Te cuidaré más que a mis ojos. Autor: Martin

Me llamo Martin y, como en los viejos relatos, éste empieza con unas cartas desvaídas por el tiempo. Mi madre me las había enviado hacía poco, salidas de no sé dónde, y no les había prestado atención. Atadas con cordel, estaban dentro de una caja de embalar que, la que podía considerar ya mi ex, había dejado en el rellano de la escalera con todas mis otras pertenencias, a modo de una despedida tan seca como una puerta cerrada por el viento.

De vuelta a mi antiguo apartamento, miré con repentina curiosidad aquellas cartas que venían con matasellos antiguo de México. Las había escrito mi abuelo paterno, del que apenas sabía cuatro vaguedades que se perdían en un tiempo cargado de dolor: que había formado parte del derrotado ejército de la República y que había embarcado para Veracruz desde el puerto de Sète en el Sinaia, ese barco con un pasaje de niños escuálidos y ojos tan tristes como sus sueños rotos. Su pista se perdió a los pocos años y ahora por vez primera leía sus cartas y en la última, ya muy enfermo, escribía para contar su pena de saber que se moría en el exilio y que nunca habría flores frescas sobre una tumba en un cementerio del que nadie sabría el nombre.

Quizás era el momento para otra de las decisiones impulsivas de las que me suelo arrepentir en la distancia de los años. Esa tarde pedí las vacaciones que me debían en la agencia, consulté a cuánto llegaban mis ahorros e hice una búsqueda paciente en mi tablet por los servidores de billetes de avión. Compré el más barato de los que en un par de días salía para Ciudad de México y que, inexplicablemente, me obligaba a volar primero a Estambul, donde tuve que pasar la noche en una butaca de una terminal mortecina adornada con grandes pósters de la Mezquita Azul sobre un Bósforo en la penumbra, a tono con mis sentimientos. Aproveché la media hora gratis de wifi para enviar una sentida carta a mi amada donde le conté mis planes de cruzar el charco y terminé con un te quiero, tan leve como un batir de alas.

Me desperté de mi duermevela sobre el Golfo de México y el DF, tras sobrevolar largo tiempo una urbe inabarcable a vista de pájaro, me recibió con frío y una capa de polución. ¿Por dónde se empieza una misión imposible? Desde la terminal de llegadas, tomé la línea cuatro del Metrobús hasta mi destino. Me alojé por nueve dólares en una posada en Villa Gómez, cerca de Tlatelolco, donde sólo me preocupé de tener una habitación que tuviera wifi. Me tumbé en la cama y abrí mi cuenta de Facebook. No había mensajes.

Tras descansar unas horas, me puse en acción. Pensé que a lo mejor en el consulado general de España, en el barrio de Polanco, mantuvieran algún registro de compatriotas. Me recibió un funcionario, joven, con gafas de pasta y aire despistado. “Sólo nos ocupamos de los vivos, pero hay un archivo general de defunciones en todos los registros civiles municipales. Si su abuelo murió aquí, quizás tengan datos de dónde está enterrado. Pero si murió hace muchos años, lo dudo. Esto es México” me soltó sin tratar siquiera de consolarme.

Antes de ir al Registro preferí pasarme por el Zócalo, adonde no llegaban los bocinazos del tráfico, pero sí los de los vendedores de periódicos, que voceaban la captura del Chapo Guzmán. Compré uno para saber de las andanzas del legendario narco y me fijé en un titular: “Te cuidare más que a mis ojos”. Se lo decía el Chapo a Kate del Castillo, la conocida actriz y su pretendida amante. Lo anoté mentalmente y como no había cogido mi tablet en el primer cibercafé que encontré alquilé un PC y me conecté a la red. Seguía sin mensajes.  Le robé sin pudor la frase al Chapo y le escribí a quien en tanto pensaba: Te quiero y te cuidaré más que a mis ojos. Martin. Envié.

Un hora después, tomé uno de los infinitos escarabajos que pululan por las calles del DF y me acercé a las oficinas centrales del Registro, en la calle Arcos de Belén, en el barrio Cuauhtémoc. Pregunté al conserje más a mano si había una oficina de certificados de defunciones de extranjeros y me indicó un ascensor y un número de planta. Subí y al primer empleado que vi libre tras una ventanilla le expliqué mi problema y le di los datos de mi abuelo. Me pidió 25 dólares “por las tasas, claro”, y me emplazó a volver “mañana a la misma hora, pero no espere gran cosa. Estaría padre, pero todo está bien chingado”.

Volví a las calles, otra vez bajo un aire enrarecido con olor a gasolina quemada y un tráfico de diablos. Con todo el día por delante busqué las sombras del bosque de Chapultepec, donde las parejas de enamorados sólo hicieron aumentar mi sensación de desamparo. A media tarde regresé al hotel. Me conecté al wifi. No había mensajes. E insistí en el mío. Te quiero. Te cuidaré más que a mis ojos. Lo encontré poco mexicano. Borré, reescribí y añadí: Te quiero. Te cuidaré más que a mis ojos, mi chula. Martin. Envié.

Me despertó de la siesta el hambre. Tenía pensado una cena de antojitos en la plaza Garibaldi, pero lo deseché porque no estaba con ánimos para oir a los mariachis cantar Las mañanitas a cualquier pareja de gringos sentados en la mesa de al lado antes de exigirles cien dólares. Me apañé en una taberna de seductora tristeza cerca del hotel, donde unos tamales que pedí no picantes, por favor, incendiaron mi estómago, sólo levemente apaciguado con un par de Negras Modelo bien frías.

