El día en que comenzó a llover. Autor: Jesús Curros Neira

El día en que comenzó a llover…

…o la asombrosa y verídica crónica
del extraordinario viaje de los Noelianos.

Recuerdo muy bien el día que comenzó a llover. Fue a finales de la primavera, en mayo o junio… o quizá ya había comenzado el verano. No sé, realmente la fecha no tiene ninguna importancia, y si os hablo ahora de todo lo que viví entonces es para que no creáis cuanto se dice de mí. Quiero que conozcáis toda la verdad de lo que ocurrió y deseo que la escuchéis de mi propia boca. Sé que es difícil aceptarlo, a mí también me pareció todo muy extraño desde el primer momento, pero las cosas son como son y no como queramos que sean. En cualquier caso, yo no estoy loca ¡y no os atreváis jamás a decir lo contrario,¿me habéis entendido?! ¡¡No estoy loca, diga lo que diga el desgraciado de mi médico!! Estoy tan cuerda como cualquiera de vosotros y conservo todavía mis recuerdos y mi lucidez. De lo que sí me doy perfecta cuenta es de las intenciones que abriga ese loquero; él piensa que me engaña, pero veo el vicio reflejado en su mirada de pervertido, esa sucia mirada con la que me examina cada mañana. ¡¿Y quién se ha creído que es para entrar en mi cuarto, abrirme la camisa y palparme de ese modo?! Pero un día va a recibir lo que se merece; sí, por supuesto que lo va a recibir. Lo tengo todo pensado: esconderé por la noche la bandeja de la comida bajo el colchón y se la romperé en la cabeza cuando venga a verme por la mañana. Eso es lo que haré, se la romperé con toda mi mala leche, ¡¡veremos si después se comporta con tanta desenvoltura!!
Aunque creo que me he ido por las ramas, dejadme que vuelva al principio. Dejadme que regrese a aquel día de primavera ─ o puede que de comienzos del verano ─ en que empezó a llover. El cielo se nubló en cuestión de pocos minutos, no he visto nada igual en toda mi vida… ¡claro que tampoco soy tan vieja, no vayáis a pensar! Me veis algo demacrada y vestida con esta horrible bata de hospital, pero sólo tengo treinta y dos años. Sin embargo, no me hace falta haber vivido más para saber que algo como aquello no había ocurrido jamás… bueno, quiero decir que no se había repetido desde aquella primera y única vez, hace tantos miles de años. Todavía me estremezco cuando lo revivo en mi mente, y es entonces cuando grito; lo necesito, sólo así evito escuchar los truenos que retumban a todas horas en mi cabeza. No, no puedo dejar de gritar ¡¡y es en ese momento cuando aparece el maldito loquero!! El cielo se nubló y el día se convirtió en la noche más oscura y tenebrosa que el mundo ha conocido. ¿Creéis que exagero? Seguro que también vosotros me tomáis por una enferma mental, ¡pues no exagero ni lo más mínimo, ¿me oís? NI LO MÁS MÍNIMO!
Yo me encontraba en Cáceres aquella tarde. Había llegado el día anterior para participar en unas jornadas sobre el proceso de construcción europea que organizaba la facultad de Derecho. No os voy a contar ahora mi vida, que por otra parte no tiene nada de especial, y tampoco se me ha ocurrido ─ podéis estar tranquilos ─ daros la tabarra con mi aburridísima actividad profesional. Sólo os diré que soy profesora de Derecho en Valladolid. Así que, como podréis imaginar, llegué, vi y aburrí a los cuatro alumnos que se presentaron en el salón de grados decididos a hacer méritos ante el catedrático de la asignatura. Luego pude dedicarme al fin a lo que realmente me había llevado allí: pasar una noche mágica recorriendo yo sola las calles sinuosas y oscuras de la ciudad. Estaba alojada en la parte vieja de Cáceres, en un auténtico palacio medieval, y me apetecía tomar el aire porque hacía calor, mucho calor.
