​Inshala tomorrow. Autor: Alba Delgado

Aún conservo la cucharilla que cogí prestada de la cocina del camping nubio de Aswan. Cada mañana, de una manera involuntaria, clavo mis ojos en la inscripción árabe del mango que sobresale del té. Me hipnotiza el brillar de su acero. Me encuentro en ese estado entre el sueño y el estar insomne, la mente desconectada. Sólo existimos ella y yo, todo lo que nos rodea se difumina con el humo del té.
La cabeza me lleva de nuevo allí, en el mismo camping donde el calor es perenne y el viento inexistente. Habíamos llegado hasta allí con más penas que glorias tras emprender un largo viaje hacia Sudáfrica con nuestro viejo Toyota Runner del 92.
Fue odio a primera vista al ver el camping. Se llamaba Adams home. Pobre Adams, pensé. Menudo hogar te has buscado majo.
Cuatro paredes cercaban un hervidero de arena por el que no pasaba ni un hilo de aire , un par de potrosas duchas con cortes de agua habituales y una cocina comunitaria que se hizo exclusivamente nuestra. ¿Quién coño iba a irse de camping a finales de julio al sur de Egipto?
Así tuvimos que esperar 6 días con sus 6 soles hasta que zarpase el barco de pasajeros que cruza el Lago Nasser para continuar hacia Sudán, la única frontera existente entre los dos países árabes.
Ya no queda resquicio de los cruceros que llenaban el Nilo con paradas en los templos en busca de faraones y jeroglíficos por descifrar. Las contadas falucas que navegan por el Nilo a merced del viento, tienen la única función de pescar alguna que otra tilapia o perca del Nilo. Nada de cámaras de fotos ni interminables colas bajo un sol aplanador. Parece que la Primavera Árabe ha despertado a los Hermanos Musulmanes pero ha dejado invernando a los turistas en sus casas.
El tiempo transcurría a sorbos de té del Café Said El Baguri. Sentados en una de sus sillas, veíamos la vida pasar hasta que el calor se hacía insoportable y el sudor de las posaderas resbaladizo. Entonces cruzábamos la cera para pedirle a Ibrahim un zumo de mango natural bien frío por 5 libras egipcias. A cambio, nos regalaba una sonrisa con innumerables huecos por una vida dulce pero una mirada amarga.
Los ojos de los demás vecinos, ya se habían acostumbrado a nuestro pequeño ritual diario. Cuando llegamos no dejaban de seguirnos, nos miraban como si fuéramos un especie en extinción. Los tiempos de manadas de turistas pertenecían al pasado y ellos sentían que sus ingresos se perdían para siempre entre las dunas del desierto.
Pasábamos la tarde zambulléndonos en el Nilo y bajo una palmera datilera llena de vida nos echábamos la siesta frescos y felices.
Al ponerse el sol, el poblado nubio donde se encontraba el camping se llenaba de cantos, sishas humeantes y risas. Vivían más de noche que de día. Nos sentíamos en casa rodeados de gente hospitalaria y desinteresada. Nos íbamos a dormir a la tienda de techo sobre nuestro coche arropados por un cielo negro de un millón de estrellas. La sensación de libertad y felicidad era tan grande como ese cielo que veíamos tan cerca.
Por fin llegó el Lunes, nosotros iríamos en el ferry de pasajeros que semanalmente cruza el Lago Nasser hasta llegar al puerto sudanés de Wadi Halfa. Nuestro coche y hogar, según nos dijo Kamal, el personaje barrigudo de aspecto sucio que se encarga
de los papeleos burocráticos entre las dos fronteras y de los coches con matrícula extranjera, nos dijo que zarparía al día siguiente en la barcaza destinada a la carga. También nos ayudó a conseguir unos billetes de ¿primera clase? en un sitio “privilegiado” en cubierta por 50$ para las 18h que durase la travesía. Tuvimos el “privilegio” de que nos colocara en el pasillo de estribor, que era exactamente igual de malo que el orientado a Oeste pero 50$ más caro.
En nuestro sitio VIP coincidimos con otros cuatro europeos con la cartera 50$ más vacía y que venían también con sus coches. El grupo de blanquitos panolis lo formábamos: John y Kathya, una pareja de treintañeros ingleses y rubios como el trigo que tenían un anagrama en el coche de “veganos sin fronteras” que querían atravesar el continente africano demostrando que se puede ser vegano y viajar por África de una manera sencilla. Otro hombre espigado y altivo, de unos cincuenta y pico años con clase y triple nacionalidad (inglesa, americana y de Bahamas), que quería montar un nueva empresa de safaris en Kenia, su nombre era Jack. Y ya por último estaba Tony, otro inglés mordaz, inteligente y con mucha vida a sus espaldas… a punto de cumplir los setenta, estaba dando su tercera vuelta al mundo en coche. Y nosotros dos, claro.
