Cirque du Soleil, 30 años después. Autor: Andoni Aldasoro

A lo largo de mi vida he podido visitar muchos tipos de circos, desde los más humildes circos de provincia, donde son los fenómenos —sean éstos reales o no— y los animales exóticos los que se robaban los gastados reflectores; hasta los circos cuyos nombres se escriben en otro idioma, que obligan a uno a llevar sus mejores ropas. Sería difícil decidir cuál de estos dos es mi favorito. Tal vez ninguno. Tal vez lo que más llamaba mi atención era la emoción previa. La simple visión de las grandes carpas “como banderas multicolores de esos lejanos países del mundo donde los niños y los locos son reyes” decía el cuentista quebequense Robert Lalonde, nos predispone al misterio, a la exaltación.  Fue esta emoción, o la búsqueda misma de ésta, la que me ha conducido hasta Montreal, en la provincia canadiense de Quebec; a esta ciudad famosa por sus festivales y por su reciente tradición circense, cuyo hijo pródigo —el Cirque du Soleil— apagará este año sus primeras treinta velitas.

Una ciudad de tres pistas

Montreal es un hervidero cultural, pero eso casi todos lo saben. Segunda ciudad más grande de Canadá, tras Toronto; y segunda urbe francófona más poblada del mundo, tras París, la isla de Montreal ha vivido bajo el escrutinio mundial desde la Expo ’67, y aún más con los Juegos Olímpicos del ’76. Pero esta ciudad bilingüe no vive de las glorias pasadas. En esta localidad quebequense se llevan a cabo más de cien festivales al año, de los cuales destacamos el Festival de Jazz, la serie de conciertos Les Francopholies y el Juste pour Rire, gran convención internacional de comediantes. También, como podríamos haber previsto, existe un festival de compañías circenses, pero ya llegaremos a ello.

La presencia de Cirque du Soleil es Montreal, como en las principales ciudades de la región de Quebec, es algo habitual, no tanto como un gran espectáculo, sino como un vecino, un anfitrión que abre las puertas de su casa para divertir a los visitantes. Es común en esta temporada encontrar carteles y anuncios promocionales de Kurios, Cabinet des Curiosities, el show más reciente de la compañía. El público quebequense tiene la fortuna de presenciar las nuevas producciones antes de emprender sus giras mundiales. Esta vez seré parte de ese público afortunado. Tengo en mi mano un boleto que me dará entrada, otra vez, al mundo mágico del Cirque du Soleil, pero antes que esto podré entrar a la fábrica de sueños que es la escuela y talleres de esta gran compañía circense.

Tres nombres y tres momentos

Cirque du Soleil, o lo que a la postre sería conocido como tal, comenzó con otro nombre: Les Échassiers de Baie-Saint-Paul. Estos denominados Zanqueros, liderados democráticamente por Gilles St-Croix, buscaban dar al maravillado público una probada de lo que ellos llamaban “una dramática mezcla del arte circense y del entretenimiento callejero” y que muy pronto evolucionaría en algo impresionante. El calendario situaba estas presentaciones en 1980. ¿La ciudad? Baie-Saint-Paul, una pequeña localidad a poco más de 300 kilómetros de distancia bordeando el río Saint-Laurent, de Montreal.

Poco después la creciente pero aún pequeña compañía fundó otro grupo cambiando su nombre a Le Club del Talons Hauts (El Club de los tacones altos). Bajo éste, St-Croix y Guy Laliberté, futuro fundador de Cirque du Soleil, organizaron el primer festival de arte circense, reuniendo todo los grupos de la región. Este evento, que se repitió los siguientes dos años, les dio la notoriedad, los aplausos y el reconocimiento que el incipiente grupo necesitaba para dar el siguiente paso. El sueño colectivo de la compañía de recorrer el mundo compartiendo el “nuevo circo” parecía no ser algo tan descabellado.

En 1984 la Ciudad de Quebec celebraba el 450 aniversario de la llegada de Jaques-Cartier a Canadá, por lo que buscaba un espectáculo que recorriera toda la provincia. Guy Laliberté presentó la idea de un espectáculo llamado Cirque du Soleil y logró convencer a los organizadores. Después de esto otras ciudades fueron cayendo a los pies de la compañía

Pero ¿quién es Guy Laliberté? acordeonista igual que su padre, Guy lo que quería era viajar, para lograr esto sin trabajar largas y tediosas jornadas pensó que lo mejor sería subirse en unos zancos, escupir fuego y hacer acrobacias. En más de una ocasión, un pudiendo juntar el suficiente dinero, tuvo que dormir en bancas de parque. “Nací con dos chips”, dijo Laliberté en una entrevista, “ por un lado soy un payaso y por el otro soy un empresario, y creo que en los dos soy muy bueno” y para prueba de ello sólo hay que ver las ganancias que Cirque du Soleil ha generado. Según la revista Forbes: 2.9 mil millones de dólares.  “Tengo el mejor trabajo del mundo, hay personas que se hacen millonarias con trabajos aburridos. Yo hasta hace poco, todavía escupía fuego” cuenta orgulloso. ¿Cómo celebró el payaso-empresario más rico del mundo sus cincuenta años? Pagó 35 millones de dólares para convertirse en el séptimo turista en viajar al espacio, donde permaneció por nueve días.

