes húmedos cuando tocaba la pared de hielo. Jakpa había acelerado el paso, debían llegar al valle cuanto antes. Robert empezó a notar menos frío y las energías volvieron a su cuerpo. Se crecía ante la adversidad. Hincó con fuerza su piolet una vez y otra y trepó hasta casi alzanzar a Jakpa.

Finalmente, Jakpa desapareció al llegar al valle. Sir Robert estaba a pocos metros de alcanzarlo, pero el sol calentaba peligrosamente el hielo. Ya casi estaba cuando oyó un crujido estremecedor. El hielo se rompía, pero estaba a punto de llegar a la cima de la cascada. Un poco más se dijo. Imploró al buen dios sin dejar de ascender y por fin su mano alcanzó la robusta mano del sherpa.

Una gigantesca placa de hielo se desplomó casi mil metros hasta tocar el campamento base. Por fortuna, Sir Robert estaba ya en el valle sano y salvo. Decidieron montar el campamento.

– Ha ido de muy poco Sir Robert, si cima del Deodhunga quiere llegar no podemos parar tanto- así le comentó en su inglés rudimentario el sherpa a Sir Robert. Ambos sabían que la exigencia física y mental iban a ser totales si querían coronar con éxito aquella empresa.

– Si buen amigo, hoy estuvo cerca. Hay que dar el todo. Esta montaña exige un sacrificio total- Nunca pensó en lo proféticas que serían aquellas palabras. A Sir Robert le costaba aún aclimatarse a la baja presión atmosférica a pesar de llevar semanas en el Himalaya. Aquello le comportaba que a medida que fueran subiendo la presión parcial de oxigeno fuera menor y su organismo le costaba absorberlo y por ello respiraba con mayor dificultad que su compañero nepalí.

Montaron la tienda y prepararon la cena. Sir Robert guardaba un pequeño tesoro que compartió con su compañero. Una lata de alubias en tomate traída directamente desde Inglaterra. Nunca habían sabido tan bien aquellas legumbres enlatadas. Jakpa le habló de la siguiente etapa. El valle del Silencio. Un antiguo valle glaciar que ascendía ligeramente. Resguardado entre los picos de las montañas más altas del mundo, no corría el viento y en días soleados era tremendamente caluroso.

Al día siguiente los dos escaladores iniciaron la marcha por el valle del Silencio. Aquella planicie oculta en las alturas del mundo le pareció a Sir Robert un lugar secreto, oculto. Un rincón perdido solo accesible a unos pocos. A diferencia de la jornada anterior, no hubo una exigencia física y a contrarreloj pero aún así, marcharon en silencio como si no quisieran quebrantar el porque del nombre de aquel valle.

Al finalizar la jornada, habían llegado a la base del Lhtose, previo paso por la base del Nuptse y de un estrecho corredor. Único momento que estuvieron a la sombra y protegidos de los rayos solares que chocaban con fuerza en la nieve y el hielo y rebotaban haciendo pantalla en los cuerpos de los dos escaladores.

Un nuevo campamento se alzó en la base del Lthose. Su subida sería la tarea para la jornada del día después. Jakpa y Sir Robert se hallaban ya a unos seis mil quinientos metros de altura, pero el oxígeno descendía inversamente proporcional. Cada paso, cada movimiento costaba más de realizar. El cansancio hacia mella pero cada vez se veían más cerca y sus corazones estaban insuflados de voluntad.

Aquella noche Jakpa le narró la historia de su padre a Sir Robert en su inglés básico. Había sido un sherpa como él. Había subido y bajado muchas de las montañas de la zona. Un día decidió subir al Deodhunga, la montaña sagrada, en busca del sendero de los dioses. Nunca regresó.

Al día siguiente, los dos escaladores afrontaron la escalada del Lhtose. Casi mil metros de escalada de fría piedra helada. Aquella fue una dura jornada. Apenas mediaron palabras entre ellos, centrados en subir y subir. Cuerdas, clavos y piolets fueron usados intensamente para subir aquel muro aparentemente infranqueable. Los dioses estaban cada vez más cerca.

Los metros ascendidos iban aumentando y aquel primer paso en Bombay quedaba ya muy lejos. Diez horas después de iniciar el ascenso los tres llegaron a una plataforma donde decidieron montar el campamento. El esfuerzo había sido tremendo, sobretodo para Sir Robert, al que la ausencia de oxígeno ya le estaba afectando. Apenas pudo realizar tarea alguna. Jakpa tuvo que montar la tienda y preparar la cena. El sherpa estaba preocupado por su señor. Estaba visiblemente agotado tras la subida del Lhtose, el frío no ayudaba y no le veía capaz para que al día siguiente retomara el ascenso.