Regresé al Registro al día siguiente con tan pocas esperanzas que hasta me sorprendió ver al mismo empleado del día anterior esperándome con una media sonrisa y un “¿Qué tal, güey? Su abuelo no murió aquí, pero he consultado a un colega ya jubilado y me ha dicho que muchos de los españoles del Sinaia fueron reubicados por el Gobierno de Lázaro Cárdenas en el municipio de Reforma. Busque allí”. ¿Dónde queda?, pregunté. “Requetelejos”, fue su respuesta.

Hice una búsqueda rápida en mi tablet y lo encontré enseguida. Reforma. Distrito de Pichucalco. Estado de Chiapas, 35.000 habitantes. Entré en Google Maps y tracé la ruta. Del DF a Reforma: 746 kilómetros

La estación de autobuses, la central del Norte, es grande, moderna y desordenada. Me esperaba un trayecto de 12 horas con continuas paradas, un hilo musical de inacabables corridos y una carretera que terminó por crujir todas mis articulaciones y entumecer todos mis huesos. En un pueblo de impronunciable nombre indígena tuve que cambiar de autobús por otro mucho más viejo y con pulgas de plantilla en los asientos. Derrotado por el cansancio y las picaduras, llegué de noche a mi destino, una decrépita estación a dos kilómetros de la Plaza de Armas. Tomé de la fila el primer taxi libre. Me condujo a una modesta pensión en el centro histórico. Lo primero que hice en la habitación fue conectarme al wifi. No había mensajes.

Desperté al día siguiente, bien entrada la mañana. Me acerqué al Ayuntamiento y estaba cerrado. Abrían por la tarde, tras la pausa del almuerzo. Los vendedores de periódicos voceaban que el Popocatepetl rugía enrabietado por dentro y amenazaba con mandar todo al infierno, que en Ciudad Juárez las mujeres seguían desapareciendo a puñados y la novedad, que el Chapo aún no se había escapado.

Vi pegado en una pared un cartel del día de difuntos de hacía varios meses y tuve una idea. Pregunté por el camino del cementerio. Amenazaba lluvia y cuando encontré la tapia y luego la puerta de acceso comenzaron a caer gruesos goterones. Franqueé la entrada y deambulé por entre los nichos y las cruces, fijándome aquí y allá en los nombres sobre  las lápidas. Cerca de una esquina, una tumba destacaba por su aspecto abandonado. Raro en un pueblo como el mexicano, con tantos ritos sobre la muerte. Me aproximé y vi con extrañeza que no había cruz en la lápida, sobre la que estaba grabado: Pedro Martínez. Plasencia 1928. Reforma 1957. María de la Torre. Burgos 1929. Reforma 1967

Empapado por la que ya era una cortina de agua, medité ante la tumba sobre si mi abuelo habría conocido a bordo del Sinaia a los que entonces eran unos niños y ahora yacían tan solos y tan lejos de su tierra. No había nadie a mi alrededor. A unos metros, alguien había dejado un ramo de flores como ofrenda a sus deudos. Pedí perdón mentalmente y robé un par de dalias que deposité con delicadeza en la lápida de mis compatriotas, mientras le preguntaba al dios de la lluvia por qué cielos mexicanos vagan las almas de los muertos que sirven de consuelo a las penas del corazón de los vivos.

Volví al Ayuntamiento y lo encontré abierto. Pregunté por el registro de defunciones. Esta vez me atendió una chica joven que, por mi aspecto y ropas mojadas, debió pensar que me había escapado de algún manicomio. Le expliqué mi caso, que atendió con paciencia resignada:“Este es un pueblo pequeño. Vuelva en una hora. También se lo pediré a él” y vi que miraba a una figurita como de un santo, que tenía detrás, sobre un aparador y entre otros cachivaches. ¿Quién es?, pregunté. “San Judas Tadeo, los mexicanos le tenemos mucha devoción. Cuando quiero algo, le miro fijamente y le digo: Órale, Sanjuditas”.

Con una hora por delante entré en una cantina de la misma cuadra. Hojeé un periódico que alguien había dejado tirado en una mesa. Se rumoreaba que inspectores de la DEA habían sido vistos haciendo pesquisas por Iguala, donde reinaba el mal absoluto sobre un océano de llanto y silencios cómplices. El Chapo seguía a buen recaudo. El wifi estaba abierto. Me conecté. No había mensajes. Y escribí. Te quiero.Te cuidaré más que a mis ojos, mi chula, tu güey. Martin. Envié.

Regresé sobre mis pasos al Ayuntamiento. Mi nueva amiga me miró con ojos tristes. “No hubo suerte”. Cuando ya me giraba para irme, me contuvo con una mano. “¿Sabe que hay otro Reforma, en el estado de Guerrero?” Sin disimular mi sorpresa, le pregunté: ¿Por dónde queda? “A más de mil kilómetros, en la otra costa”, fue su apenada respuesta.

“Ya sé. Requetelejos”, añadí. Y me despedí con la mejor de mis sonrisas apagadas.

En la calle, levanté la vista y miré a lo alto, por encima de blancos campanarios y tejados de viejas casas coloniales. Había dejado de llover. Un par de zopilotes volaban por un cielo azul y limpio. Empezaba a hacer calor sobre una tierra húmeda y fragante. Volví andando al hotel. Me conecté al wifi. No había mensajes. Entré en Google Maps y tracé la ruta entre Reforma (Chiapas) y Reforma (Guerrero). Resoplé. Metí mis escasas ropas en la mochila, bajé a la recepción, conté los pocos billetes que me quedaban, pagué la cuenta y pregunté: ¿Por dónde se va a la estación de autobuses? Podía ir andando. Me eché la mochila a la espalda y salí, otra vez en el camino. Y con un susurro en los labios, me dije: “Órale, Sanjuditas”.

Relato inspirado en el blog Los viajes de Ali

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