Retina gigante. Autor: Antonio Ortuño Casas

Dos Gigantes

En estos días en los que en medio mundo se tira la casa por la ventana en celebraciones pomposas, me encuentro con mi familia y una joven pareja de amigos de mis hijos a mitad de camino del fin del mundo.

Estamos viajando por algunos estados de la India y por el sur de China. Cuando ese medio mundo, o quizá más, está dilapidando sus ahorros en compras para celebrar comiendo hasta reventar unas fiestas que hace mucho tiempo perdieron su particular encanto, nosotros cruzamos montañas y pueblos ancestrales cerca de la frontera con Birmania, ahora llamada Myanmar.

El arroz blanco con vegetales de la zona viene llenando nuestros estómagos para atravesar los caminos con la energía suficiente; tampoco falta nunca el té cultivado en estas tierras para completar la dieta.

Hemos adelgazado algún que otro kilo, que ciertamente sobraba en nuestros cuerpos, y a pesar de que las condiciones higiénicas excedían los mínimos estándares que en nuestro entorno consideramos aceptables, nos adoptamos a ellas porque al final te acostumbras a cualquier cosa, nosotros por los menos. Pero lo cierto es que en nuestro entorno habitual no las hubiésemos aceptado; condiciones con las que no hace tantas décadas, contadas incluso con los dedos de una mano, en muchos lugares vivíamos y hasta disfrutábamos sin ninguna oposición.

La memoria es tan olvidadiza que no recordamos que no hace mucho tiempo vivíamos en condiciones parecidas, comprando y comiendo en la calle, con basura en el suelo, con baños que en algunos casos no dictan mucho de un simple agujero en el suelo, y no más, aparte olores y suciedad.

La gente de los lugares entremezclados entre sus culturas ancestrales y la modernidad, que poco a poco las va inundando; colores vivos; hombres delgados con el cigarrillo en la boca; mujeres de miradas dulces portando sus hijos en la espalda trabajando los campos.

Ambos países vienen creciendo en torno a unas cifras económicas que asustan en el entorno del mundo occidental. Se siente cuando por esas enormes ciudades chinas se va borrando casi con la velocidad del rayo cualquier recuerdo de esa China que todos imaginamos, ancestral, cerrada, de una cultura milenaria sin igual.

Las bicicletas dando paso a motos eléctricas y coches inundando varios carriles en ambas direcciones; donde antes eran pintorescas y uniformes casas en estrechas calles, ahora sobresalen enormes edificios modernos en anchas avenidas. Una contaminación hermanada con la niebla, no logras diferenciar una con la otra. Y gente, gente por todos lados, por algo ambos países tienen más de la tercera parte de la población mundial.

En la India logras ver también ese cambio, y en la calle la indigencia sigue mezclada con los colores de una cultura también increíble. Cultura que permanece en espectaculares monumentos recordando la magnanimidad de sus pueblos y ciudades en otras épocas.

Están siendo unas semanas para mi, aparte de recordar que mis padres y sobre todo abuelos vivieron en condiciones parecidas, ver con mis propios ojos el que desgraciadamente se está copiando un modelo que si bien ha traído bienestar y una aparente calidad de vida para la mayoría de los que vivimos en el llamado Occidente o Primer Mundo, por otro lado, confirmado por la crisis por la que está atravesando gran parte del mismo estos últimos años, no es el modelo adecuado como tampoco la manera de llevarlo a cabo.

Países como éstos, independientemente de que sean enormes, copiándonos lo que van a conseguir es acabar con todos. El mundo no puede soportar ese ritmo de desarrollo y ese cambio; es cierto que todos merecen y requieren progreso y bienestar para su gente, pero está claro que el nuestro no es el modelo adecuado de desarrollo que deben impulsar.

Vamos a regresar un poco asustados, razones tenemos por lo que hemos visto. En nuestra retina quedarán estampas mágicas y a la vez imágenes tristes por la pobreza que hemos visto, y nos quedará sobre todo la incertidumbre de si realmente la humanidad en general merece esto.

El tiempo, y no en mucho, responderá a la pregunta, mientras tanto, no queda otra que seguir en la vida que nos ha tocado vivir y que en ella no veamos ese muy probable final. Sin olvidar que aunque sea insignificante, seguiremos contribuyendo con nuestro pequeño granito de arena para retrasar ese fin lo máximo posible.

Cansada Retina

Java, Sumatra, Bali, nombres exóticos, lejanos, islas de un enorme país casi desconocido, un tiempo atrás sometido al yugo de un país, después en las puertas de la libertad, desarrollándose. Lugares donde la naturaleza lucha por su supervivencia, batiéndose palmo a palmo contra humanos sacrificados queriendo abrir más espacios al desarrollo, queriéndose mirar a la misma altura que los países vecinos.

Todo se retiene en la retina a cada paso, en cada viaje observando a sus gentes, sus calles, sus ríos y puertos, arrozales, orangutanes y elefantes, selvas que se pierden, todavía, a la vista.

Repetimos ahora la jugada en otro viaje con cambio de actores, siempre secundarios, y de escenarios del otro lado de estas islas. En éste sigo pensando lo mismo que en el anterior, y aunque me quisiera quedar sólo con lo que pudiera ser positivo o bonito, novedoso o espectacular, que lo hay y mucho, no puedo evitar que tenga que aguantarme con mucho de lo opuesto.

Pobre planeta Tierra, nos lo estamos cargando cada vez menos poco a poco y cada vez más a pasos de gigante. En gigantes es en lo que quieren convertirse estos países, sin importarnos, porque entramos todos, el precio a pagar, que aunque lo queramos negar o desconocer, está ya hasta incluso marcado y sin ningún tipo de descuento.

Entretanto, la mirada melancólica de orangutanes en centros de acogida; plantaciones extensas comiéndose día a día el tercer bosque tropical más extenso del planeta. Mega ciudades recogiendo sin cesar en su contaminado seno a desplazados del interior, que buscan una nueva vida y la encuentran en suburbios oscuros y empobrecidos, aglutinándolos como esclavos listos para trabajar de sol a sol en fábricas de ricos extranjeros, aquellos que pueden.

Dejan la naturaleza libre y limpia, que antes le ofrecía todo, y buscan ahora en forma de huida su sueño americano, para imitar lo proclamado a viento y marea allende de los mares, en otra tierra que se hace llamar prometida.

La crítica es fácil, y sobre todo, si se la ve desde otro ángulo, de pensamiento y de espacio. Pero por eso mismo lo plagio porque está más que dicho y comprobado, pero somos ciegos y sólo nos gusta confirmarlo, y así hasta que ya sea demasiado tarde.

Timor, Sumatra, Borneo, y si miras alrededor otros países y lugares de belleza y tradiciones espectaculares, que hemos leído y visto los de sus antípodas u Occidente, en libros y en la pequeña o gran pantalla. Cómo quisiera que siguieran como lo he imaginado entonces; ahora que lo veo con mis propios ojos, éstos y otros lugares de leyenda e historia, me entristezco.

No veo al orangután, colgado de una palmera de palma de las que pululan ya en millones y millones de hectáreas donde antes lo hacía en esbeltos árboles endémicos. Y todo por el desarrollo, no sé si éste es realmente necesario, por lo menos el cómo se está haciendo, pero veo ya a mi primo hermano como nos veremos nosotros muy pronto.

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