De Nueva York a Nueva York. Autor: Carlos Feal

Sin duda el viaje más importante de mi vida es el que hice desde Francia a los Estados Unidos tras aceptar una oferta de trabajo, digno y bien remunerado, bastante mejor que el que tenía entonces, como lector de español, en la universidad de Nantes. Decidí (o decidimos mi mujer y yo) viajar en barco y no en avión, porque temíamos el brusco trasplante de unas tierras a otras. Los cinco días de travesía marítima nos irían acostumbrando poco a poco a la nueva vida que nos esperaba. Además, nuestras posesiones, aunque escasas, eran una carga excesiva para el avión. No queríamos perderlas y las acumulamos en un baúl donde estampamos nuestras señas: calle Golden (no recuerdo qué número) en Ann Arbor, Michigan. Era la casa de un profesor en sabático, quien nos la alquiló para el año académico.

La verdad es que aquel viaje a bordo del Queen Mary no cumplió el deseo de ayudarnos a ir poco a poco abandonando un país o, más aún, un continente (yo mi país lo había ya hace años dejado atrás) y a la vez acercarnos a otro. Los días transcurrían monótonos; queríamos ahora llegar cuanto antes, poner fin a aquellas comidas en la misma mesa con las mismas personas: un japonés y un matrimonio americano (de origen escocés el hombre) con sus dos hijas adolescentes. Yo tenía también una hijita, de tres años, y el americano escocés mostraba su encanto ante las maneras tan correctas de mi hija en la mesa.  

Lo más memorable, para mí, fue la llegada a Nueva York. Tras interrogarme, el policía concluyó deseándome buena suerte. “Good luck”, dijo. Todavía hoy, después de tantos años, recuerdo su apellido italiano. Nada aquí de particular teniendo en cuenta la numerosa población italo-americana en Nueva York y otros estados. Añadiré que Erik Erikson, el famoso psicoanalista, cuando huyendo del terror nazi y bajo el nombre de Erik Homburger llegó a esta orilla del Atlántico, fue acogido asimismo amablemente por el policía de turno: “Welcome”, oyó que le decía. Erikson (o Homburger) contaba, exactamente como yo, 31 años al venir a estas tierras, antes de ser hijo de sí mismo. Las fórmulas corteses con que él y yo fuimos recibidos revelan, claro está, la identidad de un país de emigrantes, donde casi todo el mundo tiene raíces o apellido en otra parte.

No insinúo, sin embargo, que cualquier emigrante sea objeto de tal  bienvenida. Precisamente mi hija Sophie, aquella niñita que se portaba tan bien en la mesa, es hoy abogada y se especializa en asuntos de emigración. No hace mucho me mandó un artículo suyo en la revista Criminal Justice, donde expone el caso de muchos emigrantes ilegales, objeto de abusos y de conducta violenta por parte de quienes conocen su falta de recursos. No pueden acudir a las leyes, puesto que las han violado. Sophie muestra su satisfaccción por haber conseguido a veces la residencia permanente para esas pobres gentes, con frecuencia mujeres.

Pero no es de Sophie de quien principalmente quiero hablar en este relato sino de mi hija menor, Helene, nacida en Ann Arbor. Las pasadas Navidades fui a verla con Romy, mi pareja (o, si ustedes prefieren, mi segunda mujer). Helene vive en Vermont con su familia. Ella y su marido Kevin trabajan en la Putney School, una de las más prestigiosas escuelas privadas del país. Desde Nueva York, donde ahora vivo, jubilado, me trasladé con Romy en tren (ni ella ni yo conducimos ya) a Brattleboro, y de ese bello pueblo a Putney en coche, con Helene al volante. Me imaginé un momento, mal momento, como si yo fuera otro Isak Borg, el viejo doctor protagonista de Las fresas salvajes de Ingmar Bergman. Como saben, el tema de esta obra maestra es un viaje en coche del Dr. Borg y su nuera, al término del cual él va a recibir, en la ciudad sueca de Lund, un importante premio intelectual. Erikson vio en este viaje un ejemplo perfecto de las fases que constituyen lo que él llama el ciclo vital. En el curso del viaje entran en el coche otras personas, como un matrimonio desavenido, cuya conducta obliga a expulsarlos del vehículo, y una joven, Sara, quien con dos muchachos, enzarzados también en disputas propias de su edad, haciendo auto stop se dirige a Italia, el paraíso de los nórdicos. Pero a mí por fortuna no me iban a tributar ningún honor académico en Putney, como al solitario Dr. Borg. Mi recompensa era de otro tipo. Me esperaba una familia que prolongaba a la mía. Y además Romy me acompañaba.