Los primeros pasaban el día dando mordiscos a pimientos verdes y engullendo alubias en bote como buenos veganos que eran. Todos los autóctonos y nosotros mismos los mirábamos ojipláticos al ver la escena. Apenas nos enterábamos de lo que decían, tenían un inglés tan inglés y un volumen tan bajo, que nuestros cerebros remataban de aquella manera las historias incompletas que oíamos. Por su puesto, siempre teníamos dos versiones; la de Eneko y la mía , echábamos a suertes entre carcajadas cuál de las dos era la real. Que a menudo descubríamos que no era ninguna de ellas.
Jack tenía una novia, la cual había conocido dos meses antes por Internet. Y como si de unos veinteañeros se tratase habían decidido hacer este viaje juntos. Ella dejó todo y se fue con él y su colmada cartera. Pero lo que las redes sociales había unido, la situación política entre Estados Unidos y Sudán los había separado. Ella tuvo que coger un vuelo desde Egipto y esperarle en el siguiente país, Etiopía, ya que la embajada sudanesa no le dio visado para poder pasar a su país.
Y qué decir de Tony. Una curva prominente bajo una camisa impoluta a pesar del calor y la suciedad, y una buena dosis de conversaciones interesantes eran su tarjeta de visita. Tenía el pelo cano y sin vida, pero él estaba llena de ella. Había vivido muchas cosas, quizás demasiadas en estos 13 años viajando sin descanso. Igual o más acaudalado que el anterior, pero con más modestia, enseguida congeniamos. Vivía del dinero que le proporcionaba su empresa y de los innumerables inmuebles rentados que tenía a lo largo y ancho de Inglaterra. Por hobby escribía artículos sobre sus viajes al New York Times.
Entre los dos hombres había como una especie de rivalidad que se percibía al instante, un cierto rechazo que nos mantenía intrigados.
Sobra decir, que casi morimos calcinados a eso de las 11:00 de la mañana con el sol dándonos de lleno en las cabezas con el barco aún parado. Los retrasos egipcios habituales, la subida y bajada de equipajes, gallinas y huevos, cajas hasta arriba de cachivaches y bolsas repletas de enseres hicieron que saliéramos como 3 horas más tarde de lo establecido. Vamos, lo normal en estos lares.
Lo más memorable del “crucero” fueron sus baños. He de decir, que mi culo ha visto lugares repugnantes y mi nariz olido servicios pestilentes. Pero como aquello ¡no hay dos! Las paredes, el suelo, ¿¡el techo!? estaba lleno de manchas marrones. No había que ser un lince para saber de lo que se trataba. Era imposible apoyar los pies sin que resbalaras de los orines entremezclados de los viajeros, con lo que resultaba imposible atinar en el presunto agujero que debía de estar justo debajo entre las moscas y heces. La guinda del pastel lo completaba el palo. Ese palo cuya función no era decorativa, sino de arrastre de las deposiciones hacia ese túnel negro. Eneko y yo no parábamos de reírnos al contemplar tan turbadora escena y pensar que si empujábamos todo lo que habíamos visto con ese palo saldría por el orificio del baño contiguo, hacia el del género contrario.
A pesar de todo, no estuvimos mal…vimos un perfecto atardecer y un amanecer con Abu Simbel de fondo desde nuestra cama improvisada en la cubierta. Una noche fría sobre suelo duro que mereció la pena, aunque pensándolo bien no quedaba otra si queríamos continuar…
Al pisar Wadi Halfa sólo recuerdo el asfalto del puerto derritiéndose bajo mis pies y un calor agobiante. Papeleos, confusión, bullicio…Ya está, tenemos el sello de entrada del país.
Nos asalta un tal Mazar con ojos negros y listos, que resaltan con su jalabiya de un blanco inmaculado y una vaporosidad como si tuviera un aire acondicionado entre sus piernas; esta le ondea cual bandera y no le cae ni una sola gota de sudor al hombre. Dice ser el encargado de los coches. Todos preguntamos al unísono cuando llegará la barcaza. Nos dice un sonriente “Inshla tomorrow”.
Llegamos al pueblo. Mazar nos acompaña al mejor hotel del pueblo, el Nile Hotel, el único con aire acondicionado. Aquí pasaremos nuestra primera noche sudanesa.
La suerte nos dio la espalda, todas las habitaciones con aire acondicionado estaban ocupadas por el equipo de futbol visitante que jugaba el próximo sábado contra el famosísimo Wadi Halfa.
