Carretera a ninguna parte. Autor: Jesús Curros Neira

Primer día de viaje. 20.15 horas.

¿Quién es ese hombre que me mira desde el cristal de la ventanilla? Es muy viejo, apenas le quedan unos pocos cabellos blancos sobre su frente cubierta de arrugas, su piel apergaminada y amarillenta está salpicada de manchas y sus ojos son tan negros y extraños, tan profundos que no parecen ojos sino dos agujeros abiertos en el rostro cadavérico que se asoma desde el otro lado de la oscuridad. El hombre va y viene, es una imagen delicuescente que se desvanece, se diluye con la luz del sol y, cuando creo que por fin me he librado de él, vuelve a surgir como un fantasma tras el frío vidrio de la ventana. Esa aparición me asusta, ¿qué quiere de mí? ¿Por qué me persigue? Cada vez que el autobús entra en un túnel lo veo ahí, sentado en medio de las sombras, siguiéndome con su mirada. No pierde detalle de todo cuanto hago, me observa con una expresión tan maligna que parece que sólo está esperando el momento oportuno para arrastrarme fuera del autocar. Si mi madre estuviera ahora junto a mí seguro que ese hombre no se atrevería a vigilarme de ese modo, ella lo echaría de ahí, se enfrentaría a él como lo hizo con aquel conductor que a punto estuvo de atropellarme con su coche de caballos mientras yo cruzaba la carretera que pasaba por delante de nuestra casa… Pero ella no me acompaña en este viaje, ¿por qué no está aquí? ¿Dónde ha ido…? Ya no me acuerdo de ella, no recuerdo el color de sus cabellos, esos cabellos que siempre llevaba ocultos por una pañoleta que caía por su espalda como una sombra. ¿Cómo era la cara de mi madre? ¿Por qué no puedo recordarla? ¿Y por qué no recuerdo de qué color eran sus cabellos antes de que el pañuelo negro los cubriera para siempre?
Junto a mí se sienta una mujer; yo creo que ha tenido que ser muy guapa porque, a pesar de la expresión tan sombría que veo en su rostro y de esas arrugas que rodean sus ojos agrietando su mirada, sus labios todavía pueden sonreír con dulzura cuando se vuelve y me observa. Tampoco la conozco a ella, sólo sé que está ahí y que parece asustada, pero no me da miedo. Ella no es como ese hombre del cristal, no me vigila constantemente como si yo le perteneciera. Ahora mismo la mujer está dormida y un largo mechón rubio le tapa la cara, parece como si un velo de hilo dorado le cubriera la cara atrapando la luz en cada hebra. Me gustaría preguntarle si sabe cuál es el nombre de este lugar que estamos atravesando, pero no quiero despertarla. Dejaré que duerma, lo necesita porque no ha descansado desde que salimos.
Creo que fue ayer cuando subimos a este autobús aunque no estoy muy seguro de ello. En realidad no estoy seguro de nada, mi memoria es como una pesada cortina que se cierra sobre mi vida pasada. Sólo de vez en cuando la niebla se levanta y me deja entrever ligeros chispazos de lucidez, que se extinguen poco después dejándome sumido de nuevo en esta penumbra en que existo como si fuera un recién nacido que no entiende nada del mundo que lo rodea mientras añora regresar a la dulce inconsciencia de una existencia sin recuerdos.
Hace calor aquí dentro, debemos estar en verano porque los campos que recorremos no son más que monótonas extensiones polvorientas en las que sólo unos pocos arbustos retorcidos se resisten a consumirse en el fuego abrasador que inflama el aire. Una luz cegadora reverbera en la superficie del parabrisas; los campos, la carretera, todo a nuestro alrededor parece haberse convertido en luz, ése es el único destino que conozco, viajo hacia la luz que brilla al final de este túnel formado por las tinieblas de mi memoria.

Segundo día de viaje. 10. 30 horas.