Hace algún tiempo vi en televisión un programa de misterio. Soy muy aficionada a esas tonterías, ¡qué se le va a hacer, soy como una cría grande y me gusta pasar miedo! Mientras paseaba por Cáceres recordé la historia de una casa situada en algún lugar perdido del casco medieval. ¿Y qué tiene esa casa de especial?, me preguntaréis. Pues… ─preparaos porque ésta es buena ─ pues que en ella se aparece nada menos que el fantasma de una princesa árabe. No, no os estoy tomando el pelo; al parecer, según cuentan los chalados que han experimentado el fenómeno, primero sientes una presencia detrás de ti, sabes que ella está allí pero no la ves; luego el aire se materializa, siempre en el mismo lugar de la casa, en forma de un ser flotante, envuelto en sedas azuladas y transparentes, que te observa antes de desaparecer… y allí estaba yo, perdida en medio del laberinto de Cáceres, sintiendo un escalofrío en el bochorno de esa noche de verano mientras me imaginaba que cualquier edificio de los que veía a mi alrededor podía ser la casa de la princesa árabe. Me atormentaba a mí misma pensando que ella me estaba observando en aquella soledad silenciosa. Regresé tarde a mi hotel, cansada aunque satisfecha. Me desnudé y me acosté, sintiéndome muy fatigada pero más y más relajada a medida que me iba hundiendo en el sueño… “¿podrá dormir esa mujer árabe fantasmal?”, esta pregunta atravesó mi mente como un relámpago. Siempre me pasan estas estupideces, cuando mejor me encuentro lo tengo que estropear angustiándome con ideas absurdas. Abrí los ojos y traté de explorar la oscuridad que me rodeaba. Después tuve otra brillante ocurrencia: “¿Y si la casa en cuestión ─ pensé ─, la mansión encantada donde vive, por decirlo de alguna manera, ese espíritu azul es este mismo palacio en el que estoy alojada?” No soy una niña, estos temores infantiles no me tienen por qué afectar, lo sé muy bien. Además, esas historias sólo son cuentos de viejos… pero encendí la luz. Estuve un buen rato con los ojos bien abiertos familiarizándome con cada rincón de mi habitación y, ya menos asustada, apagué la lámpara de nuevo. Me tranquilicé, cerré los ojos y ─ ¡me avergüenza reconocerlo, aunque no tengo más remedio si quiero que me creáis! ─ me tapé la cabeza con las sábanas, y así pasé la noche, sudando como en una sauna.
A la mañana siguiente, a plena luz del día y con la mente más despejada, esos miedos nocturnos me parecieron ridículos. Ahora el cuarto era un lugar acogedor, cálido, luminoso, el sitio más seguro del mundo, y disfruté de unos minutos más en la cama. Puede que yo os parezca ingenua pero estoy segura de que, en el fondo, y aunque no os atreváis a confesarlo, muchos de vosotros os seguís sintiendo todavía niños inseguros y asustadizos, ¿a que sí? ¡Venga, ¿por qué no sois sinceros de una vez?!
Pues sí, aquella mañana era maravillosa. Después de desayunar salí a pasear, quería recorrer los mismos rincones que la víspera me habían provocado tanta inquietud. Ahora, en cambio, sólo había placidez y belleza… me hubiera gustado quedarme allí unos días más, ¡quién sabe, a lo mejor incluso me hacía amiga de la princesa árabe! Pero no podía ser, tenía que regresar esa misma tarde a Valladolid. Al día siguiente se casaba un primo y mi familia no me hubiera perdonado que me ausentase… una vez más, porque ya los dejé colgados en otras ocasiones, ¡odio las bodas!
A las cuatro menos diez de la tarde yo estaba sentadita, muy seria, muy digan, en mi butaca del autobús. En la bandeja que colgaba del respaldo del asiento delantero dejé bien colocados mi teléfono móvil y un libro que había comenzado a leer dos días antes. A las cuatro en punto el chófer cerró la puerta y puso en marcha el vehículo. Yo lancé un suspiro de alivio porque me preocupaba que se sentase a mi lado alguien que me diera la lata durante el trayecto. Me gusta viajar sola; en realidad disfruto haciendo sola casi todo. Además siempre estoy en tensión mientras no se cierra la compuerta de los equipajes; puede que no se me note pero soy una auténtica maniática con mis maletas.
De pronto el autobús se detuvo en la puerta de la estación. Faltaba un pasajero por subir: “¡Siempre tiene que haber uno así!”, pensé cabreada. Un hombre gordo, que llevaba un hatillo en las manos, entró entonces en el vehículo. Era lo que se dice un verdadero bicho raro. “Compadezco al que tenga que soportar la compañía de ese fulano”, me dije mientras lo veía arrastrarse pesadamente por el pasillo. “Buenas tardes”, saludó muy amablemente tras sentarse en la butaca vecina. “Buenas tardes”, le contesté con un hilo de voz, compadeciéndome en aquel instante de la chica que iba finalmente a soportarlo: ¡¡YO!!