¡Menuda habitación! Sí que quedaban las peores, sí. Sólo estaban disponibles las que el sol había estado dando durante toda la santa tarde. Creí que me daba un soponcio. Hacía como 20 grados más dentro que fuera. De lo que llamaban ducha, apenas salía agua y los camastros sobre alambres que hacían de somier eran colchonetas de Donald y de Dora Exploradora. Hasta ellos sudaban, madre mía…
En fin, una ducha con las gotas de agua que salían, descansar a la sombra del patio trasero y cuando por fin bajó el sol, dimos una vuelta todos los blanquitos juntos por el pueblo. A cada paso dado sobre la arena, nos encontrábamos hombres con sus chilabas blancas con un welcome en la boca, gente que nos invitaba a tomar té con ellos o simplemente con ganas de conversar.
Comimos lo que pudimos y bebimos lo que nos encontramos, y fuimos de nuevo por el mismo camino de arena por el que llegamos hasta nuestro hotel. Estábamos exhaustos.
Al día siguiente nos hizo la visita Mazar para darnos la noticia de que el coche hoy no llegaba. Que Inshala mañana. Ya empezaba a enervarme la dichosa muletilla que para ellos quiere decir tanto y para mi menos que el pimiento verde que comía Kathia y John.
El ambiente se encrespó al sentirnos engañados, al vernos encerrados en ese pueblo rodeado de arena con casas diminutas y con ese enorme sol siempre sobre nosotros que hacía que viviéramos envueltos en sudor constante.
Yo traje conmigo una sola braga de repuesto y una camiseta, eso era todo mi equipaje. Eneko en cambio, a parte de su calzoncillo, no se olvidó de la documentación importante y el GPS, ni del portátil y el disco duro, temeroso que pudiera ser robado en la barcaza.
Cada día nos despertaba Mazar con un Inshala tomorrow. Estaba claro que Alá no estaba de nuestro lado …
Así que bueno, vivimos allí durante 10 días, o mejor dicho sobrevivimos. Aunque al tercer día pudimos interceptar una de las ansiadas habitaciones con ¿aire acondicionado?. Que coño iba a ser eso aire acondicionado, era un ventilador que movía el aire y un poco de agua que tenia en un depósito. Vamos que tenías que estar justo de frente y a menos de 10cm para notar ese anhelado frescor.
Le sacamos mucho de rendimiento al disco duro y el ordenador. Esto fue sin duda, lo mejor de lo peor. Nos vimos de cabo a rabo la serie de Juego de Tronos que teníamos grabada mientras el sol fuera azotaba sin piedad. Esto ocurría la mayor parte del día.
El primer día salimos a eso de las 10:30 y a punto estuvo de darnos una lipotimia por el camino. Nos encontrarnos con un pueblo vacío como el del lejano oeste, en el que no corrían ni los matojos secos. Todo el mundo estaba en la sombra de casa, así que nos volvimos a nuestra habitación para ponernos en modo avión y ver como se seguían tejiendo las conspiraciones entre los Stark y los Lannister y como celebraban una boda roja.
Y es que las mañanas muy temprano, ya se sentía el calor en la habitación, con lo que para las 6:00 de la mañana abríamos el ojo y salíamos al pueblo a tomar el desayuno. Había una mujer entrada en carnes y con la característica fuerza nubia que preparaba un té riquísimo junto con unos cacahuetes tostados al fuego. Allí nos sentábamos a contemplar como nos contemplaba y manteníamos absurdas conversaciones en un básico inglés.
De vuelta a casa, pasábamos por el colorido y bullicioso mercado en busca de víveres para poder pasar el medio día encerrados a la sombra, hasta que nos subíamos a la única colina que se veía en kilómetros a la redonda para ver como se ponía el sol enfrente de nuestras narices.
Nos reuníamos todos los europeos juntos en el puesto que hacían falafel. En esas veladas nocturnas descubrimos el porqué de esa rivalidad entre los dos hombres; todos ellos se hospedaron en el mismo lujoso hotel en Aswan varios días antes de llegar aquí. La noche anterior a embarcarnos, la novia de Jack, Hilary, pasó la última noche bebiendo cervezas y riendo con Tony lejos de la alcoba de su amado. Se intercambiaron los teléfonos y quizás algo más, pero hasta ahí nos quiso leer Tony. Nos dijo que era una mujer muy guapa y que a él le gustaba. El caso es que en el chiringuito de las masas de garbanzo tenían un wifi que iba y venía con lo que a veces les iban y venían los mensajes de Hilary a ambos dos.
