En el altiplano. Autor: Reyes Arenales de la Cruz

Hay distintos tipos de viajeros, desde el turista de viajes organizados, al que no le importa pasar por gregario con tal de que se lo den hecho y librarse de preocupaciones, hasta el aventurero profesional. Entre unos y otros, algunos preferimos la independencia del viaje a nuestro aire, pero sin exponernos a grandes sobresaltos. Recorriendo el norte de Chile en compañía de una pareja de amigos franceses, quisimos visitar el salar de Uyuni, y la dificultad del camino nos aconsejó contratar una de las múltiples empresas de excursiones que operan en San Pedro de Atacama.

Salimos del pueblo a las 8 y media de la mañana aproximadamente, en un microbús. A pocos quilómetros, paramos en el control fronterizo de Chile; los trámites son lentos y esperamos alrededor de una hora. La mañana es fresca, como todas aquí, pero al sol se está bien.

Emprendemos el viaje por una carretera que asciende continuamente; al cabo de una hora o algo más, llegamos al puesto fronterizo de Bolivia. Cuesta entender que los dos puestos estén tan alejados uno de otro, pero sin duda los chilenos no están tan locos como para colocar a sus aduaneros a más de tres mil metros de altitud y con este frío: la temperatura aquí es mucho más baja que en San Pedro y sopla un viento helador, a pesar de que el sol va estando ya bastante alto. En la caseta de la aduana, una choza de adobe con las ventanas rotas, el funcionario tirita tanto que apenas puede poner las pegatinas en los pasaportes. Su compañero bromea a cada viajero a propósito de los resultados de su país en el Mundial de fútbol, se ve que no encuentra nada mejor para combatir el tedio. Al menos, es más simpático que los del puesto chileno.

El desayuno, aunque de pie y al aire libre, reconforta. La espera se alarga más de lo previsto, nos cuentan no sé qué historia de que en la aduana no han dejado pasar a unos viajeros y por tanto, el todoterreno que los llevaba no está disponible y hay que esperar otro. Con un frío intenso, sin cobijo y sin lavabos. Menos mal que quedan tapias.

Por fin subimos a los coches, unos Toyota 4×4. En el nuestro, bastante viejo, vamos tres parejas: nosotros dos, Sylvie y Bruno, y otra pareja de unos treinta y tantos. Luego sabremos que se llaman Ingrid y Teck, irlandeses residentes en Australia. Nuestro conductor es un hombre de unos cincuenta y tantos años llamado Juan; se santigua tres veces al arrancar, nos dice que es para que Dios nos conceda buen viaje. Pero Dios debía de andar ocupado aquellos días.

Primera parada: lagunas Blanca y Verde. Rodeadas de volcanes, lindísimas, como todas las lagunas de montaña. La primera vierte sus aguas en la segunda, de un verde semáforo intenso. No se trata del reflejo del cielo, ni de la luz: el óxido de cobre que contiene en disolución proporciona al agua ese color único; también la hace tóxica, no hay vida en ella.

Tras un rato de descanso y contemplación, seguimos viaje por una pista de tierra como la que nos ha traído hasta ahora, «camino ripiado» le dicen aquí. Cuando avistamos nuestra segunda etapa, el Paisaje de Dalí, el golpe de los bajos del coche contra una piedra casi nos hace volcar, aunque el conductor consigue dominar el volante, pero el coche se ha averiado. Al bajar, veo el suelo una pieza metálica de más de medio metro; oigo decir que es el eje. «No se preocupe, señora, esto lo vamos a arreglar» asegura alegremente el conductor y se arrastra bajo el vehículo provisto de una herramienta. Yo no entiendo de mecánica, pero viendo la pieza en el suelo y el lugar donde estamos, dudo mucho que pueda solucionarlo, salvo que sea taumaturgo.

