Cómo elegir una postal en París. Autor: Andoni Aldasoro

La culpa la tiene Gustav Eiffel, y Napoleón, y seguramente el jorobado de Notre Dame, o, en su defecto, su autor Victor Hugo. El París que reina la imaginería colectiva puede enlistarse de la siguiente forma: el río Sena de día y de noche; la catedral de Notre Dame y sus gárgolas; el Arco del Triunfo con todo y Campos Elíseos; y la torre Eiffel vista desde todos los ángulos humanamente posibles. En cualquier tienda de souvenirs parisina, y por menos de dos euros, se puede comprar en forma de postal una de las tantas escenas predecibles de la capital francesa. Entonces ¿cómo elegir una postal poco vista, para que el destinatario no sepa a primera vista que se trata de París?

Será imposible rehuir, al menos en la primera visita, a los monumentos obligados, si la estancia es corta podrás ver muy poco más, contando con que una visita al Museo del Louvre toma todo un día. Si tienes más tiempo es recomendable visitar las atracciones menos concurridas.

Primero se me ocurrió buscar una impronta del infame aeropuerto Charles de Gaulle, que de acuerdo a un listado de CNN, es el peor del mundo. Pero tampoco se trata de ahuyentar a los viajeros entusiastas. París es mucho más que oscuros y mal señalizados pasillos. Dejando atrás la amarga bienvenida, podremos vivir un par de días en una de las ciudades más turísticas del mundo, engrosando la ya de por sí increíble cifra mayor a 90 millones de visitantes al año.

Por esto mismo, los productos nostálgicos de bajo precio (léase boinas, llaveros de torrecitas Eiffel, Mona Lisa en imán para el refrigerador) así como infinidad de postales, abundan por todos lados. Si eres un viajero análogo como yo, entonces buscarás este antiquísimo modo de decirle a un ser querido “mira dónde no estás tú”. Cosa que ni twitter ni facebook, en mi opinión, logran con la misma contundencia.

¿Por qué tantos gatos negros?

Después de haber saciado los deseos más primarios con la maravillosa comida griega del Barrio Latino, podrás notar que un estilizado gato negro te sigue a donde quiera que vayas. Tazas, playeras, bolsas y litografías, todas tienen al mismo felino con expresión arrogante. Pocos saben que se trata de un cartel que Théophile Steinlen diseñó para promocionar Le Chat Noir, un tradicional cabaret en Montmartre, barrio bohemio por excelencia. El interés por conocer la historia detrás del gato, y la chica de piernas largas con una guía donde se asoma la palabra “Montmartre” me convencen. Destino: 18avo distrito. El deber periodístico es primero.

Conocida por la Basílica del Sagrado Corazón (Sacré Coeur) y por sus interminables escalinatas, Montmartre fue fundado por los jesuitas en 1534. Mucho tiempo después, los bajos precios en la renta y el vino libre de impuestos propiciaron la llegada de pinceles como: Picasso, Modigliani y Van Gogh. Claro, poco de eso queda ya. Los otrora humildes estudio-incubadora de poetas y pintores se han convertido en casas con garaje subterráneo y cámaras de seguridad.

En ese mismo tono encuentro que Le Chat Noir dejó de existir, al menos aquí en Montmartre. Quien conozca las escenas de teatro y cabaret de los trazos de Toulouse-Lautrec tendrá una idea bastante clara de la atmósfera que se vivió en estos, elegancia aparte, antros de vicio. De los viejos “dance halls”, que derivaron de los café cantantes, quedan muy pocos. Quizá el más conservado sea el Moulin Rouge. Si se desea, se puede dedicar el resto de la tarde a visitar los viñedos locales, a ser embaucado en un espectáculo de can-can con precios orbitales o profundizar en los orígenes socio-culturales de esta colina buscando desesperadamente a la chica de piernas largas.

La madre de todas las tumbas

París está dividido en veinte distritos o arrondisements. Los primeros están al centro, en la zona de los museos, los siguientes se van desenvolviendo en espiral, como caracol. Justo en los distritos centrales es donde me encuentro sin acompañantes de piernas largas, pero con una postal de Aristide Bruant, el más famoso chansonnier (cantautor) de París del siglo XVIII. Precio: tres euros por haberla comprado en Montmartre.

