Elvis tenía razón… ¡Viva Las Vegas!. Autor: Andoni Aldasoro

Mi mamá nunca ha aceptado que le gustara Elvis Presley, sin embargo, crecí escuchando la música de éste. Encontraba muy extraño al personaje. Su forma de bailar me parecía, cuando no risible, extraordinaria. Naturalmente no tenía idea de qué hablaban sus canciones. Salvo una. Años después vi el video de esta canción, donde el Rey Criollo agitaba frenéticamente su fleco entre bongoes y bailarinas tropicales. El ritmo era trepidante y cada coro era festejado como la llegada de un año nuevo. Entendía poco de lo demás, pero lo que me quedó claro, a fuerza de la repetición, era que existía un lugar llamado Las Vegas, y que éste debería ser algo muy parecido al paraíso. Elvis no desperdiciaría tantos Vivas por un lugar cualquiera.

Ahora estoy en camino hacia allá, no por la canción de Presley, mucho menos por profundizar en las preferencias ocultas de mi mamá. Voy porque sí y porque nadie necesita una razón para hacerlo.

Antes de llegar al Aeropuerto McCarran, y después de ver el desierto desde el avión, encuentras muy pequeña la ciudad. Me hago la promesa de que la próxima vez que venga será en coche desde Los Ángeles, atravesando el desierto de Nevada, como en aquél libro que leí hace mucho tiempo ¿cómo se llamaba? Me gusta que, antes de llegar al destino, ya esté planeando la siguiente visita. También me gusta asociar los lugares a donde viajo con libros, o con discos, o con películas. Esto me da la sensación de ya conocer las ciudades que apenas voy conociendo.

Mi hogar por los próximos días se llama The Cosmopolitan, de muy reciente inauguración. Este flamante hotel abrió sus puertas en 2010 y, a diferencia de casi todos los demás complejos sobre el Strip, no es temático, cosa que realmente agradezco.

Elevadores antiguos con desnudistas dentro, gatos, burbujas. El lobby del Cosmopolitan es algo de otro planeta. El ocho columnas cubiertas con espejos y más de 200 pantallas de LCD se muestran videos realizados expresamente para este espacio. La llave digital en mi mano dice West Tower. Me decepciona un poco saber que, a pesar de que mi habitación es la 3807, el complejo tiene nada más 2,995 cuartos.

Todo en Las Vegas está hecho para que olvides quién eres y qué haces aquí. Las luces de neón y el pomposo lujo que cubren cada espacio hacen que… De repente un detalle viene a hablarme de mi vida pasada, de aquella existencia que abandoné al bajar del avión. Y lo miro fijamente como quien no reconoce su propio nombre en la pantalla de la habitación. La vista del atardecer desde el balcón te recuerda que afuera apenas está empezando el día.

Cerveza de montaña y acento británico

Me gusta orientarme en el Strip y enlistar mentalmente los hoteles que lo habitan. Me da tranquilidad saber que después del Cosmopolitan, en el mismo lado de la acera, está el Bellagio, y que después de éste se encuentra el Caesars Palace. En dirección contraria, y antes de llegar a la montaña rusa del New York, New York (Start spreading the news…, canturreo) están el Vdara, Aria, Mandarin Oriental y Monte Carlo.

El viento desértico aconseja buscar refugio. He caminado hasta el Venetian, antes de los hoteles hermanos Wynn y Encore, y después del Flamingo y del Harrah´s. ¿El destino? Public House, un autodenominado “gastropub” con muy buena pinta. Aquí tiene residencia Russell Gardner, el primer cicerón de cervezas, el equivalente a sommelier de vinos, del estado de Nevada; es un ser pintoresco con bigote estilizado que me aconseja maridar una entrada de paté y pan con una Boont Amber Ale. Los platos van desfilando al ritmo de las elecciones de Gardner. Pronto, la mesa se ve cubierta por vasos cuyos restos espumosos delatan su anterior contenido, tengo una revelación y afirmo que el paraíso debe estar tapizado por vasos así. El grupo que ocupa la mesa contigua bien podría ser el elenco de American Pie. El sonido local pone a Bon Jovi y a Springsteen, hasta ahora nada de Elvis.

