La Villa de Rello: Soria fría, Soria pura, cabeza de Extremadura. Autor: Rafael Vilches Gómez

Son muchas las ocasiones en las que intento justificar, de una manera razonada, mis apetencias viajeras y así poder conocer cuál es el motivo que me empuja a elegir, entre otros muchos, un determinado destino. Igualmente, hay una interrogante relacionada con mis viajes cuya esquiva respuesta despierta en mí gran curiosidad, se trata del motivo por el cual algunos lugares, no especialmente destacables para el común de los mortales, en mí causan una honda impresión quedando grabados en el recuerdo y eclipsando, injustamente, otras etapas objetivamente más destacadas de ese mismo viaje.

Ha sido la relectura de un libro, por el que siento una especial predilección, la que me ha dado una pista de cuál podría ser la respuesta al interrogante planteado. Se trata de la obra de Miguel de Unamuno, “Andanzas y visiones españolas”, en la que se reúne una impagable selección de artículos publicados en prensa por el autor recogiendo sus experiencias viajeras. El prólogo de dicha obra, escrito por Luciano G. Egido, cuando analiza las preferencias paisajísticas de Unamuno, nos dice: “No tendrá ojos más que para lo que quiere ver y no quiere ver más que lo que lleva dentro. La realidad exterior, en el colmo del idealismo, no hará más que confirmar la realidad interior. Todo lo que previamente no ponga Unamuno en el paisaje, no está en el paisaje; lo que nos permite afirmar que Unamuno crea sus paisajes, los elabora desde dentro”. De igual manera el propio Unamuno, cuando analiza su teoría estética del paisaje, afirma que “el universo visible es una metáfora del universo invisible, del alma”. Tras reflexionar e indagar en ese modo tan personal de percibir lo que nos rodea, acabo encontrando un punto de conexión entre el sentir noventayochista de Unamuno y las corrientes románticas (a las que yo me adhiero) que, de igual modo, tenían una percepción del paisaje muy similar, lo que les inducía a transmitir siempre una visión personal y subjetiva de la naturaleza sobre la que proyectaban sus propios sentimientos.

Enlazando con las reflexiones anteriores, me doy cuenta que la curiosidad inicialmente descrita, la de conocer y comprender el motivo por el que determinados hitos de un camino dejan en mí esa marcada huella, ha estado provocada en esta ocasión por un reciente viaje a tierras de Castilla y al descubrimiento de un pequeño y hermoso pueblo soriano, Rello.

El mencionado pueblo, ubicado en la comarca soriana Tierras de Berlanga, se nos mostró desafiante encaramado en una muela rocosa, meseta formada por estratos de roca caliza que fueron recortados con paciencia geológica por el rio Escalote y sus pequeños afluentes, hasta dejarla presidiendo, con altivez y desde las alturas, un hermoso meandro del río. La hoz que forma el río Escalote, cubierta por grandes chopos y bien cuidados huertos, discurre flanqueada por altas paredes calizas sobre cuyos farallones los buitres leonados sobrevuelan acechantes.

El pequeño pueblo, con una población censada de apenas 19 vecinos, a pesar de sus reducidas dimensiones es una impresionante atalaya amurallada, desde la que se

divisa la elevada paramera gris que la circunda y el sinuoso valle que discurre a sus pies. El día de nuestra visita fue una fría mañana de finales de febrero en la que toda Castilla amaneció nevada, y en la que una vegetación prematuramente reverdecida por un invierno suave volvió a cubrirse de blanco para entender resignadamente que la primavera tardaría todavía varias semanas en llegar. El viento gélido nos azotaba el rostro quizás recordándonos que quienes allí habitan han de habituarse a resistir más que a residir.

Accedimos al recinto amurallado por una de sus dos puertas fortificadas, a través de la cual retrocedimos en el tiempo hasta una época pasada en la que el emplazamiento de un asentamiento humano no se decidía valorando tan solo la riqueza del lugar o la idoneidad de sus vías de comunicación; retrocedimos a una época en la que el carácter defensivo de las construcciones era la prioridad más absoluta, una época de luchas y saqueos, conquistas y reconquistas, que condicionaron e imprimieron carácter al paisaje y paisanaje de estas tierras. Anduvimos paseando por sus silenciosas y desiertas calles empedradas, entre casas urdidas con piedras consistentes, entre casas y calles que hubieron de conocer en un ya lejano pasado el despreocupado juego de los niños, y en donde hoy es difícil imaginar su presencia. A pesar del frío, tampoco vimos el humo saliendo por las chimeneas, ni percibimos el reconfortante olor que desprende la leña cuando arde, impregnando el aire invernal de los pueblos de esta comarca. Recorrimos el solitario paseo de ronda, jalonado por almenas nevadas y torres parcialmente derruidas, desde donde se divisaba un paisaje con la paradójica habilidad de inspirar un contradictorio sentimiento de espléndida fastuosidad e, igualmente, de una áspera sobriedad. No pudimos evitar una sonrisa forzada cuando nos percatamos de la existencia de un pequeño cordel lleno de ropa tendida, cuyo propietario no tuvo prisa en recoger antes de que la ventisca nevada acabase escarchando su ropa interior. Supongo que no había nada que apremiase su recogida, la ropa se descongelaría y de nuevo se volvería a secar… ¡¡qué más da!! Nadie tiene prisa aquí, no hay agendas apretadas que atender, ni citas ineludibles a las que acudir.

Otro de los elementos destacables de la villa que también observamos, fue su famosa Picota o Rollo de Hierro, único en toda España. Se trata de una bombarda (pieza de artillería precursora del cañón) con varias argollas de sujeción que hacía las funciones del tradicional Rollo de piedra. El Rollo tenía una doble finalidad, por un lado, una función jurisdiccional, representando la categoría administrativa de la localidad, marcando el límite territorial o como monumento conmemorativo de la concesión del villazgo; por otro, tenía una función penal, la de exponer a los malhechores a la vergüenza pública. Hoy día, además del innegable valor histórico y testimonial que posee, también es el motivo de un conocido trabalenguas de la localidad: “El Rollo de Rello es de yerro”.

En nuestro desordenado deambular, llegamos al entorno de la iglesia a través de una cancela abierta que se abría a un pequeño jardín en donde pequeños árboles, con resistencia numantina, permanecían agarrados al suelo rocoso para dar un innecesario cobijo a quién ya no vendrá a refugiarse bajo sus ramas.

Tras un solitario y hermoso paseo dimos por concluida nuestra visita, al final de la cual reflexioné sobre el valor metafórico que aquel paisaje encerraba en sí mismo y, al igual que haría el viajero romántico que Unamuno siempre fue, pude vislumbrar como la meseta rocosa, siempre imperturbable, solo podía ser un trasunto de la

eternidad; aquellos pequeños árboles frente a la iglesia, una muestra de tenacidad y resistencia; el duro transcurrir del tiempo que habrían de soportar los vecinos de aquel pueblo perdido era un fiel reflejo del ascetismo de sus vidas; y el vuelo de los buitres… quizás fuese el mortal auspicio de un irreversible y triste final.

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