El eslabón perdido. Autor: Joaquín Valls Arnau

Llegó a las dos en punto de la tarde hora local, después de cinco semanas de viaje. Por fortuna para él y para sus compañeros, los modernos sistemas de sedación para rutas de medio y largo recorrido, evitaban cualquier signo de fatiga u otros efectos indeseados. Desde la Terminal 3, al millar de pasajeros que iban en la aeronave los embarcaron en varios vehículos ligeros sin conductor que, en poco más de dos horas, los habrían de llevar hasta Urbinova, la ciudad moderna edificada en la última década bajo la superficie. Su ansiado regreso se producía gracias a un permiso especial para una estancia de tres días. Había pagado por el viaje el equivalente a un año entero de salario, tras una prolongada ausencia durante la cual nunca había abandonado del todo la esperanza de poder volver algún día al lugar que lo vio nacer.

El vehículo, una especie de carro de combate sin tronera ni cañón, se sustentaba sobre una batería de colchones neumáticos y parecía deslizarse sobre unas invisibles guías o raíles. Una vez hubieron cerrado herméticamente la puerta, Víctor pudo observar, con cierta decepción, que su interior carecía por completo de ventanas u otras aberturas. Pero nada más ponerse en marcha, en su parte delantera apareció una pantalla en la que se iban proyectando vistas actuales del exterior, alternándolas con imágenes de cuarenta años atrás, precisamente las que habían quedado impresas en su retina y que, al revivirlas, le producían una congoja que no hubiera sido capaz de expresar con palabras. Echó un vistazo alrededor, y tuvo la impresión de que algunos de los hombres que le acompañaban sentían de modo muy parecido a él, hasta el punto de no poder contener las lágrimas.

Cuarenta años y ciento doce días. Todo ese tiempo había transcurrido desde la última vez que había hecho aquel mismo recorrido, si bien en sentido opuesto y en un vehículo bastante menos sofisticado con capacidad para cincuenta pasajeros –ni uno más, ni uno menos-, todos ellos niños y niñas menores de edad. Él era de los mayores, y el suyo era el tercero de un convoy integrado por diez vehículos idénticos. Se dirigieron, a gran velocidad y escoltados por el ejército, hasta la misma terminal de embarque a la que ahora acababa de llegar, donde tomarían el trasbordador que habría de conducirlos lejos de allí, hasta una de las colonias mineras exteriores, una entre las varias que empezaron a establecerse cuando se inició la escasez de hidrocarburos. De la noche a la mañana, el Consejo de gobierno había ordenado la evacuación urgente de cuatro mil niños y niñas en total, sin que la población supiera a ciencia cierta qué era lo que motivaba aquella decisión.

A Víctor le vino a la memoria que durante aquel trayecto, algunos de los más pequeños lloraban y fueron los más mayores quienes, en ausencia de adultos, se dedicaron a intentar consolarlos. Los padres de todos aquellos críos, al igual que los suyos y al igual que sus abuelos y que sus dos hermanas mayores, por el momento se iban a quedar allí, si bien en cuanto fuera posible se unirían a ellos, o cuanto menos eso les prometieron. Recordaba igualmente que aquel vehículo, a diferencia de éste, sí tenía ventanillas, algunas de las cuales dejaron abiertas para permitir que la brisa que aquel día acompañaba al crepúsculo, penetrase y les golpease en el rostro. Aquélla iba ser la última ocasión en que respiraría el aire, progresivamente menos puro, de su querida Tierra. El olor de los árboles, de la hierba fresca, del salitre del mar, se los llevó consigo con el vago presentimiento que no volvería a percibirlos en otra forma que no fuera en su memoria.

A las dieciséis horas y treinta minutos, una voz femenina de tonalidades metálicas anunció, sacándolo de su ensimismamiento, que habían completado ya la mitad del recorrido, agregando que en aquel instante pasaban por lo que en otro tiempo había sido la concurrida zona del frente marítimo y de las playas más próximas a la ciudad. De nuevo, las palabras iban acompañadas de escenas proyectadas sobre la pantalla en formato de hologramas tridimensionales. Primero mostraron imágenes de cómo había sido antaño aquel lugar, donde las olas rompían contra imponentes acantilados, dejando libres algunos recodos en los que se ocultaban recoletas calas de aguas claras y arenas doradas. Allí -recordaba Víctor- solían acudir en familia los fines de semana de verano, con la nevera portátil y la cesta de picnic. Al contemplar aquel paisaje aéreo, en el que se podía distinguir, a lo lejos, una multitud de personas rodeadas de parasoles y vestidas con los trajes de baño que eran usuales en aquella época, por un momento pensó que él bien podía ser una de ellas.