Los tres montañeros estaban a casi siete mil quinientos metros. Probablemente ningún otro ser humano hubiera llegado a donde estaban ellos en ese momento. Pero aún quedaba lo más difícil.

A la mañana siguiente, Sir Robert se encontraba algo recuperado. Su estado físico no era el adecuado pero su ánimo y voluntad eran inquebrantables. Jakpa aparentaba estar perfectamente, casi de forma estoica. Por fuera parecía estar fresco como una rosa pero el frío, el cansancio y la hipoxia también le estaban afectando. Al igual que Sir Robert, sus motivaciones personales le hacían más fuerte.

Iniciaron el ascenso del Lhtose. Quedaba medio kilómetro hasta llegar a una bifurcación donde se podía elegir subir a la cumbre del primero o a la cima del Deodhunga, pero antes debían atravesar la banda amarilla. Una sección de piedra arenisca peligrosamente resbaladiza para la que debieron usar más de un centenar de metro de cuerda. Jakpa lideró la marcha como era habitual, pero debió ayudar en muchas ocasiones a Sir Robert, a quien las fuerzas le flaqueaban.

Una vez hallaron la bifurcación, la única forma de continuar el ascenso era a través de una gran roca sobresaliente. Un espolón lleno de nieve que sobresalía la montaña. Una dificultad añadida. A casi ocho mil metros, el oxígeno escasea peligrosamente y las fuerzas eran escasas, pero los tres montañeros realizaron un esfuerzo casi sobrehumano en coronar aquel saliente. Primero Jakpa y después Sir Robert, quien a punto estuvo de precipitarse si no llega a ser salvado por aquella mano.

Tras aquella última etapa, montaron el campamento a casi ocho mil metros de altura. Aquella noche el viento sopló fuerte y frío. Sir Robert languidecía y apenas podía absorber oxígeno en su organismo. Aquella misma noche Jakpa le quitó las botas. Había perdido cuatro de sus dedos de los pies y tres de las manos por congelación. El sherpa dio de cenar al debilitado Sir Robert a quien el ascenso de aquella jornada lo había debilitado sobremanera. En su lecho tiritaba y deliraba sobre lanzar piedras en el Tamesis y manchar con barro los vestidos de las niñas.

A la mañana siguiente cuando Jakpa despertó Sir Robert ya estaba muerto. Ahora solo quedaban ellos dos para alcanzar el techo del mundo. Sus lágrimas cayeron en la fría nieve, pero ahora tenía un motivo más para lograr su objetivo. Lo haría por Sir Robert. A el le hubiera gustado que siguiera y llegara a la puerta de los Dioses.

Jakpa Nembu inició el ascenso siendo de noche aún. Superaba la cota de los ocho mil metros, la que en el futuro será llamada la zona de la muerte, ya que aquí la cantidad de oxígeno es tan escasa que el riesgo de hipoxia es muy alto. Jakpa trepó y trepó entre rocas y nieve pero no se sentía solo. Estaba acompañado, el lideraba la comitiva porque notaba, mejor dicho sentía su presencia detrás suyo. Ya hacía más de un día que los acompañaba. Incluso en su lecho de muerte Sir Robert también lo había visto y sentido. Además aquella mano providencial en el espolón de quien sería si Jakpa no fue.

Al amanecer ya había llegado al balcón desde donde vio emerger al astro rey desde levante. Apenas se detuvo unos minutos. La montaña le llamaba para que subiera. Jakpa afectado por la hipoxia, solo pensaba en subir y subir más. Algo o alguien le llamaba para que coronara la cumbre del mundo ¿Serían los dioses o simplemente estaba desvariando?

Pocas horas después llegaba a la cima sur, aunque no lo supiera estaba en los ocho mil setecientos metros, y ante él quedaba una estrecha cornisa con caídas de más de dos mil metros a ambos lados. Fue ahí donde tras varios días, por fin pudo a ver al tercer miembro de la expedición. Lo tenía justo enfrente, en la cima del monte. Una silueta negra con forma humanoide. No sabía si era el sol o qué, pero un extraño resplandor se situaba detrás de aquella figura que parecía hacerle gestos para que se acercara.

Jakpa recorrió los últimos metros sobre la nieve del Deodhunga para alcanzar el sendero de los dioses.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s