Pero no fue tan desagradable después de todo. Mi compañero de viaje se arrebujó en el asiento y cerró los ojos. Eso fue todo… “si es que soy idiota ─ pensé, más tranquila ─, en realidad no existe bicho más raro que yo. Pobre señor, aquí estaba yo insultándolo sin conocerlo y total ¿por qué? ¿Porque trae sus cosas en un hatillo? ¿Porque huele a sudor? ¿Porque se ve que no se ha lavado en varias semanas?
─ Disculpe, señorita, ¿va usted a Valladolid?
“¡Hablé demasiado pronto!”
─ Sí ─ contesté escuetamente.
─ ¡Esto es una señal! Verá… es que nos faltaba una mujer joven y creo que usted es la elegida, ¿por qué iba a encontrarla aquí si no fuera así?
Abrí los ojos y la boca sorprendida, sin comprender a qué diablos se estaba refiriendo aquel individuo.
─ Supongo que no sabe qué responder. Bueno, tranquilícese. Eso le ha ocurrido a cada uno de nosotros antes de aceptar la verdad.
─ Perdón… ¿está usted bien? ─ pregunté confusa.
─ ¡Perfectamente, sobre todo ahora que ya estamos todos! Escuche, dentro de unos minutos el cielo se ennegrecerá y comenzará a llover con una furia como jamás se ha conocido.
Miré el cielo por la ventanilla del autocar. Fue algo instintivo, hecho sin pensar, y no porque creyera ni una sola palabra del discurso de aquel iluminado. El sol brillaba en toda su intensidad, ni una pequeña nube se podía ver sobre la inmensa llanura cubierta de hierba por la que discurría la carretera.
─ Ya sé que no es fácil creerlo, pero eso no me preocupa ─ dijo el chiflado, cerrando de nuevo sus ojos ─, tan cierto como que estoy aquí que no pasará ni media hora antes de que se cumpla cuanto he profetizado.
Me asusté al oír aquello, ¡mi compañero de viaje estaba como una regadera y yo no podría moverme de su lado durante, al menos, cuatro larguísimas horas! Suspiré de nuevo, aunque esta vez fue un suspiro de resignación.
Y entonces ocurrió. Nadie me cree ahora cuando lo cuento, dicen que me lo estoy inventando… ¿inventar yo una historia así? ¡Mienten, sólo quieren encerrarme! Os doy mi palabra de que todo es verdad. Confieso que yo fui la primera sorprendida cuando lo vi, pero ocurrió. Al principio fue tan sólo una nube aislada, que apareció misteriosamente como si fuera el espíritu azul de la princesa árabe. Después llegaron más nubarrones, cada vez más negros, cada vez más espesos, más aterradores… en pocos minutos aquel cielo tan azul se había transformado en un muro negro que no dejaba ver ni un pequeño resplandor de luz. Era la noche más densa y tenebrosa que he vivido.
─ Ya empieza ─ comentó satisfecho mi compañero sin ni siquiera abrir los ojos.
─ ¡¿Qué es lo que empieza, chalado? Es una tormenta de verano!
─ ¿Una tormenta? ─ preguntó irónico ─ No, señorita, no se trata de un aguacero. Esto no va a acabar tan pronto.
─ ¿Y cuándo se supone que va a dejar de llover? ─ pregunté siguiéndole el juego.
Él abrió en ese momento sus ojos grises y me miró fijamente.
─ Dentro de cuarenta años ─ contestó.
─ ¡¿QUÉ?!
─ La otra vez fueron cuarenta días y cuarenta noches, pero ahora todo será peor. No quedará nada vivo.
─ ¡¡Usted está mal de la cabeza!! ─ grité decidida a no seguir escuchando más sandeces ─ ¿Quién se cree que es? ¿Noé?
Mi compañero sonrió mostrando su total confianza en lo que me decía. Su seguridad en sí mismo era insultante. “¿Ve usted a esa pareja que viaja delante de nosotros?” ─ me respondió finalmente con toda tranquilidad y sin sentirse ofendido por mi sarcasmo ─ “ellos eran tan incrédulos como usted cuando los encontré. Mírelos ahora.”
Las dos cabezas que reposaban en los asientos delanteros se volvieron y me miraron. ¡Sí, como lo estáis oyendo, aquellos dos se dieron la vuelta y me sonrieron asintiendo! Eran un hombre negro, de rasgos africanos, de unos treinta años, y una mujer oriental algo mayor que él.
“Mire ahora a nuestra derecha ─ continuó mi compañero ─, son Juan y Fátima.”
