Titicaca. Autor: Rafael Restaino

En la mágica Isla del Sol

“Es cierto, que existen lugares horribles o aburridos y que existen lugares impactantes por su belleza, pero no es menos cierto que hay lugares distintos como lo es la Isla del Sol”.

                                                                               Rafael Sedda

Existen hechos fortuitos imposibles de explicar. En los viajes, por ejemplo, se suelen presentar y estimulan una conflictualidad, una tensión que puede ser irresuelta con el circunstancial acompañante. Digo esto, ya que acabáramos viviendo a orillas del mítico la Titicaca a lo largo de un mes sin que lo tuviera programado con mi compañera, fue algo inesperado, algo que no habíamos considerado, absolutamente.

Pensábamos detenernos en Copacabana, donde se encuentra la virgen patrona de Bolivia, y sabíamos que esta es una población especial, ya que además de ser un centro religioso, se convirtió desde fines del siglo XX en un lugar donde jóvenes de diferentes partes del mundo se encuentran para intercambiar experiencias. Nos íbamos a quedar sólo tres días que considerábamos como suficientes para visitar los diversos lugares de esta región y marchar a Puno luego hacia Cuzco y, por último, hacia las ruinas de Machu Pichu, nuestro gran objetivo. Pero, como un duende o algo parecido, surgió de la nada un jovenzuelo que nos entusiasmó para convivir en una comunidad indígena que nos permitiría conocer y comprender la cultura desarrollada por los aymarás. A pesar de las discrepancias con la compañera que deseaba continuar hacia Puno y conocer las isla flotantes de los Uros, venció mi entusiasmo y es así como nos salimos de lo proyectado y embarcamos en una pequeña lancha hacia la Isla del Sol, precisamente hacia Ch´allapampa, una pequeña aldea de unos 300 habitantes ubicada en el extremo más alejado de la isla, donde no llegan ni la electricidad ni el agua corriente. Esta apartada situación ayuda a sus habitantes a preservar la pureza de sus costumbres milenarias y a que los cambios a través del tiempo sean mínimos, imperceptibles.

Este desencuentro con la compañera tan común y que suele presentarse, sobre todo, en estos viajes no confortables, fue mermando cuando el agua de este lago, que según nos dijo nuestro misterioso Capitán se conformó con las lagrimas del Dios Sol, derramadas porque unos pumas devoraron a sus hijos, salpicó nuestros cuerpos y desapareció la tensa situación por completo cuando desembarcamos en el rústico embarcadero y pudimos de una mirada observar que estábamos rodeados por las cimas nevadas del Illampu y el Ancohuma. Una mirada que nos permitió de inmediato saber que habíamos encontrado un lugar muy especial. El lugar donde había surgido Manco Capac acompañado de su hermana Mama Occlo, los enviados por el Dios Sol a fundar el imperio Inca.

Acompañados por unos pequeñuelos subimos unas escalinatas hasta la humilde casa de un pariente de nuestro simpático Capitán de apellido Mamani. Con una amplia sonrisa que dejaba ver la boca desdentada sellamos la transacción por la cual nos quedaríamos diez días en una pequeña habitación de adobe y paja que disponía alrededor del patio. No teníamos la menor idea que otro hecho fortuito hará que nos quedáramos treinta días y que debimos apelar a toda nuestra voluntad para salir de este apacible y remoto rincón del planeta y continuar con el recorrido programado.

Nuestra jornada comenzaba con un sol puntual que ingresaba cómodo por un amplio ventanal. Inmediatamente después de lavarme con agua fría preparaba el mate bien caliente y buscaba el pan de quinoa recién hecho en el horno de barro que se encontraba en el centro del patio. Luego salíamos a caminar siempre bañados por un sol que en este lugar es más sol. Nuestra primera observación fue discernir que el paso del tiempo no provocó cambios significativos en esta parte del mundo. Aquí se seguía cultivando variedades de papa, oca, cebada, maíz, quinua y hortalizas como las habas. Tipos de cultivo que vienen de la época prehispánica y lo siguen haciendo con las mismas técnicas y en las terrazas como lo hacían sus mayores, “nuestros abuelos” o “nuestros mayores” como suelen decir ellos. Como aquellos antiguos habitantes siguen con una agricultura de cultivo rotativo donde después del último año del ciclo productivo que dura de unos cinco a siete años, la tierra se deja en barbecho durante un ciclo completo. Tuvimos la suerte de ver como la producción se destina al consumo familiar y como se realizan las transacciones sin necesidad del dinero.

