El anciano que tenía que llegar a Moscú. Autor: Jesús Curros Neira.

No voy a mencionar mi nombre, ni siquiera debería estar hablando con vosotros. Si alguien en la Lubianka se entera de que he estado aquí esta tarde podrían correr peligro vuestras vidas… No, no estoy exagerando, no creáis que han cambiado tanto las cosas en esa casa, siguen siendo tan desalmados como de costumbre aunque ahora se llamen de otra manera. Pero estoy dando por supuesto que sabéis a qué me refiero y es posible que no hayáis comprendido nada en absoluto de toda esta parrafada incoherente. Porque, vamos a ver, ¿sabéis acaso qué es la Lubianka? ¿no? Bueno, pues digamos tan sólo que existe en esta ciudad de Moscú una plaza gris y monótona, como tantas otras plazas y calles, igual de grises y monótonas, construidas en las ciudades de la Unión Soviética durante los duros años de hierro del estalinismo. Esta plaza de la que os hablo no posee ningún monumento, carece de todo interés arquitectónico y es, simple y llanamente, un rincón feo y vulgar más de nuestro viejo Moscú. Pero todo el mundo aquí — y cuando digo todo el mundo quiero decir los ciento cincuenta millones de rusos — ha oído hablar, probablemente con terror, de la plaza Lubianka puesto que en ella se levanta la sede del KGB. Por supuesto que han llegado nuevos tiempos a Rusia, ¡quién lo puede negar!, y el KGB no iba a ser diferente del resto del país. Ahora nos llamamos Oficina Federal de Seguridad, aunque seamos los mismos perros con distintos collares. En fin, como decís en España, a buen entendedor sobran las palabras…
Hace ya algún tiempo que cayó en mis manos esta absurda historia que hoy os quiero contar. El protagonista es un tal Vladimiro Bakunin, un compatriota vuestro que llegó a la URSS en 1937 enviado por el gobierno de la república española. Él era entonces un crío, uno de esos niños de la guerra que vino para quedarse unos pocos meses y acabó viviendo aquí sesenta largos años. Su extraño caso fue archivado con la clave X-14 4 1931 en una carpeta de asuntos no resueltos que yo sustraje hábilmente del fichero más secreto del KGB… ¿habéis oído hablar de los expedientes X? Pues escuchad, escuchad con atención. Éstas son las palabras del propio Vladimiro Bakunin:

En 1945 yo tenía veinte años y estaba solo. Vivía en Kostroma pero trabajaba en una central térmica construida a marchas forzadas durante la guerra cerca de Rostov. Esas circunstancias me obligaban a tomar un autobús cada día a las cinco de la madrugada para llegar a la central a las nueve. Podría haberme buscado una vivienda cerca de mi trabajo, pero eso era pedir un imposible. En aquella época vivías en donde te decían que debías vivir y trabajabas en lo que te tocaba. Y la verdad es que tampoco me podía quejar, otros estaban peor que yo. Kostroma era una ciudad pequeña y agradable a la orilla del Volga y…

… y vamos a saltarnos esta parte de la declaración de Bakunin. Puede que yo no sea un espía ejemplar, pero sigo siendo a pesar de todo un agente del KGB, y lo cierto es que todo lo que tiene relación con Kostroma es asunto confidencial. Se trata de un centro militar y estratégico fundamental para nuestra defensa, sobre todo desde que allí se construyeron ciertas instalaciones nucleares de las que no os voy a dar ningún otro detalle. Kostroma era por aquel entonces una ciudad a la que los extranjeros no podían desplazarse. Es increíble que ahora se permita a los turistas pasearse por sus calles como si tal cosa… ¡si Stalin levantara la cabeza! Además todo esto carece realmente de importancia para nuestro caso. Quedaos sólo con este dato: que Vladimiro debía tomar el autobús que cubría la línea de Ivánovo a Moscú todas las mañana para viajar cerca de trescientos kilómetros por carretera hasta Rostov. Prosigamos con la lectura de su declaración unas páginas más adelante…

