Medellín después de Pablo. Autor: Andoni Aldasoro

Los estruendos podían significar una de dos cosas. O eran fuegos artificiales lanzados por el Cartel de Medellín que festejaban una coronación, así se le llamaba cuando un envío de mercancía alcanzaba exitosamente su destino en Estados Unidos, o eran detonaciones causadas por coches bomba, artefactos explosivos, atentados perpetrados por el mismo grupo criminal. Las noches de Medellín en los años 80 no pasaban fáciles. Los continuos estruendos podían significar una de dos cosas, y ninguna de las dos era buena.

Había jurado que jamás escribiría de narcotráfico. Fue hace varios años cuando prometí nunca tocaría temas como cocaína, sicarios, ejecuciones, capos, carteles; nada que tuviera que ver con la llamada narcocultura. Ni siquiera me gustan los corridos, mucho menos sus vertientes de temáticas delincuenciales. Pero entonces viajé a Colombia. A Medellín, para ser más precisos. Y fue ahí donde encontré la sombra remanente de un Pablo Escobar que a pesar de tener diez años muerto, vive aún a través de gente, de mitos y de lugares. Fue por medio de estos lugares que pude conocer de este personaje tan enigmático como fascinante.

Pisé suelo colombiano bien entrada la noche. Los pasillos del Aeropuerto Internacional José María Córdova, ubicado en el municipio de Rionegro, en el área metropolitana de Medellín, lucían solitarios. A bordo del taxi de camino al hotel pude ir viendo cómo la avenida de Las Palmas se va adentrando al Valle de Aburrá, nombre con el cual se conoce a esta región del departamento de Antioquia. La poca actividad nocturna en el trayecto corrió a cargo de los motociclistas que se reúnen en los miradores. A pesar de la oscuridad se podía apreciar el ladrillo que viste las paredes de casi todas las construcciones. Tras una canción viejísima de Julio Iglesias, comenzó un noticiero deportivo, tema que parecía ser de especial interés para el taxista, porque subió el volumen del radio. Para cuando llegué al hotel estaba enterado del buen paso de la selección colombiana en la eliminatoria mundialista. Ya en la habitación, ví a medias un capítulo de La Diosa Coronada, telenovela local acerca de una mujer que trafica con drogas para tener lujo y poder.

Cosas de las que no se hablan… mucho

No hay nada más dañino para un viajero que los prejuicios. Mi estancia en Medellín se pudo haber visto afectada de haber ido con el chip Pablo Escobar activado. El chofer futbolero podría haber parecido un secuestrador; los motociclistas, sicarios; los inocentes puestecitos de arepas y chocolate de los miradores, expendios nocturnos de narcomenudeo. Pero no. En verdad resulta difícil concebir que esta misma ciudad fue el escenario del más oscuro capítulo de la historia actual de Colombia.

Usted sabe cómo son las cosas conmigo: plata o plomo, se escucha la voz de Andrés Parra, actor colombiano que hace de Escobar en la serie televisiva El patrón del mal, a través de una app que reproduce frases célebres del capo; app que ha sido bajada más de 50 mil veces. ¿Quiénes serán todas estas personas que disfruten escuchando este tipo de cosas?

Los antioqueños no hablan mucho de Pablo Escobar, ya sea por repudio o por vergüenza. Me cercioro de esto al ver la reacción de Carlos, el guía, cuando, sin previo aviso, le pregunto si alguno de sus atentados tomó lugar en el centro de Medellín. Su pronta respuesta me indica que no tiene empacho en tocar el tema, pero su lenguaje corporal invita a alejarme del grupo de turistas, para tratar el asunto con discreción.

–¿Usted quiere saber de Pablo Escobar? Yo puedo contarle todo lo que sé, pero igual debería apuntarse a uno de los tours que lo llevan por los sitios importantes de esta historia–.

Los operadores de los tours casi clandestinos de Pablo Escobar son reprobados por la sociedad antioqueña por hacer apología del crimen, por enaltecer a la ya de por sí enaltecida figura de El padre del narcoterrorismo. Lo mismo pasó con la trasmisión de la serie El Patrón del Mal, las nuevas generaciones de colombianos que no vivieron en la época más sangrienta del Cartel de Medellín están viendo a Pablo Escobar como un modelo de perseverancia y de éxito, con un estilo de vida atractivo, especialmente para las clases bajas, quienes aún lo siguen viendo como un hombre ejemplar.

Los dos Pablos

Pablo Emilio Escobar Gaviria nació en Rionegro, Antioquia, en 1949, fue el tercero de siete hermanos. Su padre, ganadero y agricultor, y su madre, maestra de escuela rural, provenían de familias tradicionales y distinguidas de la región, pero tenían poco dinero. Desde pequeño, Pablo mostró indicios del liderazgo y poder de convencimiento que después lo llevarían a fundar un imperio multimillonario. Cuando cursaba la primaria, organizaba rifas, vendía los exámenes que robaba a los maestros, rentaba historietas, pero también se distinguió por defender a sus compañeros, por luchar para obtener beneficios colectivos, cualidad que también lo acompañaría durante toda su vida.

