El libro mágico del bosque. Autor: Jesús Curros Neira

Todavía quedaban unos jirones de niebla en torno al bosque. Una brisa suave acababa de esparcir el rocío de la mañana sobre las hojas de los árboles y sobre los arbustos dormidos. Terminada esta delicada tarea, el viento se detuvo y contempló su obra desde el cielo cubierto de nubes. Una luz débil comenzaba a nacer en el este, las gotas de rocío recibieron la caricia del sol y sintieron el deseo de brillar como diamantes. El Ventolín sonrió satisfecho ante el espectáculo de un bosque reluciente, plagado de gotas de plata refulgiendo con los primeros rayos de la mañana, y ascendió luego para rematar su trabajo. El Nuberu se había pasado la noche fabricando nubes, nubes grisáceas, nubes negras, nubes de color de perla, nubes de color blanco, aunque de un blanco muy sucio, como si estuvieran manchadas de humo… había allí nubes de todos los gustos, formas y colores que sólo servían para oscurecer el cielo y traer una lluvia fina que empapaba la tierra oscura del valle. El Ventolín pensó que el agua ya era suficiente, los ríos bajaban de la montaña tan crecidos que se desbordaban por los prados y llegaban hasta cerca de la carretera, así que sopló con fuerza. Sopló con tanta fuerza que se quedó sin aire en sus pulmones de viento y logró empujar las nubes hasta el mar. Por suerte para todos el Nuberu se acababa de retirar a dormir en ese momento. Todo estaba listo para que apareciese, fiel a su cita diaria con el bosque, el autobús escolar.
Tan. Tan. Tan. Tan. Tan. Tan. Tan. Tan…
— ¿No ha notado usted algo raro? — comentó una robusta encina al escuchar la campana de la iglesia a lo lejos.
— ¡Por supuesto! — respondió un castaño, molesto por el ruido que lo había despertado— El inútil del sacristán se ha vuelto a olvidar de tocar la novena campanada.
… TANNN!!!!!!
— ¡Ah, eso ya es otra cosa! — dijo satisfecho el castaño, cerrando nuevamente los ojos.
Y justamente en ese preciso instante surgió, tras una curva de la carretera, el flamante autobús escolar. Era azul y blanco. Alguien podría decir: “¡Será siempre del mismo color, no lo van a cambiar cada día!”. Pues ¿queréis que os revele un secreto? ¡Que estaría muy equivocado el que pensase así! El peculiar vehículo que recorría cada mañana la región llevando a los niños al colegio sí que cambiaba su aspecto según le convenía. Unas veces era rojo, de un rojo brillante y llamativo. Otras veces era verde y anaranjado, que podrá ser una combinación todo lo extraña que queráis, pero que no resultaba tan raro verla en la carrocería de este original vehículo. En ocasiones aparecía luciendo un amarillo chillón que se veía desde muy lejos, y por la tarde, cuando ya venía de regreso, se transformaba en un discreto marrón clarito. ¡Pues hoy resultaba que venía vestido de azul y blanco! ¿Y por qué? ¡Ah, ésa es la pregunta del millón! Todo comenzó hace un tiempo, cuando alguien se dejó un libro en el autocar y allí ha seguido hasta hoy. A veces, cuando los niños suben a primera hora de la mañana, el libro está descansando apaciblemente en el asiento de la profesora. Al otro día, en cambio, el libro puede aparecer en la fila de atrás, y al siguiente quizá lo encuentren en medio del pasillo, tirado en el suelo. Unos días el libro es rojo, otros es azul, y otros es amarillo con lunares blancos, esto nadie lo puede predecir, pero cuando el autobús cambia de color todos saben que es porque el Libro Mágico de los Bosques ha obrado el milagro.
La mañana en la que apareció nuestro autobús luciendo sus recién estrenados colores azul y blanco los pasajeros se habían topado con el libro en el más inverosímil de los lugares. Nada más entrar lo buscaron hasta debajo de los asientos y no pudieron encontrarlo. Simplemente no estaba en ningún sitio, llegaron a pensar que el misterioso mago que lo dejó allí había regresado para llevárselo de nuevo… pero no, ¡de ninguna manera!, el libro estaba muy cerca aunque no en el interior. Fue el conductor el que dio la voz de alarma: “¡Está aquí fuera, sobre el techo!”. Y, efectivamente, cuando todos salieron pudieron verlo reposando sobre la cubierta metálica del vehículo, reflejando en sus brillantes portadas los colores de aquel cielo azul recorrido por las últimas nubes, blancas como la nieve, que el Ventolín estaba empujando hacia el mar.