Acto seguido proyectaron imágenes del mismo paraje en la actualidad, y aparentemente en directo, captadas por medio de cámaras exteriores. La superficie, de perfil regular, se veía de un color gris plomo. No había pinos ni cualquier otra clase de árboles por ninguna parte. Tampoco agua, lo que hacía imposible distinguir la que fuera otrora la línea de la costa, o el cauce del caudaloso río que allí desembocaba formando un delta que era muy conocido por recalar en él una gran variedad de especies de aves migratorias. En puntos dispersos, Víctor advirtió la presencia de finas columnas de humo que se elevaban hacia el cielo, teñido éste de unos extraños tonos amarillos y pardos. De vez en cuando, chispas y fogonazos que emergían de la corteza terrestre llamaban su atención desde la lejanía, para extinguirse por sí solos al cabo de unos segundos.

A medida que iban aproximándose a su destino, Víctor sentía cómo se le iba formando un nudo en la garganta. Las pocas frases que habían cruzado entre sí los viajeros durante el trayecto, cesaron por completo. Casi todos optaron por cerrar los ojos haciendo como que dormían, evitando en todo caso dirigir la mirada hacia el frente, donde estaba situada la pantalla.

A las cinco y veinte se detuvieron, abriéndose automáticamente la portezuela lateral. Ya afuera, descubrieron que se encontraban en un hangar de proporciones gigantescas en cuyo interior no había más humanos, aparte de ellos. Observaron también que aquí y allá deambulaban robots antropomorfos. Éstos recogieron sus mínimos equipajes de la bodega del vehículo, para luego depositarlos, amontonados sin ningún orden, en unas cabinas transparentes situadas a cierta distancia. Mientras tanto, de nuevo una voz metálica pero ésta de sexo indefinido les dio la bienvenida a la nueva estación de Urbinova, que había sido construida -les informó- a trescientos metros de profundidad y cuya atmósfera interior se renovaba por completo cada cinco minutos. Finalizado el acto de recepción, la misma voz les indicó que debían formar en fila frente a unas máquinas que capturarían información completa de sus rostros y de sus manos. Más tarde averiguarían que, para poder franquear determinadas puertas del recinto, era preciso situarse ante otros artefactos parecidos que, tras captar esa misma información, la contrastaban con la base de datos, antes de autorizar o no el acceso.

Víctor se introdujo en la cabina metálica cuyo número le había sido asignado por megafonía, y al cabo de un minuto, tras un veloz recorrido en el que le tuvo la impresión de que se desplazaba primero hacia abajo, luego sobre un plano horizontal y finalmente de nuevo hacia arriba, se hallaba ya en el que sería su hogar durante su breve estancia. Se trataba de un cubículo de unos diez metros cuadrados dotado de todas las comodidades, incluyendo diferentes tipos de bebidas y raciones variadas de comida deshidratada y envasada. Al no hallar nada mejor que hacer, tomó el libro que le había acompañado durante el viaje, hasta terminarlo. Después de una cena frugal, habló por videoconferencia con Teresa y los niños, como había venido haciendo todas las noches desde su partida de la colonia. A continuación se metió en la cama: deseaba descansar, ya que le esperaban varias jornadas de arduo trabajo.

Pero no podía conciliar el sueño. Sin proponérselo, retomó algunos recuerdos de cuando residía allí mismo con sus padres y sus hermanas. Vivían en una casa aislada algo alejada de la ciudad, en una zona rodeada de bosque y a escasa distancia de un lago donde se pescaban truchas. No lejos, la nieve permanecía en las cimas de las montañas durante todo el invierno y parte de la primavera. En aquella época, acudía a la escuela primaria. De hecho, el día que, sin previo aviso, ordenaron la evacuación, había asistido a clase la misma mañana. Hasta casi un año más tarde no tuvo noticia de lo de la hecatombe. Ésta se había producido tan sólo una semana después de que, junto con los otros niños, hubiese abandonado el planeta. Tuvo que transcurrir otro año antes de que les confirmaran lo que ya se temían: que no había sobrevivido ningún ser humano, ningún animal, ninguna planta. Tras la conmoción inicial, se propuso que en adelante dedicaría todos sus esfuerzos y ahorros a intentar regresar allí algún día, si es que tal cosa resultaba posible.

Y mientras daba vueltas a todo ello inmerso en esa lucidez extraña que produce la duermevela, se vio equipado ya con el aparatoso traje especial que había alquilado para tres días, dotado de una reserva de oxígeno para el mismo período. Con él puesto, se adentraría entre las montañas de escombros en que seguramente quedó convertida la casa de sus padres e intentaría, no tanto localizar los restos de sus familiares, de los que a buen seguro nada quedaba ya, sino algún objeto que les hubiera pertenecido, ya fuera a ellos o a él mismo: un lápiz, unos pendientes, una goma de borrar, un reloj, algún cuaderno escolar, una fotografía, un cacharro de cocina. Con ello se conformaba; cualquier cosa le valdría para recomponer, en su mente y en su ánimo, el eslabón perdido.

Tuvo un último sueño, antes de caer profundamente dormido. En él, la vida había regresado al planeta y sus hijos, y los hijos de sus hijos, que no habían nacido todavía, llegaban allí para quedarse.

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