Domenica a Passignano. Autor: Patricia Odriozola

Llegué en un tren a través de una niebla blanca y abundante, húmeda, fría, que arruinó uno de mis programas favoritos: sentarme al lado de la ventanilla y mirar y pensar. Desde mucho antes de venir a Italia, en cuanto vi en un mapa la ubicación de la universidad, destiné un día a pasear por el lago Trasimeno. Ivonne –mi compañera de clase colombiana- insinuó sumarse al programa y yo le prometí llamarla si venía a Passignano. No lo hice. Y ahora que estoy sentada frente al lago gris, nublado por la bruma, me siento desgraciada.
El paisaje es furiosamente melancólico. Una lancha parte cada treinta minutos con rumbo a las islas que flotan tenues en medio del lago y la gente las aborda alegremente; una familia se atreve, incluso, a embarcar un pequeñísimo Jack Russell. Las casas y los negocios están tan abandonados como solo puede estarlo un balneario en el mes más frío del invierno. Unos pocos puestos pretenden ser una feria en medio del silencio: en uno, una mujer teje agarraderas al crochet; en otro, las fantasías made in Taiwan alternan con llaveritos y souvenirs de Passignano y Castiglion del Lago; en el de más allá, venden unas chapas con ordenanzas prostibularias referidas a la guerra y al cuidado que debían tener los soldados para con las pupilas: es el regalo perfecto para mi amigo C., el precio es razonable, traje dinero; cuando me acerco descubro que no son más que papeles pegados sobre planchas de metal. Ma Lei é pazza, signora? Cosa vorrebbe, che fossero veramente di ferro?
Camino la orilla hacia arriba y hacia abajo imaginándome cómo será tomar la lancha y sin atreverme a la atmósfera plomiza del lago. A medida que pasa el almuerzo más familias van llegando a la costa con canastas, risas, suéters a rayas. No muchas, pero suficientes para recordarme que una debería estar de viaje de lunes a sábados y los domingos ser devuelta a los lugares y las cosas de siempre.
Abracé este viaje con fuerza y con alivio: una residencia de estudios, la mejor excusa para venir sola. Pero para que la felicidad fuera completa debería haber dejado la notebook en casa. Noche a noche me veo en la obligación de conectarme al Skype y hablar naderías, como si no me hubiera movido de Buenos Aires. Recuerdo con nostalgia el tiempo en que la lejanía era cierta y una se reencontraba recién al volver. Ahora, cuando llegue, no voy a tener mucho más que contar que el menú del avión de regreso y las pocas historias que pueda recoger en el vuelo y en la terminal aérea –¿qué comiste?, ¿se movió mucho?, ¿pudiste dormir?-.
Si mi imagen reflejada en un ángulo y la imagen de M., un día borrosa, otro día ralentada, en el centro de la pantalla -donde a pesar de la distancia se ve nítida la última fotografía de Laurita mirando su nuca indiferente desde la pared del living detrás de él- alcanzaran para que en este momento pudiera sentirme menos sola saldría corriendo ya mismo, ya mismo volvería a la estación –al lado hay un club de aviación abandonado, a medias destruido, que me recuerda a mi padre- y ya mismo volvería a Perugia aun haciendo autostop. Mi computadora es una parte de mí, un retazo de memoria y un gran cajón que guarda lo que hago. Por eso la traje. Por eso no puedo evitar prenderla cada noche y tampoco puedo evitar odiarme cuando suena el uang-uang del Skype y M. reclama que lo acompañe hasta la hora de dormir.
El lago Trasimeno se llamó “lago di Perugia” hasta que Mussolini decidió cambiarle el nombre. Quizás en honor al cartaginés Aníbal, quien venció al cónsul romano Cayo Flaminio Nepote en la costa norte dos siglos antes de Cristo. Todavía quedan algunas construcciones medievales del antiguo burgo: en las tres islas, en las otras ciudades costeras, aquí. El recuerdo de olivares y viñedos devenidos en empresas extranjeras; tierras verdes, aire fértil, los chalets típicos del bienestar clasemedia.
Sin embargo lo único que puedo ver es que el agua que golpea con levedad el muelle revuelve botellas plásticas y restos bañados en aceite de motor como en cualquier otro lugar. El mundo, un gran recipiente esperando nuestros desperdicios.
Y todavía falta una hora y media para el próximo tren.

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