El Libro de los Bosques tenía otra particularidad que no debemos olvidar aunque no la haya mencionado hasta ahora. Es más: yo creo que el verdadero valor del libro está en esta característica que ahora voy a explicar. Y es que no sólo cambiaba su aspecto exterior o su ubicación, ¡esto realmente era lo de menos! Al mismo tiempo que su aspecto, el libro también modificaba su contenido y hasta su número de páginas. Como veis, y como suele ocurrir casi siempre, el verdadero valor de las cosas está en su interior.
La mañana que comienza esta historia el autobús circulaba, como cada día, con destino a la escuela cuando el alegre sonido de las campanas llegó con toda claridad desde la torre de la lejana iglesia:
Tan. Tan. Tan. Tan. Tan. Tan. Tan. Tan…
La profesora abrió entonces el Libro y descubrió — sorprendida, anonadada, incrédula, casi horrorizada — que sus páginas estaban en blanco… algo había fallado. Todos sabían que era preciso abrir el Libro justamente después de que sonasen las nueve campanadas en la ermita de la montaña, que era la hora a la que ellos cruzaban diariamente el bosque. Pero en las páginas abiertas sólo se veía un albo vacío, que era la imagen de la nada más absoluta y total, es decir, lo que se dice la auténtica y original NADA.
… TANNNNN!!!!!!!!!!!!!!!!!
“¡Ah, bueno — pensó más tranquila la maestra —, sólo era eso… Vaya, lo de siempre… que el sacristán se ha vuelto a equivocar al contar!”.
Y ahora sí que sí, ahora en las páginas abiertas del Libro se podían ver unas hermosas palabras, que formaban unos divertidos párrafos, que contaban una historia nueva y diferente a todas las que habían leído hasta entonces. La profesora alzó la voz y comenzó a leer, y mientras lo hacía no sólo los niños escucharon con atención, sino que todas las orejas de madera y musgo, las orejas de hojas verdes y flores, las orejas de helechos y tallos de los habitantes del bosque se abrieron para escuchar atentamente las palabras de la maestra, pues a todos a ellos, lo que se dice absolutamente a todos, les interesaba saber de quién se hablaba esa mañana en el Libro Mágico de los Bosques. “La Fábula del ciprés orgulloso”, leyó la maestra. Después de asegurarse de que todos los niños que viajaban en el autobús habían oído bien el título, prosiguió con la lectura de la historia, esta vez sin interrupciones:
Hace tiempo vivió en un rincón muy apartado de una montaña perdida en medio del bosque un altísimo ciprés. Tan alto era el ciprés que ningún otro árbol lograba acercarse ni siquiera a la punta de su copa. Al principio, cuando no era más que un arbolito que estaba comenzando a crecer, era muy amable con todos los demás habitantes de la montaña, daba cobijo a los animales que acudían a protegerse bajo sus ramas cuando llovía, y saludaba a los demás árboles muy atentamente cada mañana. Pero, con el paso del tiempo, el ciprés se fue elevando por encima de todos hasta que llegó a creer que sería capaz de acariciar las nubes y alcanzar hasta el mismo sol. El señor ciprés se envaneció tanto que dejó de hablar con sus vecinos. Él creía que no había en todo el mundo un árbol tan enorme y elegante como él y que ningún otro habitante del bosque era merecedor de su saludo, y mucho menos de que le dedicara un minuto de su valioso tiempo. Él aspiraba a codearse con la luna y las estrellas. Incluso dejó de cobijar a los animales que se metían bajo sus ramas. Cuando alguno de ellos acudía allí para protegerse de la tormenta, el ciprés movía sus hojas para que la lluvia empapara al pobre animalillo y se marchara. El orgulloso ciprés no sólo se consideraba el ser más importante del bosque, sino que estaba convencido de que nada malo podría ocurrirle porque era demasiado fuerte, y alto, y elegante, y hermoso, y…
Y entonces sucedió lo inesperado:
apareció de pronto el leñador
con un hacha que causaba pavor
y taló el ciprés maleducado.