Llegué a conocer a todos los pasajeros que subían y bajaban del autocar en cada una de sus muchas paradas. Me pasaba allí dentro, baqueteado por el constante traqueteo del vehículo, más de ocho horas cada día. Una tarde, sentado en la terraza de un café que abrieron hace algunos años en una barcaza media podrida que flota como puede en el Volga, hice un cálculo de lo que ha supuesto todo ese tiempo en el total de mi vida. Día tras día, mes tras mes y año tras año me habré pasado ciento veintinueve mil seiscientas horas metido en ese viejo autobús. Eso suponen cinco mil cuatrocientos días enteros, con sus mañanas, sus tardes y sus noches; cinco mil cuatrocientos días que he vivido viajando entre Kostroma y Rostov. ¡Quince años! Quince años completos viendo las mismas caras, los mismos pueblos, los mismos paisajes. Quince años contemplando desde mi asiento — una hora, y otra, y otra más — el río cubierto de placas de hielo y de nieblas durante cincuenta y siete interminables inviernos; luego las anodinas avenidas de Yaroslavl, con sus gigantescos monumentos a los héroes de la revolución y esa iglesia de cúpulas verdes que nunca he sabido cómo se llama; y después la llanura infinita, los bosques interminables, y la carretera, recorrida metro a metro durante ciento veintinueve mil seiscientas horas, cinco mil cuatrocientos días… toda una vida.

Muy deprimente, ¿no os parece? Claro, es fácil decir eso ahora, ¡sobre todo viniendo de un país rico como el vuestro! Pero en 1945 la Unión Soviética estaba destrozada y teníamos veinte millones de muertos, muchos de ellos pudriéndose entre las ruinas. Vladimiro se quejaba de haberse pasado no sé cuántos años dentro de su autobús… ¡pobre hombre, qué castigo tan duro el de vivir y trabajar! Quizá el señor marqués hubiese preferido que le llevasen el desayuno a la cama en lugar de tener que ver la estepa nevada desde su autocar. Bien, será mejor que continuemos con nuestra lectura y dejemos por el momento los comentarios sarcásticos…

A partir de Yaroslavl ya no había más paradas hasta que el coche de línea llegaba a las proximidades de Rostov. Eran casi dos horas de monotonía que yo aprovechaba para echar una cabezada. Tadeusz, el polaco que se sentaba siempre en la primera fila, charlaba con el chófer. Hasta mí llegaba el murmullo de su conversación mezclado con el ronroneo ronco del motor. Se contaban muchas historias acerca del tal Tadeusz, unos decían que había colaborado con los nazis, delatando y ayudando a detener a muchos judíos; otros pensaban que había huido de Polonia a causa de un asesinato; y Serguei, el ucraniano que trabajaba en la misma central que yo, afirmaba que él sabía de muy buena tinta que el polaco había violado a una mujer durante la ocupación alemana haciéndose pasar por soldado nazi. Fuera por la causa que fuera, que eso Tadeusz se cuidó muy mucho de no revelárselo ni a sus mejores amigos, el hecho es que había llegado a Yaroslavl acompañando al ejército rojo y allí se había quedado. Pero, a pesar de todas las barbaridades que contaban de él, yo nunca creí ni una palabra de esos estúpidos rumores porque el polaco no era un mal tipo; un poco reservado quizá, pero desde luego no era un criminal, lo que ocurre es que aquella gente odiaba a todos los que procedían de la Europa central. Decían que esos países de mierda — así se referían a ellos — podrían ser más ricos y disfrutar de un bienestar burgués del que ellos jamás gozarían pero, con todo su capital y su lujo, no habían sido capaces de acabar con los alemanes hasta que los míseros obreros rusos se fueron a jugar el pellejo para liberarlos.