Aprovechamos la parada para admirar el Paisaje de Dalí y tomar las fotos de rigor; son unas cuantas piedras dispersas en medio de una llanura arenosa con un cerro al fondo, que recuerda realmente a algunos cuadros de este pintor. Tiene algo de onírico, como nuestra propia situación, parados en mitad del desierto con una avería seria en el vehículo, sin móvil ni radio ni otra comunicación y con un viento frío que traspasa. Pronto aparecen coches en uno y otro sentido y comienza a funcionar su peculiar sistema de auxilio: alguno de los que van en sentido opuesto al nuestro lleva el recado, de modo que una hora después aparece otro 4×4 nuevo y seguimos viaje. El conductor, un joven con la cara quemada, se presenta como Deibi. La rapidez y facilidad con que se ha resuelto la situación nos hace recuperar la confianza; está claro que esta gente tiene soluciones para todo, no hay que preocuparse.

La tercera parada es otra laguna hermosísima. El agua, esta vez del color azulado habitual, está rodeada de una costra blanca que parece hielo pero es sulfato de sodio, salpicada del verde amarillento de la hierba escasa y pobre del altiplano. En la perspectiva, los tres colores se mezclan en una combinación exquisita. A lo lejos se ven flamencos y, más cerca, otras aves acuáticas; entre la hierba pastan vicuñas. Algunos turistas se bañan en un estanque de aguas termales, pero nosotros no hemos llevado bañador ni tenemos maldita gana de remojarnos después de la mañana que llevamos. Voy notando la fatiga que me produce la altura, cada vez me cuesta más respirar. A pocos metros de la laguna, en la ladera de un cerro, hay un edificio nuevo donde comeremos cuando terminen los que lo están haciendo ahora. Cuando nos llega el turno, la ración de salchichas con puré de patatas es insuficiente para saciar el hambre, pero no queda más.

Nuevo coche y nuevo conductor, Luis. Nos explican que el vehículo anterior fue un préstamo, por eso han mandado este, que pertenece a la empresa con la que contratamos, y es más viejo. El viaje continúa por llanuras, unas veces arenosas y otras de piedra, pero siempre polvorientas, rodeadas de montañas de mil colores y texturas, del gris al dorado y de la arena a la roca, con sugerentes nombres indígenas y alturas entre cinco mil quinientos y seis mil quinientos metros, claro que no parecen tanto porque nosotros estamos a más de cuatro mil y subiendo.

Y llegamos a los géiseres, aunque en realidad solo hay uno y a lo lejos. El resto son fumarolas, charcos de barro hirviendo. Salimos a observar aquel pequeño infierno con cuidado de no acercarnos demasiado, ya que el barro está a 280º C. La altura, más de 5000 metros, y el vapor sulfuroso me hacen muy difícil respirar; me mareo y me agarro al brazo de Carlos, porque me da miedo acabar hervida. Mientras contemplamos admirados el lugar, pienso que el primero que inventó las fantasías sobre las calderas de pez hirviendo en el infierno y el olor a azufre del diablo, sin duda había visto algo como esto, ya que es imposible imaginar nada más semejante a las calderas de Pedro Botero. Sobrecoge y atrae a la vez de un modo difícil de explicar.

De nuevo en marcha. Hoy estaba previsto llegar a la laguna Colorada por la tarde, pero con tantas interrupciones no habrá tiempo, de modo que la veremos mañana. Al atardecer llegamos al refugio, unos barracones de adobe. Tras varios intentos, nuestro conductor encuentra uno libre; luego sabremos que, por llegar los últimos, nos ha tocado de los peores, de los que no tienen ni estufa, aunque las camas están limpias y con mantas. Nos traen té y galletas, que se agradecen porque cada vez hace más frío y no hay fuego que lo combata. El retrete está afuera, en otro barracón; en lugar de puerta, tiene una cortinilla y lo mejor que se puede decir es que no está sucio, pero uno tiembla al pensar que haya que salir allí por la noche. El agua para todos los usos se saca de un bidón con ayuda de un bote; está tan fría que parece imposible que pueda permanecer en estado líquido.

Intentamos tomar la situación con sentido del humor. Cuando oscurece, se enciende la luz (disponen de un generador que produce la energía justa, de modo que solo llega para dos o tres horas, después se apaga y no hay más). La cena, sopa de verdura y espaguetis boloñesa, es abundante y sabrosa, afortunadamente, aunque mi estómago no admite mucha comida: el mal de altura, una vez más. Un rato después nos acostamos abrigados hasta las cejas, ya que la temperatura baja en picado.