A mí, personalmente, me gustaba caminar al atardecer por la parte más alta de la isla, mirar detenidamente en la lejanía la Isla de la Luna con su figura de pez descabezado y a otros pequeños islotes. En los días espléndidos que lo fueron en su totalidad contemplaba la inmensa cordillera que se desplegaba detrás del lago. Me gustaba ver las casitas y ver como sus moradores retornaban de sus chacras llevando su producción a lomo de burritos y de llamas. El lago es un testimonio mudo de ese interminable ir y venir de hombres y mujeres y niños con rostros apergaminados por el intenso sol y manos que tienen el color de la tierra. Sus miradas son de una resignación inevitable, sus labios suelen estar resecos y apenas suelen musitar palabras o entonar cánticos para sobrellevar las tareas cotidianas. Es que hay que aguantar este ardiente calor del día y las bajas temperaturas nocturnas.

Recorriendo con la vista podía divisar los pequeños islotes y las embarcaciones de pescadores que navegaban dejando pequeñas estelas. Sentía en ese momento la energía y hasta podría decir, sin ánimo a la exageración, que hubo instantes mágicos en que me sentí integrado a la isla. Sobre todo en esa hora en que el sol es engullido. Esa hora la solía esperar ansiosamente, ya que podía distinguir en el horizonte del lago- generalmente con los últimos rayos de luz-, como lentamente se teñían de un color rojizo las nieves eternas de los Andes. Y al apagarse esa graduación de colores ver como caía la noche sobre este gran mar indio y sentir el silencio y la oscuridad que comienzan a reinar dándole a la extensa zona el aspecto de un lugar no habitado por el hombre. Una de esas noches de un tirón escribí:

Y yo que no creo

Sentí que aquí era posible

Conversar con Dios.

Que era posible vivir

La soledad de los desposeídos

Conocer guaridas

Donde la noche muerde.

Sentí que todo

Era un largo aprendizaje

De la ternura

Bajo el cielo y plantas

Y piedras y más piedras

Y adobe

Y un río furioso que canta.

Y fue aquí donde me pregunté

¿Cuánto he vivido?

Y sentí que hasta este momento

Sólo viví

Para tener este minuto

De alumbramiento.

De esa manera los diez días iniciales que nos habíamos propuesto volaron y cuando disponíamos a preparar nuestras mochilas aparecieron dos hechos fortuitos que los hicieron extender.

El primero de esos hechos fue el casamiento de un hijo de nuestro generoso posadero. Tuvimos suerte, ya que no habíamos tenido la posibilidad de participar de ninguna de las celebraciones que se realizan en la isla: ni en el fin de la siembra de la papa, ni el día de Todos los Santos, ni carnaval, ni el final de una cosecha. Todas estas fiestas, ya sean familiares o rituales, son experiencias que merecen ser vividas. Son verdaderos acontecimientos comunales a los que asisten todos los habitantes. De ellas se destaca la conmemoración que se realiza el último día de noviembre al finalizar la siembra. Se trata de una fiesta de sacrificio en la que una llama es degollada y entregada como ofrenda a la Pachamama. Semejante regalo busca propiciar la fecundidad del suelo y su real significado debe buscarse dentro de la compleja red de intercambios recíprocos que rige tanto el trato cotidiano entre las personas como sus relaciones con los dioses.