¡Vaya con el señorito español! Mirad con lo que nos sale ahora: así que los rusos odiamos a los demás eslavos porque tienen más dinero que nosotros… ¿resulta, entonces, que no es verdad que nos jugásemos la piel para librarlos de las alimañas nazis? Cada vez que leo esta declaración me cabreo más por la ingratitud de este extranjero. Si tanto le desagradaba nuestro modo de vida, ¿por qué no se largó a su tierra, eh? ¿Lo sabe alguno de vosotros? No os ofendáis por lo que voy a decir, pero ¿sois todos así de agradecidos por allí?

Como ya he dicho, el autobús no se detenía ni siquiera para descansar en todo el largo trayecto que unía Yaroslavl con Rostov, por eso es tan inexplicable lo que ocurrió aquel día en que vi por primera vez al anciano. Así es como lo conozco desde siempre, desde aquel día del otoño de 1945 en el que apareció junto a la iglesia de cúpulas verdes de Yaroslavl esperando por nosotros: el anciano. Se trataba de un viejo vagabundo, o al menos eso es lo que aparentaba ser a juzgar por su aspecto desaliñado y sucio, sus botas gastadas y su abrigo deshilachado. Jamás me lo había encontrado a bordo del vehículo antes de aquella mañana de octubre en la que ese hombre subió y se sentó a mi lado. Los pocos viajeros que hacíamos esa ruta a unas horas en las que el frío era tan atroz y la oscuridad tan profunda solíamos recostarnos contra el vidrio de la ventanilla y dormitar. Apenas hablábamos y nunca nos sentábamos unos cerca de los otros, y eso fue lo que me llamó la atención del anciano desde el primer instante en que subió al autobús: que su comportamiento rompía con todas las reglas no escritas, pero asumidas por nuestra sociedad de muertos vivientes. Él se permitió hablar con todos y cada uno de los pasajeros mientras avanzaba renqueando por el pasillo. Sólo decía una frase, repetida de manera mecánica y sin vida: “Tengo que llegar a Moscú, tengo que llegar a Moscú…”. Cuando se acercó hasta donde yo me encontraba se detuvo y me miró. Sus ojos eran tan fríos, esa mirada suya era tan terriblemente turbadora, que me traspasó como un puñal de hielo… A veces, en el invierno, cuando encuentras una corriente de aire que te golpea por la espalda tienes la misma sensación que yo viví en aquellos pocos segundos en los que el anciano fijó en mí sus ojos sin brillo, la sensación de que tu cuerpo es atravesado por una tormenta de nieve. Y después de aquel momento, que se me hizo interminable, repitió su cantinela, “tengo que llegar a Moscú, tengo que llegar a Moscú…”; pero conmigo se comportó de un modo diferente, todavía hoy no sé por qué. Cincuenta años después de aquello me lo pregunto y no encuentro la respuesta: ¿por qué el anciano se sentó junto a mí y permaneció allí sin moverse, sin decir nada más?
El viejo se había subido en Yaroslavl y esto significaba que yo estaba obligado a soportar aquella presencia extraña durante las dos horas que duraba el resto del viaje hasta Rostov. Decidí cerrar los ojos y tratar de echar un último sueñecito antes de enterrarme una jornada más en los sótanos de mi central térmica. Dormí cerca de una hora; mi compañero se mantuvo tan quieto y silencioso que nada, ni el más leve susurro, ni el sonido de su respiración, interrumpió mi sueño. Cuando abrí los ojos ya había amanecido, el sol sin fuerza del otoño iluminaba la llanura cubierta de escarcha sin transmitir ningún calor, ninguna vida. Me estiré como pude en aquel cubículo de vidrio y metal y luego miré, ya más despejado, a mi alrededor. Después de algunos segundos de aturdimiento noté que algo no encajaba allí. Fue un momento breve de confusión hasta que, como en una visión a la luz de un relámpago, recordé al anciano y descubrí sorprendido que yo estaba solo. Nadie ocupaba el asiento situado junto al mío, el anciano se había esfumado. Me levanté y miré si había cambiado de lugar… No, en el autobús viajábamos los de siempre: Tadeusz, que continuaba su interminable charla con el chófer; Serguei, adormilado en la última fila; el uzbeco de nombre impronunciable que venía de Ivánovo; Irina Yousupova; Cherchenko; y aquel tipo extraño que siempre llevaba un gorro de piel, incluso en los días más tórridos del verano. Faltaba por lo menos una hora para llegar a Rostov, no podíamos haber hecho ninguna parada en el camino, estaba bien seguro de ello porque Víctor, el conductor, no se hubiera detenido ni por su madre. Aquél era su último viaje de la jornada y a esas horas de la mañana, tras más de doce horas al volante sin descansar, lo único en que podía pensar era en llegar a Moscú lo antes posible. No, el viejo tenía que estar allí… pero lo cierto es que no estaba.
Regresé a mi asiento y miré con más atención. Aquel anciano miserable no había traído ningún equipaje consigo y, en consecuencia, no era lógico que hubiera dejado algo olvidado. Pero en todo este asunto la lógica no pintaba nada y allí, en la bolsa portaequipajes que colgaba del respaldo delantero de su butaca, había quedado — seguramente surgido del vacío más absoluto — un viejo periódico enrollado…