El incesante y frío ronrroneo del aire acondicionado y estos varios litros de levadura de los que ahora soy dueño me imploran caminar. Vuelvo a los rumbos del Cosmopolitan y, tras un recorrido que pareció trazar cientos de manzanas, me encuentro sentado en la barra. ¿Mencionamos que también hay bares aquí dentro? —A Vesper, please— digo forzando mi mejor acento británico, y, a pesar de haber sonado como un abultado James Bond, sonrío a la hermosa bartender.Aquella más condescendiente que amorosa mirada me recuerda que tengo una entrada para Love, el espectáculo de Cirque du Soleil dedicado a The Beatles, en el Mirage, después del Caesars, antes del Treasure Island. Iré a pie, pero antes debo cambiarme.

All I need is love

Cuando viajo siempre procuro adoptar costumbres y vestimentas, pero estos gringos con bermudas… No, me visto apropiadamente. Camisa negra, pantalón gris, zapatos. Esto me recuerda que debo visitar la tienda John Varvatos o, al menos, H&M. Afuera, el Strip está poblado por pequeños vestidos negros que impregnan el aire con Love by Kenzo. Me gusta atravesar la estela de perfume que dejan a su paso. Presenciar la afortunada existencia de personas así me hace querer caminar como John Travolta.

Como buen mexicano, en más de una ocasión, he estado tentado a cruzar la calle en lugares indebidos. Me parecería tan sencillo correr entre coches. Pero me doy cuenta que no tengo prisa por llegar al otro lado, y que me siento bien rodeado de visitantes nocturnos, que se tapan unos a otros del repentino viento del desierto que corre en las esquinas, cuando las calles entre hoteles permiten su paso sin interrupción.

Primera escala: Hyde, del Bellagio, donde ofrecen al sediento visitante cocteles a base de nitrógeno líquido. Pides un Love Unit, que es una mezcla de vodka, lima, jugo de toronja, vainilla y gotas de chile campana. Aunque mis papilas gustativas no sepan qué hacer de esta mezcla, el resultado es agradable. He pasado por varios casinos y no ha sido fácil esquivar la tentación. Ya habrá tiempo más adelante para perder de una manera provechosa el dinero que traje.

Ya en el Mirage, la entrada a Love es como un gran caleidoscopio. Todo el personal está ataviado al estilo Cuarteto de Liverpool. Encuentro mi asiento y observo con curiosidad lo extraño y retorcido del escenario. Se apagan las luces y aparecen cuatro siluetas conocidas proyectadas en cuatro pantallas. Yo sólo recuerdas la sonrisa de la chica que me recibió el boleto. Ideas geniales se amontonan en la mente, ahora que suenaAll you need is love, yo pienso que todo lo que necesito son más boletos.

Afuera del Mirage la fila para abordar un taxi es larga y sinuosa. Mejor camino. Al sonido de explosiones volcánicas, se reúne un gran grupo de gente en la entrada del hotel. Es el show de fuego y erupciones, sin mucho entusiasmo me uno a la multitud preguntándome qué estoy haciendo aquí. Una silueta familiar rompe con mi profunda reflexión. El mismísimo Rey Criollo está parado junto a mi, un Elvis un poco más tostado y con copete afro, que posa gustoso para las cámaras. Podría llevarle a mi mamá una foto así, pero mis ojos se desvían del bigote del sonriente Presley a una mirada que definitivamente está dirigida hacia mi. Enfundada en un vestido negro, la hasta hace poco hostess de look británico, me dice —Hello—, a la mente se acercan tres escandalosas palabras, y queriendo gritar !Viva Las Vegas! sólo acierto a contestar, con una sonrisa que no es producto del alcohol consumido, —Hello—.

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