Los ritos asociados a la fertilidad representan la mayoría de las celebraciones andinas, algo que resulta lógico. En un medio tan hostil, el aymara necesita el beneplácito continuo de las fuerzas superiores que rigen el cosmos y controlan los fenómenos naturales. Por eso, los hombres están convencidos de que los dioses mostrarían su enfado si no fueran complacidos con cierta frecuencia. El castigo podría adoptar la forma de granizo, sequías o inundaciones que arruinarían las cosechas de las que ellos indefectiblemente dependen.

Esa es la razón por la cual –según me explicó don Mamaní- la llama es inmolada de cara a la cordillera, ya que este es el punto cardinal sagrado y la dirección de la fecundidad. Este sacrificio tiene como destinatario a la Pachamama pero también los cerros nevados y otras deidades menores.

El casamiento al que fuimos invitados tuvo lugar en el santuario de Copacabana, auténtico centro de peregrinación. Ahí pudimos ver como se bautizan a los automóviles, camiones, colectivos a los que visten con flores y con otros ornamentos de papel dando un clima de fiesta.

Después de bailar, comer y beber en demasía volvimos nuevamente a la isla. Lo hicimos cantando una dulce canción en aymarás, cuya traducción me es imposible recordar. Sé que repetíamos estos versos de manera constante, tal como lo hacen los alegres que han bebido profusamente.

“Kullakitanaka jilatanaKa                 
Tajpachan sartasiñani.

Janarunakasat armasimti
Jiwas aymar markasata.

Mapita sartasiñani                             
Masuma jach’a urutaki.”    

En la isla se continuó el festejo por otros dos días más. Fueron 48 horas de música, de comidas y de bebida, principalmente la chicha que parece una bebida inofensiva, pero luego estalla en todo el cuerpo. Recuperarnos de semejante ingesta nos llevó otro tanto.

Este casamiento nos permitió ver de cerca la profunda devoción a Nuestra Señora de Copacabana, pero también la importancia que tienen los rituales para invocar los favores de los cerros sagrados, del lago y de la tierra misma y para conjurar las fuerzas maléficas que habitan las tinieblas del mundo subterráneo.

Al no irse la descompostura que tenía, ya que se mezclaba lo que había tomado con la altura a nivel del mar en la que estábamos y es bueno decirlo para saber de lo que estamos hablando ¡4.000 metros!, don Mamaní me llevó a lo de un sabio curandero que habitaba en uno de los cerros cercanos, quien preparó un potaje en el cual prevalecían las hojas de coca. Además me hizo beber agua extraída de un manantial que fuera en antiguos tiempos uno de los grandes privilegios del Inca.

El otro hecho fortuito que apareció fue cuando nuestro Capitán el mismo que nos convenció de pernoctar en la Isla nos contó la leyenda de Chinkana, es decir, de un lugar donde uno se pierde o se esconde. Son túneles o laberintos construidos en la época en que los dioses convivían con los hombres. Tenían posiblemente fines iniciáticos o de comunicación. Lo cierto es que desde la llegada misma a esta misteriosa región andina habíamos escuchado hablar de túneles que atraviesan el lecho del lago uniendo a la Isla del Sol con Coati, Apinkila, Tiwanaku y el Cuzco. Esas narraciones están cercanas al mito y es sabido que en todo mito hay un sutil fondo de verdad. Una prueba evidente de esa cercanía entre las leyendas y la realidad es el descubrimiento que se había concretado hacía unos pocos días de una plataforma subacuática de piedra con ofrendas de oro tiwanacotas e incas en uno de los islotes que tiene el lago como también el enorme templo sumergido en las cercanías de la Isla Campanario o los restos hallados de un ciudad perdida. Algo que sabíamos por arriba, sin ninguna certeza, pero el Capitán como algunos de los habitantes de la isla nos confirmaron de la veracidad de esos hallazgos y nos dieron a entender que sólo era una mínima parte de todo los tesoros ocultos que existían. Será el mismo Capitán quien, como si tal cosa, nos propondrá llevarnos hasta uno de esos misteriosos lugares. Son esas oportunidades que se presentan una vez en la vida. Una mirada con la compañera no fue suficiente. Por lo tanto ante este nuevo hecho fortuito debimos confrontar nuestros pareceres. Después de una fuerte discusión donde se presentaron disidencias logramos congeniar y fue así como decidimos marchar hacia esa aventura.