Al escuchar sus nombres también ellos se volvieron para mirarnos. Juan era un sudamericano con sangre indígena. Fátima era una chica muy joven de piel morena y pelo largo y negro. Era argelina, según me comentó ella misma más tarde. Yo no podía creer lo que me estaba pasando. Allí estaba yo, sentada junto a un vagabundo, saludando a parejas formadas por personas de todas las razas que iban sonriendo a medida que escuchaban sus nombres. “En el asiento de atrás están Erik” ─ y mi extraño compañero me señalaba ahora a un rubio, de grandes ojos azules ─ “y Svetlana” ─ una rusa muy pálida y pelirroja que me hacía un gesto desde el fondo del autobús, comportándose como si fuera amiga mía de la infancia ─ “¿Comprende ahora por qué estoy seguro de que ha sido elegida para estar aquí hoy? Nos faltaba precisamente una mujer morena y de raza blanca caucásica ¡y aquí está usted ahora!”
“Esto no puede estar ocurriéndome”, pensé asustada, “¡Dios mío, viajo en un autobús lleno de locos!”
Pero la lluvia había comenzado ya a caer. Primero fueron unas gotas aisladas, algo insignificante. En pocos minutos se fue haciendo más intensa, hasta convertirse en una cortina de agua que golpeó el techo del autocar como si se tratase de un tambor de hojalata. El viento barría la llanura desplazándose con increíble violencia sobre un mar de hierba verde y encrespada. Sólo los relámpagos iluminaban con su luz blanca y aterradora la noche oscura que nos envolvía. Ni siquiera los faros del vehículo podían destruir aquella penumbra. “No se asuste, voy a contarle ahora todo ─ dijo mi compañero, sacándome de mi ensimismamiento─. Yo no me llamo Noé ni soy un patriarca del Antiguo Testamento. En realidad, tampoco era una persona religiosa hasta hace unos cuantos meses. Trabajo en una empresa de construcción; soy ingeniero, señorita, no pastor de cabras en el desierto. El pasado 23 de enero yo estaba en Valladolid paseando tranquilamente por la calle Santiago cuando sufrí una alucinación. Vi los edificios totalmente cubiertos por una marea de agua que parecía no tener fin. No había luz, tenía la sensación de estar caminado bajo un mar negro en el que tan sólo yo era el único ser que quedaba vivo. Cuando llegué a la Plaza Mayor vi un suave resplandor que procedía de lo alto. Levanté los ojos y sobre mi cabeza, muy por encima de las torres del Ayuntamiento, muchos metros sobre el campanario de la catedral flotaba un gran barco de madera que parecía iluminar la plaza y la ciudad entera, sumergida en ese momento en un océano de aguas muertas. Luego todo se desvaneció y volví a encontrarme con el bullicio de siempre. La gente seguí haciendo su vida como si tal cosa, sin poder imaginar lo que el destino tenía preparado para ellos. Sentí lástima por todas aquellas personas pero ¿qué podía hacer yo? Naturalmente, no fue fácil aceptar la idea de que estaba a punto de llegar el fin de todo lo que conocemos. En un primer momento rechacé mi visión, me dije que aquella alucinación sólo había sido el fruto de mi fantasía. Más tarde llegué a olvidarme de ella como nos olvidamos de cualquier mal sueño. De este modo tan engañoso logré recuperar mi tranquilidad hasta que un mes después, exactamente el día 23 de febrero, me encontré a un hombre en la puerta de mi despacho vestido con una túnica negra atada con cuerdas. Era un ser estrafalario que no debería haber estado allí, en el interior de las oficinas de una gran empresa, pero era innegable que le habían permitido pasar, así que le pregunté qué deseaba, como si en lugar de sandalias de esparto y una túnica de nazareno el hombre estuviera correctamente vestido con traje y corbata. “¿A qué esperas para empezar tu trabajo?” ─ me soltó el sujeto sin presentarse ni molestarse en hacer ningún tipo de preámbulo ─ “¿Es que crees que también esta vez voy a construir yo el arca?”