Llega un amanecer con escarcha dentro de las ventanas. Tras el lavado del gato y el desayuno, emprendemos nuestra segunda jornada. La laguna Colorada es deslumbrante. Sus aguas, de color salmón, brillan casi rojas cuando les da el sol. Luis nos explica que el color se debe a un microorganismo que vive en ellas en grandes cantidades; sirve de alimento a los flamencos que la habitan y les proporciona el hermoso color rosado que los caracteriza. El espectáculo es magnífico, el agua rosa fuerte, con los bordes blancos (en parte, otra vez de sales y en parte hielo), el amarillo de la hierba y cientos de flamencos por todas las orillas, las montañas alrededor y el primer sol de la mañana arrancando reflejos de colores al conjunto. Solo estorba el frío, ya que el viento sopla más fuerte aún que ayer y cuesta olvidarse de él para admirar tanta belleza. El recorrido rodea la laguna, lo que nos permite contemplarla desde el coche entre exclamaciones extasiadas.

Al llegar a un puesto de control para la entrada del parque natural, algo va mal de nuevo en el vehículo. El agua que el conductor echa al radiador sale con la misma velocidad que entra. La pieza ha reventado con la helada de esta noche y el agujerito que tenía ayer se ha convertido en una fuente que nos obliga a volver al poblado donde hemos dormido para buscar un soldador.

Después de una hora o algo más, el radiador está soldado (Bruno dice que esa soldadura no sirve, pero el soldador y el conductor afirman que es totalmente sólida) y podemos marchar. De nuevo hemos perdido bastante tiempo, tendremos que ir más deprisa, aunque Luis asegura que nos dará tiempo a ver todo lo previsto por el camino. El recorrido no es menos espectacular que ayer: las montañas del altiplano presentan tal variedad que resulta difícil imaginar que las piedras puedan tomar tantas formas diferentes y ofrecer un colorido tan deslumbrante. Vemos el Árbol de Piedra, una roca que con la erosión del viento ha tomado esa figura, rodeada de otras varias no menos sorprendentes, y a la hora de comer, paramos junto a una formación rocosa tan extraña como todas las que se ven por allí. Las piedras están cubiertas a trechos de una masa verde que parece musgo, pero no es esponjosa, sino dura; se llama llareta y, por desprender gran cantidad de resina, se usa como combustible en los hogares.

Nuevo contratiempo: el tapón del depósito no estaba ajustado y nos hemos quedado sin gasolina. Como no hay que soñar con la existencia de ningún surtidor en aquellas soledades, el conductor pone de nuevo en marcha su capacidad de supervivencia y le pide ayuda al chófer de otro vehículo que está parado en el mismo lugar, pero la solidaridad está limitada por las propias necesidades, así que solo le puede vender diez litros.

Después de comer seguimos la ruta, aunque necesitamos combustible. La solución es pedir ayuda a cada vehículo que nos cruzamos; como las dificultades de abastecimiento son las mismas para todos, nos ceden cada uno entre cinco y diez litros, de modo que se hace necesario parar a ocho o diez coches hasta poder andar seguros. Esto nos retrasa cada vez más, no obstante, el conductor sigue insistiendo en que tendremos tiempo de ver todo. Y, en efecto, seguimos conociendo lagunas de nombres difíciles de recordar, y de una belleza extraordinaria, con los bordes blancos y rodeadas de montañas. La más hermosa de todas, la laguna Hedionda, debe su nombre al olor a azufre que despide; pero salvo su denominación, todo en ella es delicado: el rosa suave de sus aguas, el blanco y verde de las orillas, el azul del cielo, las montañas que la rodean y los cientos de flamencos, gaviotas andinas y otras aves que la habitan, hacen de ella un lugar mágico, de aspecto irreal. «Parece pintada por Botticcelli» pienso, y después me doy cuenta de que Botticcelli nunca pintó lagunas con flamencos; pero no es un absurdo, los colores son los de los cuadros de Botticcelli o de Fra Angelico, por eso me los ha recordado, y la elegancia ingrávida, un tanto soñada, del conjunto, es la misma que se encuentra en la pintura del Quatrocento. Los flamencos son los aristócratas de las aves, tan elegantes en reposo como cuando levantan el vuelo. El viaje se está convirtiendo en una extraña mezcla de imágenes de cuento de hadas con experiencias de pesadilla, si pensamos en el camino y el frío.