…sorprendente, ¿no estáis de acuerdo? Un individuo desconocido sube a un autobús, se sienta y, una hora después, ¡¡PLAF!!, ha desaparecido olvidándose de su periódico. ¿Nunca os ha ocurrido que alguien que viaja a vuestro lado se marcha dejando una revista en su butaca? O jamás en vuestra cómoda vida burguesa habéis tomado un autocar, o habéis tenido que vivir ese mismo extrañísimo suceso un millón de veces, pero siempre habrá idiotas que quieren ver en todo, incluso en las circunstancias más corrientes, un enigma, un tremendo misterio. Y está claro que el bueno de Vladimiro pertenecía a esta clase de idiotas, supongo que debido a la supersticiosa educación recibida en España antes de que lo facturaran a nuestro país. No obstante, su declaración no termina ahí. Nos saltaremos de nuevo unas cuantas páginas que sólo contienen un interrogatorio carente de interés para vosotros, puesto que sólo se refieren a las costumbres e ideas de los demás pasajeros, y continuaremos unos años más tarde, en octubre de 1970.

Creo que fue el año en el que inauguraron en Yaroslavl el nuevo puente sobre el Volga. Después de jugarnos el tipo durante veinticinco años cruzando un río tan enorme por un destartalado puente, que crujía cada vez que el autobús le ponía sus neumáticos encima, por fin lograron rematar esa obra inacabable, casi eterna, y pudimos atravesar el padredito Volga por una magnífica construcción de hormigón y acero que asombró a todos los pasajeros habituales de la línea. Y no era para menos, en esta ocasión la opinión fue unánime: tenían razón los que proclamaban que aquélla era una obra que duraría más que el propio río. Nadie consideró exagerada la propaganda que hicieron durante meses…

… por una vez estoy de acuerdo con vuestro paisano, con lo que dice y con lo que sugiere sin mencionarlo expresamente. Es verdad que en nuestro país se descuidaron durante décadas las infraestructuras. Todos los recursos de los que disponíamos debían ser destinados a la industria pesada y del armamento, y hay que reconocer que la gente pasó a un segundo plano. En la década de los setenta las cosas empezaron a cambiar, éramos una gran potencia y era justo que también la población se beneficiara de ello después de tantos sacrificios. Precisamente fue por aquella época cuando yo tuve mi primer coche, un Lada… bueno, todos los coches entonces pertenecían a la marca Lada. ¡Era el signo de los tiempos!