Estoy despierto desde mucho antes del amanecer. Esta mañana me he sorprendido al descubrir que los campos de ayer se habían metamorfoseado en montañas, praderas y bosquecillos que se dispersan por ese paisaje desolado que nos acompaña desde hace horas. Me pregunto qué es lo que ha ocurrido en este lugar, ¿es que no vive nadie en esa tierra que vamos dejando atrás a medida que avanzamos hacia la nada? Sólo encuentro muros derruidos, viviendas destrozadas, con los tejados hundidos y la maleza brotando entre restos de madera carbonizada. A lo lejos se ve un pueblo, no es más que un villorrio construido en torno a la torre desmochada de una iglesia; no es posible que quede nadie entre sus ruinas y, sin embargo, hasta aquí llega el tañido lánguido de la campana ― puedo oírlo sonando de manera monótona y quejumbrosa por encima del traqueteo del motor ―, como si la aldea exhalara sus últimos suspiros antes de hundirse definitivamente en el olvido.
La mujer que se sienta a mi lado también observa en silencio los restos quemados y destrozados del pueblo. Puede que ella sepa a qué se debe toda esta destrucción, pero no me atrevo a dirigirle la palabra por miedo a que me tome por un loco. ¿Qué pensaría de mí si le confieso que no sé cómo me llamo ni dónde estoy? Peor aún, ni siquiera sé qué es lo que hago aquí, en un autobús que nos lleva a través de esta soledad donde sólo se ve desolación. Y, sin embargo, yo creo que ella me conoce, estoy seguro de que no le soy indiferente del todo; hace un rato ha salido de su sopor y, con una tierna sonrisa que no podía ocultar el dolor que debe estar sintiendo, me ha preguntado si me apetecía comer algo. Le he contestado que no. “Muchas gracias, señorita ― le he dicho, asombrado por su amabilidad con un extraño ―, no tengo hambre, será mejor que guarde su comida para usted. Seguramente la necesitará más adelante”. La mujer se limitó a mirarme con tristeza pero no me respondió, tan sólo se secó una lágrima que se deslizaba suavemente por su mejilla con el dorso de su mano.

Segundo día de viaje. 17.00 horas.