Y de nuevo al coche. El camino se hace cada vez más duro y abrupto. Hemos dejado la llanura y circulamos por montañas donde el vehículo encuentra más y más dificultades. A la izquierda podemos ver el humo que despide un volcán en actividad. Después de un buen rato por aquellos riscos, llegamos, para alivio de nuestros maltratados cuerpos, a una llanura de color blanco, es un salar. Circular por ella es sencillo y ligero. Una vía férrea la cruza y, para nuestro asombro, el conductor se dirige hacia allá ¿habrá algún paso subterráneo? Pregunta estúpida en aquel desierto: el coche trepa el pequeño terraplén y sube sobre la vía. Nuestro sentido europeo de la seguridad vial nos hace mirar rápidamente a derecha e izquierda: no se ve ningún tren en varios quilómetros y, por fortuna, el coche solo ha parado un segundo, al siguiente intento sale de la vía y continuamos el camino hacia el otro extremo del salar.

Llegamos ¡por fin! a un poblado, San Juan, con gasolinera. Cuatro casuchas de adobe donde podemos estirar un poco las piernas y buscar una botella de agua mientras se termina de llenar nuestro depósito. La dueña de la tiendecilla nos saluda al estilo boliviano, llamándonos «amigos», y nos cobra un precio de turista por la Coca-cola y las galletas. Hoy ha hecho buena caja. Desde allí al hostal donde dormiremos queda solo una hora, y esta vez llevamos el depósito lleno; el conductor nos dice que hoy tendremos duchas de agua caliente y hasta bar ¡un lujo!

De nuevo en marcha por la llanura desértica. Al cabo de media hora el coche se para; el conductor nos asegura que solo quiere chequear pero pronto veremos que el motor echa humo. Es la definitiva, el coche no puede seguir. Está anocheciendo y el viento sopla cada vez más fuerte. Luis dice que a pocos quilómetros, tras una loma, hay un hostal y que va a pedir ayuda; Bruno y Teck van con él y los demás nos quedamos en el vehículo viendo cómo oscurece mientras oímos aullar al viento e intentamos encarar fríamente nuestra situación. No quiero ni pensar en pasar la noche allí.

Cruza un coche que ni siquiera se detiene a ver qué sucede; otros dos que pasan después se lamentan de no poder ayudarnos y seguimos parados, cada vez más asustados, cada vez hace más viento, y pensando qué será de los tres que se han ido andando, hasta que al cabo de una hora, vemos las luces de otro vehículo; le hacemos señales de nuevo y este sí, es una camioneta que para y de ella bajan Luis y otro hombre que nos dice que nuestros amigos están bajo techo y tomando café (y yo casi lloro, aunque nadie me ve porque estamos totalmente a oscuras). Enganchan el todoterreno a la camioneta y vamos hasta el hostal.

Al llegar vemos que lo que ellos llaman «hostal» solo se diferencia del refugio donde hemos dormido la noche anterior en que tiene el retrete dentro y hay ducha, aunque ninguno piensa en utilizarla después de haberla visto. La sopa de verduras que nos preparan nos sabe mejor que nada en el mundo. Tras la cena, Luis comenta que, cuando hace tanto viento, suele nevar en las zonas más altas, o sea, por donde tenemos que pasar a la vuelta. Es decir, que podemos volver a quedarnos tirados y en medio de la nieve.