Aunque tenía deseos de estudiar Derecho, dejó los estudios para contribuir a la economía familiar. Siendo un muchacho avispado, inteligente y muy pujante, no tardó en ver a los negocios ilícitos como una excelente forma de ganar dinero. Comenzó robando lápidas para posteriormente revenderlas, luego se inició en el contrabando, cosa que lo condujo directamente al narcotráfico.

La Comuna 9 es muy parecida a todas las demás comunas empobrecidas y sobrepobladas de la zona metropolitana de Medellín, pero hay algo que la hace especial. El letrero en una de las paredes lo dice todo: Bienvenidos al Barrio Pablo Escobar. Aquí, a diferencia del resto de la ciudad, es visto con buenos ojos venir en busca de lo que Pablo dejó atrás. Aquí, mencionar su nombre nos abre las puertas..

En 1982, Pablo Escobar no sólo se las había ingeniado para amasar una buena fortuna con el tráfico de cocaína, también había incursionado en la política. Así, cuando fue elegido representante del Congreso de la República, dedicó gran parte de su tiempo a visitar las comunas más desdeñadas por el gobierno estatal. La gente aún recuerda la primera vez que Escobar visitó este lugar. –Todo esto era un basurero– dice una anciana sosteniendo una fotografía de Pablo, –la gente dormía en basura, los niños jugaban en basura–. Él mismo puso el dinero para construir más de mil quinientas casas que regaló a los pobladores del vertedero. – Hizo lo que ningún político había hecho ni hará jamás– dice un señor entrado en años, con el mismo fervor que la anciana, – Nos dio todo sin esperar nada a cambio–. Aunque las autoridades nunca han permitido que este barrio porte el nombre del benefactor, su nombre oficial es barrio Medellín Sin Tugurios, nadie olvida quién lo hizo posible. Dato curioso: esta colonia aún carece de los servicios básicos, los pobladores creen que es una venganza por parte de las autoridades.

Este es el lado bueno de Pablo Escobar, además de este barrio, construyó muchos campos de futbol, de basquetbol, albercas, gimnasios; en navidad visitaba las colonias más pobres de Medellín y daba regalos por toneladas.

El aspecto contradictorio e incomprensible de la personalidad de Pablo viene cuando, sin el menor remordimiento, hacía explotar coches bomba, aviones en vuelo o centros comerciales llenos de gente inocente, la misma gente a quien él prodigaba tanta consideración. Las cifras de este otro Pablo son apabullantes: controló hasta el 80% del tráfico de cocaína en todo el mundo, su fortuna fue calculada en 25 mil millones de dólares, tenía más de 40 coches deportivos y a su nombre se encontraron  más de 500 predios, se le vincula con más de 20 mil muertes, la mitad de ellas con gran violencia.

Ecos de balazos y estallidos

Para saber todos los detalles de la vida y los lugares de Pablo Escobar en Medellín y sus alrededores, sugiero que se busque alguno de los famosos tours cuasi clandestinos que abundan en internet, pero debo advertir que son caros y, en algunos de ellos, toma varios días completar el recorrido. Demasiados días, a mi parecer, para dedicar a un narcotraficante, único e interesante, pero narcotraficante al fin. Si no, hay varios lugares cercanos en la ciudad que se pueden visitar. En la zona de El Poblado, está el edificio Mónaco, de siete pisos, que Escobar construyó para su familia. No hay mucho que ver ahí, pues el inmueble es utilizado por oficinas gubernamentales. Si acaso, resulta interesante ver lo contrastante de la edificación con respecto a las casas, de dos plantas, que la circundaban cuando ésta fue construida.

Otro sitio de interés, es una vivienda de dos pisos muy cerca del Estadio Atanasio Girardot, casa del equipo de futbol Atlético Nacional. Ahí fue donde Pablo se refugió cuando fue acorralado y acribillado por las fuerzas policiales. Se puede ver el sitio desde donde los francotiradores le dispararon, terminando con el hombre pero dando comienzo al mito que es ahora.

He decidido terminar mi recorrido autodidacta de carteles y capos, y vuelvo al centro. En el Parque Berrío, mirando a la gente que se trepa a las esculturas de Fernando Botero, famoso escultor y orgulloso antioqueño, imagino explosiones y coches bomba, y de pronto me siento mal por haberme arrojado al fenómeno Pablo Escobar de tal forma. Entiendo la fascinación que el personaje puede suscitar, pero también tengo una idea más acertada de lo que la sociedad colombiana tuvo que sufrir.

De vuelta en el hotel, llego justo a tiempo para ver La Diosa Coronada. Pensando en que me encanta el acento colombiano, escucho varias detonaciones, y ya sé que podría significar una de dos cosas. Prefiero pensar existe una tercera opción.

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