Antes de que se abra el telón

El circo y los artistas que lo conforman siempre han estado al margen de la sociedad, por esto mismo, pues,  fue lógico y natural elegir un terreno que solía ser un basurero, en el barrio Saint-Michel, al norte de la isla de Montreal. La comunidad circense, en su afán por devolver a la sociedad el apoyo y el cariño que de ésta han recibido, se apropió de un gran terreno de un vecindario “especial” con un índice de pobreza, para los estándares canadienses, elevado. De esta forma no sólo se mejoró el entorno y el paisaje urbano de Saint-Michel, sino que se dio empleo permanente a muchos de los nuevos vecinos.

En las inmediaciones del Cirque du Soleil International Headquarters, está la National Circus School, el recinto académico más grande del rubro en Norteamérica. Los egresados de este colegio son reclutados por varias de las mejores compañías circenses del mundo, incluido el Cirque du Soleil.

En el perímetro también se llevan a cabo muchas de las actividades del festival llamado Montréal Complètement Cirque, organizado por la compañía TOHU. Este evento inunda la ciudad con actividades en espacios cerrados y al aire libre, muchas de éstas son gratuitas.

Acercándome a la escuela y taller del Cirque, lo único de la fachada que nos remite a circo es la gran manta que anuncia el 30 aniversario de la compañía. El filtro de seguridad en el interior es estricto, pocos medios de comunicación tienen acceso a estas instalaciones. Personas de todas nacionalidades desfilan por los pasillos, todas en indumentaria deportiva. Hay estudiantes (artistas, como prefieren llamarlos aquí) de más de 50 nacionalidades, para una óptima comunicación se tienen contratados una decena de traductores, que están presentes en todos los entrenamientos.

El arte, la creatividad y la energía de los shows tienen eco en las instalaciones y el decorado de la escuela. Motivos de todas sus producciones se pueden encontrar en cada rincón. Desde 1997 este centro funciona como taller, laboratorio de producción y centro de enseñanza y preparación del Cirque. Resulta impresionante entrar en el estudio de gimnasia de 1,425 metros cuadrados y ver en el techo una maraña de vigas, resortes y plataformas. En el interior, una pareja de artistas de rasgos asiáticos obligan a sus cuerpos a tomar posiciones que yo pensaba imposibles. “El año pasado tuvimos 350 artistas entrenándose en estas instalaciones, este año seguramente serán más” explica animada Claudia Silva, encargada de las relaciones públicas de la compañía. “Aparte de eso también tenemos los expedientes de miles de artistas callejeros, de acróbatas, de payasos y de todo tipo de personas con habilidades especiales en todo el mundo, por si las llegamos a necesitar par cierta producción”. Me pregunto cuántos otros periodistas habrán hecho el mismo chiste de proponer alguna gracia propia, esperando los contraten. No importa, igual la propuse.

En el área del taller se fabrica absolutamente todo. Todo lo que vemos en los shows es hecho aquí, exclusivamente para las producciones. Desde zapatos, ropa, adornos, accesorios, pelucas, hasta props del show y escenografía, a la medida y personalizado. El nivel de calidad y profesionalismo contrasta con la imagen del grupo de circo, donde los trapos harapientos de los payasos y los accesorios gastados son utilizados una y mil veces. Hasta producen las tintas con las cuales pintan las telas de los trajes que utilizan. En contraesquina con este edificio están los dormitorios de los artistas extranjeros. Muchos de los participantes en Kurios, antes de emprender la gira, viven ahí y se entrenan en estas instalaciones.

El recorrido termina con un vistazo al foro principal donde se pueden armar los escenarios completos de todas las producciones que de aquí han salido. Ahora está siendo decorado y arreglado para el gran festejo del treinta aniversario. “Va a ser una gran fiesta en Cirque du Soleil nos gusta mucho festejarlo todo” termina Claudia Silva.

Y a lo lejos, las carpas

La repentina lluvia no ha mellado en los ánimos de los montrealenses, que desafían el clima no sólo abordando las calles, sino haciéndolo con pantalones cortos, con faldas, con blusas de tirantes. Cuando para mí es un otoño que sabe a invierno, para ellos es verano, y la presencia del sol, aún rodeado de nubes, es razón suficiente para visitar uno de los muchos parques de esta ciudad.

Abandono la estación Place d´Armes y salgo a la calle a través del Palais des Congres, vistoso edificio cuyos vidrios de colores, obra del artista Marcelle Ferron, aporta un oasis cromático al azul grisáceo de los edificios que lo rodean. Mientras nos vamos acercando al Viejo Puerto, la arquitectura de Montreal va haciéndose pequeña. Los grandes complejos financieros ahora son pequeños edificios que antaño fueron bodegas de mercancía que los barcos que se adentraban río abajo traían de Europa o de las islas caribeñas con quienes se comerciaba.

Las tiendas de souvenirs, con playeras de I love Montréal, y miel dentro de frascos con forma de hoja de maple, y los pequeños restaurantes adornan las estrechas calles. La llovizna ha venido a generar charcos donde se ven reflejados los edificios de la Place-Saint-Jaques, a dos pasos del río Saint-Laurent. Y a lo lejos, en el muelle Jaques-Cartier, las carpas. Los colores azul y amarillo rompen el violeta blancuzco del cielo nublado. La misma emoción de mi infancia, el mismo suspendo. El hecho de que conozcamos qué hay detrás de los espectáculos del Cirque du Soleil no hace que éste sea menos mágico, menos sorprendente. Pongo mi pie sobre los tablones de madera del muelle y siento un escalofrío que recorre desde la espina dorsal hasta la nuca, y estoy seguro que no fue por la fría llovizna.

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