— Curiosa historia ¿no le parece? — comentó pensativa la encina.
— ¿Por qué? ¿Qué tiene de raro? — preguntó extrañado el castaño.
— Porque nunca he visto ningún ciprés por aquí. Es un árbol extranjero — respondió la encina muy segura de sí misma, pues conocía a toda la buena sociedad boscosa y sabía sobradamente que a ella no se le podía escapar un detalle así. Todo el que era alguien en el bosque conocía a la encina, cotilla oficial del lugar.
— ¡Claro que no hay ningún ciprés! — dijo entonces el castaño — ¿Es que no ha escuchado usted el cuento? El único que había cayó en las garras del leñador…
— Sí, eso será…
Y ambos árboles guardaron un minuto de silencio en memoria del pobre ciprés orgulloso mientras el autobús escolar se alejaba cada vez más, hasta convertirse en un puntito que se confundió con el paisaje distante.
Una semana más tarde una tempestad como jamás se había visto por aquellos valles oscureció el cielo de la mañana. La tormenta, desatada poco antes del amanecer, hizo retumbar los cimientos de las montañas con rayos capaces de cortar el velo negro del cielo como espadas de fuego.
— Seguro que esto es signo de alguna calamidad — comentó un viejo y cansado roble a una familia de hayas que vivía cerca de él.
— Con tal de que esa catástrofe que nos anuncian no sea igual que aquello que nos ocurrió cuando el pino y el olmo decidieron marcharse… — respondió asustada una de las hayas.
— ¡Ni lo mencione usted! No me quiero acordar de semejante desastre.
¿Y qué es lo que había ocurrido aquel nefasto día cuyo recuerdo tanto asustaba al roble y a la familia de hayas? Puede que vosotros, no lo sepáis; puede que jamás en vuestra vida hayáis escuchado la historia del pino Florentino y Leopoldo, el olmo, pero todos en el bosque conocían aquel terrible asunto y hablaban con temor de él, bajando siempre la voz. Desgraciadamente alguien más estaba escuchando la conversación de los árboles aquella mañana. El feo y siniestro Ogro, el ser que sólo anhelaba causar miedo a los niños, pensó al oír aquello desde su escondite que no era mala idea contarles esa fábula a los pequeños pasajeros del autobús de la escuela, así que se apostó tras una loma situada al borde de la carretera y esperó. Pasadas las nueve vio llegar el coche, coloreado de un vistoso tono verdemar. El Ogro murmuró un conjuro y en un solo segundo el verde esperanza se transformó en un color negro fúnebre y tristón. También el Libro, que estaba en las manos de la maestra esperando a que sonasen las campanadas, se tiñó de negro y todos a bordo presagiaron que algo iba a suceder. Poco después se oyeron, más débiles que nunca, los tañidos de la campana. La profesora abrió con cierto temor el mágico volumen y, sintiendo un temblor en su voz, leyó la terrorífica historia que os cuento a continuación:
Nada en el bosque fue igual tras la desaparición del ciprés. Ocurrió poco después una aventura tal, que todos palidecían cada vez que la oían. Aquello ya fue el colmo: el pino Florentino y Leopoldo, el olmo, decidieron un buen día ponerse en camino cuando nadie los veía.
─ Estoy aburrido ─ dijo el pino al olmo ─, siempre aquí sin moverme del sitio, ¿dónde se ha visto que alguien con mi cultura y mi porte no se mueva jamás de casa?
─ Tiene razón, señor pino ─ dijo el olmo ─, hace tiempo que también yo le doy vueltas a eso de salir a recorrer el mundo, pero nunca encuentro tiempo para hacerlo entre mis muchos compromisos.
─ Pues si a usted le parece bien, hoy mismo podemos iniciar nuestro viaje. ¡Qué envidia nos tendrán los demás cuando vean que nos marchamos!
─ Bien me parece lo que usted propone ─ respondió el olmo muy ufano─, ¿vamos pues, señor pino?
─ Vamos, mi querido olmo…
El pino tiró entonces de sus raíces y se desplomó estrepitosamente, arrastrando al olmo en su caída. El señor olmo se agarró como pudo a las ramas de su vecino, y así aquel día todo el bosque acabó por los suelos por culpa de las locas ideas de dos alocados soñadores.