De mi hotel tomé prestado un librito de leyendas, casi todos ellas de naturaleza oscura. No puede ser llamada Ciudad Luz sin sus consabidas sombras. Si bien París ha sido cuna de arte, ciencia y pensamiento progresista, lo ha sido a su vez de excesos, violencia y actos tenebrosos. De este lado conocemos a Baudeleaire (Las flores del mal), Marqués de Sade (Justine), entre muchos otros. Como amante confeso de esta clase de menesteres me doy a la tarea de buscar una postal maligna en el subsuelo. Tengo dos opciones: el Museo del Alcantarillado (Musée des Égouts) cerca de la Torre Eiffel, o las Catacumbas de París, en el 14avo distrito. Me decanto por esta última por la cercanía al cementerio de Montparnasse, donde están sepultados Jean-Paul Sartre y Julio Cortázar. Si me da tiempo planeo ir a visitarlos.

Después de diez siglos de uso, el Cementerio de los Inocentes, situado en Les Halles, fue clausurado por representar un peligro para la salud de los pobladores; las fosas comunes mal tapadas habían devenido en enfermedades y epidemias. A los muertos que de ahí desenterraron se les sumaron los de otros panteones de capacidad rebasada. Las más de seis millones de osamentas fueron trasladadas a una red de canteras abandonadas de 300 kilómetros de largo, debajo de Montparnasse. Ahora, por ocho euros, puedes recorrer una pequeña parte de estos túneles tapizados por huesos y cráneos. El oscuro trayecto puede ser cansado y causar un poco de claustrofobia, pero resulta interesante y, debo admitirlo, agradable caminar en las milenarias entrañas de una ciudad que fue construida hace casi seiscientos años. Conclusión: fue imposible robar un hueso (no creo que alguien notara que faltaba uno), pero compré una bonita postal donde se muestra la lúgubre marcha de las carretas llenas de huesos. Precio: tres euros.

Una sonrisa inquietante

Cansado de caminar entre muertos desistí en mi deseo de más cementerio. Volví en metro a las inmediaciones de la catedral de Notre Dame. En búsqueda más postales o algo de comer, lo que llegara primero. Así fue como llegué a la tienda Arouze, en la rue des Halles. Más pronto que tarde recordé dónde había visto el llamativo aparador de la tienda de control de pestes: Ratatouille. Yo sé que la imagen de roedores disecados puede no ser un cuadro muy bello, pero estoy seguro que habrá muchos como yo que se alegren de estar donde Remy, el ratón chef, estuvo parado. Conclusión: compré por tres euros una postal de un simpático roedor abrazado por una ratonera. Precio: tres euros.

Sintiéndome satisfecho por mis hallazgos y canturreando una tonada de Serge Gainsbourg, la quintaesencia del gigoló francés del a go-go, hice que mis pasos acompañaran el cauce del Sena. La vista del agua marrón sólo se ve obstruida por Les Bouquinistes, los vendedores de libros, revistas y cualquier tipo de documento; todo de segunda o tercera mano. En uno de los puestos, con aparente mejor mercancía, conocí a Jerome: un joven estudiante de sociología, cuyo inglés afrancesado y mi spanglish, lograron una conversación por demás peculiar.

—¿Buscas una postal única? ¿para alguien “especial”?, preguntó Jerome. El tono que empleó para la palabra “especial” y la mirada que lo acompañó, convirtió su lento proceder en el acecho de una pantera, una pantera con suéter de cuello alto. —Sí, algo así—, dije desviando la mirada. Acto seguido: Jerome sacó de una cajita de zapatos una postal y, admirándola, enunció: —no existe una mejor forma para decir “te extraño” que con esta imagen—. Me la entrega y al voltearla me encuentro una mirada ojerosa y socarrona de un joven Serge Gainsbourg, que, con cigarro en mano, en lugar de decir “te extraño”, enlista los actos románticos (por no decir pornográficos) que tiene planeados para con nosotros. —¿Cuánto cuesta?— pregunto al fin, y al buscar la respuesta en los ojos de Jerome me topo con la misma lasciva mirada que la postal.

Le pago a Jerome los cuatro euros que pide (“es de colección” arguye) y, ahí mismo, recargado en la baranda de piedra frente al Sena volteo al don juan Gainsbourg y escribo la primer línea: Nunca adivinarás dónde estoy.

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