Tras llegar cansado por las largas horas de tren y coche pedí tumbarme en una cama. Mi hija me ofreció la de su dormitorio y allí pude cerrar los ojos un buen rato. Cuando de nuevo los abrí, contemplé justo enfrente de mí un baúl que me resultaba familiar. Y tan familiar: era el baúl que contuvo nuestras más antiguas posesiones. El baúl transoceánico, para llamarlo de algún modo; en él podía leerse, en letras diseñadas por mí, mi nombre y primera dirección en los Estados Unidos: Ann Arbor, Michigan. Tras mi divorcio fue a parar a manos de mi hija, la nacida en Ann Arbor. ¿Guardaba algo dentro? ¿O era sólo un baúl vacío, un simple símbolo o recuerdo, aunque de forma bien tangible?

Ya repuesto, al día siguiente, visito con Romy, guiados los dos por Helene y Kevin, el idílico campus de la Putney School. No puedo impedirlo, me recuerda el campus de la universidad de Michigan, mi primer paseo a solas por él, antes del inicio de las clases. Para mí alumbraba una nueva vida.

–¿Sabéis que en Putney estudió el hijo mayor y la hija de Erik Erikson? –digo yo, que acababa de leer el libro apasionante de Sue Erikson Bloland, In the Shadow of Fame: A Memoir by the Daughter of Erik H. Erikson.

–No, no lo sabía –me responde Helene–. Pero sí que aquí fue estudiante un hijo de Isabelle Huppert.

A la mente me vino el recuerdo de la gran película Amour, de Michael Haneke, donde Huppert borda el papel de la hija fría, ajena al dolor de sus ancianos padres. Qué distinta de mi hija Helene, tan compasiva, prodigando siempre cuidados.

Más tarde celebramos la Navidad. Además de profesor, y decano desde hace poco, Kevin es un excelente cocinero. Gozamos de la bûche de Noël y de los turrones que nosotros hemos traído de Nueva Yok. Espléndido banquete, auténtico ágape en el espíritu de la fiesta navideña. Hemos admirado también las cerámicas de Celia, quien pronto irá a la universidad, y los dibujos y pinturas de Gabi (Gabriel), cuyo talento artístico parece indudable. Días felices, preñados de recuerdos infantiles.

Pero llega la hora de partir. En la pequeña estación de Brattleboro se aglomera un grupo notable de gente, de vuelta a sus casas tras el paréntesis de la vacación. Abrazo a Helene y de nuevo me asalta una escena de Las fresas salvajes: aquella en que, al final de la película, Sara y sus dos amigos obsequian a Isak Borg con una serenata. Luego emerge la voz de otra Sara, el primer amor del viejo Isak: “Adiós, Padre Isak. ¿Sabes que es a ti a quien quiero de verdad, hoy, mañana y siempre?” La joven Sara contrarresta con su amor la desesperación y el desdén que amenazan la última fase de la vida, según la ejemplifica el Dr. Borg.

Desandamos el viaje que hicimos Romy y yo a Vermont. Van pasando en orden inverso los pueblecitos que recorre la línea del tren: Amherst, Northampton (Smith College) en Massachusetts, y avanzando más, ya en Connecticut, New Haven (Yale University). En todos estos lugares he estado yo, asistí a congresos, leí ponencias, jalones de una vida ya pasada, sin posible retorno. Por último Grand Central Station (Nueva York), origen y destino de nuestro viaje.

Tardé en dormirme aquella noche. Pese al cansancio me faltaba calma para poder abandonarme al sueño. Mas por fin vino éste apoyado, como suele, en los restos de días anteriores, transformándolos a su antojo. Llegaba a Nueva York con aspecto bastante más joven del que tengo ahora. Irrumpía en medio de una multitud incoherente de individuos, indios tocados con turbantes, árabes con sus velos, judíos con sus yamakas, chinos o asiáticos, cada vez más frecuentes en esta ciudad. Se me acercó un policía que, tras identificarme, exclamó en tono amable: “Welcome”. Y a continuación, en el mismo tono: “Good luck”. Ya me iba cuando me retuvo un momento más, señalándome sonriente un lugar cercano: “Allí está su baúl”.

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