Y es que una cosa en la vida es querer,
y otra muy distinta poder.

“¡Qué horror, todo el pobre bosque por los suelos…!” — pensó la maestra al terminar su lectura — “¿Habrá ocurrido esta tragedia alguna vez?”. Mas nadie pudo responderle. Los habitantes de las montañas y los valles todavía estaban impresionados con semejante historia que tan malos recuerdos les traía. Sólo se podía escuchar en ese instante el motor del autocar, que se alejaba por la carretera para perderse más allá del límite del bosque.
De todos los sucesos extraordinarios que les habían acontecido a los viajeros del autobús desde que poseían aquella preciosa joya del Libro, el más sorprendente tuvo lugar aquel año en que el cometa, un cometa cuyo nombre ahora he olvidado, nos visitó para iluminar la noche con tal intensidad que parecía de día. Nadie se sorprenderá si os digo que cuando apareció el Lucero del Alba ninguno de los habitantes de la comarca se despertó para recibirlo. Agotados como estaban por la luz del cometa en plenas horas de descanso, todos quedaron profundamente dormidos. Y entre ellos se encontraba, ¡por supuesto!, el perezoso sacristán. Por eso no hizo que las campanas cantasen a su hora y, por esta misma razón, el autobús atravesó el bosque sin que el Libro diera señales de vida. Los chavales estaban muy preocupados: “¿Y si no vuelve a contarnos ninguna historia…?”, pensó más de uno. Así que, con esta preocupación en sus ánimos, salieron de la floresta y llegaron a la orilla del mar. La carretera corre allí paralela a una playa rodeada por peñascos y acantilados. Algunos afirman que en las rocas viven las rubias sirenas, aunque nadie las ha visto jamás. Y cuando más apesadumbrados estaban los pequeños viajeros por el silencio del Libro, llegó hasta ellos con toda claridad el musical sonido de las campanadas de una iglesia blanca que se miraba en las aguas grises de la bahía. El Libro se llenó entonces de mil colores y la maestra pudo leer el título de un nuevo cuento que allí apareció: “La fábula de la palmera obstinada”, que decía así:
Nadie sabía de dónde había salido aquella palmera. Doña Vera, que así se llamaba la loca palmera, no aceptaba la realidad. Ella vivía en su mundo de fantasía y se enfadaba cuando alguien se negaba a seguirle el juego:
─ ¡Apártense que les puede caer alguna pera de mi copa! No se quejen luego si les hago daño.
─ Pero usted no es un peral, doña Vera, usted es una palmera.
─ Yo soy lo que a mí me da la gana ─ y se quedaba tan ufana esperando que creciesen las peras en sus ramas.

─ ¡Hay que ver qué alta que soy! ─ decía otras veces la palmera.
─ ¿Que usted es alta, doña Vera? Si es usted muy enana.
─ ¡No me da la gana de ser enana! Yo soy un ciprés, y en un mes seré más alta que la luna.
Cuando a la palmera le daba por inventar, no había nada que hacer, hasta que un día ocurrió lo que tenía que ocurrir. El viento empezó a soplar y a soplar, y doña Vera se empeñó en decir que era una roca:
─ Este temporal no me doblará pues soy más dura que el pedernal
─ Haga caso, doña Vera, inclínese usted porque el vendaval acabará por causarle mucho mal.
─ ¡Qué mal voy a sufrir, si soy una roca y no un cristal! ─ y mientras hablaba así, un huracán que pasaba por allí la arrancó del sitio y la arrastró mar adentro.
Y es que las cosas son como son
y no como pretendemos que sean.

“¡Cuánta razón tiene este Libro!” — dijo muy bajito la profesora, que ya estaba viendo el edificio de la escuela al final de la línea quebrada de la costa — “Por mucho que algunos se empeñen en negar que existe la magia; por mucho que digan que estos seres que viven en los bosques sólo son fruto de la fantasía de algunos soñadores, lo cierto es que ellos están ahí y se empeñan una y otra vez en recordárnoslo. Y es que, una vez más, las cosas son como son y no como pretendemos que sean.”
Pero ya no era la hora de los cuentos. El autobús acababa de llegar y era preciso que todos entraran en el mundo de la realidad.

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