El uno le decía al otro que Hilary le había escrito. La susodicha advertía en sus mensajes de las fuertes lluvias que estaba habiendo en Etiopía, otras comentaba lo bonito que estaba resultando el país y sus gentes ó que es lo que le entusiasmaba de aquel exótico país…un largo etcétera y goteo de mensajes. El bombardeo del uno al otro con las noticias que le llegaban de Hilary, tenía el único fin de sacar de quicio y poner celoso al otro. Y en Jack causó reacción, se levantó en más de una ocasión con la cara colorada de ira y mascullando algo que sólo él oiría.
Tony, ya en la intimidad, nos contaba a solas su futura conspiración; como quería darse mucha prisa en llegar a Etiopía en cuanto le dieran el coche, con el propósito de llegar antes que Jack y robarle la novia. Para nosotros resultó ser una gran telenovela que nos mantuvo entretenidos e intrigados en un pueblo que cada día pasaba exactamente lo mismo que el día anterior. ¡Teníamos nuestro Juego de Tronos sudanés en vivo y en directo! ¡Maravilloso!
Se repitieron hasta nueve Inshala tomorrow, la ansiedad por recoger el coche y continuar el viaje agobiaba más que el propio calor. No obstante, la gente sudanesa hacía que nos sintiéramos a gusto y siempre nos sacaban una sonrisa.
Llegamos con miles de prejuicios que se derrumbaron al instante. Era un país tan seguro, que dormían con las carteras en el suelo junto a las hamacas que sacaban fuera de sus casas para dormir al frescor de la noche. Después de tantos días allí, ya nos conocía todo el pueblo y nosotros a todo el pueblo.
Incluso a pesar de la ley seca impuesta del país, Eneko bebió prohibidamente de las manos de un sudanés que le llevó medio secuestrado hacia su habitación. Este destilaba su bebida y la guardaba en botellas de medio litro de Sprite. Una especie de whisky casero y fuerte al que llamaban araki. Le metí varios lingotazos cuando después de mucho buscar a Eneko, le descubrí agazapado junto con un rostro conocido del pueblo detrás de una puerta del hotel donde estábamos. Mi esófago ardía como esta tierra. ¡Pero qué más dará, brindemos por este pueblo con araki, Salud!
Alá por fin cedió y se puso de nuestro lado. Mazar nos dijo que la barcaza estaba de camino.
Llegó al día siguiente a eso de las 15:00. Un poco más de papeleo, calor, inquietud…Descubrí al vegano de infraganti, mordiendo un trozo de pastel que nos ofreció un muchacho en el puerto como si no hubiera un mañana. Si claro, ese pastel no era de origen animal, no, y mi culo un florero. Pronto empiezas, no te queda nada…pensé hacia mis adentros muy adentros para que no me escuchara.
Cogimos el coche y hogar, con ganas de dormir de nuevo en él, de vivir en él.
En África hay una ley no escrita, en la que no se debe de conducir de noche. Las carreteras suelen ser un mercado constante y un ir y venir de sus gentes con el ganado, sin tener en cuenta el estado en el que pueden estar las carreteras o caminos. Y si a todo esto, le sumamos que no están iluminadas, pues da un resultado de un más que probable accidente.
Pero bueno, añadimos una nueva imprudencia más en este país, salimos a eso de las 17:30 una vez llenado el depósito y las garrafas por 0.09 centavos de dólar el litro al cambio. ¡Más barato comprar gasolina que agua!
Una vez preparados salimos todos en convoy viendo como se ponía el sol por un desierto infinito y escarpado. Fue un paisaje lunar constante por el reflejo de una luna llena sobre la arena del desierto.
Fuimos rápidos, Tony el que más, dispuesto a llegar antes que ninguno a donde Hilary. Seguimos la carretera que lleva hasta Jartum, la capital. Pasábamos aldeas, casas aisladas que ni sé de que podían vivir en aquellas tierras, o mejor dicho arenas.
Cuando llevábamos como dos horas de camino y algo menos de 200km nos cruzamos con unos coches de policía en sentido contrario. Al pasarnos se incorporaron bruscamente en nuestro carril con las sirenas puestas rompiendo la noche y haciendo señas con los brazos para que paráramos…nosotros éramos el último coche, y no teníamos ganas ni tiempo para mordidas, multas ó calabozos. Asique pie hasta el fondo en el acelerador y la vista en los retrovisores para ver como intentaban alcanzarnos…
El ruido de la tetera me saca de la ensoñación, me devuelve al presente. Le doy un sorbo al té…que recuerdos tan dulces.. a este té que tomo aquí le falta azúcar.

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