Han sucedido tantas cosas que me siento confuso, ya no distingo la realidad de mis propias fantasías. A mediodía cruzamos un enorme río por un puente que se sostenía de puro milagro. El sol refulgía en el agua con tal intensidad que me hacía daño en la vista, tuve que cerrar los ojos y creo que me quedé dormido. No sé cuanto tiempo permanecí en ese duermevela causado por el calor y la fatiga, pero al despertar estaba sudando y la mujer que me acompaña me miraba aterrorizada. Al parecer no dejé de hablar y gritar en sueños. “¿Qué es lo que dije?”, pregunté con la esperanza de encender alguna luz en esa cueva impenetrable que era entonces para mí toda mi vida pasada. “Nada ― respondió ella tras unos segundos de vacilación ―, no te preocupes, papá, no fue más que una pesadilla…”.
Tardé en reaccionar; durante un instante fugaz, en el que el suelo se hundió bajo mis pies y todo, absolutamente todo cuanto me rodeaba se deshizo como un castillo de arena, la miré como si el mundo entero se hubiese encarnado en ella. Me quedé embobado observando el rostro de aquella desconocida, recorriendo con la mirada las facciones marcadas por el cansancio y el dolor de una mujer que me llamaba “papá”.
Poco después el autobús se detuvo para permitir que subieran a él unos hombres con uniforme. Mi acompañante se sobresaltó al verlos allí, de pie junto al conductor; su respiración se hizo más agitada, la mano de la mujer se aferró a la mía con fuerza, sentí cómo sus uñas se clavaban en mi piel sin que ella se diera cuenta del daño que me estaba haciendo. Los hombres fueron recorriendo el pasillo lentamente; de vez en cuando se detenían y pedían la documentación de algún pasajero. Uno de ellos llevaba un cigarrillo entre los labios, el humo azulado que exhalaba se expandió formando volutas que flotaban lentamente en la atmósfera pesada del interior del vehículo, donde se mezclaba el hedor de nuestra propia transpiración con un tufo hediondo de aceite y gasógeno mal quemado. A medida que aquellos sujetos se acercaban a nuestros asientos comencé a percibir un olor acre e intenso que me resultó muy agradable. El aroma del tabaco despertó en mí una necesidad de la que no fui consciente hasta ese momento. Venciendo mi timidez, pregunté a mi compañera de viaje:
― ¿Fuma usted, señorita? ¿Podría darme un pitillo…?
― No, no fumo ― respondió ella sin apartar la mirada de los individuos uniformados, que acababan de detenerse junto a nosotros ―. Además, no te conviene; el médico te ordenó que dejases el tabaco cuando sufriste la angina de pecho.
El hombre se sacó el cigarrillo de la boca y me señaló con la cabeza mientras preguntaba a mi acompañante:
― ¿Viajan juntos?
― Sí, es mi padre. Vamos al extranjero, tenemos allí familia y han encontrado un empleo para mí ― luego, bajando el tono de voz, susurró al policía ―. Necesito que alguien se ocupe de él cuando estoy fuera de casa, ya es muy mayor y no recuerda ni cómo se llama.
El otro individuo, que hasta entonces había permanecido callado detrás del policía que estaba interrogando a la mujer, se aproximó a mí. “¿Qué es eso?”, preguntó mientras me observaba con desconfianza. El policía bajó ligeramente el cuello de mi camisa y descubrió una profunda cicatriz por debajo de mi barbilla que hasta entonces había permanecido oculta incluso para mí mismo, que no era consciente de que estaba ahí.
― Ésa es la señal que deja una soga de esparto ― murmuró el hombre del cigarrillo, que parecía ser el jefe ―, a este tipo lo han colgado. ¿Qué has hecho? ¿Por qué llevas esa marca?
No supe qué contestar. Me llevé la mano al cuello y acaricié la cicatriz que se hundía en mi carne como si una serpiente se hubiera aferrado a mi cuerpo. Intenté recordar, juro que quería contarles qué me había pasado pero al asomarme al pozo de mi memoria sólo pude ver una negrura sin final, sin esperanza de ver una tenue luz en el fondo. En ese instante una nube cubrió el sol y, al desviar la mirada de los ojos de aquellos policías que me escrutaban como a un criminal, volví los míos al cristal de la ventanilla. Allí me encontré de nuevo con el viejo, que me observaba asustado, llevándose la mano a su cuello en un gesto con el que parecía burlarse de mí. Él también tenía una cicatriz, también él se la acariciaba haciendo una imitación obscena con la que se reía de mi desconcierto.
― ¡Venga, quiero ver vuestra documentación! ― gruñó el jefe mientras el resto de los pasajeros se volvían para mirarnos con desconfianza.
Mi compañera sacó unos papeles y se los entregó al hombre. Éste estuvo un buen rato estudiándolos y, finalmente, le preguntó en un tono de voz ultrajante, acusador, amenazante…
― ¿Me tomáis por imbécil? ¿Es que me habéis visto cara de pendejo? Este pasaporte es falso.
Ella negaba con la cabeza y se desesperaba, llorando. “Es mi padre, no les estoy mintiendo ― clamaba mientras sollozaba ―, ésos nuestros pasaportes”. El otro policía, que permanecía al acecho tras el sujeto del cigarrillo, susurro algo que no pude entender al oído de su jefe. Éste le mostró los papeles de mala gana y añadió sin poder reprimir su ira:
