Personajes inolvidables. Autor: Rafael Restaino

Personajes que he conocido

Una mujer que vive para cantar

Entre los personajes inolvidables que he conocido se encuentra Barbarita Cruz. Ella fue mi primer contacto con la América profunda. Un personaje como sólo lo puede ser alguien que hace ollas, y vino, y pan y canta a la vida en cada momento hasta en el “día en que yo muera”, lo que habla de una actitud vital irreversible, una cosmovisión en su manifestación expresiva que es una confesión completa acerca de su pensar, de su obrar, de su sentir.

Aún en mis oídos se encuentra su voz y los golpes melodiosos de su caja con los cuales nos supo trasladar a las abras, a las vertientes, a los arenales, a la Salamanca, al vellón, al barro, al horno del pan y a la cuba del vino de su Pumamarca querido.

No sé donde estará en este momento esta mujer singular que abarcaba con su saber y su sentir toda la quebrada humahuaqueña, toda la América andina, pero siempre voy a recordar a esta mujer que supo decir:

Si no cantara no vivo

Yo vivo para cantar

El día que yo no cante

La muerte me ha de llevar.

Squeo Acuña, vino, albahaca y poesía

Al poeta Squeo Acuña lo conocí en La Rioja (Argentina) y desde el inicio mismo de nuestra amistad sentí que era una fiesta acompañarlo a comprar vino. Cada botella que elegía era un poema, un poema que despertaba con mayor énfasis en la copa cuando la perfumaba con su ramita de albahaca. Ese vino perfumado hacía aparecer por momento la desolación que siente un poeta entre los hombres, una acallada tristeza por cosas que nunca le preguntamos.

Además de buscar vinos por diversas bodegas y vinerías me gustaba mucho cuando hablaba de sus amigos poetas como Alberto Vanasco, Alfredo Carlino, Martini Real o relatar anécdotas de los diversos lugares que recorrió dando recitales con el guitarrista Rodolfo Fernández Brac y yo mismo fui testigo cuando en la casa del músico Normando Nóbile en compañía del poeta Horacio Laitano, con la copa perfumada de vino se estimuló para decir:

Mi madre y Miguel Hernández

Están durmiendo en mis bolsillos de tierra

Tomo su canto de aromas

Y me voy a la huerta con maíces y escardillos

Allá los entierro,

Porque seguramente saldrán primavera

Creciendo en chacritas

Y apuntando fusiles.

Marcelo un espíritu poético

Marcelo Marcolín era por sobre todo un poeta. Lo conocí en esa ciudad de vientos que es Caleta Olivia (Patagonia-Argentina) y luego nos encontramos en Quilmes, Ituzaingó, Rosario, Buenos Aires, Pergamino, donde dábamos recitales de poesía o presentábamos nuestras revistas mimeografiadas. El se había mimetizado con los poetas de la generación Beat: Allen Ginsberg, Lawrence Ferlinghetti, Gregory Corso y preferentemente Jack Keruac. Por mi parte mucho más terrenal pintaba por las noches el “Luche y Vuelve” o el “Patria o Muerte” de mi generación. No me salía de Neruda, de Tuñón, de Vallejos. Por lo tanto no es ninguna casualidad que la separación se hiciera notable. No concebía mi rústica poesía que denominaba sin eufemismo como panfletaria. Debo decir que él trabajaba con esmero las imágenes, lo sensorial, lo erótico. Gustaba de la metáfora pura y supo decirme que ese recurso estilístico era la gran necesidad y que era más útil que un fusil. Fue suficiente. No nos vimos hasta finales de la década del noventa cuando organicé una feria del libro en mi ciudad y el llegó como siempre dispuesto a presentar un librito rudimentario, muy rudimentario, pero de poesía.

La desgracia de un huaquero

Nos encontramos en Trujillo (Perú) donde me contó sus hazañas. Juntos viajamos hacia Ecuador y debo decir que siempre lo hizo alegre.

Una mañana en la peligrosa Guayaquil (Quito) me contó cómo se introdujo en ese extraño oficio de saquear tumbas, de cómo fue iniciado por un viejo sacerdote que le enseñó a manejar un sistema de péndulo para encontrar tumbas y que después -mucho más sofisticado- realizaba ese innoble trabajo con un detector de metales. Y fue también esa mañana que me refirió su gran secreto, la causa de su desgracia. Con su voz grave, mucha más voluminosa que su cuerpo me dijo que enceguecido por la ambición con otros dos compañeros fueron a profanar la tumba que nadie quería profanar por haber sido de un reconocido chaman. Y que después de cavar a lo largo de la noche apareció una especie de becerro de oro con un brillo tal que a uno de los compañeros lo encegueció para siempre, al otro le hizo perder la memoria y al él lo condenó a vagar por siempre como un astro que gira por el espacio sin luz y sin vida.

Almejas a la parmesana de Joselito

A Joselito, el musiquero lo conocí en Arica (Chile). Él fue quien me ir a comer a un bodegón que estaba cercano al puerto. En ese lugar comí churrasco a lo pobre, lo más sabroso que he deglutido en mi vida. A veces me acompañaba y me contaba sus aventuras en la Argentina, en Perú, en Madrid y en Arica. Me hablaba del socialismo que practicó hasta que vino Pinochet, de su amado Neruda, y de canciones. Una noche me invitó a su casa para comer un plato sencillo preparado por él: Almejas a la parmesana. Un plato que elaboró en unos pocos minutos. Lo hizo con limón, pimienta y queso. Esa noche me confesó que su hija había sido una de las tantas víctimas de ese golpe militar que lideró Pinochet.

Inolvidable es este personaje en la historia de mi vida. A tal punto que a veinte años de aquellos alegres días me basta cerrar los ojos para sentir la voz de Joselito cantando “Si vas para Chile/te ruego que pares/por donde vive mi amada/en una casita muy linda y chiquita/que está en las faldas/de un cerro enclavada”.

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