En el centro de Yaroslavl, justo al lado de la iglesia de cúpulas verdes donde se detenía siempre el bus, instalaron el mismo día de la inauguración del puente una especie de arco forrado con placas de titanio que remataba en un pequeño cohete espacial. He visto fotografías de otro monumento igual a ése, aunque mucho más alto, en la Avenida de la Paz de Moscú. También estas esculturas futuristas eran típicas de aquellos años y las construyeron hasta en el pueblo más pequeño…

… ya os lo he dicho: ¡era el signo de los tiempos! La URSS dominaba la carrera espacial. Gagarin era aquí un ídolo tan admirado como podía serlo Pelé, o cualquier otro futbolista famoso, en vuestro decadente mundo… ¡y ved en lo que nos hemos convertido ahora!

Y fue precisamente la mañana siguiente a la de la fiesta que organizaron para abrir el nuevo puente al tráfico cuando volví a ver al anciano. Estaba bajo el arco de titanio, estático como el cohete que brillaba en lo más alto de aquella estructura, parado frente a la iglesia de las bulbosas cúpulas verdes, esperando por nosotros… ¿o quizá estaba esperando sólo por mí?
El autocar se detuvo y él subió. El hombre no había cambiado nada, nada en absoluto. Se diría que aquellos veinticinco años habían pasado para él como si tan sólo hubieran sido unos días. Incluso las ropas que llevaba puestas eran las mismas, las mismas botas gastadas, el mismo caftán descolorido y deshilachado… y la misma letanía, repetida sin descanso a cada uno de los viajeros que encontraba a su paso: “Tengo que llegar a Moscú, tengo que llegar a Moscú…”.
Al acercarse hasta mi butaca me miró sin dejar de salmodiar aquella maldita frase y se sentó nuevamente a mi lado. Y allí quedó, como la estatua de un panteón, sin pronunciar ni una palabra más. El vehículo arrancó y yo traté de permanecer despierto. Recordaba perfectamente todo cuanto había ocurrido veinticinco años atrás y no quería, por nada del mundo, que aquello se volviera a repetir. El paisaje de la estepa grisácea de octubre fue pasando de manera monótona por delante de mis ojos que, finalmente, se cerraron incapaces de aguantar la tremenda fuerza que me obligaba a sumirme en un sueño nervioso. Permanecí en ese duermevela poco más de treinta minutos. Cuando me desperté lo primero que hice fue mirar bruscamente al asiento vecino para comprobar, aterrorizado, que había sucedido lo que tanto temía: el anciano no estaba allí. Lo único que había dejado era un viejo periódico de hojas amarillentas doblado sobre la butaca desierta.

¿Vosotros veis aquí algún misterio? ¿Os parece normal que todo un servicio de inteligencia de élite, como el KGB, se haya ocupado de esta estupidez, de esta trivialidad? Supongo que algunos comenzarán a entender ahora qué es lo que nos ocurrió, por qué hemos caído en la vergonzosa decadencia de esta época de debilidad. ¡Los agentes más eficaces del mundo investigando las misteriosas razones por las que un hombre no envejeció en un cuarto de siglo y por qué desaparece sin dejar rastro! ¿Creéis que estoy sacando las cosas de quicio? ¿Es eso lo que estáis pensando? Pues escuchad la desoladora descripción que hace Vladimiro a continuación…