«Ya podrá imaginar cuál fue mi reacción ante tamaña chifladura: llamé a Seguridad y pedí que desalojaran a aquel intruso. Pero, cuando me di la vuelta para indicarle yo mismo la puerta de la calle, el fantoche se había esfumado. ¿Cree usted que ahí terminó el incidente? ¡Esto no fue más que el comienzo! Desde aquel día Noé vino a visitarme cada mañana; era él quien me despertaba con sus aterradoras profecías; era él quien me acompañaba al trabajo mientras yo trataba de ignorarlo conduciendo mi coche por Miguel Íscar y el Paseo Zorrilla; y era él, el puñetero Noé, el que me impedía dormir al sentarse junto a mi cama todas las noches preguntándome, un día tras otro: “¿Cuándo la construirás?” Hasta que no pude más y le contesté, desesperado y a punto de volverme completamente loco: “¡¡Mañana empezaré, ¿estás satisfecho?!!” Él, por primera vez en aquel largo y horrible mes, guardó silencio y me dejó descansar. Así fue cómo dejé mi trabajo, y de paso todo lo que había sido mi vida hasta aquel momento, y comencé a construir un enorme barco de madera. Fue el 23 de marzo cuando descargué una tonelada de tablones en el jardín de mi casa y me puse manos a la obra, y treinta y un días más tarde, el 23 de abril, ya se alzaba por encima de todos los tejados la arboladura de mi embarcación. Como era de esperar no todos mis vecinos comprendieron las razones que me habían llevado a construir aquel buque allí mismo, en medio del jardín. Es cierto que no se ven demasiados barcos en las afueras de Valladolid, aunque eso no me impidió rematar la tarea que me habían encomendado, ¡y vaya tarea, seguramente la más grande que haya recaído jamás en las manos de cualquier ser humano! A esas alturas yo ya había aceptado plenamente mi responsabilidad, ¿y quiere usted saber cuál era? ¡Pues nada más ni nada menos que preservar al género humano! Por eso al día siguiente de concluir la construcción del arca, el 23 de mayo para ser exactos, inicié la búsqueda de los elegidos. Tenía que encontrar, y en tan sólo un mes, a todos los hombres y mujeres destinados a ser el germen de la Nueva Humanidad.”
Así concluyó el asombroso relato de mi compañero de viaje. Justo en ese momento el autobús estaba entrando en la estación de Valladolid. Ante mí, una sencilla profesora de Derecho que acababa de participar en un curso en Cáceres sobre el proceso de construcción europea, se abrían dos caminos: uno me llevaba a seguir viviendo una aburrida vida como la que conocía hasta aquel momento; en cambio, el final del otro camino no estaba muy claro, pero era maravilloso llegar a ser el germen de la Nueva Humanidad. No lo dudé. Al día siguiente falté a la boda de mi primo sin dar ninguna explicación. También me ausenté de mi casa. No quería volver a ella. Sólo deseaba aguardar junto a mi nueva familia la llegada del día decisivo: el Día Final.
Y llegó, claro que llegó, ¿cómo no iba a cumplirse todo cuanto estaba escrito? ¡Tal y como mi compañero de viaje profetizó! Fue un sábado, lo recuerdo como si hubiera sido ayer mismo, era el día 23 de julio a las nueve de la mañana. Nosotros estábamos dentro del arca, ninguno de los miembros de la comunidad de los Noelianos había abandonado su interior desde nuestra llegada a aquel lugar. Las entrañas del arca eran para todos nosotros una cálida y protectora matriz que nos aislaba del horror que se estaba viviendo en el mundo exterior. Nuestro guía, mi antiguo compañero de viaje, fue el único que se atrevió a salir desafiando el terrible temporal. Cada día nos traía noticias de la catástrofe. Él nos anunció la fusión de los hielos de la Antártida; gracias a él supimos que las islas del Pacífico ya no existían; más tarde fue él quien, con el ánimo abatido, nos anunció que la mayor parte de España se encontraba bajo las aguas. Y cuando llegó el momento entró en el arca y nos lo dijo sin rodeos: “Valladolid ya no existe.” Luego vino la tromba de agua que nos arrastró, el arca se elevó e inició su viaje hacia la Eternidad…

* * * * * * * * * *
El día 24 de julio de 2001 el periódico “El Norte de Castilla” publicó la siguiente noticia: “Un loco destroza los depósitos de agua de Valladolid y provoca una riada que arrasa varios barrios. El responsable de esta salvaje acción es un ingeniero que trabajaba en una conocida empresa de la capital castellana. Sin embargo, hace algunos meses que había abandonado su trabajo para dedicarse plenamente a la fabricación de un barco en el jardín de su casa. La violenta tromba acabó arrastrando la extraña embarcación junto a docenas de vehículos aparcados en las aceras. Sorprendentemente la inundación causada por la ruptura de los depósitos dejó el buque encallado frente a la puerta del hospital psiquiátrico. Cuando los agentes de la Policía Nacional lograron entrar en su interior se encontraron con un numeroso grupo de personas de diversas razas que afirmaron ser “el germen de la Nueva Humanidad”.

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