La mañana siguiente aparece despejada y el frío ha suavizado algo. Llega otro conductor con otro coche en el que partimos para Uyuni. Poco después, llegamos al salar y el coche avanza sobre la costra de sal. El espectáculo colma con creces todas nuestras expectativas: hasta donde se pierde la vista, una superficie blanca que brilla intensamente bajo el sol de invierno, rodeada de montañas que en la lontananza aparecen pequeñas y azules. Paramos un rato para pasear sobre la sal; es como estar en la Antártida, pero no resbala ni hace frío; resulta difícil expresar el deslumbramiento que produce. Seguimos avanzando en el coche, divisando aquí y allá algunos islotes que emergen de lo blanco como fantasmas; el vehículo se dirige a uno de ellos, la Isla del Pescado. Es lo más insólito que uno pudiera imaginar encontrarse aquí: en medio de esta soledad, de esta nada de un blanco absoluto, un islote rocoso poblado de cactus gigantes, de tres metros de altura y más. Pasear entre las rocas y ver las siluetas de los cactus sobre el fondo blanco oprime el corazón, como si no fuera posible asimilar tanta belleza. Uno siente la tentación de levantar también allí tres tiendas y quedarse, pero de nuevo hay que partir. En uno de los extremos del salar, han construido un pequeño hotel con bloques de sal, una curiosidad para una foto. Breve parada y seguimos viaje.

Sobre la una, avistamos Uyuni; por fin, un día sin complicaciones. Pero a quinientos metros del pueblo, el coche se para: no queda gasolina. Los problemas de abastecimiento en esta zona son tan grandes que no ha podido repostar por el camino y ha llegado hasta allí. Afortunadamente, aquí funcionan los móviles y, tras una hora de espera, conseguimos llegar al pueblo y a la agencia. Ingrid y Neck se despiden de nosotros, ya que seguirán ruta por Bolivia.

Después de comer, otro conductor, Leo, con otro coche, que parece en buen estado, nos recoge. Un viajero más sube a nuestro vehículo, un neozelandés de unos treintaitantos que conocimos en el puesto de Chile y que parece un tonto arrogante. Después nos lo confirmará, ya que se va a pasar todo el viaje con los auriculares puestos y leyendo a Harry Potter sin prestar atención a nada más. El paisaje de este tramo resulta menos interesante que los anteriores y el camino, por fortuna, menos cansado, ya que es casi todo pista. Esta vez llegamos en el tiempo previsto y sin incidencias al alojamiento donde pasaremos nuestra última noche, que no es ni mejor ni peor que los anteriores.

El último día nos levantamos a las cinco de la mañana para continuar viaje. Hoy no desayunamos, para evitar perder tiempo. Las estrellas brillan en el cielo como solo saben hacerlo en el altiplano, no creo que se vean así en ningún otro lugar del mundo, aunque no tenemos mucho tiempo para contemplarlas, además de que el intenso frío disuade de hacerlo. Y de nuevo roca y roca, y algún charco totalmente helado. Parece imposible que el conductor pueda circular por aquí de noche sin perderse.

Al cabo de una hora y media comienza a rayar el alba; las primeras luces nos dejan ver un todoterreno parado. Una mujer y dos hombres nos piden que llevemos a uno de ellos, ya que es un guía que necesita llegar a la frontera para recoger viajeros. Le hacemos un hueco y le damos té caliente del termo, los otros dos se quedan allí con el coche averiado. El hombre está aterido: han pasado la noche en el coche a menos de veinte grados bajo cero (lo mismo que estuvimos a punto de vivir nosotros, y es que no hay motor que resista circular entre tres y cinco mil metros de altitud y dormir al raso a esas temperaturas); lo que no me explico es cómo siguen vivos los tres. Mientras avanzamos, la luz del amanecer arranca colores mágicos al paisaje: todo el enfado que teníamos por habernos levantado a deshora se va diluyendo a la vista de este nuevo arco iris de matices. El desierto es el reino de los colores, algo que no pueden imaginar los que nunca lo han visitado y creen que es todo igual y monótono. No existe nada más variado y mágico que esta sucesión de tonalidades y contrastes, que además cambian según el momento del día. Es nuestra despedida; tras una pausa para desayunar junto al volcán Licancabur, de nuevo el control fronterizo y el microbús para San Pedro de Atacama, aunque todavía nos queda una propina: el valle donde se encuentra el pueblo, visto desde lo alto de la carretera, es como un mar de azules.

Para viajeros como nosotros, urbanitas poco acostumbrados a grandes aventuras, y con el espíritu todavía sacudido por impresiones contrapuestas, es aún difícil decidir si nos han compensado o no tantos sustos e incomodidades para conocer tales maravillas. Quizás la respuesta sea la que le dio al infante Arnaldos el marinero del romance:

Yo no digo mi canción

sino a quien conmigo va

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