De esta manera lleno de entusiasmo en mi caso y con muchas dudas la compañera, partimos hacia ese objetivo. Prácticamente era recorrer la isla de norte a sur. Debo decir que fue impactante lo que pudimos observar en esa extenuante caminata: terrazas precolombinas, variedad de cultivos, burros, llamas, manantiales. Tuvimos la suerte de encontrarnos con un chaman vestido con un hermoso poncho rojo que nos dio agua, pan y ejecutó en su quena,   con generosidad, antiquísimas canciones. También nos mostró en un arrebato de confianza sus tesoros que no eran otra cosa que ollitas, huesos, tejidos y cerámica fragmentada que había encontrado arando, aunque muchos de esos elementos se lo habían dado los vecinos a sabiendas de su vocación.

Finalmente después de escuchar incrédulo (al menos en mi caso) nuestro futuro a través de la interpretación y lectura que realizó con hojas de coca partimos y al atardecer llegamos al misterioso lugar que se encuentra en una cueva. Después de algunas indecisiones yo bajé apenas unos metros, pero el instinto de supervivencia no permitió que avanzara mucho más. Fue suficiente para saber que muchas de esas leyendas tenían una base grande de verdad. Por una promesa realizada no puedo decir con exactitud el lugar ni lo que alcancé a ver. Sólo me animo a confesar que una enorme carga de energía me alcanzó y produjo en todo mi cuerpo, especialmente en los pies un cansancio enorme.

Esa noche dormimos en las cercanías de la cueva en una especie de carpa improvisada. Al otro día regresamos. Fue una caminata de aproximadamente unas 10 horas que realizamos casi sin hablarnos. Llegamos y según me informó mi compañera dormí un día entero. Un reconstituyente realizado con raíces y hojas de plantas silvestres me devolvió la vida. Sólo debí a lo largo de ese día y unos cuantos más, mantener la calma ante la insistencia de mi compañera para que le confesase lo visto en esos pocos pasos dados en esa especie de averno.

Antes de marcharnos de esta isla singular realizamos algunas excursiones. Fuimos con un pescador en su embarcación de totora a recorrer todo el Lago Menor, la Isla de la Luna, comunidades de campesinos. En una lancha más sofisticada fuimos hasta Puno sin pasar por aduana alguna para comer un buen plato de trucha en la isla artificial de los indios Uru y realizamos continuas caminatas que permitían el diálogo con los habitantes del lugar. En una de ellas conocimos a Juana, una tejedora que vivía doblada sobre su telar. Detalladamente nos relató como esa tarea venía desde sus abuelos, que la continuaba ella y que siempre lo hicieron de la misma manera tanto en los colores como los motivos geométricos. Su tristeza era enorme, ya que la esterilidad la había dejado sin hombre y sin descendencia. Un dolor manifiesto que nos tocó en profundidad cuando nos dio a entender que estaba condenada a la soledad y que sus saberes desaparecerían.

Otro hecho fortuito movilizó nuestra voluntad y decidió la hora de partida. El mismo se produjo cuando una guía que encontramos por casualidad en la comunidad de Yumani nos notificó que Evo Morales asumiría la presidencia de la nación boliviana en un enorme acto realizado en Tiahuanaco. Esa noticia fue el justo disparador para decidir marcharnos de esta isla que nos había hipnotizado. De esa manera pudimos pegarle un manotazo a las trampas que aparecían constantemente para detenernos y partimos de este lugar que igual a una telaraña nos había atrapado como no lo había hecho ningún otro. Como en el juego de la Oca volvíamos hacia atrás algunos casilleros y nos alejábamos un poco más de nuestro objetivo que era Cuzco, pero nos estaba esperando uno de los grandes momentos que nos tocaría vivir en esta aventura que es viajar.

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