― ¡¿Cómo va a ser cierto lo que afirman estos dos?! ¿Es que no has visto lo que pone aquí? ― luego se dirigió a la mujer que se sentaba junto a mí que, ocultando su rostro con sus manos crispadas, no dejaba de repetir como una salmodia entre sollozo y sollozo, “es mi padre, es verdad…” ― ¿Pretende que creamos que ese viejo decrépito y demente con quien viaja es un coronel, nada menos que la mano derecha del Generalísimo?
Esas palabras, expresadas con rabia e incredulidad, provocaron que uno de los pasajeros, un individuo que se sentaba junto al conductor y que hasta ese momento no había reparado en mí, se levantase para aproximarse a nosotros. Era un hombre corpulento y cubierto de sudor, que caminaba pesadamente mientras respiraba de manera angustiosa. Un parche negro ocultaba uno de sus ojos y parte del lado derecho de su rostro. Cuando se detuvo frente a mí se dedicó a observarme con curiosidad, sin la menos delicadeza por su parte. Durante unos segundos que se volvieron eternos sentí que el único ojo sano de aquel individuo desgarbado me examinaba de forma impúdica haciéndome sentir desnudo frente a él. Pero de pronto el hombre tomó mi mano y, retorciéndose de forma sumisa y humillante, deshinchándose como una vejiga llena de aire, gritó para que todos los presentes pudieran oírlo:
― ¡Soy yo, mi coronel, ¿no se acuerda de mí?! Soy su ordenanza… ― luego, sin poder contener la ira, se dirigió a los policías que contemplaban la escena mudos por la sorpresa ― ¡¿Cómo se atreven a hablarle así a un héroe como él?! Informaré a sus superiores y tendrán suerte si los destinan a cualquier puesto abandonado en el desierto. Éste es el hombre que dirigió la ofensiva que liberó el sur del país, gracias a él terminó esta maldita guerra. El Generalísimo le debe su victoria.
Los dos sujetos uniformados balbucieron atropelladamente una excusa, la altivez que mostraban sólo unos minutos antes se había convertido de repente en una miserable y deshonrosa abyección:
― ¿Quién podría creer que este hombre estaba diciendo la verdad? ― Se justificaba el tipo del cigarrillo del modo más arrastrado posible, sin reparar en que yo nada había dicho puesto que no sabía quién era ese coronel ni de qué guerra estaban hablándome ― Nos engañó esa cicatriz…
― Es verdad ― murmuró el gigantón del parche en el ojo mientras pasaba su dedo por la herida de mi cuello ―, ¿qué coño es esto? ¿Quién es el malnacido que se lo ha hecho?
Y fue entonces cuando la mujer que decía ser mi hija, esa extraña compañera de viaje a quien nunca antes había visto, contó la más extraña historia que se pueda imaginar. Entre lágrimas, supurando por la herida abierta de un recuerdo que para ella estaba vivo y dolía como si aquellos hechos de los que hablaba acabaran de producirse, dijo que a medida que nuestros soldados iban ocupando los pueblos y ciudades que aún permanecían fieles a los rebeldes mi comportamiento se fue volviendo más incomprensible para quienes me conocían desde antes del pronunciamiento que nos condujo al desastre. Por doquier ordené ejecuciones de inocentes; por mi culpa murieron niños, mujeres… familias enteras fueron exterminadas como si jamás hubieran existido, sus nombres se extinguieron mezclados con el de muchos otros que yacen olvidados al borde de los caminos. Caí en un paroxismo, un abismo de locura y sangre que me condujo al aniquilamiento de cientos de personas por el simple hecho de pertenecer a otra raza, de profesar otra religión, de sostener otra opinión… Una sed de venganza que no se extinguió hasta que llegamos en nuestro avance a una pequeña villa al borde del mar. Allí vivía un anciano músico muy conocido en nuestro país, un hombre que había recorrido durante años todos los pueblos recopilando canciones populares e interpretando sus composiciones ante la gente que se reunía en las plazas para escucharle. La mujer contó que yo mismo saqué a este pobre viejo de su casa y que lo colgué de un árbol para arrancarle la piel a tiras con mis propias manos; murió desollado, martirizado por los mosquitos que acudían atraídos por la sangre de su carne palpitante y suplicando que pusiera fin a su tormento con un disparo; pero en lugar de acabar con su sufrimiento permanecí allí de pie, observando su agonía en silencio hasta que dejó de retorcerse. Horas después se recibía en mi cuartel general un mensaje: “Los últimos focos de resistencia se han rendido. La guerra ha terminado”. Un sargento vino entonces apresuradamente a mi cuarto para enseñármelo y, al ver que yo no abría la puerta, se atrevió a entrar sin mi permiso. El soldado creyó, seguramente de manera bastante ligera, que yo no tendría en cuenta esa falta de respeto ante la importancia de la noticia que me traía. Ese hombre fue quien me encontró, amoratado, sin sentido y colgado por el cuello de una viga del techo. Mis auxiliares se apresuraron a bajarme para comprobar que, más allá de toda esperanza razonable, todavía respiraba; el corazón me latía débilmente pero se resistía a detenerse…
Ésta es la historia que contó esa mujer desconocida que viaja a mi lado, una historia que no recuerdo, vivida por gente que no he visto jamás, mientras contemplo un paisaje que no reconozco desde un autobús que no sé a donde se dirige por esa carretera que no va a ninguna parte.

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