En 1993 estábamos viviendo una pesadilla que no tenía fin. Cada vez que temíamos que algo terrible fuera a suceder, la pesadilla se convertía en realidad y nosotros nos decíamos: “Bueno, pues no ha sido tan tremendo después de todo. Esperemos que nos quedemos así…”. Pero no, ¡qué va!, las cosas siempre pueden empeorar. Y empeoraron.
Primero fue la decadencia del sistema, la falta de alimentos en un país que tiene y produce de todo, la carencia de carbón y de combustible en el mayor productor mundial de petróleo… de pronto nos faltaba hasta lo más básico. Luego llegaron las mafias, ellos sí que disponían de todo lo necesario, e incluso de los artículos de lujo más sofisticados. ¡Y, para colmo de males, el golpe de estado contra Gorbachov! El país se vino abajo; los primeros en abandonarnos fueron los estados que siempre habían dependido de nosotros. Y, como colofón del desastre, la propia Unión Soviética estalló. Nos hundimos.
En octubre de 1994 viajé a Rostov para ver qué había quedado de mi central térmica. Yo era un jubilado al que la pensión no le alcanzaba ni para comer la mitad del mes. Me las tenía que apañar plantando algunas coles en un jardín próximo a mi bloque de apartamentos. Incluso cultivaba judías en las macetas de mi casa, todo para ir tirando como buenamente podía. Más de una vez me planteé regresar a España, pero ¿para qué? En Zaragoza ya no me quedaba ningún pariente cercano vivo. Tenía allí algún primo segundo que jamás me había visto y que, sinceramente, no creía que aceptase cargar con un viejo obrero soviético en la miseria. Así que, siendo realistas, sólo me quedaba aguantar en Kostroma y esperar un milagro.
El día de mi regreso nostálgico a Rostov pude haber tomado cualquier otro medio de transporte, de hecho había dos trenes más tarde, a unas horas menos intempestivas, pero preferí madrugar y coger mi viejo autobús de las cinco de la mañana. Después de tanto tiempo viajando en aquel cacharro, a esas horas en las que el frío puede congelar hasta los pensamientos, creo que habría desaparecido la magia melancólica del retorno si no hubiera subido por última vez a ese autocar. Ahora los pasajeros eran otros, pero yo me acomodé en mi asiento de siempre, cerré los ojos y traté de imaginar a Tadeusz, al ucraniano, a Irina, y a aquel sujeto al que jamás vi sin su gorro de piel.
La carretera de Yaroslavl tenía muchos baches. Algunos vehículos particulares estaban tirados en la cuneta, pertenecían a gente que se había quedado sin gasolina y que los había dejado allí abandonados a su suerte, pudriéndose bajo el sol otoñal. De cuando en cuando un coche ruidoso nos adelantaba echando un humo negro y apestoso; algunos de ellos arrastraban otros vehículos con cadenas. De tarde en tarde un conductor se detenía y vendía un poco de combustible, que extraía de su propio depósito con una goma, a algún automovilista desesperado al borde de la carretera.
Yaroslavl era una ciudad triste, silenciosa, fantasmal. Bajo el arco de titanio sólo aguardaba un viajero. El autobús se detuvo y lo recogió. Yo estaba adormilado y no lo vi subir. Una voz me sacó de mi sueño pocos segundos después, una voz ronca que dijo triste, maquinalmente: “Tengo que llegar a Moscú, tengo que llegar a Moscú…”. ¡Y él volvía a estar allí, a mi lado, con sus mismas ropas y su rostro inmutable a lo largo del tiempo!
El anciano se sentó y yo me quedé observándolo con terror. El miedo me impedía hablar pero, tras unos minutos de estupor, me quedé profundamente dormido. Cuando desperté aquel viejo había desaparecido. No traté de buscarlo, sabía que no lo encontraría. Sólo cogí su periódico y lo abrí. Era un ejemplar del 10 de octubre de 1932. En su portada se leía claramente en grandes titulares: “Un hombre fue asesinado ayer en la parada del autobús de Moscú”. Una foto acompañaba la noticia, la foto de un rostro — ¡SU ROSTRO! — cubierto de arrugas, rodeado por una barba blanca y abundante, un anciano con botas gastadas y ropa sucia y deshilachada. El hombre estaba muerto, ensangrentado sobre un barrizal, junto a la iglesia de cúpulas verdes…

…y este es el final de la historia que quería contaros. ¿Qué os ha parecido? ¿Os habéis creído algo de la declaración que hizo ante mí vuestro paisano? Yo siempre la he considerado ridícula, absurda, nunca he podido aceptarla. Además, ¿por qué no fui capaz de encontrar ese periódico? Si esta historia tiene algo de verdad, si Vladimiro Bakunin no era un mentiroso, ¡¿por qué no he encontrado ese maldito periódico y por qué no he visto jamás al anciano que tenía que llegar a Moscú…?!

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